El riachuelo resguardado entre árboles



Más que la sorpresa, fue el sentir cómo se movía algo en su interior. Hacía mucho tiempo que no rondaba por allí. Y la última vez que lo hizo no tendría ni quince años. Y ahora, a sus 52, observaba maravillado aquel cerezo. Su tronco era mucho más grueso. Las ramas más extensas y las hojas habían aumentado en número. Incluso resultaba menos dificultoso acceder a su copa. La zona que antaño usaba para ello había anchado. "Vaya, ya podría haber sido así cuando lo utilizábamos pretendiendo escondernos de los demás", pensó.

Se mantuvo en silencio. Lo hizo con tal de escuchar con más atención el sonido de la naturaleza. Los pequeños insectos y los pájaros pululaban de aquí para allá después de haberse acostumbrado a su presencia. La sombra del árbol bañaba su rostro mezclándose con el fino resplandor de la luz que traspasaba el hueco entre las hojas. Y el riachuelo seguía oyéndose desde ahí. Sus aguas parecían más calmas y menos caudalosas, pero la tibieza de su humedad continuaba percibiéndose.

Entonces, pudo apreciar la presencia de varias ovejas. Junto a ellas también estaban algunas vacas. Todas pastaban. Y a lo lejos unos críos jugaban al fútbol mientras las lejanas figuras de varios adultos los observaban. Él mismo había pasado mucho rato en ese mismo lugar gastando las horas del verano mientras soñaba con no regresar al colegio. Aunque no volviera a ver a sus compañeros. Rio con una extraña mezcla de nostalgia y alegría. Pero tenía que marcharse. Le estaban esperando. Estaba hospedado en una pequeña casa rural en el pueblo de al lado. Había ido únicamente con la intención de rememorar sin que nadie le molestase. Mucho menos que él interrumpiera a algún otro.

Aún así, en vez de dirigirse al coche optó por acercarse al riachuelo. Sentía una inmensa curiosidad por saber el aspecto que presentaría. Era como si le estuviera llamando. Un extraña atracción parecía llevarle hacia él. Y nada más llegar, no dió crédito a lo que veía. No era que el caudal hubiera disminuido, es que habían construido una pequeña balsa que contenía el agua. Esto provocaba que el sonido que de antaño recordaba fuera más débil. Además, abrieron un pequeño claro al talar algunos árboles. En ese momento no había nadie, pero aquellos que acudieran podrían disfrutar del Sol y las sombras por igual. Además de refrescarse en unas aguas que en su lugar más profundo tenían hasta cuatro metros. O por lo menos eso explicaba un cartel informativo.

- Las cosas cambian junto al ritmo de vida, pero sigue teniendo la misma magia de cuando eras un niño -le dijo una voz.

Se sobresaltó. Pensaba que estaba solo. A su lado, un anciano con un bastón miraba con el mismo anhelo y sentimentalismo que él. Incluso llegó a suspirar de forma profunda, pero pausada. "El cerezo sigue resultando ser la puerta que da la bienvenida a estos páramos", continuó.

Miró con atención el rostro de aquel hombre. Le resultaba familiar. Lo más seguro es que hubiera pasado más de un momento conversando con él. Y este pareció reconocer el gesto que apareció en su rostro. "Sí, hablamos en más de una ocasión. Aunque quizás no te acuerdes y debas ir reconociéndome a medida que conversamos".

- ¿Quién es usted? -le preguntó al fin.

- Nadie. O quizás alguien. Lo averiguarás después. ¿Te acuerdas de cuando te rompiste el codo al resbalarte con las piedras de allí? Te llevaron en volandas hasta casa. Cómo llorabas por el dolor. Desde ahí fuiste al hospital. La escayola fue tu pequeño trofeo del verano. Entonces no tendrías ni 10 años.

Sí. Se acordaba. Todavía la guardaba. Estaba totalmente firmada por sus amistades y los mayores del lugar. Algunos habían partido. Y de otros no sabía nada desde el momento en que empezaron la aventura del hacerse adultos. "Ese verano me sentí como un auténtico campeón, aunque jamás olvidaré lo que dolió", dijo sin saber por qué. Algo le empujó a ello.

El anciano sonrió. "Dime una cosa; ¿sigues con la intención de venir aquí en cuanto te jubiles?". Esto tendría que haberle cogido por sorpresa, pero en vez de ello sintió un inmenso alivio. Y aunque no comprendía el motivo, le contestó que así era, pues lo soñaba desde hacía más de veinte años.

- Puede que la vida en este lugar no haya resultado muy cómoda en otros tiempos, pero tiene algo que tira. Algo que está anclado en la sangre y que la empuja a volver al afluente del que procede -señaló.

- Vaya, sigues siendo igual de romántico. Incluso más. Y no has perdido ese aura filosófica que te caracterizó.

- Eso parece. Aunque a algunos no les gustaba. Pero cada uno es como es. Maduramos y evolucionamos. Y seguimos siendo la misma persona a no ser que suceda algo verdaderamente trágico que nos corrompa. En el fondo, con el paso de los años acabamos volviéndonos más en nosotros mismos.

- Qué curioso. Ni yo mismo lo hubiera dicho así. Comparto tu reflexión. Ojalá nada haga que cambies de parecer. Y que sigas siendo esa misma persona. Todavía recuerdo cuando corrías por todos los lados. Parecías tener una energía inagotable.

- Ya, pero acababa reventado. Así era que dormía por las noches.

- Como un tronco. No había forma de despertarte.

- Eso mismo decían mis padres.

- Y tú. Incluso estoy convencido de que hoy mismo lo sigues mencionando cuando recuerdas aquellos días.

- Sí, así es. Lo hago más de una vez.

- Quizás por eso es que hayas venido aquí.

- Podría ser. Pero, en el fondo, lo que más necesitaba era mirar mi reflejo en las aguas del riachuelo. Tal y como hacía de niño. Quiero comprobar si la sensación es la misma o está alterada.

- No. No creo que cambie. Podrás mirar con distintos ojos por las experiencias que has vivido. Pero la sensación será la misma y tu mirar solamente más viejo. Pero tus ojos serán los mismos, aunque te haya dicho que serán distintos. Han visto muchas más cosas que entonces. Es así de sencillo, pero al mismo tiempo tan complicado...

- Puede que tengas razón. Pero dime, ¿quién eres? Sé que te conozco, pero no caigo. Me resultas tan... tan cercano...

- No te lo voy a decir. Tendrás que adivinarlo.

- ¿En serio no me lo vas a decir?

- No, no por ahora. Aunque pronto lo descubrirás. Por cierto, ¿por qué no miras tu reflejo sobre las aguas? Llevas conteniéndote todo el rato que hemos estado hablando.

- Sí, así es. ¿Pero cómo lo sabes?

- Tranquilo, ya lo averiguarás. Anda, contempla tu rostro sobre las aguas. Te acompañaré. Hace mucho tiempo que no lo hago.

- De acuerdo -aceptó después de dudar un poco.

Despacio fue agachándose. Con cuidado por lo resbaladizo de las piedras habidas en la orilla del riachuelo. Sus aguas se movían lentamente. Eran hipnóticas y relajantes a la par que formaban pequeñas olas que parecían querer acariciar sus rasgos. Y estos estaban envejecidos, pero llenos de vida. Al igual que sus ojos, los cuales comenzaron a derramar unas finas lágrimas que terminaron cayendo, y mezclándose, con las aguas de aquel río que antaño dieron vida a la pequeña aldea.

Sonrió. Y en su sonrisa descubrió la misma que emitía cuando era un niño. Era curiosa, ingenua y repleta de expectación por todo lo que encontraría delante. Entonces, notó la figura de aquel anciano. Su perfil era tan parecido al suyo... tan semejante... pero al mismo tiempo tan desconocido... era como si le explicara cómo serían el suyo propio el día del mañana. Como si le estuviera desvelando los misterios de la magia que escondía ese lugar.

Fue ahí que reconoció a aquella persona. Aunque nunca la había visto, siempre estuvo delante suyo. Cada vez que se levantaba para ir a trabajar o al dar un simple paseo. Sí. Al fin adivinó quién era. Eran sus propias nostalgias. Sus propios sueños. Sus propios recuerdos. Era él con todas las esperanzas que atesoraba hacia el futuro. Toda la ilusión hacia lo que habría de venir. Era él siendo un adulto entrado en años a la par que todavía disponía del mismo corazón de cuando era niño.
















Comentarios

Entradas populares de este blog

¿FINITO O INFINITO?

Helena escribía su nombre con "h"

LA TOTALIDAD DE LOS PÁRRAFOS