Un maquiavélico, y ambicioso, propósito
Le bastó un simple zarpazo con tal de cortarle la cabeza. Fue rápido. Certero. Metódico. Los ojos en ella abiertos de par en par dejaban ver la sorpresa. Lo inesperado de la acción. Y en sus perplejas fauces, la rosada y larga lengua tembló momentáneamente a consecuencia de los espasmos musculares. Pero todo terminó en un instante. Contempló la testa tirada en el suelo. El charco de sangre que la rodeaba. Y esto hizo que volviera a emerger su hambre. El cerebro. Lo que más ansiaba era disfrutar de cada uno de sus matices. La esponjosidad que destilaría al ser masticado. Y después engullirlo. Más teniendo en cuenta que no había podido disfrutar el del burro. Pero ahora podría desquitarse con lo del interior del cráneo del zorro. Y este había sido listo. Muy listo. Pero cometió el error de robar la cabeza del equino. La quería para él tras convertirlo en el chivo expiatorio que habría de salvarle la vida. Tras haber burlado el hambre que padecía el león. Unas seis horas atrás, al momento...