Un viaje en tren que parecía circunstancial
Sus manos temblaban. Lo hacían de tal manera que el llavero se le escurrió cuando fue a introducir la correspondiente en la cerradura. Atrás dejó la euforia que lo acompañaba. La sonrisa constante que dibujó su rostro hasta poco antes de llegar a casa. Hacía cinco minutos que el corazón le dio un vuelco. Y aunque sabía que nada debía de lamentarse, el malestar fue inundando su cuerpo. Una especie de raro escalofrío no dejaba de recorrerlo. Su estómago se retorcía por un constante, pero intermitente, dolor punzante. En cuanto logró abrir la puerta, un ligero alivio lo abrazó. Pero no conseguía difuminar esa gris sensación. Sólo la mitigaba. Como si la disfrazara o fuera la sacarina usada con tal de prevenir los males del azúcar. Tras resoplar, cruzó el pasillo hasta llegar a la sala de estar. Y una vez allí, dejó caer la mochila del trabajo en el sofá y se tiró en él llevándose las manos a la cabeza. - ¡Hombre! ¡Ya era hora de que llegaras! - era su compañero de piso justo después de oí...