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LA OPCIÓN QUE ESCOJAS

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  Puede que tengas una zona desconocida. Algún rinconcito que no quieras explorar de tu ser. Y menos plasmarlo en las delgadas hojas del papel. Hasta podría ser al revés. Que tras escrutar tu interior decidas darte a conocer. Quizás mediante varias novelas, puede que a través de un solo poema, cada sombra de las fotografías o hasta los trazos de las pinturas. Pero, elijas lo que elijas, escojas la opción que escojas, descubrirás que no será fácil ninguna de las dos. El ser ese núcleo que pretende su mismo discernir. Y a veces será en las malas, aunque también en las buenas. 

El corazón de Lisipa vuelve a latir

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En un primer momento no le dio importancia. Parecía una piedra pómez más. De hecho, aquel rincón estaba plagado de ellas. Sobre todo al momento de que uno fuera acercándose a la orilla del río. Las antiguas erupciones del extinto volcán que presidía el paisaje las formaron al entrar en contacto su lava con el agua. Surgieron al enfriarse muy rápido el magma. Pero algo en una le llamó la atención. Una esfera dorada emergía de su centro. El anaranjado tono relucía tal si estuviera reclamándole. Sintiendo curiosidad, optó por agacharse y recogerla incluso sabiendo del punzante dolor que sentiría en la espalda al levantarse. Pero desapareció relativamente rápido. En otras ocasiones fue mucho peor. En cuanto se recuperó, la observó de forma detallada. Sí, había una especie de pepita. Aunque descartó que fuera oro. Nada de él encontraron en su día en tales parajes. Además, lo desestimaron mediante algún proceder científico que jamás alcanzó a comprender. Siendo así, arrancó a desmenuzar la p...

EL MIRAR DE LAS ESTRELLAS FUGACES

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  El Diablo me observó. En su rostro estaba dibujada la sonrisa del sonriente y el calor de los amables. Me dijo que mirara las estrellas fugaces, ya que frenarían en seco. Después, seguirían con su camino. "Si te lo dice Dios, no las mires, pues quedarán atascadas". Acto seguido, el Diablo se esfumó. "Vaya, veremos si caso me haces": ¿era Dios el que me hablaba? "Míralas y pide todo lo que desees", soltó desde su mandato. Seguí mi camino mientras Dios expresaba su Furia. No me voltee para verles,  y mis oídos también tapé. Pero imaginé las estrellas fugaces. Y no pedí ningún deseo. ¿Por qué debería de hacerlo? Con su belleza ya tenía suficiente.

¿HABRÁ GENTE QUE NO LLORE?

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  Dime de alguien que no llore. Y no vale el fingir de los psicópatas, estos lo hacen en público con tal de aparentar una normalidad. Dime de alguien que no haya llorado en las penas, y también en las alegrías.  Pues son las lágrimas las cicatrices de los caminos, y cada trofeo de sus placeres. El cuerpo del alma de los que profesan el ateismo, y su propia muestra en los creyentes. ¿Habrá gente que no llore? De ser así, menuda carga soportan al ir aumentado el peso de aquello que no consiguen aligerar. 

LAS NORMAS DEL SILENCIO MUDO

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  Cuando los silencios reinan... es porque fueron impuestos. Y los que disponen de disfrute dejan de ser de su cuerpo al haber sido borrados. Pasan a ser prisión, celda con las frías paredes donde el calor es ausencia. El reflejo de las penas. Hasta laberinto  en el que no se ven cruces, ni siquiera líneas rectas.  Es el reflejo de ausencia.  Y no pierden su belleza pues esta deja de contar con vocablo. Es más, desaparece del diccionario sin siquiera ser borrada. Y menos disponen de huellas: las suprimen los silencios  al convertirlos en la Ley.   Son unos fosos profundos  sin la existencia del tiempo. ¿Qué interés tienen  los que los silencios mandan imponer?

LA SEÑAL DE "ATENCIÓN"...

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  "Atención", rezaba el cartel. Miró a todos lados, pero no logró ver nada. Nada por lo que sospechar sobre lo indicado. Nada que pudiera tener algo con lo que alarmarse. Y le tocaron el hombro. "¿Qué haces?", escucharía después a su vera. A mirar comenzaron los dos el qué de la señal donde  se encontraban. Pasaron así la tarde: bien ensimismados buscando lo que buscaban. Pero nada los sorprendía, no había nada nuevo o que fuera sorprendente. Nada que los alarmase. Entonces, llegaría otra persona., Cordialmente, los saludó. "Vaya, resulta que sí funciona, al fin pusisteis atención".

La encina en la ladera de la montaña

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El invierno estaba cerca y necesitaba madera. El frío en aquella parte del bosque solía ser demencial. Por fortuna, su cabaña era pequeña y no le haría falta mucha con tal de calentarla. Por lo tanto, antes de ponerse en marcha, agarró el hacha que hacía tanto tiempo atrás le regalaron. Miró su filo y descubrió que necesitaba afinarlo. Así que sacó la piedra que guardaba hacia tal fin y se puso manos a la obra. Lo hizo sentado en la vieja banqueta del pórtico. En la misma en la que solía tomarse el café. Ya fuera cuando se levantaba o después de comer. No le costó mucho ponerla a punto. Llevaba años realizando la maniobra, por lo que le resultaba casi un gesto mecánico. Hasta instintivo. Al terminar, se levantó encaminándose a un prado habido en la ladera de la montaña cercana. Le esperaba un viejo árbol que, según sus cálculos, le llevaría cuatro días talar, por lo que realizaría un esfuerzo titánico. Era una gigantesca encina con el tronco enroscado mientras caía al suelo y acto seg...