El cazador

08/XI/2021



Las gotas de agua en su chubasquero producían un sonido fino; parecido a cuando caen contra las hojas de los árboles. Pero eran completamente diferentes. Había dejado de llover. Las que caían provenían de estas. Estaba allí parado, acurrucado, escuchando el sonido de la noche. Su vista ya estaba acostumbrada a la oscuridad y podía defenderse. Había despejado. Podían observarse las estrellas. Y la luna, que estaba en creciente, emitía suficiente luminosidad.

A unos cien metros de distancia estaba «Roto», el único sobreviviente que junto a él quedaba de aquella escapada a la montaña que habían hecho aquel fin de semana. De vez en cuando podía ver levemente su silueta si se movía lo suficiente. Pero no oía nada aparte del sonido de la noche. Llevaban así más de dos horas. Lo sabía porque de vez en cuando miraba su reloj. Parecía que el tiempo no avanzaba. En su pierna derecha llevaba una pequeña hacha y un cuchillo en una funda. Eran un regalo de sus padres. El cuchillo siempre le había recordado al de Rambo.

Pero, por lo demás, no se habían movido nada en aquellas dos horas. La noche parecía invadir todo pese a que uno podía defenderse en ella sin aparentes problemas. En ocasiones, escuchaba el romper de alguna rama. Sin duda alguna debía ser la acción de algún pequeño animal. O eso quería creer. Miraba alrededor suyo. Hacia delante. Lo que quedaba a su espalda estaba escudriñado por «Roto». Esa fue la única forma que se les ocurrió de poder defenderse de lo que los cazaba. Ya había cogido a tres de ellos. Cada vez que lo recordaba las lágrimas surcaban su rostro. El estómago se le encogía. Pero tenían que defenderse.

...


Habían llegado aquella misma mañana poco después de las 10:00. Una hora les llevó arribar desde su pequeño pueblo. «Morti» conocía de oídas el lugar. Un mes antes habían estado unos primos suyos. Le hablaron del lago y que era una zona estupenda a la hora de hacer una acampada. Estuvieron dos semanas haciendo los preparativos. Salieron a las 09:00 en la furgoneta de «Morti». Además de «Roto» iban «Zuri» y «Kali». Sus apodos se debían a su afición a la cerveza y el kalimotxo. Y él, al que llamaban «Lunas» por estar siempre en ella.

Lo primero que hicieron nada más bajar del vehículo fue buscar madera. De eso se encargo «Roto», quien, como de costumbre, llevaba unos vaqueros agujereados, de ahí su apodo. «Morti» abrió las primeras cervezas y, fiel a su a su costumbre, bebió la iniciática de trago. Hasta el final. Siempre las mataba así. Y era un ritual al que llamaba de esa forma: «matar». Y se quedó con en ese sobrenombre. Después de encender el fuego hucieron el desayuno entre todos. Bacon, chorizo y huevos. Todo en una sartén vieja que «Kali» reservaba para esos momentos. Pero antes fueron a darse un baño. El agua estaba fresca, pero era agradable. Salieron. Se hicieron los primeros canutos del día mientras bebían más cerveza.

Tenían una costumbre cuando salían de acampada. El primero que meara sería el encargado de cocinar durante todo ese tiempo. Y sabían que todos ellos lo habían hecho en el agua. Así que tomaron dos cervezas más cada uno. Finalmente fue «Zuri» el que tuvo que cambiar el agua del canario. Fue a unos cercanos matorrales. Poco después de que llegara le oyeron gritar. Fueron corriendo. Allí estaba el cadáver de un ciervo. Su panza estaba abierta de par en par y sus vísceras se desparramaban. Parecía llevar allí un par de días. «Zuri», todavía asustado, comentó que aquello era muy extraño. No había sido comido por ningún animal aunque los pequeños insectos pululaban sobre él. Y presentaba una gran herida a la altura del cuello. Pero no había sido aprovechado de comida.

“¿Para esto nos haces venir”, le dijo «Morti». “¿Has meado ya? Qué pena. Me han dado ganas de darte una patada en el culo mientras lo hacías. Venga, vamos allá. Las cervezas se nos van a quedar frías”. Regresaron al campamento. Todos todos menos «Zuri». Le pareció ver algo en la espesura del bosque y se adentró para ver qué era. No les dijo nada. Mientras estos volvían lo hacían entre bromas y alguna que otra patada. “Tío, ven pacá. Que aunque hayas meado he decidido darte la patada igual”, comentó «Morti». En ese momento se dieron cuenta de que «Zuri» no estaba. Oyeron entonces un grito aterrador. Luego un rugido. Se quedaron mudos mientras se miraban unos a otros.

Salieron corriendo. No se dieron cuenta sobre quién había sido el primero en hacerlo, pero llegaron a una gran distancia de «Morti». Este estaba parado mientras miraba el suelo. Allí estaba la gorra que llevaba «Zuri». Un pequeño pasillo parecía avanzar por la hierba, como si algo o alguien hubiera sido arrastrado. De nuevo, «Morti» fue el primero en seguir aquella dirección. Le siguieron todos en silencio. De repente, apareció tirada una riñonera. Después su niqui, sus botas. Comenzaron a ver rastros de sangre. Primero en manchas finas y separadas. A continuación, más gordas y abundantes. Finalmente, un pequeño charco de esta sobre la hierba. Allí no había nada. Gritaron llamándole. No hubo respuesta. Miraron en todas las esquinas, en las ramas de los árboles. Pero «Zuri» no aparecía.

Volvieron a mirarse. Estaban blancos, temblaban. «Morti» gritó con rabia. Parecía que estaba sacando todo el dolor en ese instante. Cayó de rodillas. Los demás se arremolinaron alrededor de él e intentaron levantarle mientras miraban alrededor suyo. «Roto» tenía la mirada fija en un punto y no la apartaba de ahí. Observaba un árbol que estaba a unos 50 metros mientras el resto de sus compañeros gritaban, daban patadas al suelo y lloraban. Él también lloraba. Pero no decía nada. Simplemente miraba aquel árbol. No se dio cuenta de quién había sido el que comentó que debían marcharse de allí. Incluso se quedó quieto cuando comenzaron a andar hacia el campamento. «Lunas» se volvió y lo arrastró mientras no cejaba en su empeño de mirar aquel lugar.

Nadie dijo nada en todo el trayecto de vuelta. De vez en cuando miraban atrás. Y siempre veían a «Roto» con su mirar fijado en algún punto. No sabían qué escrudiñaba. Pero nunca apartaba la mirada de algún lugar en concreto. Llegaron al campamento. La histeria apareció. ¿Qué hacer? ¿Irse de allí ahora mismo? ¿Y si estaba vivo? «Morti» y «Lunas» casi llegaron a las manos. «Kali» les tuvo que separar. Mientras tanto, mientras todos ellos discutían, «Roto» cogió la piedra de hachís y se hizo un canuto mientras miraba un punto en la distancia. De repente, habló. “Os apuesto a que no están las llaves de la furgoneta”. “No digas tonterías, siempre las llevo conmigo”, le contestó «Morti». “Siempre las llevas encima. Sí, pero las dejaste puestas cuando nos fuimos a bañar”, le explicó mientras daba una profunda calada. Y así fue. No estaban.

El rugido de rabia que emitió fue desgarrador. ¿Qué harían ahora? Tendrían que volver andando. Podrían guiarse mediante los GPS de los móviles, pero a estos se les acabaría la batería. Tendrían que seguir la carretera por la que habían llegado y rezar por alguien que les recogiera por el camino. Pero no iba a ser sencillo. El lugar estaba perdido del mundo, aunque sólo fuera a una hora de su pueblo. Decidieron meter comida en las mochilas y coger la ropa necesaria para poder pasar la noche. Por fortuna de lo primero no andaban escasos, pero aquel peso se volvería insoportable sobre sus espaldas según fueran avanzado y las horas transcurrieran. Parecieron apaciguarse los ánimos. Comenzaron a andar en silencio. Este sólo sería quebrado por algún que otro leve llanto.

Caminaron hasta que llegó el mediodía. El sudor empapaba sus cuerpos. Y estaba impregnado por las cervezas que habían tomado anteriormente. Bebieron agua y tomaron aire. Discutieron de nuevo. Lo hicieron sobre si hacer un fuego para hacer la comida o no. El único que no habló fue «Roto». Parecía estar siempre mirando lo que les rodeaba. Finalmente volvió a fijar la mirada en un punto fijo. Bebió un poco de agua, lo justo con la que hidratarse. Se lió otro canuto. Decidieron no hacer fuego. Comerían unos bocadillos y no beberían alcohol. Pero necesitaban reponer las reservas de agua. Comerían. Eso era lo que harían. Y después irían todos juntos en busca de agua. Cerca de allí se oía el ruido de un riachuelo. En lo de ir juntos fue el primer asunto en que estuvieron de acuerdo. Pero «Roto» seguía sin hablar. Solo miraba un punto en concreto.

Comieron y fueron al riachuelo en silencio. En fila de uno. «Lunas» iba primero. Le seguía «Roto», después «Kali» y «Morti». Atravesaron un pequeño camino que avanzaba sobre el límite de un bosque. «Lunas» comentó que recordaran los lugares por los que habían pasado, no fueran a perderse a la vuelta. Después de una pequeña, y descendente, cuesta de unos cinco metros estaba el riachuelo. Sus finas aguas eran trasparentes. Había huellas del ganado que acudía a beber. Se dirigieron hacia la sombra que emanaba de un árbol, justo al lado de unas rocas sobre las cuales podrían descansar. Al llegar allí vieron que «Morti» no estaba. Empezaron a llamarle. Pero no hubo ninguna respuesta por parte de este. Los tres se juntaron instintivamente buscando protegerse mutuamente.

Nadie decía nada. ¿Cómo había desaparecido? Estaba allí cuando habían comenzado a bajar la cuesta. Se quedaron quietos. Miraron en todas las direcciones. Pero no había nada. Sólo silencio. Ni siquiera el sonido del trinar de los pájaros. Tampoco se oían insectos. Llenaron las botellas y las cantimploras con agua. Empezaron a subir la cuesta. Del árbol que parecía dar comienzo a esta surgía un hilo de sangre que provenía de su copa. ¡Pero allí no había nada! No se oía nada y no había rastro de «Morti». «Lunas» y «Kali» miraron a «Roto». Tenía la mirada fija en el riachuelo, justo en el lugar que habían estado cogiendo el agua. Les pareció ver algo borroso mezclándose con el paisaje. Tenían que estar soñando. “Eso es lo que he estado mirando todo el rato. También nos mira. No ha dejado de hacerlo desde que abandonamos el bosque. A veces cuesta encontrarlo, pero siempre está ahí. Podemos hablar si queremos. Está esperando”.

“¿Esperando a qué? ¿A nosotros? ¿A cazarnos?”, susurró «Kali». “La respuesta nos la ha estado dando todo este tiempo. Tal vez lleva ahí desde que llegamos. Será mejor que comencemos a andar. Le daremos la espalda. Pero dentro de poco podremos volver a notarlo”, dijo «Roto». Y así fue. Ahora que ya sabían qué era lo que tenían que notar les fue sencillo localizarlo. No habían andado ni 100 metros cuando advirtieron aquella presencia a su derecha. Parecía acompañarles. Observaba. Parecía ¿aprender? Sí, esa era la sensación que les daba. Que iba aprendiendo de sus movimientos y que escogía el mejor el momento más certero para cazarlos. A «Zuri» cuando estaba solo. A «Morti» cuando el silencio presidía el lugar. Y parecía rápido y sigiloso. No había una explicación posible, sobre todo a la hora de coger al último. ¿Pero cómo hacía para no dejar casi rastro alguno?

Cada uno con su propia forma de discurrir, eso era lo que a los tres se les pasaba por la cabeza mientras no dejaban de observar la sombra. A veces estaba quieta. Otras se movía a una velocidad endiablada. Y lo hacía tanto por los árboles como por tierra firme. Y se acercaba la noche. En sus cabezas era el momento que más estaban temiendo. Tenían que encontrar un lugar que les protegiera y que al mismo tiempo les permitiera hacer un fuego con el cual observar. Tendrían que hacer turnos a la hora de dormir. Dos despiertos y uno durmiendo. El plan fue idea de «Kali». Y lo mandó con un mensaje con el móvil. No se atrevieron a hablar en ningún momento. Les quedaba poca batería a todos. Decidieron apagarlos hasta el día siguiente. “¿Día siguiente? Chico, no sé por qué me da que no vas a volver a ver amanecer y esta habrá sido una de tus últimas ideas”, se dijo para sí «Kali» justo antes de encontrar una pared enorme que tenía una pequeña cueva con final en ella. Allí pararon y estuvieron de acuerdo en pasar la noche. Todo sin decir una palabra.

Hicieron el fuego. Fueron los tres juntos a por la madera. A veces les parecía ver a la figura, a lo lejos, observándoles. Ahora lo hacía desde una distancia más lejana. La cena la cocinaron. En ese momento siempre estuvo «Lunas» pendiente de la figura. Se dieron un pequeño banquete. Parecía que iba a ser la última comida de la que disfrutaran durante mucho tiempo, aunque tal vez así lo fuera. Lo echaron a suertes. «Kali» fue al que le tocó dormir primero. Se fue junto a la pared, cerca del fuego. Su sombra subía y bajaba al compás de su respiración desde el instante en que se quedó dormido. Entonces comenzó a llover. Fue una tormenta breve, pero poderosa. «Lunas» se levantó a echar madera y avivar el fuego. Notó que «Roto» estaba blanco. “No le veo desde hace rato”.

Notó entonces la sombra de «Kali». Junto a ella había otra. Se dio la vuelta. Allí había una criatura de más de dos metros de altura que cada vez se iba haciendo más visible. Su amigo dormía profundamente. Aquel monstruo les miró fijamente. Su complexión era poderosa... muy poderosa Y parecía tener una especie de rastas que le salían de su cabeza, la cual no dejaba ver su rostro por una inexpresiva máscara de metal. Una pequeña malla parecía cubrir su cuerpo e iba descalzo. Podían ver las enormes garras negras que salían de los dedos de sus pies. Unos cuchillas de sierra hicieron acto de presencia en su mano derecha. Parecía un mecanismo que las guardaba haciéndolas salir. Les miró atentamente. Sus ojos parecieron brillar con una luz blanquecina. Clavó las garras en su compañero mientras estaba durmiendo. Lo levantó por su pecho igual que un peluche. Este gritaba de dolor. Y la figura, esa monstruosa criatura, mientras tanto, emitía el potente gruñido que habían escuchado cuando desapareció «Zuri». Acarició con su mano izquierda el rostro de «Morti». Pudieron oír cómo su piel y huesos se partían. La manera en que le arrancaba su columna a la par que esta colgaba de su cabeza. No emitió ningún sonido, no gritó. Únicamente dejó los ojos y la boca bien abiertos.

Observaba el rostro de «Morti» con atención mientras su cuerpo estaba tendido en el suelo y temblaba momentáneamente hasta dejar de hacerlo por completo. Lo tiró entonces al suelo con rabia mientras emitía otro grito gutural. Lo aplastó con su enorme pie izquierdo. Lo hizo hasta en tres ocasiones. Quedó irreconocible. La entrada de la cueva estaba llena de sangre y su olor la invadía. Los miró. ¿Estaba riéndose? Agachó un poco el cuerpo hacia delante y extendió los brazos. Volvieron a escuchar aquel gutural sonido. Les hizo un gesto para que abandonaran el lugar. Y lo hicieron. Salieron corriendo. «Roto» abría camino. «Lunas» le seguía. Corrieron. Llegaron a la base de un gran árbol. Intentaron coger aire. “No está. Ya no está. No nos está siguiendo. ¿Qué quiere decir esto? ¿Nos está dejando marchar o… o va a empezar de nuevo?”, preguntó «Roto». “No lo sé. Pero parecía una invitación ¿Una invitación a qué? Creo que va a volver a empezar ¿Cómo consiguió entrar en la cueva? ¿Qué hostias es esa cosa?”, le contestó «Lunas». Intentaron coger aire. Recuperarse un poco. Se separarían. Cada uno miraría a un lado. Era un disparate, pero visto lo visto, era la mejor opción que se les ocurrió.

...


Amanecía. Se había quedado dormido. Dio un respingo. Intentó desperezarse. El sudor frío comenzó a recorrerle el cuerpo. No oía nada. Ni pájaros ni insectos. Sabía que acababa de salir el sol. Hacía frío. Tenía el cuerpo entumecido. Cogió una pequeña piedra. La tiró hacia donde estaba «Roto». No hubo respuesta. No veía nada ¿Se habría quedado también dormido? ¿Les habría dejado irse? Intentó escuchar algo. Pero nada. No oía nada. Decidió levantarse. Prestó atención. No veía la silueta de la criatura por ningún lado. Tenía que ir, aunque eso significara delatar su presencia. Anduvo aquellos 100 metros. Únicamente oía el sonido de sus pisadas contra el suelo. Lo que vio al llegar le dejó horrorizado. Cayó hacia atrás y retrocedió un par de metros arrastrándose por el suelo, de espaldas. «Roto» estaba colgado cabeza abajo, completamente desnudo y despellejado. Sus ojos habían sido arrancados y de sus cuencas salían y entraban insectos. Vomitó. No sabía qué, pero vomitó. No gritó. Las lágrimas cubrieron su rostro. Pero no gritó.

Apareció la silueta. Fue tomando cuerpo poco a poco. Se levantó del suelo. Su primera reacción fue coger el hacha. El monstruo le hizo una señal invitándole a que lo hiciera. Su mano derecha cargó el cuchillo, la izquierda el hacha. Lo miró fijamente mientras este ladeaba la cabeza de lado a lado. Parecía investigarle y medir cada detalle de su fisonomía. Él medía apenas metro ochenta. Y aquella criatura mucho más de los dos metros. Era muchísimo más fuerte que él. Pero tenía que hacer algo. Y lo único que podía hacer era luchar. Aunque sabía ya del resultado final.

Le seguía mirando ladeando la cabeza. Entonces, la levantó al cielo mientras abría sus brazos y emitió aquel sonido gutural. Cambió el hacha a la otra mano y se dispuso a atacar. Justo ahí le indicó que se detuviera, que esperara. Se llevó las manos a la cabeza. Puso sus largos dedos índices en la parte posterior de aquello que parecía una máscara. Sus garras eran negras y afiladas. Su cuerpo era negro, menos en el pecho. Este era gris. Se escuchó un «click». Algo parecido al vapor salió de la máscara. Se la fue quitando poco a poco hasta dejar al descubierto su verdadero rostro. ¿Qué era aquello? Miedo. Nunca había sentido tanto miedo. Se quedó paralizado. El cuchillo cayó al suelo. Empezó a correr. Cuando fue a rodear un árbol un poderoso brazo le interceptó. Le dio justo en el pecho. Acabó en el suelo. El pecho le dolía. Pensó que tenía rota alguna costilla.

Se arrastró hacia atrás sobre la tierra mientras la figura le miraba fijamente. Parecía reírse. Disfrutar con toda aquella escena. Aquel rostro… parecía… ¡No sabía qué parecía! Tenía cuatro grandes colmillos; dos en su mandíbula superior, los otros en la inferior. ¡Y los podía mover! Entonces vio aquel gesto otra vez. Tiró un poco su rostro hacia delante y extendió sus brazos. Aquellas fauces se abrieron de par en par mientras emitía otra vez aquel gruñido infernal. Se acercó a él y le levantó del suelo. Intentó asestarle un golpe con el hacha en la cabeza, pero le frenó. Le empujó contra un árbol y lo izó más alto. Nunca había sentido aquella sensación. Su espalda apretada con fuerza mientras le colgaban los pies.

Lo miró con atención. De nuevo moviendo la cabeza. Le pasó la mano por el rostro igual que lo hubiera hecho con «Morti». Rió. Sí, ahora lo tenía claro. Estaba riéndose. Escuchó aquel sonido de nuevo. El que indicaba que había sacado aquellas garras. Las pasó por su estómago suavemente. Le rasgó la camisa y las hundió. No notó casi dolor. Tal vez una sensación parecida a un cosquilleo mientras le abría en canal de derecha a izquierda. Fue ahí que comenzara a experimentar dolor. Introdujo sus manos en su cuerpo y le extrajo las vísceras. Esa sensación era insoportable. Fue notando cada vez más frío. El dolor comenzaba a mitigarse a medida que iba perdiendo sangre. Otra vez el grito gutural. Solamente que ahora parecía venir de una distancia muy lejana. Un crujido. Le había extraído su cráneo junto a su columna vertebral. El silencio. La oscuridad.

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