Cuando el interior de la guarida explosionó con el exterior
El calor y la humedad del pasadizo de las cloacas le hicieron despojarse de la chaqueta. Su cuerpo estaba completamente sudado. Empapado. Además, la pesadez del ambiente era mayor que de costumbre. Pero tenía que continuar. Debía llegar a la guarida que las Tortugas compartían con Splinter. Llevaba sin noticias suyas desde hacía dos semanas. Y eso le ocasionaba un oscuro pálpito. Por fortuna, conocía a la perfección el camino. Aunque pocas, las veces que acudió le sirvieron con tal de memorizar el intrincado trayecto. Y en medio de tal tesitura, de vez en cuando, maldecía la insalubridad que emanaba el lugar. Le seguía resultando surrealista que la inmensa mayoría de los desperdicios de Nueva York circularan momentáneamente por ahí. Y el simple acto de pensarlo le ocasionó unas punzantes arcadas. Sin darse cuenta, se vio vomitando en una de las esquinas. Pero debía seguir. Y lo hizo tras enjuagarse la boca con un poco del agua que llevaba en una botella de plástico guardada en uno de l...