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Mostrando las entradas etiquetadas como Gandalf

"Ninguno de nosotros es perfecto e infalible"

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- Acaba de llegar el último de nosotros... Nada más decir esto, una mirada que trataba de disimular su rabia contenida se posó sobre él. "Siempre traes noticias que sabíamos de antemano; tal vez deberías replantearte si seguir o no con tu misión en la Tierra Media". A su rostro le cubría la sombra que producía el sombrero que portaba, pero Radagast distinguió el brillante y furioso fulgor de los ojos de Saruman. - Entonces no tendrá sentido que te comunique que es Gandalf quien acaba de llegar a los Puertos Grises -comentó El Marrón con resignación. - Eso mismo. Demasiado tiempo llevamos esperándole. Parece que su costumbre de llegar a destiempo la va a seguir conservando mientras vista su nuevo cuerpo desgastado. - Entonces... imagino que ya tendrás constancia que Narya está en su poder después de que Círdan se lo haya ofrecido. Aunque a regañadientes, nuestro hermano lo ha aceptado. Al oír esto, Saruman apretó con fuerza su báculo. Lo sabía, pero no podía disimular su ira p...

El acecho de una nueva sombra

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17/I/2020 Habiendo transcurrido cuarenta años desde la destrucción del Anillo Único, parecía que la Sombra había sido eliminada. Y con ella el Mal presente en la Tierra Media. Y él, el maiar al que en su día conocieron con el título de El Gris, y luego El Blanco, optó por regresar desde las Tierras Imperecederas pretendiendo analizar la situación. Para ello decidió recuperar su viejo cuerpo. Aquel de apariencia de anciano con el que durante siglos combatió a Sauron. Estaban, por lo tanto, a comienzos de la Cuarta Edad correspondiente a aquellos parajes. Y podría parecer que la paz reinaba a consecuencia del buen juicio del Rey Aragon, quien tenía como mano derecha a Faramir. Este ostentaba el cargo de Senescal tras haberlo heredado ante la muerte de Boromir, aquel que tendría que haber cargado con ese honor después de Denethor II, su progenitor. Estaba allí a la espera de otro maiar. A este le conocían como El Marrón. Radagast era su nombre. Mientras estaba sentado encima de una roca e...

El flotar del pompón de diente de león

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Habían pasado más de 12 años desde que abandonó aquella cabaña en compañía de Bilbo. Y aunque las noticias sobre Beorn le llegaban constantemente no regresó al territorio del cambiante. Y ahora que volvía a estar frente a él le seguía sorprendiendo su imponente estatura. Se sentía diminuto a su lado a pesar de su también gran tamaño. Además, aunque jovial y sincera, su escudriñante mirada conllevaba que estuviera alerta. Aunque tuviera la certeza de que la desconfianza que mostró al momento de conocerse hacía tiempo que desapareció. - Te felicito - comenzó a decir Gandalf -. La paz y la tranquilidad preside este lugar. Estás haciendo un gran trabajo. En ese momento, un pompón de diente de león cruzó la estancia con una embaucadora parsimonia. Beorn alzó suavemente el brazo y lo agarró por su tallo de una forma exquisita y delicada. Quién hubiera dicho que aquella finura escondiera a uno de los guerreros más temidos de la Tierra Media. De hecho, si no llega a ser por él no hubieran sali...

Saruman y su perspectiva ante una reunión con los Istari

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Aquel viaje le estaba destrozando. Y no era por el hecho de recorrer miles de kilómetros sobre aquel caballo (algo que, por cierto, hacía estragos es sus sangrantes hemorroides), sino por tener que abandonar su confortable morada y encontrarse con unos magos que, en su fuero interno, no soportaba desde hacía mucho tiempo. Aunque lo de Gandalf lo llevara con entereza. Incluso con humor. Lo veía de vez en cuando. Y cuando sucedía se entretenía dándole de beber un poco más de lo necesario. Aquello hacía que al de las grises barbas le diera por bailar una estrambótica danza que le recordaba a la del Sombrerero Loco. Respecto a los dos Azules se congratulaba con la idea de que estuvieran en lugares inhóspitos y perdidos de la Mano de Ilúvatar. Su misión les llevó a parajes tan lejanos que pensar en que pudieran fallar en su cometido le daba paz. Y por qué no decirlo: agrandaba su ego y le sumía en un reconfortante orgasmo. Pero lo de Radagast... aquello no tenía nombre. ¿Cómo osaba ser un I...