El títere que miraba desde la cornisa
Arrancó con delicadeza la pequeña astilla que sobresalía de su brazo. Y lo hizo así no porque tuviera miedo de sentir dolor. De hecho, no percibía esa sensación. Fue por observar el proceso mediante el cual lo llevaba a cabo. Y después poder comprobar el diminuto agujero que era creado en su extremidad. La escasa profundidad que presentaría asemejándose al cráter de un volcán. En un momento dado, estando como estaba bajo la luz de la Luna en aquella noche, y al analizarlo, le recordó a las cicatrices que el acné genera en la piel de las personas. Pero él era una marioneta y, como tal, era manejado por ellas. Los únicos instantes de tranquilidad que alcanzaba a tener era cuando estaba solo. Tal como ese en que el frío y la humedad reinaban a pesar de no percibirlos. Aunque sí veía al gato acurrucado en la esquina de una calle. Y este parecía sereno, impasible a todo lo que había alrededor suyo mientras se acicalaba. De vez en cuando, frenaba en su acción y analizaba la zona. Tal vez bus...