Tras las paredes de su retiro
El sonido de los arañazos en la puerta eran cada vez más frecuentes. Al igual que los golpes. Por fortuna, estaba fortalecida con metal. Y lo mismo sucedía con el exterior de las ventanas. Aquellos monstruos no tenían forma alguna de entrar. Pero, pese a ello, estaba nervioso. Alerta. El temblor de su mano mientras fumaba el cigarrillo lo indicaba. Aun así, disfrutaba viéndoles a través de la pantalla del televisor que mostraba las imágenes de lo que sucedía en el pasillo del edificio.
Dio un sorbo al café que tenía en la taza de cerámica. Los seres eran horrendos. Sus figuras putrefactas y desfiguradas no dejaban ver nada de lo que antaño fueron. No había ni un atisbo de humanidad en ellos. Quizás solamente el envoltorio, pero estaba tan contaminado que ni en lo más mínimo se parecían a él. O eso quería creer, pues de vez en cuando realizaban gestos que los delataban. Y con estos se comunicaban entre sí. Aunque no comprendiera el maldito lenguaje que usaban.
De repente, los vio marcharse. Abandonar el lugar. Apagó el cigarro tras darle una última calada y prestó atención. Todavía los oía, aunque fuera más débil el jaleo que armaran. Incluso pudo distinguir sus característicos gruñidos. Y en parte, provenían del piso de arriba. Habían accedido a él. Pero no le importó. Estaba vacío. Y desde allí tampoco tenían forma de entrar a su casa. Ni siquiera agujereando el suelo. Esa parte la fortaleció también mucho tiempo atrás.
Pero le picó la curiosidad. ¿Qué estarían tramando? Decidió activar las pantallas habidas en él. Y los contempló en medio de una acción que le recordó al reconocer de un terreno. "Qué curioso, han evolucionado rápido en muy poco tiempo", reflexionó. Y es que eso nunca hasta entonces lo hicieron. Solían actuar por simple instinto. Únicamente respondían a su sed de sangre. Era así desde que hacía dos años arrancara la epidemia. Y esta comenzó en lugares específicos y pequeños. Pero fue extendiéndose a pesar de los intentos por frenarla.
Al principio, las noticias reportaban casos aislados de gente que era atacada por otras que se alimentaban de ellos. Finalmente, y con el paso de los días, anunciaron que se trataba de una plaga de zombis. ¿Cómo había comenzado? Nadie lo sabía. Lentamente fueron apoderándose del mundo. Y los humanos tuvieron que idear fórmulas mediante las cuales subsistir. Construyeron ciudadelas fortificadas. Los que pudieron acceder en un primer momento a ellas creyeron ser unos privilegiados. Pero con el transcurrir de los meses se volvieron una trampa. Sus reglas y normas eran tan rígidas que los que las incumplían eran abandonados. Eran convertidos en víctimas. En carnaza. En una nueva modalidad de sacrificio con tal de calmar las ansias de las criaturas.
¿Pero quién era más monstruo? ¿Ellos mismos o los terribles entes que en ese instante pululaban por su bloque de viviendas? Él no pudo acceder a los enormes bunkers que simulaban ser ciudades. Como tantos muchos, tuvo que quedarse encerrado en casa. Una vez cada dos semanas recibían los suministros de alimentos, bebidas y medicinas a través de un complejo sistema que los entregaba por la ventana. Poco tardó en llegar a la conclusión de que todos estaban presos. Quizás los únicos que no lo fueran serían las élites que los comandaban. Pero estas también estaban encerradas. Y eso le condujo a concluir que las bestias eran más razonables que ellos mismos. Incluso actuando por instinto. Aunque resultase que de un tiempo acá hubieran comenzado a socializar. A forjar una especie de cultura similar a la suya. Pero estando 24 horas entre esas paredes le era casi imposible comprobarlo.
Terminó el café y se puso otro. Puede que fuera una acción sin pies ni cabeza ya que podrían disminuir su cantidad en la próxima cartilla que lo racionaba. Pero le dio igual. Que pasara lo que tuviera que suceder. Por lo que encendió otro cigarrillo y prosiguió observando a las criaturas. Sí, algo había cambiado en ellas. Ahora analizaban detenidamente. Casi no armaban ningún alboroto al momento de inspeccionar el terreno. Observaban. Escuchaban. Olisqueaban. Su atención estaba puesta en el más mínimo detalle que pudiera delatar la presencia de una presa. Y ese día se darían con un canto en los dientes. La casa estaba vacía. Siempre estuvo así. O por lo menos desde que se instaló en la suya cinco años antes de que comenzará el apocalipsis. Bien, que siguieran con lo suyo. Al cansarse abandonarían el edificio.
Pero, ante su sorpresa, le pareció ver algo extraño. Uno de los armarios habidos en una de las habitaciones estaba entreabierto. Incluso distinguió un mechón de pelo. También unos ojos que oteaban la estancia. Si aquello era una persona... ¿cómo llegó allí? ¿Qué estaba haciendo? La única posibilidad era que accediera al edificio tratando de huir de las bestias. Y que encontrara la puerta de la casa abierta. De hecho, fue destrozada dos meses antes. Lo vio en directo. Fue en una de las batidas que solían hacer aquellos seres. Y desde entonces sería que notara que comenzaban a comportarse de una manera extraña. Parecían saber lo que hacían. Incluso tenía la sensación de que estaban organizados. Cada movimiento que ejecutaban resultaba tener un porqué.
Aunque, en realidad, en ese instante eso no le importaba. ¿Qué pintaba esa persona allí? ¿Acaso se había vuelto loca? ¿Por qué era que andaba por las calles? El corazón le dio un vuelco. Y una punzada en el estómago le hizo dirigirse de forma apresurada al lavabo de la cocina. Vomitó por la impresión. Acto seguido, dio media vuelta y volvió a mirar la pantalla. Bien, el ruido no lo había delatado. Pero, por si acaso, tendría que dejar donde estaba todo el contenido de sus tripas. Bebió un poco más de café y encendió otro pitillo.
Las criaturas abandonaron el piso. Cambió a las cámaras de los pasillos. Estaban saliendo del edificio. Entonces, regresó a la de la habitación. La puerta del armario fue abriéndose poco a poco. De ella emergió una mujer morena cuya oscura melena resultaba estar completamente despeinada. Parecía llorar. Su ropa estaba desgastada y llena de suciedad. La observó ponerse en pie para después pararse a escuchar lo que alrededor sucedía. Sería que tratando de no hacer ningún ruido dejara la estancia hasta llegar al pasillo principal. Caminando de forma muy precavida lo atravesó alcanzando la puerta de la entrada. Ahí frenó de nuevo. Y tras decidirse abandonó sus límites.
¿Qué debía hacer? ¿Y si la dejaba entrar a su piso? ¿Sería justo abandonarla a su suerte? Entonces por la cabeza le rondaron las provisiones que tenía. Lo que le daban no sería suficiente para los dos. Pero con un poco de suerte, y si lo comunicaban con tiempo, la próxima remesa estaría dirigida hacia un par de personas. Sin saber por qué, se acercó a la puerta. Desactivó el sistema de seguridad tratando de no realizar sonido alguno. Si decidía dejarla entrar... sólo tendría que abrirla, agarrarla y empujarla al interior. No sabía qué hacer. Por la pantalla la veía avanzar despacio. Parecía desorientada. Miraba hacia todos los lados. Entonces, la escuchó pedir auxilio. Estaba gritando por ayuda mientras se llevaba las manos a la cabeza. Y sus alaridos eran cada vez más fuertes y alarmantes. Tenía que hacer algo. Pero no podía darle paso hasta que llegara ahí. Tenía que darse prisa. Todo dependía de ella.
Justo entonces, distinguió que varios de aquellos seres aparecían detrás suyo. Avanzaban despacio, sin emitir ningún sonido. Simulaban una falange militar dispuesta a atacar en cualquier instante. "Vamos, date prisa, ¿es que acaso no te das cuenta que los tienes detrás?", rabió en su interior. Incluso estuvo tentado de vociferar con tal de que despertara. Pero no lo hizo. Su instinto de supervivencia se lo impedía. Además, si llegaban sólo tendría que reactivar el sistema de seguridad.
Cuando la mujer estuvo a menos de 10 metros de distancia se dispuso a permitirle el acceso. A hacerla notar que allí podría protegerse. Pero debía darse prisa. Al final, se abstuvo de hacerlo. Algo le llamó la atención. Fueron un par de gestos de sus brazos. Decidió analizarla más detenidamente. Entonces, repitió el acto. Sus extremidades parecían estar creando una barrera. Los estaba deteniendo. ¿Eso qué quería decir? Y los seres la obedecían mientras agachaban la cabeza en señal de sumisión. No, eso era imposible. ¿Qué podía significar todo aquello? Sin más, activó el sistema de seguridad. Todo volvió a quedar cerrado a cal y canto.
La mujer y las criaturas percibieron los frágiles chasquidos que acompañaban la acción. Ellos comenzaron a gruñir con una rabia endiablada. Ella sonrió. Y mantuvo la sonrisa hasta llegar a la altura de la puerta. Comenzó a mirarla como si tuviera la certeza de que la observaban a través de la mirilla. "¿Por qué no me ayudas?", dijo con una voz rasgada que cubría a la que una vez resultó ser fina y dulce. "¿No vas a dejarnos entrar? Estás muy solo. Podemos hacerte compañía". Entonces rio con unas brutales carcajadas. El resto la siguió con un sonido que le recordó al chillido de unas hienas.
No pudo soportarlo. Aquello era surrealista. Parecían estar perforando sus oídos con esos chirridos. Prendió el botón que ponía en marcha la insonorización hacia lo que llegaba del exterior. A partir de ahí apreció la silenciosa gestualidad de la fémina mientras se dirigía a él. Incluso llegó a lanzarle un beso seguido de un adiós con la mano derecha. Se marchó y todos la siguieron. ¿En serio? ¡No podía ser verdad lo que acababa de presenciar! Algunos se comportaban igual que los seres humanos. ¡Habían dejado atrás su lado animal! ¡Tenían líderes! ¡Tenían jerarquías! ¡Y acababa de ser víctima de una estrategia de caza! Sabían planificar. ¿Cómo habían llegado a ese punto? ¿Qué harían ahora? ¿Por qué no informaban de ello? ¿Acaso no lo habían descubierto?
Entonces, las imágenes de las pantallas fueron cortadas. El boletín informativo ocupó su lugar. Anunciaron justo lo que acababa de contemplar. Además de que las raciones serían disminuidas. Las ordas de zombis habían destrozado los campos de cultivo ubicados en los exteriores de las ciudadelas. Incluso estando estos protegidos. Y a ello le acompañó una masacre. Ahora dependían únicamente de lo que fuera producido en el interior de estas. Les estaban ganando terreno poco a poco y sin parar. Sólo les quedaba esos pequeños reductos. Sólo disponían de la opción de aguardar un milagro. Y él estaba convencido de que este nunca iba a llegar.

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