EL RELOJ DE PARED MANIATADO POR UNAS CUERDAS
Las cuerdas ataban las horas del reloj. No las dejaban avanzar; las frenaban en un paréntesis que parecía no disponer de lo que llaman el cierre. A los minutos les dominaba el pesar en todos sus sentidos sin la fuerza con la que aflorar en su piel. Y la pared que guardaba el reloj fue cambiando sus colores hasta que no fueron percibidos dejando paso a la melancolía. Una que no disponía de cuerpo ni algo que fuera latente al ser inexistentes los tiempos y los rincones dados en los días. Días en los que la luz no brillaba en su ser al estar sus tonos comprimidos en una basta singularidad. Una que habría de disfrutar su colapso. De él floreció la esperanza; y tras un breve rato de éxtasis la calma tuvo presente con lo pasado y lo por ver.