SOBRE UN CONOCIDO BANCO SIN LLEGAR A VERLO
Dos patas el banco tenía. Ni más ni menos. Pero eran resistentes en el tiempo y su discurrir. En ocasiones lo pintaban, y barnizaban también. No era por tenerlo bonito, que también, sino porque era más que parte del paisaje. Menos con tal de que se sentara la gente, que también, o por tenerlo impoluto. Pues aunque tenía un porqué su razón de ser no la sabían. De sus dos patas sí sabían. Y de su cuerpo, aunque nunca lo viesen. Era la raíz de su existir.