BELLAS PALABRAS ERAN SUS ARMAS
De tanto predicar sobre la paz le fue inmune el dolor. Del ajeno especialmente, ya que le producía placer. Incluso ofrecía el bálsamo con el cual aletargar los males y crecieran después en sus formas. Eran bellas palabras sus armas, y guiar en el correcto proceder ante su mirar atento. De la paz que tanto mencionaba su desgaste logró. También liberó su mente al colmar sus emociones. Del dolor nunca más nada supo, pues la palabra desapareció por arte de magia. Las que se quedaron fueron las brújulas de la inercia, las que señalaban a su gozo.