El nacer de Oswald Cobblepot, "El Pingüino"

22/VII/2020



Olvidado por el común de los mortales, iba interiorizando su odio y rencor hacia ellos. Abandonado a su suerte desde los primeros días de cuna, fue arrojado a las aguas de un río mediante el cual llegó a la entrada de un pequeño zoo. Y los que en este residían fueron ninguneados tras la quiebra económica de la institución.

Malvivían y sobrevivían como medianamente podían. Y en ellos mismos se hacía presente tambien la rabia hacia los que les abandonaron. Y ahora, con la llegada de la pequeña cría humana, podrían orquestar su venganza hacia todos ellos.

Fue creciendo despacio. Primero fue alimentado mediante la papilla regurgitada a base de pescados. Después, su dieta estuvo basada en pescado crudo que él mismo pescaba mediante sus propias manos tras enseñarle los secretos del arte.

Por su cuenta aprendió a cazar animales terrestres. Era una pequeña ventaja que tenía, pues se desenvolvía con soltura tanto en el agua como en la tierra. El éxtasis que le provocaba la sangre caliente de los mamíferos le sumergía en un estado de locura transitoria que originaba pánico entre sus allegados.

Entonces, al calmarse, podía respirar tranquilo. Y solía mirar el horizonte. Su siguiente paso sería la venganza contra los humanos que le habían abandonado. Contra todos ellos. El dolor que había padecido lo devolvería aumentado por diez. Pero antes tenía que hacer una cosa.

Desde hacia unas noches, por el zoo un hombre solitario tenía la costumbre de pasear. Lo venía observando hacía unas cuantas semanas. Antes de comenzar su plan de venganza debía probar la sangre de ese pobre desdichado.

Se escondió detrás de un árbol a la espera de que pasara por allí. El varón caminaba despacio. Descuidado. Y tarareaba una canción. Brevemente quedó hipnotizado. Estaba paralizado por la melodía. Era muy hermosa. Pero al momento de sacudirse y despertar sólo hizo que su rabia incrementara.

Saltó sobre su cuello intentando morderle. Recibió un instintivo empujón que lo alejó un metro de su víctima y cayó al suelo. Respiraba de forma sonora. Igual que un animal rugiente. El hombre estaba blanco por la sorpresa y el pánico. Sus ojos abiertos de par en par reflejaban su estado. Al abalanzarse otra vez hacia su cuello logró derribarlo.

Se enzarzaron en una cruenta lucha por la supervivencia donde los golpes eran intercambiados mientras rodaban sobre el suelo. Finalmente, consiguió poner la espalda de su víctima contra la superficie. Y colocó sus fuertes manos encima de sus hombros.

Lanzó un grito de rabia. Este precedió al momento en que atacó su yugular con la intención de rasgarla. La sangre manaba a borbotones. Era caliente y salada. Con su mano derecha le golpeó el estómago. Lo abrió en canal apoyándose en sus afiladas uñas.

Fue extrayéndole las vísceras mientras su presa se revolvía por el dolor e iba perdiendo la consciencia. Le arrancó los ojos. Acto seguido, los comió. Luego saboreó su hígado. Los últimos coletazos de vida del hombre se dieron mientras degustaba su pulmón izquierdo.

Estaba bañado en sangre. Y le dolía todo el cuerpo por el esfuerzo. Pero se sentía vivo. Libre. Y con las fuerzas necesarias para comenzar su plan de venganza. Sus compañeros fueron acercándose al lugar. Ellos también disfrutarían del festín.

En menos de diez minutos limpiaron completamente el cadáver. Sólo dejaron unos huesos impolutos. Limpios, incluso, de algún rastro de su carne interior. Les brillaban los ojos a consecuencia de la borrachera de sangre. Su plan debía de comenzar aquella misma noche.

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