Hakuna Matata
Dos ciclos habían transcurrido desde que llegó al oasis. Y muy rápido fue que se acostumbró al nuevo territorio. Le gustaba. Estaba cómodo. Además, Timón y Pumba eran unos increíbles camaradas. Incluso tutores, si dejaban de lado su constante ajetreo festivo. O la costumbre de alimentarse de insectos psicotrópicos. Debido a su tamaño esto casi no le afectaba, aunque siempre estuviera de aquí para allá en un estado de somnolencia. Por fortuna, su organismo se hizo rápido a la nueva dieta y ya no sufría de los ardores que al principio le acompañaron.
Aquel día, sin saber por qué, llegó a los límites de lo que era su nuevo hogar. Se tumbó en un risco con tal de observar el enorme desierto que se interponía entre él y su antiguo hogar. Al principio solía acudir bastante a menudo, pero con el trascurrir de los meses dejó de hacerlo por un sentimiento de vacío presente en su interior. Y aunque no lo dijera sus compañeros, estos lo notaban. Lo percibían.
Quizás por ello Timón le siguió a escondidas. Quería saber qué era lo que le pasaba. Qué le rondaba por la cabeza. Se colocó a su lado sin hacer ruido sabiendo de sobra que Simba había percibido su presencia desde que empezó a pulular por ahí. "¿Sabes?", comentó el suricata nada más colocarse a su vera. "Puede que la teoría de las bolas de gas no sea tan descabellada, pero no creo que tengamos forma de comprobar cuál de ellas es la correcta", prosiguió. "Incluso estoy empezando a decantarme por lo que nos explicaste; sería tranquilizador que nos protegieran de esa forma".
El joven león lo miró y sonrió. Timón le devolvió el gesto. "Dime, ¿qué es lo estás pensando?", quiso saber. El joven suspiró. "En una historia que me contaron hace mucho tiempo, antes de que llegara aquí".
- ¿Quién fue?
- Un amigo de la familia. Un pájaro llamado Zazú.
Aquello cogió por sorpresa al suricata. Era la primera vez que le oía hablar sobre su antigua vida. Nunca quiso hacerlo. Y ellos no lo presionaron. Llegaron a la conclusión de que cuando quisiera hacerlo lo haría. Y parecía que ese era el día elegido. Aunque recelaba sobre cómo lo haría. Lo más seguro es que lo hiciera manteniendo el secreto. "¿Por qué no me la cuentas? Siempre es bueno soltar lastre", expresó.
Simba simuló pretender desgana. Pero, en el fondo, se le notaba que estaba deseando relatarla. "¿Estás seguro de que quieres oírla?", señaló. "Claro, ¿por qué sino iba a estar aquí?".
Al joven león se le iluminaron los ojos cuando escuchó aquello. Agarró una piedra habida junto a él y comenzó a jugar con ella. "Vale, pero dame un par de minutos con tal de aclarar las ideas", dijo mientras continuaba con aquella maniobra que le ayudaba a calmar los nervios. "El que necesites", trató Timón de tranquilizarle.
***
"Hubo una vez en que dos jóvenes leones tuvieron que abandonar el territorio de sus ancestros. Y no fue porque otros de su especie se lo arrebataran. Fue porque la tierra estaba baldía, seca. Lo que antaño era un fértil paraje lleno de vida estaba marchitado. No había plantas, ni agua. Todo estaba seco. Los primeros en dejar el lugar fueron los pájaros. Después los herbívoros. Al final, los animales carnívoros. Y ellos mismos serían los últimos tras dejar todo atrás los de su manada.
"El causante de todo ello era un demonio. Un espíritu maligno que tomó el cuerpo de un enorme león. Nada más pisar el lugar todo lo que había alrededor suyo fue perdiendo su latir. Aquel hermoso paraje acabó completamente marchitado. Y ese ser comenzó a dominar el lugar con mano de hierro olvidando todo el equilibrio que hasta entonces hubo. Pero dejó un pozo. Este era grande, profundo y de aguas cristalinas. Cualquiera que se acercara a él debía enfrentársele. Y todos salían derrotados. Sólo él podía disfrutar del agua.
"Fue así que, tras irse, los dos jóvenes comenzaron a deambular. Su vida se volvió un continuo peregrinaje. Eran vagabundos que al principio luchaban por sobrevivir. Por fortuna, se hicieron rápido a su nueva forma de vida. Crecieron haciéndose más fuertes. Y llegaron a una tierra desolada. En ella no había nada. Ni animales, ni plantas. Tratando de encontrar algo que les diera una esperanza, optaron por separarse. Era la primera vez que lo hacían. Y ahí fue que entendieron lo que significaba la soledad. Pero estaban tranquilos. Si alguno de ellos encontraba algo sólo tendría que rugir. El otro acudiría a su llamada.
"Uno de ellos caminó y caminó. Lo hizo casi hasta desfallecer. Tenía sed y hambre. Pero no vislumbró nada que pudiera saciarle. Entonces, percibió el olor del agua. Y la frescura que emanaba de ella. Sacó fuerzas de flaqueza. Unas que ni intuía que las tuviera. Renqueando, llegó a unos 200 metros del lago. Comenzó a relamerse imaginando la frescura de su contenido. Y aceleró el paso. Pero una sombra lo detuvo. Delante de él apareció un enorme león. Y no era su hermano.
"Este le mostró sus terribles dientes a la par que parecía que aumentaba en tamaño. Al nómada algo le decía que no podría vencerle. Por lo menos sin ayuda. Pero no retrocedió. Se quedó parado y también sacó a relucir sus colmillos. Esto sólo hizo que aquel que tenía delante rugiera con rabia. No dijo nada. No hacía falta. Era una clara advertencia. Si quería beber tendría que derrotarle, y no estaba dispuesto a ello.
"Sin miedo, y sin nada que perder, el joven se lanzó contra él. Pero recibió un zarpazo con una fuerza inmensa. Salió volando unos cinco metros y cayó al suelo justo al lado de unas rocas. Conmocionado, y con la cabeza dándole vueltas, intentó levantarse. Sus piernas temblaban, aunque con mucho esfuerzo logró mantenerse firme. Delante de él, la figura de aquel espécimen parecía todavía más gigante que antes. Sonrió de forma malévola. Estaba dispuesto a darle el último golpe aprovechando su indefensión.
"Pero entonces, otra enorme figura apareció de golpe poniéndose en medio de ellos. Al principio, los cegadores rayos del Sol no le dejaron distinguir quién era. Pero poco a poco, y a medida que sus ojos iban acostumbrándose a la luz, notó el característico pelaje marrón de su hermano. Este siempre había sido más grande en tamaño que él. Mucho más fuerte. Y estaba casi al mismo nivel que su contrincante.
"Sin mirarle, los dos nuevos oponentes comenzaron a analizarse. Los ojos del atacante brillaron con furia. Volvió a mostrar sus dientes y sacó sus afiladas garras. Su hermano no hizo nada. Se mantuvo quieto. Sólo observaba. Parecía estar buscando un punto débil. Y cuando fue atacado, cuando su contrincante saltó sobre él, le dio un fuerte zarpazo en el rostro. Era justo el mismo golpe que hace un momento le habían propinado. Aunque esta vez los papeles estaban intercambiados. El diablo salió volando. Y cayó encima de unas cortantes rocas.
"Esto hizo que expirara casi de inmediato. Y lo más sorprendente es que de su cuerpo comenzó a brotar agua. Toda aquella que había estado consumiendo sin miramientos. Inmediatamente, todo el lugar volvió a recuperar su verduzca tonalidad. Aunque todavía conmocionados, los dos hermanos comenzaron a comprender. Sin darse cuenta habían regresado a casa. Habían recuperado el trono y este le pertenecía por derecho a uno de ellos.
"Poco tardarían en volver los pájaros. Y estos fueron los encargados de dar la buena nueva. Poco después lo hicieron los animales herbívoros. Tras ellos, los carnívoros. Y todo este trasegar fue observado por los dos hermanos. Uno lo hizo sobre la roca que había acabado con la vida del demonio. El otro estaba a los pies de esta. Así les mostraron a los seres que regresaban que el antiguo orden de equilibrio había sido restablecido. Finalmente, cuando arribaron los miembros de su propia manada, concluyó todo. Incluso las hienas se mostraron conformes con el establecer de la antigua situación".
***
Timón observaba maravillado a Simba. "¿Eso es todo lo que tenías que contarme? ¿Esto era lo que te estaba comiendo por dentro? ¿Sabes? Me la contaron cuando era niño. Nunca pensé que llegaría a oírla de boca de un león", le dijo mientras le guiñaba el ojo. "No te tomes en serio el comentario que he hecho; era una forma de romper el hielo".
- Lo sé, tranquilo. Pero, dime, ¿qué es el «hielo»?
- Ay, amigo mío. Todavía te quedan muchas cosas por aprender. Eres muy joven. Te lo explicaremos luego. Y ahora que estás más desahogado... es hora de que vaya en busca de Pumba. ¿Vas a quedarte aquí?
- Sí. Estaré un rato más. Luego os alcanzo. Ve tranquilo.
- De acuerdo.
El suricata le dio la espalda. Quién le iba a decir que podría llegar a hacer ese acto. En otros tiempos habría sido su presa. Pero el egoismo habido en la decisión de acogerle hacía mucho tiempo que desapareció. Eran camaradas. Compañeros. Mucho más que simples amigos.
Simba le observó marcharse. Lo que no le dijo fue que el león que acabó con el demonio era Mufasa, su padre. Y el otro su tío Scar. Por su parte, desconocía que la semilla del odio de este último fue plantada en ese mismo instante. Y que esta iría creciendo hasta el fatal desenlace. Hasta llegar a ocupar el trono. Y todo por no aceptar que fue salvado. Aquello le resultaba una vergüenza. Más aún el hecho de darse cuenta de que desde entonces siempre estaría bajo la sombra de Mufasa. Por ello terminó acercándose e imponiéndose sobre las hienas. Y es que ahí descubrió su gran capacidad de oratoria. Pero a pesar denominarla su "Gran Don" la mantuvo oculta hacia los de su familia.
Sin saber nada de esto, Simba siguió observando el horizonte. E imaginando que lo traspasaba y llegaba a su antiguo hogar. Pero no podía hacerlo. Estaba desterrado por su seguridad. Incluso Sarabi, su propia madre, se pondría en contra de él al haber provocado la muerte de Mufasa. Las lágrimas comenzaron a surcar su rostro. Lo mejor era quedase ahí. No había marcha atrás.
Justo entonces, le pareció escuchar las voces de Timón y Pumba. Estaban gritando pidiendo auxilio. Prestó más atención. Sí, le pareció oír los rugidos de un león persiguiéndoles. Además, su inconfundible olor lo delataba. ¿Cómo osaba hacer eso a sus compañeros? ¿Quién sería ese ser que tenía la desfachatez de entrar en sus dominios? ¿No había notado las marcas y señales? Aquello le enfureció. Y con una rabia endiablada entró en el interior del bosque.
Corrió a toda velocidad siguiendo las voces de sus compañeros. También el ruido que causaba el otro por su gran tamaño. Fue rápido. Parecía que su vida le fuera en ello. Y al mismo tiempo no era capaz de quitarse de la cabeza la rabia y el odio que sentía al saber que habían entrado en su territorio. Eso era intolerable. Tenía que hacerle saber quién era el que mandaba allí.
Cuando lo vio desaceleró un poco. Era una hembra. ¿Cómo era posible? Pero la sorpresa inicial la disipó tan rápido como llegó. Se abalanzó sobre ella. Pudo notar su impresión al ver que estaba siendo atacada. Comenzaron a pelear. Estaba siendo una lucha encarnizada. Pero al momento de saltar de nuevo sobre su cuello, esta se agachó y le dio un par de patadas en el vientre. Esto hizo que cayera al suelo de espaldas. Y ella aprovechó para ponerse sobre él mientras le mostraba su dentadura en una clara señal de fatal advertencia. Había sido derrotado. Pero la forma en que lo fue le resultaba tan familiar...
- ¿Nala?

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