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La encina en la ladera de la montaña

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El invierno estaba cerca y necesitaba madera. El frío en aquella parte del bosque solía ser demencial. Por fortuna, su cabaña era pequeña y no le haría falta mucha con tal de calentarla. Por lo tanto, antes de ponerse en marcha, agarró el hacha que hacía tanto tiempo atrás le regalaron. Miró su filo y descubrió que necesitaba afinarlo. Así que sacó la piedra que guardaba hacia tal fin y se puso manos a la obra. Lo hizo sentado en la vieja banqueta del pórtico. En la misma en la que solía tomarse el café. Ya fuera cuando se levantaba o después de comer. No le costó mucho ponerla a punto. Llevaba años realizando la maniobra, por lo que le resultaba casi un gesto mecánico. Hasta instintivo. Al terminar, se levantó encaminándose a un prado habido en la ladera de la montaña cercana. Le esperaba un viejo árbol que, según sus cálculos, le llevaría cuatro días talar, por lo que realizaría un esfuerzo titánico. Era una gigantesca encina con el tronco enroscado mientras caía al suelo y acto seg...

¿POR QUÉ QUERER SER JUEZ?

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  No busco ser un juez. No me interesa la vida de los demás; así que, ¿por qué habré de juzgarlos? Me resulta un gasto superfluo de energías, además de darme dolor de cabeza cuando tiempo atrás me quedé calvo. ¿Para qué ser un juez? Lo curioso es que cuando tenía los veinte te diría lo mismo que ahora cuando rondo cuarenta y tres. Será que no disfruto del estrés. Por lo tanto, ¿para qué ser un juez de los de las historias ajenas? No me interesa ser doctorado en lo que no me compete y menos aún dirigir la vida de los demás. Menos cuando levantan juzgados en cualquier esquina y parte desde las intenciones en las que moldear almas.  Por lo tanto, ¿para qué ser un juez cuando ya lo realizan otros más? Y lo curioso es que parecen sonrientes en su cometido hasta que en sus carnes lo padecen. Entonces parece no gustarles.  No quiero ser un juez. Menos impartir justicia edulcorada cuyas bases serán los principios del que dicta cómo habrán de ser las cosas en función de cuáles sea...

Un columpio, la hierba y el jarrón quebrado

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Siete años después de caerse el jarrón todavía podía escuchar su sonido al quebrarse. Sucedió minutos antes de que dejaran la casa y, desde entonces, exceptuando la persona que una vez a la semana iba a limpiarla, nadie había regresado. "No sé cuándo volveré, lo que quiero es recordar cada detalle cuando lo haga", contestó al momento de preguntarle el porqué de que no quisiera que lo recogieran. Y ahí estaba. Igual que lo dejó. En frente de la chimenea que el asistente encendió horas antes de que llegara. Tal y como le pidió pretendiendo que el edificio estuviera caliente. Sus restos no brillaban al estar cubiertos de polvo ya que prohibió que lo quitaran. Cerró los ojos y escuchó la suave música que antaño presidía cada rincón. Sin motivo aparente, se agachó y agarró uno de los pedazos. Si apretaba un poco podría cortarse. Lo dejó de nuevo con la misma delicadeza. Y avivó el fuego. Entonces sintió las voces que antaño la vestían, y abrigaban. Las risas. Los susurros. Alguna ...

DE LO COMPLICADO Y LO SENCILLO

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  Lo fácil es que transcurra el tiempo. Y lo sencillo, no darse cuenta de cómo sucede. El no percatarse de la proximidad de las metas cuando toman cuerpo en el sendero. Fácil es olvidar una fotografía  y recordarla con tiempo después. Lo complicado suele ser recordarla sin ignorar aquellos instantes.  Ese no omitir del mundo al que forma fuimos dando. La sencillez que suele disponer todo lo que disfrutamos tener.  Lo fácil, sencillo, complicado, fluido... ha de depender de cómo lo construimos. Depende de si es muralla. Depende de si es llanura. Pues depende de lo que depende.

LA CAUTELA DE LAS FLORES AL FLORECER

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  Veo tristeza. Incluso en los ojos de los que fingen estar alegres. Los que lo están tienen por manía no percatarse de lo de los otros y crean un círculo. Uno de disfraces brillantes que no permiten brillar a los que suelen por iluminar sin recurrir a artificios carentes de los sentidos que son naturales.  Y, mientras tanto, las flores siguen floreciendo. Pero lo hacen con cautela, pues les dieron a conocer de las de plástico que carecen de fragancias. 

El regalo de Kirsty al regresar

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El vaso estaba frío. Y el agua condensada en su exterior dibujaba formas curiosas. Tratando de descifrarlas, se quedó un buen rato observándolas. Esto provocaba que su sed incrementara a la par que delante suyo le aguardaba la cerveza. Decidió esperar un poco más. Así que agarró un puñado de los frutos secos que le ofrecieron y fue comiéndolos a tandas. Los masticaba. Los ingería. Y volvía a empezar. Repitiéndolo hasta en cuatro ocasiones. - ¿Vas a estar así todo el día? Esto lo sobresaltó. Miró al lugar del que provenía la voz. Justo a su vera, sentada en un taburete, vio que Kirsty le observaba con su característica sonrisa. Incluso llegó a morderse el labio. Era un "tic" bastante común en ella. Y recordó la primera vez que lo vio. Fue en una comida social. Días antes de que Larry y Julia fallecieran en el extraño incendio habido en la antigua casa familiar. - ¿Qué haces aquí? No esperaba encontrarte en un lugar como este. Lo último que supe de ti... es que estabas ingresad...

Cuando le envolvía la oscuridad

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En medio del asfixiante calor de la noche, cuando el sudor recorría cada centímetro de su cuerpo, decidió levantarse de la cama. Salir al balcón y tomar algo de aire fresco. Pero antes pasó por el baño. Necesitaba mear. No era que tuviera mucha necesidad, aunque aligerar peso le vendría bien si después regresaba a ella. Eran cerca de las cuatro de la mañana, y quedaba poco más de hora y media con tal de que sonara el despertador. Así que, tras miccionar y bajar la tapa (no accionó la cisterna pretendiendo no despertar a los vecinos), comenzó a lavarse las manos. También un rostro completamente pegajoso por las secreciones sudoríparas. En cuanto terminó, regresó a la habitación y salió al balcón. Aunque antes iría a la cocina con tal de calentar un poco del café que tenía preparado para el desayuno y después de comer. Sería entonces que accediera a la diminuta terraza que daba a su cuarto. Una vez ahí, agarró uno de los cigarrillos del paquete de tabaco dejado sobre la mesa. Nada más en...