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Y SIENTE QUE LE VA GUSTANDO MÁS

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  La lengua bífida se lamenta. Las fétidas escamas la cubren llegando el olor a sus entrañas. No encuentra consuelo. Sólo siente el hedor. La lengua bífida se fustiga. Lo insano es el traje que la viste haciéndole nacer crueles llagas. No encuentra descanso. Sólo siente dolor. Una vez trató morderse. Lo único que logró fue perder un trozo. Y de él emergieron los gusanos que del pedazo se alimentaban y, a la par, de la lengua bífida también. Lo más curioso de todo ese proceder es que, después, los bichos obtendrían la belleza al transcurrir el tiempo. Pero la lengua bífida igual prosiguió conviviendo con la peste.  Ese mal se enraizó. Como la raíces que van extendiéndose bajo tierra mientras buscan los nutrientes de la vida. Ese mal gangrenó. Igual que los diccionarios le confieren a lo negro la potestad de ser cada verbo del mal.  La lengua bífida se carcajea. La va cubriendo la podredumbre y siente que le va gustando más. No encuentra remanso. Sólo siente rencor.

LO QUE ME RESULTA INTERESANTE...

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  No me gusta correr. No tengo prisa, aunque no me sobre el tiempo prefiero caminar lento que acabar tropezándome en cualquier esquina. Y si me haces correr... pues vaya ganas de andar jodiendo al prójimo. Tal vez estés aburrido... o sin nada mejor que hacer. ¡Pues menuda risa! Prefiero sumergirme en mí... me resulta mucho más interesante que lo de los demás. Cada uno tiene lo suyo, no me interesa lo ajeno. Y no me gusta los temas del corazón, aunque si deciden exponerse que cada cual aguante su vela. Y más aún me disgustan las celdas que por su carácter no permiten ver el horizonte sin estar nublado. Me gusta deleitarme en mí... aunque nada interesante pueda tener. ¡Ja, pues vaya gracia! Y mira que tengo ombligo, esa cicatriz en todos. Y menos aún me atrae la censura del que implanta los silencios. ¡Y mira que son hermosos! Pero al ser impuestos huelen fatal. Confunden placebo y la anestesia, o puede que en el fondo no. Eso de crear oídos sordos debe serles una afición grata....

CÓMO ERAN IGNORADOS VELO Y TELÓN

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  El hacedor de las penas hizo de la castidad el instrumento con el cual dirigir cada una de las zancadas con tal de beneficiarse del silencio que construyendo fue. Su centro eran las miserias mediante las cuales lograba los desvíos en su profundo herir sin que fueran percibidas sus acciones dirigiendo a los abismos que levantando fue. Igual que Pilatos al rato de las manos lavarse, pero con intención plena. Y con el escarnio, a modo de Sanedrín, consiguió la más pulcra herramienta con tal de que su posición no sufriera ningún daño. Incluso, hasta lograr lapidar su cenit mientras adquiría mayor soltura lo que hubo de ser su trono social con el que ser Santo. Haría resonar sus risas, pero si de un espejismo fuesen fueron de lo sordo. Orgulloso de su gracia, veía cómo eran ignorados velo y telón en su uso de vestir el paisaje con sus formas indicando cómo debía de ser todo por su propio interés.

EL FUEGO QUE, QUIZÁS, NO LE HIZO PERDERSE...

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  El fuego le hizo perderse, pero le acompañó en el camino a modo de llama siendo incapaz de extinguirse. Además, lo hizo con propósito... con intención en su mente. Se perdió, tal vez, queriendo tropezarse con lo que dejó atrás. Quizás fuera su alma, o la sangre que por sus venas circuló.  Aquello que fue la parte esencial de todos sus vínculos. El fuego le hizo encontrarse, le hizo ver que seguía siendo él mismo pese a las vivencias  con las que hubo de cruzarse. 

LA GALA EN SU CAMINO A LA "NORMALIDAD"...

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  Tras cuatro días en la gala la fiesta careció de sentido. Las bebidas quedaron calientes y en el fervor del limbo las mentes. Los canapés fueron consumidos dejando la estela de la gula en una marca cada vez más latente. Igual que un alimento que se repite dando las muestras de su malestar al tomar el cuerpo de lo fijo. El sentido de lo "normal" cuando le dan un giro completo. Una rara forma de costumbre  creando un muro cada vez más grande.

SIN QUE SU AUSENCIA COBRARA

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  Se fue. Se quedó. Se marchó dejando la esencia en el céfiro a modo de su perfume. Estuvo, por lo tanto, siempre presente sin que su ausencia cobrara de las penas de los que le conocieron al verterles sus ganas del vivir. Contagió, por lo tanto, la luz de soles sin que fuera descubierta  la segunda estrella que le da sentido al sistema al que debes tu existir. Y con ellas la risa de su semblante a modo de gloria por el tacto de su calor.

Un viaje en tren que parecía circunstancial

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Sus manos temblaban. Lo hacían de tal manera que el llavero se le escurrió cuando fue a introducir la correspondiente en la cerradura. Atrás dejó la euforia que lo acompañaba. La sonrisa constante que dibujó su rostro hasta poco antes de llegar a casa. Hacía cinco minutos que el corazón le dio un vuelco. Y aunque sabía que nada debía de lamentarse, el malestar fue inundando su cuerpo. Una especie de raro escalofrío no dejaba de recorrerlo. Su estómago se retorcía por un constante, pero intermitente, dolor punzante. En cuanto logró abrir la puerta, un ligero alivio lo abrazó. Pero no conseguía difuminar esa gris sensación. Sólo la mitigaba. Como si la disfrazara o fuera la sacarina usada con tal de prevenir los males del azúcar. Tras resoplar, cruzó el pasillo hasta llegar a la sala de estar. Y una vez allí, dejó caer la mochila del trabajo en el sofá y se tiró en él llevándose las manos a la cabeza. - ¡Hombre! ¡Ya era hora de que llegaras! - era su compañero de piso justo después de oí...