El lago que Ozco, el árbol viajero, encontró
Era un árbol enigmático. Curioso. De los que comienzan a andar cuando quieren conocer mundo. Tal vez por la necesidad de degustar nuevos horizontes. O disfrutar de la salinidad de tierras diferentes a la suya. El caso es que, un día cualquiera, desenterró sus raíces y comenzó a usarlas a modo de pies. Quizás sin propósito. O puede que con uno enorme. De los que si es pretendido explicar a alguien resulta muy complicado encontrar las palabras exactas. Sería entonces que, en su posiblemente inconsciente trasegar, llegara a las faldas de una montaña. En ella, tal si fuera la inocente lengua de un niño al burlarse de un adulto, una cascada arribaba a su meta formando un pequeño lago. Y sus aguas eran dulces y cristalinas. Además de tranquilas. Los peces nadaban sin importarles el mundo que les rodeaba. El que había fuera de ellas. Y, al mirarlos danzar en un rítmico baile que sólo ellos podían descifrar, el árbol ensimismado se quedó. Tan embriagado estaba en ese trance que, cuando levantó...