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EL VERDE, Y COLORIDO, PAISAJE DIBUJADO CON ESPLENDOR

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  Andando, como quien no quiere la cosa, un columpio emergió entre las sombras de los árboles con el frescor que emanaba entre sus ramas. Danzaba con su característico bamboleo. Quizás sin preocupación alguna, pero lo realizaba sobre las flores que crecían en ese jardín siendo del todo ajenas a lo que su alrededor tenía lugar en aquel océano verde. De repente, y sin más, activaron el aspersor. El lugar fue bañado con agua pretendiendo que pudiera refrescarse bajo el candor del arcoiris mientras dibujaba aquel lugar con el esplendor de las brisas al ir sumergiéndose en él. Sacaron los animales sus cabezas sin padecer miedo. Su regocijo les fue ferviente. Disfrutaron de una sonora algarabía. Ante la escena, el columpio sonrió. Y bailó con total desinterés. Tal y como nunca antes lo hiciera jamás. Y el que ahí fue como quien no quiere la cosa lo disfrutó sin podérselo creer. Y fue que por siempre lo recordó.

EL PORQUÉ DE QUE LA OLA PINTASE CUADROS

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  Quiso saber si la ola estuvo en otros lugares. Si en otras costas rompió. Le contestó que no, pues no le correspondía. Pero que otras contaban lo que les contaron aquellas que otras vieron. Entonces quiso saber si no le gustaría verlas. Contestó que podría ser, que bastaba con soñarlas. Que pintaba cuadros con las que imaginaba. Al final, estos les servían a modo de foco con el que ser alumbrados. Que con tales conseguían  disfrutar de otros parajes.  Y descubrir el mundo. 

¿UNA CRIATURA SIN NOMBRE?

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  Verde. El color de su sangre era igual que la tierra que la vio nacer. Azul.  El tono de sus pieles era igual que los mares que no vio crecer. Marrón.  En sus ojos renace  la flor que transforma los desiertos  verdes.  Rojo. Sus cabellos disponen de la fortaleza de cuando el león  ruge. Mística. Real. Pero sin nombre. Dicen que camina por el día. También que nadie la ha visto. Menos quien la haya nombrado. Leyenda. Ficción. Y con porte. Comentan que tal vez no exista, que no tienen su recuerdo. Y que de ella nadie escuchó. 

De vuelta a la Isla Nublar

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- Son preciosos, pero larguémonos de aquí. Ellie no prestó atención al doctor Grant cuando este comentó aquello en voz baja. En su lugar, continuó analizando detenidamente lo que tenían en frente. Ocultos entre espesos helechos gigantes, no apartaba la vista de aquel T-Rex a punto de atacar al triceratops. Su marcado plumaje era vistoso. Demasiado florido si con él pretendía camuflarse entre la vegetación. Pero, entonces, recordó el caso de los tigres. Estos, desde nuestro punto de vista, parecen no pasar desapercibidos en la naturaleza. Sin embargo, a ojos de sus presas resultan casi invisibles. En el supuesto de verlos, los perciben con una tonalidad verduzca. Es prácticamente imposible que noten su presencia. - ¿En serio? Estamos en dirección contraria al viento. No nos va a detectar - protestó Ellie -. ¿Qué es lo que tenemos que temer? - De ellos nada - contestó Alan -. Están ensimismados teniéndose uno frente al otro. Pero los más pequeños tienen que estar en los alrededores aguar...

AL IR RELUCIENDO SU ESENCIA

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  Su risa era contagiosa, más aún con sus labios rojos y su melena al viento en un baile sin necesidad de escaparates. Recuperó tantas cosas con tanto esfuerzo... que parecía otra persona incluso siendo la misma ante los que la vieron antes. Al momento de encontrarla seguía el olvido... sobre esa noción primera al ir reluciendo su esencia que iluminó los presentes.  También contagiaba dicha, y parecía un río de calor incapaz de poder extinguirse mientras iba hidratando los bosques. Además, era capaz de evitar que la vida se marchitarse sin proponérselo. Del hilo hilvanaba sus ovillos con formas sugerentes. Con trazos palpitantes a través del brillos de su color. Sin pretendérselo iba concediendo a las noches  su sino al revelarle sus gracias. 

SOBRE UN CONOCIDO BANCO SIN LLEGAR A VERLO

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Dos patas el banco tenía. Ni más ni menos. Pero eran resistentes en el tiempo y su discurrir. En ocasiones lo pintaban, y barnizaban también. No era por tenerlo bonito, que también, sino porque era más que parte del paisaje. Menos con tal de que se sentara la gente,  que también, o por tenerlo impoluto.  Pues aunque tenía un porqué su razón de ser no la sabían.  De sus dos patas sí sabían.  Y de su cuerpo, aunque nunca lo viesen.  Era la raíz de su existir. 

TAL VEZ SIN UN PUNTO DE ORIGEN

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  Descanso, y me muevo. Tal vez con un punto de origen y sin tener que tener meta. Tal vez llegaré, o no. Y respiro también en el trayecto. En el tiempo y su senda. Por las veredas de los caprichos y el arte de los dones. En los frágiles verdes que dan en florecer los desiertos. Hasta sueño también  en lo despierto.  Sueño el acto de soñar.  Me muevo, y descanso. Tal vez sin un punto de origen con el cual ignoro la meta. Quizás llegaré, o no.