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Un viaje en tren que parecía circunstancial

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Sus manos temblaban. Lo hacían de tal manera que el llavero se le escurrió cuando fue a introducir la correspondiente en la cerradura. Atrás dejó la euforia que lo acompañaba. La sonrisa constante que dibujó su rostro hasta poco antes de llegar a casa. Hacía cinco minutos que el corazón le dio un vuelco. Y aunque sabía que nada debía de lamentarse, el malestar fue inundando su cuerpo. Una especie de raro escalofrío no dejaba de recorrerlo. Su estómago se retorcía por un constante, pero intermitente, dolor punzante. En cuanto logró abrir la puerta, un ligero alivio lo abrazó. Pero no conseguía difuminar esa gris sensación. Sólo la mitigaba. Como si la disfrazara o fuera la sacarina usada con tal de prevenir los males del azúcar. Tras resoplar, cruzó el pasillo hasta llegar a la sala de estar. Y una vez allí, dejó caer la mochila del trabajo en el sofá y se tiró en él llevándose las manos a la cabeza. - ¡Hombre! ¡Ya era hora de que llegaras! - era su compañero de piso justo después de oí...

El primer vástago desde la sobriedad

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Entonces, justo cuando le puso el punto final al libro, sintió un vértigo tremendo. Tuvo que agarrarse a la silla del escritorio con tal de no caerse. Todos los miedos que sentía parecieron aflorar de repente. Como si fueran un volcán que erupcionaba tras acumular toneladas de lava. Trató de respirar, de calmarse. De despejar la mente. Y cuando todo pasó, agarró un cigarrillo y lo prendió. Había dejado atrás el egoísmo. La decisión de seguir adelante con tal de no perder a su pareja y los niños. Y ahora, aunque le quedaba pulir algunos detalles y corregir la novela, comprendió que todas las demás las había escrito él mismo. No la cocaína. Ni el alcohol o las demás sustancias. Siempre fue él. Su Yo emergiendo a través de la niebla que disfrazaba sus fantasmas. Incluso apaciguó el pánico ante la crisis del escritor que tanto temía habiéndola sufrido estando sobrio por primera vez después de tantos años. Decidió ir al pórtico de la casa. Acabar ahí el pitillo mientras tomaba un té. Lo hiz...

Los fantasmas que rodeaban la cabaña

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Sentado en el sillón mientras tomaba café, el gesto que Mara realizó al cerrar las pequeñas portezuelas de las ventanas le resultó extraño. No prestaba atención al exterior. Apartaba su mirada como si pretendiera no atisbar nada de lo que fuera de la cabaña había. Y también lo hacía cuando descorría las diminutas cortinas. Incluso, le pareció que, en ese instante, sus manos temblaban. Guardó silencio. Siguió observándola. Esa misma maniobra la repitió en todas las demás. En las seis que, durante el día, permitían que la luminosidad entrara en la sala. Entonces comprendió que lo mismo acometió con todas las que la vivienda disponía. Poco antes, recorrió cada habitación de ella. No le dijo nada. Simplemente, se levantó del otro sillón y empezó a recorrer cada estancia en un completo silencio. - ¿Por qué...? ¿Por qué estás haciendo eso? - quiso saber. La mujer se sobresaltó de forma ligera cuando escuchó su voz. Había estado ensimismada. Sumergida en a saber qué pensamientos. Y un leve ru...

EL TACTO SIENDO INTERPRETE

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  Sangré. Pero las lágrimas formaban sus fluidos. Y no eran salados. Eran dulces, más bien. Y libres de la amargura. Cerré los ojos, pero pude ver. Escuché sin usar oídos hasta lo que no comprendí. El tacto me servía de intérprete. Quizás fuera algo que nunca olvidé. O que estuviera guardado aguardando su descubrir. O siempre presente sin de él saber.  Lloré. Pero con la alegría de los buenos ratos. Y me sentí pleno sin de ello mismo ser; y menos aún de lo "normal". Y me desnudé estando vestido. Pero me refiero a mi alma; aunque, quizás, a mi cuerpo también. Incluso sin ir... montañas crucé... de un lado hasta la otra punta... en mis sueños... volcados en cuentos.

LA LUZ QUE DA CALOR...

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  Suave. Que la luz avanza sin la prisa otorgada a los días modernos que nos ha tocado vivir. Dulce. Que la luz dispone del azúcar con que endulzar las noches y su frío sin llegar a ser maniquí. Vive. Que la luz reviste nuestras almas sin carencias de lo disfrazado a través del pitiminí.  Entona canciones a la Luna. Y que nazcan del corazón. Pues, aunque no las recuerdes, siempre quedarán sus raíces. Baila con el ritmo de su dicha. Y siente todo su tesón. Pues, aunque te sientas triste,  siempre podrás levantarte.

BELLAS PALABRAS ERAN SUS ARMAS

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  De tanto predicar sobre la paz le fue inmune el dolor. Del ajeno especialmente, ya que le producía placer. Incluso ofrecía el bálsamo con el cual aletargar los males y crecieran después en sus formas. Eran bellas palabras sus armas, y guiar en el correcto proceder ante su mirar atento. De la paz que tanto mencionaba su desgaste logró. También liberó su mente  al colmar sus emociones. Del dolor nunca más nada supo, pues la palabra desapareció por arte de magia. Las que se quedaron fueron las brújulas de la inercia, las que señalaban a su gozo.

LO HABIDO DETRÁS DEL SONIDO DEL MAR

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  La noche me trae el sonido del mar. Y con él, sus tonos cargados con lo dulce de la sal dando color al paisaje. Además, del viento sus texturas. Y su luz en el Sol bailando con lo frágil de la paz  vistiendo su digno traje. Y después, ofreciéndole un brindis, puedo saborear el vino que los ríos ostentan en sus cauces. Y, también, las frutas que florecen tal si resultasen trofeo que festeja el hecho del existir.