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Mostrando las entradas etiquetadas como Hogar

Un viaje en tren que parecía circunstancial

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Sus manos temblaban. Lo hacían de tal manera que el llavero se le escurrió cuando fue a introducir la correspondiente en la cerradura. Atrás dejó la euforia que lo acompañaba. La sonrisa constante que dibujó su rostro hasta poco antes de llegar a casa. Hacía cinco minutos que el corazón le dio un vuelco. Y aunque sabía que nada debía de lamentarse, el malestar fue inundando su cuerpo. Una especie de raro escalofrío no dejaba de recorrerlo. Su estómago se retorcía por un constante, pero intermitente, dolor punzante. En cuanto logró abrir la puerta, un ligero alivio lo abrazó. Pero no conseguía difuminar esa gris sensación. Sólo la mitigaba. Como si la disfrazara o fuera la sacarina usada con tal de prevenir los males del azúcar. Tras resoplar, cruzó el pasillo hasta llegar a la sala de estar. Y una vez allí, dejó caer la mochila del trabajo en el sofá y se tiró en él llevándose las manos a la cabeza. - ¡Hombre! ¡Ya era hora de que llegaras! - era su compañero de piso justo después de oí...

La historia de la curiosa anécdota en el diario quehacer

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En cuanto llegó a casa, dejó la mochila con la ropa del trabajo al lado de la cama tras atravesar el pasillo que llevaba a la habitación. Y una vez hecho esto, fue al baño. Estaba meándose. Llevaba la media hora del viaje que realizó en autobús aguantándose. No había ninguno que fuera público cerca de la estación. Además, la gente no cesaba de pasar por el lugar. Así que optó por esperar y no hacerlo en cualquier esquina. Así que, una vez acabada la faena, se lavó las manos con jabón. Y ya aclaradas, hizo lo mismo con el rostro. Quería quitarse los restos de sudor que hubiera en ella. Después, iría a la sala de estar. Se sentó en el sofá con la intención de prender la televisión y hacer tiempo hasta que llegara su compañera. Llevaban casi un año viviendo juntos y estaban más que contentos con la situación. Estaba deseando poder conversar con ella. Pero en esa jornada llegó antes de tiempo. Se sorprendió al momento de escucharla introducir la llave en la cerradura a la par que abría la ...

"Las hadas son como los Ángeles de la Guarda"

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(II) De repente, su conversación fue interrumpida por un sonido lejano. Parecía una voz llamando a alguien. Guardaron silencio. El hada, mostrando un claro signo de inquietud, le dijo a Lucía que no contestara. Esta no dijo nada. Estaba tratando de discernir quién era. De nuevo, volvieron a escucharla. "Es mi mamá, me está buscando". - No, esa no es tu madre. Cállate. No sea que nos vaya a encontrar... Volvieron a oír los reclamos hacia Lucía. La voz parecía nerviosa y preocupada. Trasmitía una sensación de angustia mezclada con pena. "Que sí, que es mi mamá. Tengo que ir donde ella", comentó la niña entre susurros. - No, no le hagas caso. Esa no es tu mamá. Es otra cosa. Por ahora tienes que quedarte aquí hasta que pase el peligro... - ¿De qué hablas? Justo entonces, una mano apareció debajo de las sábanas que guardaban a Lucía y al hada. Fue extendiéndose hasta agarrar a la niña de su pierna izquierda. Comenzó a arrastrarla hacia el exterior de la tienda de campañ...

¿Qué fue de Elisabeth?

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Las lágrimas surcaron su rostro. Despertó tras ver en sueños a su mujer. Le decía que estaba bien. Que no se preocupara. Pero hacía dos meses que había desaparecido. Sólo le dejó una nota. "Volveré pronto. Cuida de Alan. Os quiero", decía el texto escrito con su inconfundible letra. Decidió ir al ordenador y contemplar las fotos que tenían juntos. Pero antes debía mirar cómo dormía el crío. Fue a su habitación. Y sin entrar en ella le observó de lejos. Respiraba tranquilo. Y parecía hacerlo en paz a pesar del sufrir que arrastraba desde que su madre no estaba. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué le llevó a tomar semejante decisión? Las cosas entre ellos estaban bien. Había calor, comprensión, pasión, entendimiento... Y esto lo hacían sin cruzar una sola palabra. Una simple mirada, o un gesto, les valía con tal de comprenderse, de complementarse. Nunca, nunca se arrepintió de empezar con ella. Incluso cuando supo que estaba embarazada de otro al momento de empezar a salir. Justo de ...

La oscuridad de la cocina

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Vio aquella pequeña lata tirada en el suelo y no pudo evitarlo. Le entraron unas tremendas ganas de darle una patada. Y vaya si lo hizo. Y fue con tanta fuerza que pasó al lado de una anciana que estaba apoyándose en un bastón con tal de poder caminar. "¡Niño! ¡Ten más cuidado! ¡Casi me das!", vociferó la mujer. Avergonzado, lo único que pudo hacer fue salir corriendo. Hasta su casa sólo quedaban unos 500 metros, así que arrancó con una velocidad endiablada. Poco a poco, el recuerdo de la escena empezó a provocarle risa. Pero paró en cuanto llegó al portal. Una vez allí, accionó el timbre y esperó a que su madre contestara. "Yo", dijo al momento de que preguntaran quién era. El pitido que anunciaba la apertura de la puerta sonó y entró dándole la bienvenida el frescor que en el interior había siendo la contraparte del calor que presidía la calle. Sólo tenía que subir dos pisos. Por lo que decidió hacerlo andando dejando de lado el ascensor. Entonces, de nuevo empezó...

El coñac en la inspiración del escritor

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Con el ordenador encendido, y reclinándose hacia atrás en la silla, aunó sus manos tras colocarlas en la parte posterior de la testa. Llevaba dos horas delante de él y la inspiración parecía haberle abandonado. Además, le dolía la cabeza de estar tanto tiempo frente a la pantalla. Pero alargó el brazo hacia el paquete de tabaco que tenía en la mesa. Cogió un cigarrillo, lo encendió y dio una profunda calada. También bebió un trago del coñac que solía tomarse con tal de que las ideas surgieran. "Quizás debiera cambiar de sistema; esto no fluye", pensó. Llevaba más de 20 años usando el mismo método. Incluso estando en las oficinas de la redacción. Pero solía hacerlo cuando estaba sin compañía, cuando sus compañeros abandonaban el lugar. Fue un trato que hizo con su jefe. En las fechas que comenzó a escribir novelas ya estaba prohibido llevar a cabo semejantes prácticas. Así que, como no sabía si la chispa se presentaría, aprovechaba al máximo aquellos instantes. Pero ahora esta...

La historia del porro que se fumó sin darle importancia (XIV)

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vice.com Berta estaba tumbada a su costado. Podía ver perfectamente la forma de su espalda mientras dormía. Lo hacía con un suave respirar mientras sus muslos acariciaban el flanco derecho de su cadera. Pero sentía un dolor inmenso en la sien. Y este se reflejaba mediante punzadas. Así que toda la lujuria que hace unas horas habían vivido dejó paso a los efectos que unos excesivos "txupitos" producen. Ella dormía plácidamente. Aunque de vez en cuando dejaba escapar un suave ronquido. La fina luz que atravesaba las rendijas de la persiana provocaban que su hombro derecho se iluminara. Pero no pudo apreciar nada más de aquella belleza tendida a su vera. Tenía que levantarse. Las náuseas le revolvían el estómago, por lo que fue corriendo al baño. Una vez allí estuvo vomitando durante casi un cuarto de hora. Cuando acabó se lavó los dientes. Aquella era su casa, pero miró el cepillo que ella tenía guardado. "Bien, lo mejor es que se sienta cómoda". Acto seguido, fue a ...