Mucho más que unas simples tablillas



Tratando de coger aire, se sentó en una de las rocas habidas en la esquina del camino. Desde ahí, pudo ver aquel inmenso valle sobre las faldas del Sinaí. Parecía que la calma había vuelto al campamento. Más aún después del arrebato que sufrió tras comprobar lo que intuía mientras descendía después de su primera escalada. A su lado, Josué lo observaba con atención. Trataba de adivinar lo que por la cabeza le rondaba. "¿Que vas a hacer ahora?", le preguntó al fin.

- Pues volver a esculpir otras dos tablillas. No nos queda otra. Necesitan una mínimas normas de convivencia.

- Pero las anteriores nos costaron dos semanas hacerlas. Mientras estemos en ello volverán a rebelarse.

- No lo creo...

- ¿Qué te hace pensar eso?

- Pues el hecho de que disponen de agua y comida suficiente. Menos mal que encontramos el pozo subterráneo... Si no hubiera sido así, entonces sí que estaríamos en problemas. Estamos en mitad de la nada.

- ¿Y si levantamos una ciudad?

- No, eso es imposible. En cuanto acabemos lo que tenemos que hacer volveremos a partir. Además, el agua acabará consumiéndose si siguen a este ritmo. Somos demasiadas personas.

Entonces, con un gesto que le invitaba a sentarse junto a él, Moisés le pidió que guardara silencio. Necesitaba pensar. Analizar lo que había sucedido. La fiesta comenzó en cuanto encontraron el pozo. Creyeron que con ello todas sus penurias habían acabado y que podrían establecerse allí. Pero no. Aquello era imposible. Por eso rompió furioso las tablillas nada más comprender lo que sucedía. No por el hecho de que estuvieran adorando a aquel toro que construyeron. Sino por su incapacidad de predecir la inviabilidad de su idea. Si lo hacían, en dos meses tendrían que abandonar el lugar. Y sin reservas de agua estaban condenados. Lo mejor era hacer acopio y marcharse a la semana de volver a descender el monte.

- Seguiremos con el plan - le indicó Moisés a Josué-. Volveremos a fabricar las tablas. Y lo haremos más rápido. Ya tenemos la experiencia de las anteriores. Por lo que cuando falten dos días para acabar, bajarás y les indicarás que recojan mientras almacenan provisiones. Tarde o temprano llegaremos a un lugar seguro. Ni los egipcios ni los babilonios podrán hacer nada. Seremos un pueblo independiente.

- ¿Y por qué no volvemos y reclamamos lo que es nuestro? Los que vinieron del Alto Egipto nos han arrebatado nuestras tierras. Encontraremos a alguien que nos ayude a recuperar lo que es nuestro.

- No. No nos pertenecen. Nos impusimos a los lugareños. Fue hace muchos años. Y de forma silenciosa. Cuando pastoreábamos e íbamos desde Mesopotamia. Algunos acabaron quedándose y crearon una comunidad cada vez mayor. Sin que los egipcios se dieran cuenta, terminamos ostentando el poder.

- ¿Qué estás diciendo?

- Deja las preguntas para otro momento. Cuando te toque comandarlos te contaré todo. Pero ahora contéstame a una cosa. ¿No te has fijado en el toro?

- ¿Qué le pasaba?

- Era una extraña mezcla. Parecía egipcio, pero también un astado de Uruk. Pero al mismo tiempo no recordaba a ellos. Era como si el pasado, aquello de donde venimos, quisiera tomar cuerpo en el lugar al que nos dirigimos. Y eso no les conviene. Han de recordar la dureza de este viaje. Las penurias, por decirlo de alguna forma.

- Y por eso que a partir de ahora nos vayamos a regir por diez simples normas.

- Sí. Este pueblo tiene que volver a ser humilde. Olvidar la ostentación que hasta ahora lo ha acompañado. Con el transcurso de las generaciones volverá a recuperar su grandeza.

- Creo que pides demasiado. El orgullo corre muy rápido por sus venas...

- El infierno de este desierto aplacará sus ánimos. Sólo acabamos de comenzar. Eso hará que ese veneno se diluya.

- ¿Y si no es así?

- Pues habremos fracasado.

Josué abrió los ojos de par en par al escucharle decir esto. Fue a decir algo, pero se frenó en seco. "Anda, dilo. No dudes", le invitó Moisés.

- Si eso puede suceder... ¿cuál es el motivo de todo esto? ¿Por qué me has escogido como sucesor en el guiar?

- No lo sé... algo me dice que no llegaré a verles crecer. Pero tú me has acompañado desde del principio. Sabes a la perfección por lo que he pasado. Lo que me duele haber tenido que traicionar al actual faraón. Nuestra partida le deja sin los mejores expertos en las ciencias que manejamos. Ya sean burocráticas, económicas o astronómicas. Hubiera sido muy fácil dejar que nuestros hermanos siguieran ocupando sus privilegiadas posiciones sociales. Pero esta partida era la mejor opción.

"No podíamos permitir que sus asesores confabulen en nuestra contra. Tarde o temprano nos hubieran convertido en los chivos espiratorios ante cualquier mal. Y esta huida voluntaria y preventiva habrá que maquillarla. Es muy difícil que un pueblo acepte el pasar a tener una posición de subordinación cuando ha sido el que ha gobernado. La experiencia del desierto servirá de aprendizaje hacia lo que es la humildad. Aunque fallemos en nuestra misión".

- ¿Pero por qué quieres que las generaciones del mañana crean que descienden de esclavos? Si logramos que la paz imperara en el lugar...

- Te lo vuelvo a decir. Porque no era la tierra en la que nacimos. Porque se la arrebatamos a quien le correspondía. Y aunque sea con la fábula de haber sido esclavos... tal vez tengan una oportunidad de salir adelante. Lo único que deseo es que por ello no caigan en el victimismo. Eso haría que fueran un pueblo que se cree con derecho a todo. Que lleven más allá el considerarse el pueblo elegido de Dios. Esto es una prueba que labrará sus mañanas. El cómo sean estas será cosa de ellos. Ojalá la humildad reine en sus corazones y no el orgullo. Pero te lo repito; algo me dice que no veré el lugar en el que puedan estar en paz.

- Y cuando partas vas a dejarme todo el peso de la misión...

- Si quieres puedes negarte a ello.

- ¿Lo estás diciendo en serio? No me esperaba esto de tí.

- Es una carga muy pesada. Lo sé de sobra. Pero hagas lo que hagas, tomes la decisión que tomes, has de prometerme una cosa.

- ¿El qué?

- Lo primero es que me volverás a ayudar a escribir las tablillas. A tí se te dan mejor estas cosas que a mí. Y que estarás a mi lado hasta que parta...

- Eso dalo por hecho.

- Después toma el camino que consideres oportuno. Si tu respuesta es negativa y no te ves capaz de llevar la carga de la misión... estate a mi lado hasta que encontremos a alguien que pueda llevar el peso.

- De acuerdo.

- Pero tienes de tiempo hasta el momento en que bajes a anunciarles que han de comenzar a prepararse para la partida. Cuando yo llegue sabré cuál es tu decisión. No hará falta que me digas nada. Lo veré en tus ojos.

Josué suspiró y volvió a mirar fijamente el rostro desgastado de Moisés. Había envejecido más de veinte años en muy poco tiempo. La dureza del trayecto que habían llevado hasta entonces era el causante. "¿Este es tu plan? ¿Crees que tiene alguna posibilidad de funcionar?", le preguntó sin ningún atisbo de rencor. Es más, había un caluroso cariño en la forma en que lo dijo.

- No lo sé, ya te lo dicho - contestó Moisés -. Eso el tiempo lo dirá. Y la respuesta no la dará ningún Dios. Ni siquiera Yavhé, aunque lo pongan por medio. Esto es un acto humano, nada más.

- Creo comenzar a entender. Pero necesito meditar.

- Lo sé. Estate tranquilo.

- Bueno, ¿y qué hacemos ahora?

- Pues lo mejor sería ponernos en marcha. Hay mucho trabajo por delante.

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