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LOS MOMENTOS DE LA RELATIVIDAD

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  Azúcar en las heridas. Y la leche de tonificante con la cual revitalizar cada cuerpo. Y las aguas en las almas. Las cervezas con tal de darles el calor y el kalimotxo con tal de refrescarlas. Un cigarro que las acompañe. Un pintxito que las fortifique en medio de las barras, o las terrazas, mientras se le da forma y color al tiempo.  La metáfora del volar mientras dibujamos los instantes. Ya sea en la mañana, la tarde o sin el sol desde la relatividad.

QUIZÁS MIENTRAS EL ALBA TOMA UN CAFÉ

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  El alba le canta a la mañana Tal si los sueños ocurrieran despiertos en cada atardecer donde las flores germinan. Puede que sentada en una mesa mientras bebe café acompañado por unas tostadas. Incluso podría fumarse un cigarrillo. Ahí los muros serían de fantasía. A nada le prohíben cruzarlos y averiguar qué guardan con tal de que palpite cada corazón.  El alba le baila a la esperanza. Tal si su calor despertara cuerpos  dormidos por tener jardines sin tonalidad.  

MÁS ALLÁ DE TIEMPO Y EL ECLIPSE

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  Puede que el tiempo sea nuestro dueño. O puede que no. Quizás sólo nos mira al igual que lo hacemos con las estrellas. En el mismo modo que con este eclipse. Quizás el tiempo es nuestro refugio. O puede que no. Quizás sólo nos guarda al igual que lo hacemos con la memoria. Puede que sólo seamos un grato instante. Podría ser que sólo sea una ilusión. O que lo viviéramos mucho antes...  incluso que lo volvamos a transitar.  Hasta puede ser parte de un todo.  Algo unido aunque todas sus partes nunca tengan la constancia de las otras. 

¿Dónde terminó su par?

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El frío acorralaba su cuerpo. Lo sentía duro, agarrotado. Pero no era una sensación física. Resultaba ser psicológica. El temor, el pánico y la incertidumbre lo dominaban en aquella esquina. ¿Dónde estaba su par? Una cosa era tener que padecer aquel enorme agujero raído en la parte superior de su anatomía. Y otra muy distinta encontrarse desamparado del mundo. En más de una ocasión escuchó historias similares. Sobre todo cuando era niño. Nunca les dio importancia. Menos aún según iba creciendo. A medida que la adultez encaminaba lo que era el ciclo vital de un calcetín. "Cuento de viejas". En su día lo describió de tal tesitura al que era su compañero. "Sólo nos quieren acojonar", comentó a continuación el otro. "¿Estás seguro de eso? Mira que como sea real", prosiguió... En ese instante... las palabras de su inseparable resonaban más que nunca en su cabeza. ¿Dónde se había metido? Recordaba... recordaba dar vueltas y más vueltas en medio de un insufrible ...

ERA TAN POCO... Y TANTO AL MISMO TIEMPO

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  Lo tildaban de modélico. ¿De qué? Nunca creyó que lo fuera. Menos lo quiso pretender. Además de no haber tenido uno, pues no los siguió nunca, no comprendía qué lograría siéndolo. Lo tildaban de buen cristiano. ¿Cómo? Si nunca creyó en figuras ocupando los altares. Ni siquiera creía ser alguien bueno. En no actuar con maldad... eso sí era algo en lo que creía. En eso. Y lo tildaban de rarito. ¿Por qué? Por no ser como los demás. Hasta negaba los clichés. No porque buscara ser él mismo... sino porque su calma solamente de él dependía. Pues eso. Un libro. Un café. Un banco mirando la mar. Era lo que necesitaba con tal de sentirse jovial en medio del universo.  Era tan poco... y tanto al mismo tiempo. En el horizonte un cuadro de montaña.  Y música que lo dibujara para sentirse jovial en medio del universo.  Era tan poco... y tanto al mismo tiempo.

LAS ÚNICAS BOMBAS QUE CONOCIÓ ERAN LAS DE LA VIDA

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  Va caminando entre las vías del tren. Porta una mochila. Es su equipaje; además de lo vivido y lo que dejó atrás. Puede que su viaje no tenga fin. Nunca conoció las bombas. Por lo menos las de verdad: las de la vida le eran comunes. Puede que menos que en otros, o su sentir fuera mayor. A saber con qué lidiaba, qué era de lo que escapaba. Pero, mientras tanto, aquellos railes resultaban no estar solos. Ni tampoco acompañados. Caminando oteaba los paisajes. O los ignoraba. En su mente, además de lo fatigado, florecían las dudas. Quizás viajaba sin más; porque sí... ...siguiendo la estela de una rueda que rodeaba su corazón tratando de borrar su coraza de metales. Aunque podría ser que todo aquel largo bagaje pudiera tener su núcleo en algo que sólo él comprendería. 

SU MÚSICA SIN NECESIDAD DE BAILES

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  ¿Cómo podía tener el corazón lleno de piedras en vez de sangre? Pero no la necesitaba: siempre brillaba su pelo bajo la luz de la Luna. Igual que su piel... la cual irradiaba la alegría y sus efectos sin necesidad de bailes al ritmo de la música. O la dulce miel... la cual le confería calma al pasar los años sin parecer inmutable en la senda de la vida. ¿Cómo podía contener su pecho  toda esa energía  con la que emerger sin el atisbo de reventar? Su tesón siempre era calmo mientras diseminada... paz.