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El lago que Ozco, el árbol viajero, encontró

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Era un árbol enigmático. Curioso. De los que comienzan a andar cuando quieren conocer mundo. Tal vez por la necesidad de degustar nuevos horizontes. O disfrutar de la salinidad de tierras diferentes a la suya. El caso es que, un día cualquiera, desenterró sus raíces y comenzó a usarlas a modo de pies. Quizás sin propósito. O puede que con uno enorme. De los que si es pretendido explicar a alguien resulta muy complicado encontrar las palabras exactas. Sería entonces que, en su posiblemente inconsciente trasegar, llegara a las faldas de una montaña. En ella, tal si fuera la inocente lengua de un niño al burlarse de un adulto, una cascada arribaba a su meta formando un pequeño lago. Y sus aguas eran dulces y cristalinas. Además de tranquilas. Los peces nadaban sin importarles el mundo que les rodeaba. El que había fuera de ellas. Y, al mirarlos danzar en un rítmico baile que sólo ellos podían descifrar, el árbol ensimismado se quedó. Tan embriagado estaba en ese trance que, cuando levantó...

LO QUE ESCONDÍA AQUELLA PUERTA

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  Quizás no supiste abrir la puerta. O la llave pesaba tanto que te resultó imposible blandirla. Lo que escondía eran un gran corazón que rezumaba amor sin mirar lo diferente. Era alegría y muestras de calor en cada pálpito por el que bombeaba sangre. Y dentro guardaba una ventana que, al abrirla, dejaba entrar aire refrescando las más tristes almas. No distinguía de etnias, menos aún de lugares del nacer. Le eran indiferentes cada fe, y las suspicacias. Veía las tiernas llamas que bailotean dentro de cada ser. 

Por primera vez desde la Guerra sucedida en los Cielos

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- ¿Por qué? ¿Por qué te santiguas si sabes que no te servirá de nada? El párroco no contestó. Sólo lo miró. Lo analizó de arriba abajo buscando algún resquicio por el cual escapar. Alguna muestra, por mínima que fuera, de debilidad. Pero pareció resignarse. Sabía de sobra que no habría ninguna. Y que lo mejor sería escucharle. Si comenzaban una lucha ninguno de los dos saldría vencedor. Menos aún derrotado. Lo único lograrían sería destruir todo lo que alrededor de la antigua, y reconvertida, Mezquita, había. - ¿Qué has venido a hacer aquí? Llevamos más de 1.000 años sin vernos. ¿Cuál es el motivo de que hayas venido? ¿Y por qué justo ahora? - preguntó el cura sin mostrar signo alguno de temor. De hecho, no lo sentía. - ¿Acaso no lo intuyes? - lo dijo con una neutralidad extrema, pero su tono guardaba un ligero tono de burla - Pues no sé... ¿no va siendo hora de que te me unas? Ya no crees en Padre; hace tiempo que perdiste la fe en él. Por mucho que cada poco tiempo acudas a su presen...

LA LIBERACIÓN DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

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  La monja comenzó a desvestirse con ardiente picardía. Bajo los hábitos, las prendas de encaje incrementaron su exuberante gracia libre de los males.  El cura ambicionó saborear el arte que la monja ofrecía. No existía pecado, sólo eran los dones que Dios otorgaba a modo de eucaristía en aquella tarde. Sus cuerpos comenzaron a danzar en la liturgia de la fe cuando los dulces sudores expresaban la sangre del Cristo. El altar fue el templo consagrado en el que los fluidos irradiaban bajo las arengas del Omnipresente. Y en Él, la situación hubo de excitarle, pues bajó a tomar parte del ritual dejando en la cruz la sombra del don. Y sería entonces que la Trinidad más Santa tuviera encaje en las Escrituras leales ante lo que el Hombre prohibir dictó. 

EL "Y TÚ MAS" SIN SER NIÑOS

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  Trump gritó por una Palestina libre. Y Netanyahu lloró por el daño causado. De repente, la cordura adquirió sentido. El resto de líderes mundiales dejaron de jugar al "y tú más" sin ser niños. Les dio por purgar la inquina de los beneficios. Pero despertó en la barra del bar. Apoyado. Resultaba ser un sueño mientras estaba puesta la tele. Dormitando, pidió otra cerveza. Pues si nada de lo visto fue cambiado... mejor sería seguir perdiéndose.

ERA EL ARMAZÓN DE SU ESPÍRITU

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  El fuego brotaba de su boca: era pasión, alegría, tesón, fe. El miedo por quebrarse. Los asaltos de cada batalla: cada temor, caída, mareo, golpe. La lucha por no ceder. Ese fuego que brotaba de su boca era el armazón de su espíritu al necesitar alivio. Pero también lo gozoso al poder mantener el ímpetu cuando la claudicación le solía tentar. Los fantasmas vueltos en su mejor arma cuando parecía rebosar el baúl  al resultar recargado.

Y SIENTE QUE LE VA GUSTANDO MÁS

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  La lengua bífida se lamenta. Las fétidas escamas la cubren llegando el olor a sus entrañas. No encuentra consuelo. Sólo siente el hedor. La lengua bífida se fustiga. Lo insano es el traje que la viste haciéndole nacer crueles llagas. No encuentra descanso. Sólo siente dolor. Una vez trató morderse. Lo único que logró fue perder un trozo. Y de él emergieron los gusanos que del pedazo se alimentaban y, a la par, de la lengua bífida también. Lo más curioso de todo ese proceder es que, después, los bichos obtendrían la belleza al transcurrir el tiempo. Pero la lengua bífida igual prosiguió conviviendo con la peste.  Ese mal se enraizó. Como la raíces que van extendiéndose bajo tierra mientras buscan los nutrientes de la vida. Ese mal gangrenó. Igual que los diccionarios le confieren a lo negro la potestad de ser cada verbo del mal.  La lengua bífida se carcajea. La va cubriendo la podredumbre y siente que le va gustando más. No encuentra remanso. Sólo siente rencor.