El primer vástago desde la sobriedad
Entonces, justo cuando le puso el punto final al libro, sintió un vértigo tremendo. Tuvo que agarrarse a la silla del escritorio con tal de no caerse. Todos los miedos que sentía parecieron aflorar de repente. Como si fueran un volcán que erupcionaba tras acumular toneladas de lava. Trató de respirar, de calmarse. De despejar la mente. Y cuando todo pasó, agarró un cigarrillo y lo prendió. Había dejado atrás el egoísmo. La decisión de seguir adelante con tal de no perder a su pareja y los niños. Y ahora, aunque le quedaba pulir algunos detalles y corregir la novela, comprendió que todas las demás las había escrito él mismo. No la cocaína. Ni el alcohol o las demás sustancias. Siempre fue él. Su Yo emergiendo a través de la niebla que disfrazaba sus fantasmas. Incluso apaciguó el pánico ante la crisis del escritor que tanto temía habiéndola sufrido estando sobrio por primera vez después de tantos años. Decidió ir al pórtico de la casa. Acabar ahí el pitillo mientras tomaba un té. Lo hiz...