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Mostrando las entradas etiquetadas como Naturaleza

La encina en la ladera de la montaña

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El invierno estaba cerca y necesitaba madera. El frío en aquella parte del bosque solía ser demencial. Por fortuna, su cabaña era pequeña y no le haría falta mucha con tal de calentarla. Por lo tanto, antes de ponerse en marcha, agarró el hacha que hacía tanto tiempo atrás le regalaron. Miró su filo y descubrió que necesitaba afinarlo. Así que sacó la piedra que guardaba hacia tal fin y se puso manos a la obra. Lo hizo sentado en la vieja banqueta del pórtico. En la misma en la que solía tomarse el café. Ya fuera cuando se levantaba o después de comer. No le costó mucho ponerla a punto. Llevaba años realizando la maniobra, por lo que le resultaba casi un gesto mecánico. Hasta instintivo. Al terminar, se levantó encaminándose a un prado habido en la ladera de la montaña cercana. Le esperaba un viejo árbol que, según sus cálculos, le llevaría cuatro días talar, por lo que realizaría un esfuerzo titánico. Era una gigantesca encina con el tronco enroscado mientras caía al suelo y acto seg...

Más allá del canto de las sirenas

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- ¿Y ahora qué vas a hacer? - le preguntó. Nadia contemplaba la mar. El horizonte dibujado más allá de lo que su vista podía alcanzar. Entonces, en un gesto lleno de calor, abrazó su cintura. "Volver a casa", reveló a la par que posaba sus ojos en los de él y acariciaba sus rostro. "Saben que existimos.... así que... tenemos que prepararnos para la que se avecina", susurró. "Te voy a echar de menos", expresó a continuación en un lamento que sólo ellos dos pudieron escuchar. - Yo también - confesó Eric mientras las lágrimas comenzaban a surcar sus mejillas. - No te preocupes. Estaré bien. Cuídate. Y sé fuerte. Lo que te espera a partir de ahora va a ser demencial... - Lo sé. Ve, anda... ve a casa. La sonrisa con la que Nadia contestó fue radiante. No le hacía falta expresarse mediante palabras. Se conocían a la perfección. "Volveré a buscarte... pero antes todo tiene que terminar... entonces... entonces te enseñaré mi mundo". - Ve, anda... No te d...

La visita que dio paso a un comienzo

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Mientras iba acercándose, le dio la impresión de que el tamaño de la caravana incrementaba. De ser un pequeño punto en la lejanía que iba imponiéndose en el paisaje. Presidiéndolo. Y aunque no era vieja, no tendría más de diez años, las marcas de la humedad del lugar comenzaban a hacer mella en ella. Además, su original tono verduzco pasó a adquirir uno amarronado. En su entrada, estando tumbada en una silla plegable de picnic, Linda bebía una cerveza mientras fumaba un cigarrillo. Su dulce perfume inundaba el lugar a pesar del tabaco. Y sin realizar gesto alguno que delatara que lo había visto llegar, le indicó que se sentara en la tumbona colocada junto a ella cuando unas gafas de sol ocultaban su mirada. Aceptó la invitación a la par que agarraba una birra. No hizo falta ninguna invitación. Era una costumbre entre ellos que venía de tiempo atrás. - Creo adivinar el porqué de esta visita, pero me gustaría que me explicaras la razón. Prefiero oírla de tu boca. Aunque desgastada, el to...

El prolegómeno antes de la llegada del eclipse

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Tanto tiempo mirándolo estuvo, que ignoró por completo que había cobrado vida. Aunque, quizás, siempre la tuvo. Tal vez en un ámbito que le era imposible captar. Uno que, incluso siendo material, fuera incapaz de percibir. "Podría ser así; por mi parte, te he visto correr a través de estos terrenos desde que tenías unos 10 años... desde la primera vez que viniste a pasar el verano". Esto que comentó le sorprendió un poco. Pero el pánico que le envolvió en cuanto lo vio bajar del palo... y caminar sobre las tierras vestidas por el campo de trigo... hacía rato que desapareció. En el fondo, en lo más profundo de su corazón, siempre deseó que tuviera un alma. Que pudiera caminar junto a él y contarle aquellas cosas que hubiera visto desde las alturas de la estaca. - Tampoco tengo mucho que contarte. Aunque puede que sean bastantes - le confesó cabizbajo el espantapájaros -. Te puedo narrar la forma en que circulan las estaciones, pero no creo que comprendieras mi punto de vista. ...

La extraña visita en medio de la gélida noche

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"Lo tuyo no tiene nombre". Algo parecido le habría dicho su mujer. Pero aquel fin de semana era para él solo. Él mismo iba a ser casi su única compañía en esa vieja casona en mitad del desierto. Podría disfrutar de la soledad y de la fría noche que hacía tanto tiempo no degustaba. Ello mientras tenía a su lado a Ace, su querido pastor alemán de cuatro años. Tenía 48 horas por delante. Y estas las invertiría en hacer nada. Además de beber un poco más de la cuenta, tal y como estaba en esos instantes en el pórtico que disponía la vivienda. Mientras Ace dormitaba a su vera, él gozaba de un cigarro bajo la luz de la Luna en aquella noche despejada. Era bastante gélida, pero no le importaba. Llevaba puesta una gran cantidad de ropa de abrigo. Además, un gorro le cubría la cabeza. Y unos guantes sus manos. Y estos no le impedían manejar con soltura la botella de whisky. Tampoco el vaso en el que lo vertía o el paquete con cigarrillos que en su interior guardaba un mechero metálico....

La circunstancia en medio del bosque

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- ¿Sabes? Podría soltarte. Liberar tu pata de la trampa. Pero algo me dice que no debería hacerlo. - ¿Qué estás diciendo? ¿Por qué no vas a soltarme? - Por una sencilla razón. Y esta es práctica. Lógica. O consecuente, si lo prefieres. Eres un lobo. Y como tal, por mucho que te ayude a liberarte, ¿quién me dice que no me atacarás en cuanto lo haga? - ¿Y? ¡Y tú un zorro! ¿Quién me dice a mí que no aprovecharás esta situación de ventaja? ¿Que saltarás sobre mi aprovechando esta circunstancia? - Podría hacerlo, pero tú también podrías hacer lo mismo en cuanto me acercara con tal de liberarte. Guardaron silencio mientras se observaban mutuamente. El zorro contempló la pata del lobo. La herida en ella habida era profunda. Tanto que dejaba ver el hueso a la par que estaba rodeado de la carne desgarrada. No había sangre. Las larvas no permitían que coagulara mientras estaban alimentándose de ella. Debía llevar varios días así. El olor a podredumbre inundaba el ambiente. - ¿Me prometes que si ...

Un maquiavélico, y ambicioso, propósito

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Le bastó un simple zarpazo con tal de cortarle la cabeza. Fue rápido. Certero. Metódico. Los ojos en ella abiertos de par en par dejaban ver la sorpresa. Lo inesperado de la acción. Y en sus perplejas fauces, la rosada y larga lengua tembló momentáneamente a consecuencia de los espasmos musculares. Pero todo terminó en un instante. Contempló la testa tirada en el suelo. El charco de sangre que la rodeaba. Y esto hizo que volviera a emerger su hambre. El cerebro. Lo que más ansiaba era disfrutar de cada uno de sus matices. La esponjosidad que destilaría al ser masticado. Y después engullirlo. Más teniendo en cuenta que no había podido disfrutar el del burro. Pero ahora podría desquitarse con lo del interior del cráneo del zorro. Y este había sido listo. Muy listo. Pero cometió el error de robar la cabeza del equino. La quería para él tras convertirlo en el chivo expiatorio que habría de salvarle la vida. Tras haber burlado el hambre que padecía el león. Unas seis horas atrás, al momento...

Una claustrofóbica situación

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Volvió a mirarse las manos. Estaban heridas. Le sangraban. Los cortes en ellas dolían tal si pequeñas y frenéticas punzadas fueran. Además, la tierra las cubría. ¿Qué había pasado? No recordaba nada. Su memoria sólo llegaba al momento de tener enfrente a aquel hombre. No recordaba nada más. Y este lo observaba de arriba abajo. Pero con un aire de indiferencia que le causaba pavor. Su mirada era fría. Calculadora. Parecía estar analizando el más mínimo gesto que hiciera. - Deberías relajarte. Ya has completado todo lo que tenías que hacer. El resultado es doloroso, pero es lo que debía hacerse - susurró. Su voz era desgastada. Con un ligero atisbo delatando tartamudez. Entonces, fue él quien examinó al extraño individuo. Vestía una raída gabardina que le llegaba hasta los pies. Y calzaba unas botas ajadas que dejaban ver el acero de sus punteras. También un enorme sombrero. La sombra que originaba únicamente permitía atisbar la dureza de su mandíbula. Además de una poblada barba que lle...