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DESDE SU ANSIEDAD...

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En su ansiedad no había rumbos fijos, y menos curvas presentes. Sus mañanas eran noches después de bailar con el insomnio. Solía trasegar con los binomios  sin el factor de los pares. Dejó de creer en las gentes; colocó sus codos  en las barras. En el cenit de su ansiedad sería la soledad su consuelo, aunque fuera de los de frío tacto. No llegaba a soportar a nadie. En el final de su ansiedad debería aprender todo de nuevo, pues olvidó el funcionar del mundo. Y este mostraba una nueva imagen. 

La diatriba de aquel al que llamaban "loco"

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09/II/2018 El loco caminaba feliz por el camino de la cordura. Disfrutaba de cada paso que daba. De la sensación de cada pisada. ¿En serio era él el loco porque disfrutaba de la visión de cada flor a lo largo del trayecto? ¿Porque lloraba de alegría cada vez que veía un animal que se cruzaba con él o de tristeza cuando se escapaban al verlo? Él era él, ¿por qué tenía que ser como querían que fuera? Ya era él mismo, no la visión que otro tenía de él. Siguió caminando y cogió dos piedras. Las frotó sustituyendo dos bolas antiestrés. De eso también disfrutaba; del ruido que emanaban al rasparlas. Disfrutaba de las pequeñas cosas; como cuando cogía una ramita, la partía y olía la savia que salía. Una vez agarró una flor. La olió y apretó. Aspiró la fragancia que emanaba. "¿Por qué haces eso?", le preguntaron. "Lo necesito", contestó. Lo que no sabía su acompañante era lo feliz que le hacía ese simple acto. "¿Por qué, por qué, por qué?", esa pregunta se la repe...

La condena detrás de la caverna

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Su piel era ajada. Negruzca y pútrida por las quemaduras que en su superficie dejaban verse. Además, la sangre brotaba en finas hileras mezclándose con el pus supurado por las infecciones. Pero, a pesar de ello, no parecía dolerle. Incluso reflejaba un gozo acrecentado al coger a su víctima de los hombros. Con una fuerza atroz, los apretó. Y ahí fue que, desde la distancia, pudo escuchar el crujido de los huesos mientras eran partidos. Presa del pánico, no alcanzaba a moverse. Estaba tirado sobre el suelo de la cueva. Vio la forma en que ese ser levantaba el cuerpo de su compañero con suma facilidad. En sus manos, y bajo la increíble fortaleza de aquellos brazos, parecía una pluma. Entonces, ante la incredulidad que sentía por lo que sus ojos le mostraban, aquel ser abrió la boca. Pero no lo hizo tal y como tú y yo podemos hacerlo. Esta fue agrandándose hasta casi llegar al piso de la caverna. Incluso le recordó a la de una serpiente al momento de dislocar la mandibula justo antes de a...

La complejidad de la compatibilidad genética

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- ¿Te duele? - No, o por lo menos no en el mismo sentido en que vosotros sentís el dolor. Nada más decir esto, agarró el dedo índice de su mano izquierda con la derecha. Parecía dislocado al estar completamente echado hacia atrás. Lo estiró pretendiendo recolocarlo. No emitió ningún sonido. Ningún gesto que denotara malestar dibujó su rostro. "Nuestra composición es similar a la plastilina; aunque también tiene semejanza con los fluidos newtonianos. Es la única forma mediante la cual te lo puedo describir con tal de que lo entiendas". - ¿Y por qué me lo cuentas? - Pues no lo sé. Puede que quisiera compartirlo con alguien ajeno a mi especie. Llevamos conviviendo con vosotros unos 5.000 años. Quizás me pesa demasiado la carga del secreto. - ¿5.000? Pero si llevas una vida normal. Trabajas en una oficina y dispones de vida social. - Hay que aparentar que somos personas iguales a vosotros. Nosotros también tenemos que sobrevivir. - ¿Y cómo lo haces? ¿Cómo has logrado pasar desape...

Las dudas previas a entrar en la habitación

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«No molestar». El cartel colgaba del pomo de la puerta. Brillaba. Relucía. Resplandecía ante la fina luz de las lámparas del pasillo. Estaba plastificado, pero gastado en sus esquinas por lo viejo que era. Y nada más verlo, no supo qué hacer. Tenía la llave de la habitación en la mano derecha, dispuesta a abrirla. La hubo recogido cinco minutos atrás. Tal vez menos. Debido a esto, el letrero no tendría que estar ahí. Debía estar desocupada. Vacía. Su primer impulso fue regresar a recepción y protestar por lo que sucedía. Aunque, después, pensó que, quizás, las personas de la limpieza hubieran olvidado retirarlo. Así que, tras discurrir durante un breve rato, optó por introducirla en la cerradura y entrar en el cuarto. Pero en cuanto fue a hacerlo, frenó. Escuchó un extraño sonido que provenía de su interior. Incluso le pareció oír un quejido. O eso creyó. Trató de prestar más atención. Los sonidos eran muy bajos. Casi inaudibles. Por ello, acercó su rostro hacia la madera y colocó su o...

El momento en el que por las tardes es escuchado el sonido de los insectos

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La claridad entraba a través del estrecho agujero habido en la pared. Mientras sus ojos iban acostumbrándose a la claridad, trató de reconocer el lugar en el que estaba. La habitación en la que se encontraba. Pero la estancia le era completamente desconocida. Entonces, reconoció una voz proveniente desde su flanco izquierdo. "Maestro, ¿qué tal te encuentras?". Distinguió su tono suave y pausado. - ¿Dónde estoy? - quiso saber. - En mi casa. Te desmayaste en mitad del trayecto. Una multitud te rodeó pretendiendo salvarte. - ¿Cuánto llevo aquí? - Una semana. Has estado inconsciente todo este tiempo. Observó el rostro de su anfitrión. La cómoda vida que llevaba estaba reflejada en él. Y este era moreno, agradable; incluso fino teniendo en cuenta la figura de las barbas oscuras y espesas que portaba. Su marrón mirada brillaba por las lágrimas que iban acumulándose y no terminaba de verter. "Si tienes que llorar, hazlo. Te sentirás más aliviado", le dijo intentando calmar...

LA MÁSCARA DEL ANÓNIMO

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Era conocido. No podía caminar por la calle sin que lo reconocieran. Fuera al lugar donde fuera la gente solía reconocerle. Era su suplicio.  Deseaba ser normal. Poder caminar tranquilo en cualquier lugar o sitio. Quería poder pasar por indiferente. Optó por coser una mascara. Una con la que el anonimato paz le concediese. Le costó, pero le otorgó forma. Pudo caminar en los veranos  y otras estaciones. Sintió tranquilidad con los ligeros respiros. Pero llegarían los vacíos. Era por manejar un disfraz constante.  Sería entonces que se lo quitaría. Y que nadie lo reconocía vio sorprendido. Al final, de su imagen se fueron olvidando por no llegar a verla cada día.  Entonces sí fue que respiraría  al no sentirse ya nunca más reconocido.