La oscura armonía en la aldea
Algo raro sucedía en aquella irreductible aldea gala. Los cuatro campamentos romanos que la rodeaban estaban vacíos. Sus integrantes desaparecieron de la noche a la mañana sin dejar rastro alguno. Desde ese día habían pasado cinco meses. Y las sospechas iniciales hacia un ataque sorpresa fueron a convertirse en un ambiente de alegría indisimulada. Aun así, Astérix estaba con la mosca detrás de la oreja. Más todavía desde que el bardo Asurancetúrix comenzara a cantar como los ángeles. Y no, Panorámix no podía tener nada que ver en ello. Es más, todo comenzó un día en el que no estaba. Había acudido a un aquelarre con tal de dirimir qué hacer ante la volatilización de aquellas gentes que les servían de entretenimiento. Y todavía no había regresado. Ni siquiera habían enviado mensaje alguno en el que explicaran cómo marchaban las conversaciones. Por lo tanto, mientras acariciaba su tupido y rubio bigote en aquel risco, no lograba quitarse de encima la sensación de que un desastre acechaba...