Al despertar en la habitación del risco



- Toma, bebe. Hará que recuperes las fuerzas.

Le ofreció un cuenco de cerámica cuya superficie estaba ligeramente quebrada. En su interior, un liquido caliente expelía vaho. Además de soltar un dulce y agradable olor. Titubeante mientras estaba tumbado en la cama, lo agarró llevándoselo a la boca. "¿Qué es?", quiso saber.

- Un tónico especial - reveló la mujer -. Es vino mezclado con miel y sangre de cordero. Y unas especias secretas de las que mi mentora me habló. Es una pequeña parte de un legado que ha traspasado generaciones.

Dudó en tomarlo. El motivo no eran sus ingredientes, sino el no saber de las costumbres de aquellas gentes. Pero le eran familiares. Era como si antes hubiera estado entre ellas. O en su compañía. Pero de lo que estaba seguro era en no romper lo que dedujo serían unas normas de hospitalidad. Así que... dio un sorbo al brebaje.

- ¿Cómo se llamaba ella? Tu mentora...

La fémina lo observó mientras lo analizaba al dedillo. Aunque no había maldad en sus maneras. Quizás algo más que una sencilla curiosidad. Y, al mismo tiempo, colocó una de sus propias manos sobre la frente de él.

- Bien, vas progresando. No tienes fiebre - comentó.

- No hace falta que me lo digas. Sé que no tengo, aunque me duele todo el cuerpo. ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?

- Cinco días - susurró mientras le daba la espalda y ordenaba la vieja mesita habida en aquel habitáculo que servía a modo de habitación.

- No me evadas. Contéstame. ¿Quién fue tu mentora?

- Antes tienes que decirme una cosa - titubeó -. ¿Tú eres al que llaman el "hombre sin nombre"? ¿Aquel al que confundieron con el Capitán Walker?

Esto último lo cogió por sorpresa. ¿Cómo sabía de la existencia de ese individuo? Sólo podía haber una explicación posible: era descendiente del clan.

- ¿Y si no lo fuera? Contéstame, quiero saber quién me está hablando.

- Mi nombre es Crystal.

- No, la persona que está hablando a través de ti.

- Savannah - susurró al fin tras un largo rato vacilando -. ¿Eres Max o no?

Al oír ese nombre sus conjeturas fueron resueltas. "Vaya, han tenido que pasar unos veinte años desde que la conocí. ¿Qué tal está?".

- Esperando a que te recuperes. Pero no podrá saludarte. Tiene prohibido tratar con extranjeros.

- ¿Qué?

- Han sucedido muchas cosas desde que estuviste con ellos. Desde que les abriste los ojos. Y hay cosas que no deberías saber. Por lo que me ha pedido que te cuide. En cuanto te recuperes tendrás que marcharte.

- ¿Qué quieres decir?

- Esto no es el idílico e inocente lugar que conociste.

- Vaya, así que estoy de vuelta. ¿Cómo he llegado?

- Sufriste un accidente con un extraño aparato volador...

- Sí... se lo tomé prestado a un viejo conpañero. Aunque algo me dice que sabe de sobra que nunca lo recuperará.

- Entonces es cierta tu fama de cínico....

- ¿Acaso lo dudabas?

- Sólo sabía de ti de oídas. No tengo por costumbre hacer juicios antes de conocer a alguien...

- Y ahora que lo has hecho... ¿cuál es la impresión que tienes?

- Que eres un cabrón... y en estos tiempos que corren... hasta sería un halago.

- Bien, entonces... en cuanto me cure... me iré. Dale recuerdos a Savannah de mi parte. Lo que suceda aquí no es mi incumbencia.

- Eso es. Eres necio... pero sabio.

- No, hace tiempo que aprendí a sobrevivir...

- Sí, tal vez aciertes....

- Y ahora... si no te importa... ¿podrías dejarme solo? Con un poco de suerte, quizás me pueda ir al amanecer.

- ¿Así? ¿Sin más? ¿No quieres que te ayudemos con los preparativos?

- No, olvídate de ello. Ya me las apañaré.

- De acuerdo. Como quieras.

Al decir decir esto último, Crystal abandonó la estancia dejándolo en compañía de sí mismo. Nada más verla correr la tela que servía de puerta, se levantó de la cama y miró bajo ella. Allí estaban guardadas provisiones. Estas, además de alimentos y agua, iban acompañadas de ropa. "Savannah, continúas siendo igual de meticulosa e inteligente", rumió.

Con sigilo, agarró los bártulos y abandonó el lugar. Apoyándose contra la pared recorrió los pasillos que en el risco servían de camino. Así fue que avanzó por rincones que recordaba a la perfección. Muchas horas pasó en su día mientras reflexionaba sobre la situación de todos aquellos muchachos. Y prosiguió hasta encontrar una bifurcación que le llevaría hasta la parte superior. Si todo marchaba bien, localizaría lo que estaba buscando.

Una vez ahí, lo encontró. Aquello que daba por seguro que habría. Camuflado entre ramas y hojas, un parapente le llamaba a gritos. "Perfecto", susurró. Con toda las provisiones a su espalda en una especie de macuto, tiró del aparato hasta sacarlo del todo y arrastrarlo después al vértice del acantilado. Lo único que tenía que hacer era aguardar la correcta corriente de aire y abandonar el oasis. En un perfecto silencio, tal y como habría llegado días atrás si unas fuertes ráfagas de viento no le hubieran hecho perder el control del aparato.

Tras un interminable rato de insufrible paciencia, distinguió la corriente que requería. Pero frenó en seco. Algo le llamó la atención. En la otra punta del canal, separados por unos cuatrocientos metros, observó la figura de una mujer. Era alta y estilizada. No hacía gesto alguno por saludarle, o despedirse de él. Pero sabía que lo estaba haciendo. Reconoció a Savannah a pesar del transcurso de los años. A pesar de la distancia. El cansancio y pesadumbre dibujado en sus ojos la delataba incluso con aquel enorme trecho entre ellos.

- Dame un par de semanas. Volveré. Sí, soy cínico, y bastante egoísta. Pero terminaré lo que vine a hacer. Estate tranquila y dedícate a lo tuyo. Mantén siempre la esperanza... al igual que antaño solías hacer.

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