El regalo de Kirsty al regresar



El vaso estaba frío. Y el agua condensada en su exterior dibujaba formas curiosas. Tratando de descifrarlas, se quedó un buen rato observándolas. Esto provocaba que su sed incrementara a la par que delante suyo le aguardaba la cerveza. Decidió esperar un poco más. Así que agarró un puñado de los frutos secos que le ofrecieron y fue comiéndolos a tandas. Los masticaba. Los ingería. Y volvía a empezar. Repitiéndolo hasta en cuatro ocasiones.

- ¿Vas a estar así todo el día?

Esto lo sobresaltó. Miró al lugar del que provenía la voz. Justo a su vera, sentada en un taburete, vio que Kirsty le observaba con su característica sonrisa. Incluso llegó a morderse el labio. Era un "tic" bastante común en ella. Y recordó la primera vez que lo vio. Fue en una comida social. Días antes de que Larry y Julia fallecieran en el extraño incendio habido en la antigua casa familiar.

- ¿Qué haces aquí? No esperaba encontrarte en un lugar como este. Lo último que supe de ti... es que estabas ingresada en una especie de manicomio.

- Sí, así es, Steve. Ya han pasado cuatro años. ¿Por qué desapareciste? Creía que teníamos algo especial. Quizás no un futuro juntos, pero sí... algo... mágico.

Los restos de los "pasa-ratos" se le quedaron atascados en la garganta al oírlo. Con tal de aclararla, dio un sorbo a la bebida. Después, temblando como estaba por los nervios, bebió de trago lo que quedaba.

- Voy a pedirme otra. ¿Quieres una? - dijo en medio de una falsa cortesía.

- Sí, ¿por qué no? Además, tengo que contarte las maravillosas aventuras que he vivido desde la última vez que nos vimos.

- Respecto a eso... sabes de sobra que me alejé por todo lo que vivimos. Fue una alucinación provocada por vete a saber qué. No tiene otra explicación. Ya lo dijeron los médicos. Fue algo conjunto. Una especie de locura colectiva que nos afectó a los dos. Nada más.

- Lo sé, lo sé... por eso he venido a verte. Quería decirte que no te guardo rencor. Fue lo mejor que pudiste hacer. Además, esa estancia me ha servido para hacer nuevas, y maravillosas, amistades.

- ¿Qué quieres decir?

- Pues eso. Que te he echado de menos. ¿Brindamos? ¿Lo hacemos por nuestro pasado y futuro?

- No veo por qué no.

Alzaron las cañas que el camarero les acababa de dejar y chocaron con delicadeza sus cristales. Kirsty dio un suave trago mientras no le apartaba la mirada. El gesto sería correspondido. Y a Steve comenzó a recorrerle el cuerpo una conocida sensación. Y no la sentía desde hacía mucho tiempo. Era la misma excitación que antaño afloraba cuando estaba ante su presencia. Y disponía de algo especial. Nunca más la experimentó de esa manera con otra persona. Pero debía mantener la calma. Lo pasado ya tuvo lugar. Aquello no podía repetirse. Y no sabía si la Kirsty que lo acompañaba sería la misma persona.

- Bueno - comenzó a decir Steve -, ¿y cómo es que me has encontrado?

- Me dijeron que solías venir bastante por aquí...

- Vaya, ¿y quién ha sido?

- No los conoces, pero ellos a ti sí...

- ¿Cómo?

- No te preocupes. Pronto lo harás. Hice un trato con ellos.

- ¿Qué clase de trato? ¿Qué quieres decir?

- Respira, relájate. He quedado con ellos. No tardarán en venir. Son gente bastante... excéntrica, pero te caerán bien. Estoy segura de ello. Por cierto, te he traído un regalo. Mira...

En cuanto dijo esto, introdujo su mano en el bolso que le colgaba del hombro izquierdo. Tras rebuscar un rato, sacó algo parecido a un cubo de Rubik. Pero, al alargar el brazo extendiéndolo hacia él, Steve discernió que era de metal, con un color que mezclaba lo dorado y el acero. Entonces se percató de lo que realmente era.

- Pero... pero esto es... - masculló titubeante el joven - ¡Es el maldito artefacto que provocó todo! ¿De dónde lo has sacado? Se lo llevó aquella criatura infernal...

- Tranquilo, no te preocupes - comentó Kirsty mientras posaba su mano en una de sus piernas para tranquilizarlo -. Está purificado, pero sigue abriendo puertas... a otros lugares. Y estos son diferentes.

- ¿Qué quieres decir con lo de que está purificado? - expresó alarmado mientras apartaba el artilugio con un manotazo -. ¿Te has vuelto loca? ¿Acaso me estás diciendo que todo fue real? ¿Qué coño estás haciendo?

- Anda, calla y cógelo - le recriminó con su particular dulce tono de voz -. Cógelo. Sé que sientes curiosidad por él. Al fin podrás saciarla.

- No...

- Insisto, toma. No pasará nada. Te lo prometo.

Cogió aire y volvió a beber de trago la cerveza. «Está bien... ¿me lo estás diciendo en serio?».

- Sí, no es más que un juego de niños. Anda, trata de montarlo.

Accedió. Lo agarró y empezó a acariciarlo en círculos mientras buscaba por dónde empezar. Y así, cuando estaba dándole vueltas, notó una circunferencia en uno de sus lados. Era completamente lisa. Sin dibujo alguno. Le recordó a un botón. Era suave y frío. Y emitía una ligera electricidad que recorría su cuerpo causándole un extraño placer. Sin darse cuenta por qué lo hizo, lo apretó. Y la cajita fue abriéndose al ritmo de una cancioncilla que iría ocupando todo el local hasta nada más escucharse.

- ¿Qué significa todo esto? - murmuró levantando la vista para encontrarse con la de Kirsty. Pero ella ya no estaba. Sentada en la banqueta, una mujer calva y con el rostro grisáceo ocupaba su lugar. Sus ojos verdes llamaban todavía más la atención por la ausencia de cejas. Y su garganta, justo en la zona que ocuparía la laringe, presentaba un corte profundo realizado en dirección ascendente. De la enorme cavidad habida no emanaba sangre, pero percibía los movimientos musculares de la zona.

- Lo llamamos Caja de Lemarchand - reveló con una voz metálica y cortante propia de los laringectomizados -. Aunque algunos dicen que es la Configuración del Lamento. Y podría ser así. Pero tú vas a poder disfrutar durante toda la Eternidad. No habrá sufrimiento. Sólo diversión. E insisto, nada de lamentos.

Un enorme estruendo se hizo presente a continuación. Mientras las paredes del local temblaban y emanaban sangre, su interior iría transformándose en una sala de juegos con billares, futbolines, maquinitas, dardos y lugares en los que tirar unos pulsos. Al mismo tiempo, el rostro de aquel ser fue cubriéndose de agujas que brotaban del interior de su piel mientras emitía gemidos de gozo.

- El cambio está completo; ahora ocupo yo el lugar del Sumo Sacerdote.

- ¿Qué? - gritó Steve estando preso del pánico.

- No te pongas nervioso, después de tanto tiempo hemos decidido cambiar nuestras formas de impartir justicia - detalló una nueva presencia -. Y qué mejor forma para ello que valernos del espíritu femenino.

Steve ladeó la cabeza hacia el sitio del que provenían las palabras. Y entonces le vio. Aunque ya no vestía las miles de agujas. Su espacio lo ocupaban cicatrices que recordaban a las producidas por el acné. «¿Estás preparado para tu recompensa?».

- ¿Recompensa?

- Sí, la que te corresponde por permitir que los conociera - era Kirsty la que ahora hablaba -. Aunque fuiste un infantil en tu modo de actuar, podrás seguir jugando por siempre sin ninguna preocupación alguna.

- ¿Qué?

- Calla - le ordenó Kirsty -. Déjales hacer. Por mi parte, tengo que irme. Hasta otra... quizás.

- ¡No! ¡No te vayas!

Pero no le hizo caso. Comenzó a caminar hasta desaparecer entre las sombras. En ese mismo instante, cuatro cadenas con puntas cortantes salieron de ellas clavándose en sus extremidades. El empuje que profirieron las abrió de par en par y le empujaron a una maquina de "pinball". Justo entonces, una cuchilla de afeitar cortó de arriba abajo su pecho para, después, abrir su panza y lacerar sus intestinos. Estos fueron extraídos en medio de unos inmensos, pero gratificantes, espasmos de dolor.

- Tranquilo, ya queda poco. A partir de ahora evitarás por siempre el mundo que te rodea - gruñó la mujer mientras extraía el contenido de las vísceras.

- Abre la boca - exigió mientras volcaba en ella todo lo habido; desde el quimo hasta las heces -. Silencio. Nunca tendrás el estómago vacío.

Con un rápido movimiento, transformó los intestinos en cuerdas y lo ató con ellas. Fueron entonces fusionándose con el cuerpo de Steve hasta formar un pútrido capullo rosado plantado frente a la máquina.

- Serás como una mariposa - intervino Pinhead -. Incluso podrás volar, pero te quedarás ahí disfrutando de tu evasión. El mundo ya no importa. Tú eres el eje sobre el cual gira. Al fin tienes lo que siempre has anhelado: que nada te importune o preocupe mientras te dedicas a ti mismo.

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