El ritual en el interior de la cueva



"Lo único que tienes que hacer es relajarte; nada más". Lo dijo mientras le acariciaba el rostro de arriba abajo. Comenzando desde su frente hasta llegar a la barbilla. Y fue con la enorme y afilada uña acristalada que su dedo de la mano derecha presentaba. "Tranquilo, espera un poco más. Vas a ser el primer espécimen de una raza que dominará el mundo al poder caminar mientras el Sol está en lo alto".

Estaba tumbado sobre un altar de piedra mientras todas sus extremidades sentían el frío tacto de unas esposas. O quizás fueran grilletes. No estaba seguro. La cabeza le daba vueltas. Pero a pesar de ello se sentía lúcido. Nunca antes tuvo la mente tan despejada. Y esa sensación le conmocionada a la par que iba mezclándose con el nerviosismo y temor que padecía.

Pero lo que en aquel estado más le llamaba la atención era la figura de la Luna. Podía verla a través de una enorme brecha habida en la cúpula de la cueva. Le hubiese gustado decir que estaba preso, pero en realidad era un voluntario. Un huésped que accedió a la petición de su anfitriona después de estar casi dos horas parlamentando a la luz que una velas irradiaban. ¿Pero cómo llegó ahí? No lo recordaba. Y eso era lo más curioso del asunto: el sentir la cabeza despejada cuando esta le daba vueltas y no ser capaz de rememorar lo sucedido hasta ese momento.

Y esos ojos que lo miraban con curiosidad y candor estaban adornados con una espléndida y carnosa sonrisa. Además, la blancuzca tonalidad del rostro resaltaba sus rasgos. Fue agachándose suavemente hacia él y lo besó en los labios. Luego en el cuello. Incluso notó la manera en que pasaba lujuriosamente la lengua sobre él. Entonces, pudo saborear lo dulce que resultaba el gesto. Parecía que le hubieran ofrecido miel.

- Mírala. Contempla la Luna. Es nuestra Diosa. No sabemos por qué nos ama tanto, pero siempre ha estado ahí. Está sola. Aunque a gritos declara su amor por el Sol. Y él está desesperado por tenerla a su lado. Y esta noche, al fin, podrán abrazarse. Será igual que un eclipse. Uno que será eterno. Cada cual seguirá con su ciclo natural, pero su boda de sangre está a punto de celebrarse.

Él sonrió. Estaba orgulloso, y aliviado, por tomar partido en la ceremonia. Por ser la pieza que al final terminara de completar el puzzle. Entonces, su anfitriona lo volvió a besar. Esta vez fue en los párpados y la nariz para a continuación hacerlo de nuevo en sus labios.

- Tú serás lo que los una. El primero de nosotros que camine bajo la luz del Sol. Me alimentaré de tu sangre. Después harás lo mismo con la mía al estar mezclada con la tuya. Lo repetiremos toda la noche. Será el acto de lujuria más amoroso que haya visto la Tierra. Y finalmente, cuando esté a punto de amanecer, lo repetiremos por última vez mientras las primeras ráfagas del nuevo día nos abrigan.

Volvió a sonreírle. Y a besarle. Él le devolvió el gesto en una actitud sincera y llena de amor. "Entonces, cuando vea el Sol después de casi mil años sin poder hacerlo... bailaremos y tomaremos de nuevo nuestra sangre una y otra vez hasta que se esconda tras el horizonte".

Ahí fue que dejó escapar una lágrima. Pero era de alegría. Y a él le contagio aquel sentir. Los dos comenzaron a llorar. "Al momento de que aparezca la nueva Luna caminaremos bajo ella, pero no repetiremos el acto de amor. Eso lo dejaremos para más adelante. Cuando por fin nos acostumbremos a andar entre los mortales; ¿estás preparado?".

- Sí...

Lo besó la frente y se colocó encima de él. Esto provocó que tuviera una erección inmediata. "Sí, justo esta es la parte más importante de este acto". Lentamente, y tras morderle tiernamente la barbilla, le hizo un corte en la vena de su cuello. Sintió su calor mientras manaba. Ella se acurrucó sobre la herida a la par que succionaba su sangre y movía sus caderas teniendo el duro miembro en su interior.

Y él oía el retumbar de los latidos de su propio corazón. Pero había algo más. Estos se mezclaban con el de ella. Y cada vez ambos eran más rápidos y potentes. Más frenéticos y alocados. Finalmente, cuando los dos llegaron al éxtasis, fueron recuperando la calma. Y sería en ese momento que le quitara los grilletes e hiciera un corte en su propia muñeca mientras fue poniéndose debajo suyo. "Bebe", le dijo. Y nada más hacerlo sintió la firmeza de su miembro rozando sus partes íntimas. "Hazlo, con fuerza pero pausado", le invitó al momento de volver a estar dentro de ella.

De nuevo, los latidos de sus corazones volvieron a retumbar. Y esta vez su sonido era más profundo y melancólico. El eco de las paredes de la cueva incrementaba la sensación mientras la Luna parecía sonreír satisfecha. A lo lejos, los primeros rayos del Sol comenzaron a aparecer como si unos vigorosos, pero tiernos, brazos se tratasen. Y estos estaban abiertos de par en par. Parecía llamarla. Y ella le reclamaba. Sin darse cuenta, fueron fundiéndose hasta ser un único ser. El cielo terminó cubriéndose de un matiz anaranjado que maravillados contemplaron los cuatro.

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