El ejercicio propuesto en hora y media de clase
La puerta del aula fue abierta despacio. Y esto permitió escuchar el característico sonido de las desgastadas bisagras. A través de ella apareció la figura de una mujer de unos 45 años. Era morena. Con una rizada melena que rozaba su cadera. Vestía una falda vaquera que le llegaba hasta las rodillas. Además de unas oscuras botas que casi las alcanzaban mientras su negra camisa tenía desabrochados los dos primeros botones. Ello formaba un triángulo invertido que, ligeramente, dejaba atisbar el busto escondido bajo la prenda. Recortando los cinco metros que había hasta él, caminó hasta el escritorio. Una vez allí, dejó la carpeta sobre la mesa. Pero optó por no sentarse en la silla; rodeó el mueble hasta colocarse en su parte delantera. Dando un pequeño impulso, se acomodó encima y cruzó las piernas. Sus oscuras, y gruesas, cejas resaltaban con el tono café de su piel. Y esto hacía que los ojos marrones que observaban a los alumnos fueran más profundos. Sus pómulos podían distinguirse po...