LA LIBERACIÓN DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
La monja comenzó a desvestirse con ardiente picardía. Bajo los hábitos, las prendas de encaje incrementaron su exuberante gracia libre de los males. El cura ambicionó saborear el arte que la monja ofrecía. No existía pecado, sólo eran los dones que Dios otorgaba a modo de eucaristía en aquella tarde. Sus cuerpos comenzaron a danzar en la liturgia de la fe cuando los dulces sudores expresaban la sangre del Cristo. El altar fue el templo consagrado en el que los fluidos irradiaban bajo las arengas del Omnipresente. Y en Él, la situación hubo de excitarle, pues bajó a tomar parte del ritual dejando en la cruz la sombra del don. Y sería entonces que la Trinidad más Santa tuviera encaje en las Escrituras leales ante lo que el Hombre prohibir dictó.