Depredador (1987)



21/XII/2018


Aquella selva... esa aquella selva era tupida y profunda. Oscura. Casi sin claros de luz que atravesaran la frondosa vegetación. Y los árboles... los árboles eran enormes. Del mismo tamaño que serían los gigantes de la antiguedad. Pero lo peor era el calor. Este era tan sofocante que parecía haber sido sacado del mismo infierno. E iba acompañado de una humedad tal que corría el peligro de desmayarse en cualquier momento. Estaban a punto de acabársele sus provisiones de agua.

Él seguía caminando. Le pesaba todo. Las botas, el fusil, el revolver, la metralleta, el cuchillo, la enorme mochila,... Trescientos metros atrás se había sentado a descansar. A beber un poco de su racionada agua. En aquel lugar no había encontrado ninguna que fuera potable.

Mientras observaba lo que tenía a su alrededor vio algo viscoso que recorría el tronco de uno de aquellos imponentes árboles. Se acercó y tocó lo que parecía sangre. Levantó la vista y localizó entonces el origen de aquel fluir. En la copa se encontraba un individuo despellejado. Cayó hacia atrás de la impresión. Y allí, en el suelo, encontró una chapa identificativa. Pertenecía al Sargento Erick Bergman. No era de su compañía. No lo conocía.

Siguió caminando mientras continuaba oyéndose el cantar de los pájaros y de los monos de la zona. Toda su compañía había perecido. ¿A manos de qué o de quién? Fueron cayendo uno tras otro. Y él seguía en dirección al punto de encuentro. No sabía si lo alcanzaría, incluso habiendo dado el «May Day». Le restaban dos kilómetros de duro camino.

Sus compañeros habían caído unos tras otro. Sumándose a sí mismo, eran siete en total. Y sólo sabía que tenían que rescatar a una persona. ¿De quién y a quién? No tenía ni idea. Sólo era consciente de que antes de llegar a su objetivo desapareció su primer compañero. Y lo hizo sin dejar rastro.

Fueron cayendo uno tras otro. Los dos siguientes lo hicieron también de la misma forma. Al desaparecer el cuarto fue que se percataron de que momentos antes la jungla entró en una inquietante mudez. No había indicios sonoros de vida.

Cuando desapareció el quinto vieron la forma en que se movía la selva. De lado a lado. Rápida. Como si algo corriera y se llevara a su víctima. Lo vieron desaparecer. Sintieron sus gritos y el silencio posterior. El sudor fue frío cuando volvieron a oír a los animales.

Sólo quedaban dos. No se hablaron. Con la mirada decidieron volver. La señal de alarma la dieron mediante código morse. Caminaron y entonces llegó de nuevo el silencio. Sacaron las metralletas y observaron. Nada. No se veía ni oía nada. Sólo vegetación. Y entonces notaron dos puntos amarillentos.

Una sombra. Una sombra que parecía mimetizarse con el entorno se les acercaba. Dispararon. Pero se produjo un ruido. Un ruido parecido a un desgarro. Su compañero se levantó del suelo como si flotase. Entonces fue arrastrado al interior de una vegetación que lo engulló.

Aterrado, decidió caminar solo. Seguir volviendo. Hacía rato que escuchaba la fauna local. Entonces esta cesó. Se puso en guardia. Todo estaba en silencio. Sólo escuchaba su respiración y los latidos del corazón. Notó un golpe en la cabeza y quedó inconsciente.

Al despertarse vió en una cueva. Estaba atado a un tronco clavado en el suelo. Enfrente de él sus siete compañeros. Todos fallecidos. Y percibió la sombra. Aquella misma sombra ahora mismo se le acercaba. El mimetismo desapareció para aparecer un ser de más de dos metros y medio. Parecía que llevara rastas. Tenía un casco en la cabeza y mallas en todo el cuerpo.

Se puso frente a su cara. La acarició. Señaló sus propias armas mientras estaban en el suelo. Alzó sus dos enormes manos. Sus uñas eran unas garras enormes. Apretó en una esquina del casco y, acto seguido, comenzó a salir un gas al momento de quitárselo.

Su rostro poseía una boca enorme con cuatro colmillos enormes. Su calva cabeza era alargada hacia atrás. Los dos ojos eran de un negro profundo. Todo su rostro hacía indicar que estaba hecho para la caza. Entonces abrió la boca dejando ver otra serie de incisivos a la par que soltaba un rugido que hizo estremecer toda la selva. Entonces se puso otra vez el casco.

Volvió a señalar las armas que había en el suelo. Eran las del soldado. Emitió una risa enlatada y gutural que parecía salida de una pesadilla. "Eres mi presa, corre", dijo. Le soltó y desapareció.

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