El extraño habido en el baño
Las paredes del interior del armario temblaban. El ruido proveniente del exterior era cada vez más frenético, acelerado. Y con la poca luminosidad que entraba podía ver los ojos de su compañero. Estos estaban rojos por las lágrimas derramadas, además de mostrar un constante tic nervioso por el miedo. "¿Quién es? ¿Qué quiere?", le pudo oír decir mediante unos intermitentes susurros. "No lo sé, pero lo mejor es que nos quedemos aquí; con un poco de suerte no nos encontrará", contestó.
Aquello pareció inquietarle aún más aunque con un gesto de la cabeza asintiera. Y a él le pasaba lo mismo. Una frenética punzada de dolor recorría cada una de sus extremidades. Y este alcanzaba su estómago provocándole unas enormes arcadas. Pero tenía que contenerse. No podían hacer ningún sonido que les delatara.
Los golpes prosiguieron. Venían del baño. Era como si aquel individuo estuviera destrozando todo lo allí habido. ¿Qué le había llevado a entrar en su casa? ¿Por qué se comportaba de semejante manera? Antes de meterse en el mueble sólo pudieron ver una sombra que atravesaba la sala dirigiéndose al aseo. Entonces fue que comenzó todo.
Tras el primer estruendo, escucharon una voz pareciendo gruñidos. Y algún que otro grito. Pero no comprendían qué era lo que decía. De vez en cuando distinguían un llanto. Intentaron salir de la vivienda, pero encontraron la puerta cerrada. La llave que solía dejar en la cerradura estaba partida. Y un trozo en su interior. Del resto no había ningún rastro. Las ventanas estaban aseguradas con trozos de madera. No podían escapar. ¿Cuándo había sucedido aquello? No lo habían notado.
Intentando protegerse del ensordecedor escándalo, optaron por meterse dentro del armario. Era el único lugar que presentaba algo de seguridad. Siempre y cuando no les encontrara. Un par de veces pasó por delante de él. Lo hizo en un absoluto silencio a pesar que notaron unos disimulados sollozos. La sombra que atisbaron a través de la rendija inferior de la puerta le delataba.
A continuación, les pareció que algo reventaba. El sonido parecía el del inodoro. Aquella persona lo había destrozado. Eso fue la gota que colmó el vaso. Armándose de valor, salió del mueble. Lo hizo tratando de no hacer ruido. De forma sigilosa. Su compañero le seguía. Volteó la cabeza y analizó su rostro. No pensaba que fuera capaz de acompañarle. Ni siquiera imaginaba que él mismo fuera capaz de ir a enfrentarse con el intruso.
Caminaron sigilosamente. Tratando de no dar ninguna señal que indicara que iban hacia allá. Lo hicieron apoyados contra la pared. Poco a poco, fueron notando la luz que salía del interior del aseo. La puerta estaba entreabierta. A medio metro de él, volvió a dirigir su mirar hacia su camarada. Pero no estaba. Había desaparecido. ¿Dónde estaba? La soledad que sintió le puso a temblar inmediatamente. El pánico volvió a recorrer cada centímetro de su cuerpo. Pero el destrozo proseguía. Debía detenerlo.
Cogió aire. No quería hacerlo, pero tenía que poner fin a todo aquello. ¿Y si retrocedía y llamaba por teléfono a la Policía? No, eso era imposible. ¿Cómo les explicaría que, de repente, se había quedado completamente solo? Trató de mantener la compostura. De tranquilizar el caótico ir y venir de sus pensamientos. Entonces, descubrió que con la imagen que reflejaba el espejo alcanzaba a atisbar algo de lo que sucedía.
No reconoció a aquella persona. Pero era corpulenta. Y eso casi volvió a echarle para atrás. ¿Sería capaz de enfrentarle? Cogió aire. Tenía que hacerlo. No podía perder más tiempo. Contó hasta tres. Pero el miedo se apoderó de él y no pudo acceder al baño. De nuevo, repitió la acción. Y esta vez también se frenó en seco. Mientras tanto, aquel sujeto seguía haciendo añicos el interior del lugar.
Dos veces más trató de superar el pánico y entrar. Finalmente, y sin saber cómo, lo hizo. Y frente a él se encontró con su camarada. No lo podía creer. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo podía suceder semejante locura?. "¡¿Qué has hecho!?", le gritó a pleno pulmón.
- Nada. Anda, relájate. Entra y respira. Intenta aclarar las ideas.
- ¿Qué estás diciendo?
- Tranquilo, mira. El espejo está intacto. Puedes observar tu rostro sin ningún tipo de problema.
Extendió suavemente su mano y se la agarró. "Ven, mira. Analízate palmo a palmo, centímetro a centímetro".
Le obedeció. Sus rasgos estaban grisáceos por la edad. Además de surcar su figura la inconfundible marca de las arrugas del tiempo. Y sus ojos... estaban rojos por las lágrimas. También temblaban. Al igual que sus carnosos labios. Se llevó las manos a ellos y los acarició tratando de relajarse mediante un masaje. Luego abrió el grifo y lavó su cara. Al terminar, y continuando mirándose, dijo lo que desde hacía tanto rato estaba guardando.
- ¿Por qué? ¿Por qué has hecho esto?
Pero allí no había nadie más. Estaba solo en el aseo. Sobre la piedra del lavabo notó la parte partida de la llave. Dio un paso hacia atrás. ¿Qué significaba aquello? Salió corriendo, casi cayendo sobre el piso después de resbalarse. Cruzó el pasillo. Toda la casa estaba destrozada. Las ventanas estaban bloquedas por dentro. Allí no había nadie. No podía ser. ¿Acaso había sido él? Llamaron al timbre. No contestó. Tras un rato de silencio volvieron a tocar. "¡Policía!", escuchó. "Nos han llamado los vecinos, ¿está usted bien?".

Comentarios
Publicar un comentario