El prolegómeno antes de la llegada del eclipse



Tanto tiempo mirándolo estuvo, que ignoró por completo que había cobrado vida. Aunque, quizás, siempre la tuvo. Tal vez en un ámbito que le era imposible captar. Uno que, incluso siendo material, fuera incapaz de percibir. "Podría ser así; por mi parte, te he visto correr a través de estos terrenos desde que tenías unos 10 años... desde la primera vez que viniste a pasar el verano".

Esto que comentó le sorprendió un poco. Pero el pánico que le envolvió en cuanto lo vio bajar del palo... y caminar sobre las tierras vestidas por el campo de trigo... hacía rato que desapareció. En el fondo, en lo más profundo de su corazón, siempre deseó que tuviera un alma. Que pudiera caminar junto a él y contarle aquellas cosas que hubiera visto desde las alturas de la estaca.

- Tampoco tengo mucho que contarte. Aunque puede que sean bastantes - le confesó cabizbajo el espantapájaros -. Te puedo narrar la forma en que circulan las estaciones, pero no creo que comprendieras mi punto de vista. Mi visión no es igual a la vuestra. Y nuestro concepto de relatividad tampoco. Tenemos vida, pero al mismo tiempo no la tenemos. Creo que una roca te podría decir exactamente lo mismo.

Trató de comprender lo que le explicó. De interiorizarlo. Aun así, le era prácticamente imposible hacerse una idea de lo que le exponía. Titubeante, creyó averiguar una forma con la que poder empezar a encajar las piezas de aquel tan extraño puzzle.

- Bueno, hagamos una cosa. ¿Por qué no empiezas diciéndome el porqué de que hayas despertado justo ahora?

La criatura tembló por la impresión. Cada rastrojo que sobresalía de su cuerpo pareció herizarse. Como si de una piel de gallina se tratara. Y su semblante adquirió una curiosa tonalidad grisácea mientras se adentraba en lo más profundo de su discurrir. "¿Y por qué no me preguntas cómo me llamó? Quizás así me sea más fácil", dijo al fin. "Yo me sé el tuyo; Camilo".

- Vaya, ¿y eso? Me parece que es jugar con ventaja. O con las cartas marcadas. Aunque no estoy seguro si comprenderás la metáfora.

- ¿Y por qué no iba a hacerlo?

- Porque tu día a día no es como los nuestros. Hay aspectos que no habrás experimentado. Y este podría ser uno de ellos.

- Sí, así es. Pero os he observado durante mucho tiempo. Y aunque no lo haya experimentado, estoy bastante familiarizado con vuestra forma de hablar y relacionaros.

- Vale, perfecto. Entonces, ¿cuál es tu nombre?

- Pues si te digo la verdad... no dispongo de uno. O, por lo menos, tal y como lo conocéis. Entre nosotros tenemos algo que nos distingue individualmente, pero no es un nombre como tal. Si quieres sentirte más cómodo... podrías ponerme uno que te guste.

- Qué curioso - susurró dejando que su estupefacción ante lo que acababa de escuchar se notara.

Dudó una rato. Mientras se decidía por uno. Entonces, sin saber el motivo, le vino a la cabeza el libro de La historia interminable del escritor Michael Ende.

- Bueno, si no te importa... te puedo llamar Bastian.

- ¿Te puedo preguntar por qué lo has elegido?

Entonces, le contó que fue una de sus novelas favoritas de cuando era niño. Las horas que pasó leyéndolo una y otra vez. Las lágrimas que derramó en tal o cual situación. Incluso que en aquellos días, estando a punto de cumplir los 30, lo seguía haciendo cada vez que lo releía. Y eso sucedía una vez al año.

- Pues me gusta. Y más sabiendo lo que hay detrás de él - expresó con satisfacción el espantapájaros.

- Bien, me alegro. ¿Me dirás ahora cómo es que dispones de vida?

- Porque he cumplido 50 primaveras. Han pasado 5 décadas desde que fui colocado en mitad del campo con tal de ahuyentar a las aves que podrían destrozar la siembra.

La criatura suspiró. Parecía estar buscando al milímetro las palabras que iba a usar. "Pasado ese tiempo, tenemos derecho a caminar entre vosotros durante 24 horas en cada calendario que pasa. Antiguamente, esto suponía una fiesta tremenda. Era sinónimo de alegría y buena esperanza. Pero hace tiempo que su saber desapareció. Y lo que queda de ello es considerado una superstición de viejas".

- Increíble... si no lo veo no lo creo. Pero estás aquí. Aunque me resulta imposible pensar que puedas caminar junto a otras personas. Tu cuerpo es exactamente igual a cuando estabas... empalado.

- Ni yo mismo lo habría descrito mejor. De hecho, así he estado hasta hace 22 horas.

- Es decir, que te quedan dos por delante.

- Si no hay novedad... así es. Siempre queda la posibilidad de que me descubran y me quemen. El espíritu de la época de la quema de brujas puede volver a resurgir.

- ¿Qué quieres decir con eso?

- Pues que, aunque parezca que los tiempos cambian, o evolucionan, hay cosas que siempre resurgen. Y entre ellas está el miedo a lo desconocido. A lo que es ajeno. A aquello que no es comprendido. Y más aún cuando el portazo a comprenderlo es más fuerte que nunca. Y eso, mi querido Camilo, es algo que sigue estando presente. Pese a todos vuestros adelantos tecnológicos y sociales... seguís siendo las mismas criaturas que cuando comenzabais a pintar en las paredes de una cueva mientras la luz de las hogueras os iluminaban.

- Me parece que eres bastante trágico. Aunque pesimista sería el mejor adjetivo. ¿Qué es lo que te hace llegar a tal conclusión?

- El saber que nos inculcamos de generación en generación. Por ejemplo, aunque no existiera hace cinco siglos, los recuerdos de mis ascendentes los tengo completamente grabados. Es una especie de red. Nuestros recuerdos pasan a los siguientes. Imagínate las raíces de un árbol. Dicen que estos se comunican entre ellos mediante ellas. No sé si será verdad, pero esto que te estoy explicando funciona de la misma manera. Nuestro conocimiento se expande a través de raíces. Y nuestras mentes son estas mismas. Y así seguirá... quizás hasta que desaparezcáis. Y con vosotros lo haremos nosotros. Estamos irremediablemente atados a vosotros.

- ¿Y que pasaría si dejamos de usaros? Si ya no fuerais útiles y os sustituyéramos por otras herramientas...

- Pues que seremos borrados - reveló con un gesto que marcó su rostro al oír la palabra "herramienta". Algo que Camilo percibió.

- Creo... creo que no he usado el término adecuado. No pretendía herirte... tirando de él te estoy equiparando a algo sin alma. A un mero instrumento productivo. Te he descrito como si fueras un esclavo de hace siglos.

- Sí, lo sé. Pero estoy convencido de que no era tu intención no era el hacerme daño. Estate tranquilo.

- ¿Y qué va a pasar cuando termine ese plazo? ¿Qué vas a hacer?

- Soñar.

- ¿Cómo?

- A tus ojos dormiré. Pareceré inerte. Sin vida. Un espantapájaros más. Pero percibiré todo en un estado de duermevela. Es la única forma que se me ocurre de describirlo después de ver el mundo desde esta perspectiva.

- ¿Y no hay ninguna posibilidad de que te quedes como estás?

- Sí, la hay. Pero no va a haber ningún eclipse esta noche. Así que tendré que dormitar hasta que dentro de un año pueda volver a caminar.

- Espera, ¿qué es lo que quieres decirme con eso?

- Pues que dentro de un año podremos volver a conversar; si quieres y estas por aquí.

- No, con lo otro. A lo del eclipse.

Bastian dudó. No sabía si decirle lo que sucedería en ese caso. En esa posible, pero lejana, situación. Finalmente, y tras titubear pareciendo que tragaba saliva, le reveló algo increíble.

- Me convertiría en humano. Pasaría a ser de carne y hueso. Lloraría, reiría. Sangraría, ayudaría y derramaría lágrimas. Y gozaría con las mismas emociones que vosotros. O las sufriría.

Camilo enmudeció. No sabía qué decir. No tenía la más mínima idea de cómo continuar la charla. Al final, y después de hacerle un gesto con el cual le indicaba que se tranquilizara, Bastian continuó.

- Pero sólo sería durante una semana. Después, al amanecer del octavo día, me desintegraría y cada parte de mi anatomía sería esparcida alrededor del mundo. Abonaría cada rincón del planeta. Bueno, casi todos. Habría zonas que no llegaría a alcanzar.

- ¿Y tú quieres eso para ti? - preguntó de forma entrecortada Camilo mientras las lágrimas surcaban cada centímetro de la piel habida bajo sus ojos.

- No, no se trata de lo que yo quiera. Ese es nuestro ciclo vital. Y, según mis cálculos, dentro de dos años habrá un eclipse. Finalmente podré descansar. Aunque me duela dejar atrás todo aquello que he conocido.

- ¿Incluso a mí?

- Sí, por supuesto. Pero no te preocupes. Todavía nos quedan ocho días por delante. Pero tendrás que esperar a la jornada del año que viene. Y las siete de dentro de dos.

Comenzó a llorar con más fuerza. Su impotencia era cada vez mayor. Las manos le temblaban. Todo su cuerpo tiritaba por la tristeza.

- Pero quiero proponerte una cosa - comentó Bastian de forma suave y lisonjera. Su intención era relajarle. Que no se pusiera más nervioso. Fue la única forma que encontró de hacerlo mientras colocaba los brazos sobre sus hombros.

- ¿Qué cosa? - quiso saber. Y lo dijo completamente compungido. Su voz era casi inaudible.

- Durante ese tiempo te contaré todo lo que he vivido. Lo que he visto y experimentado. La personas que he llegado a conocer aunque no haya tratado con ellas.

- De acuerdo.

- Y después... quiero que escribas un libro. Hazlo como quieras. Sé que llevas mucho tiempo deseándolo hacerlo. Y qué mejor oportunidad que esta para plasmar lo que sería tu primera obra.

- ¿Cómo sabes eso?

- Llevas hablando de ello desde que tenías, como mínimo, 20 años. La primera vez que te escuché comentarlo estabas con tu prima Inés. Justo aquí, al lado del trozo de madera que me da sujeción.

- Sí, fue de las primeras personas que lo supo. Pero llevo desde los 15 con ello en mente.

- Bueno, pues mejor me lo pones. Trátalo como mejor consideres. Sé que de aquí a un año ya tendrás cierta idea de cómo lo harás. Pero habrás de aguardar hasta que todo acabe con tal de empezar. Tendrás que tener paciencia.

- No creo se me caigan o pierdan los anillos...

- ¿Trato hecho?

- Sí. ¿Pero ahora qué vas a hacer?

- Descansar. Y rumiar lo que comenzaré a contarte dentro de un año. Apúntate la fecha. Has de ser puntual. No podemos perder tiempo. Hemos de aprovechar cada instante al máximo.

- Será un día largo. Y aunque lo pasé en vela... algo me dice que será fructífero.

- Y liberador.

- ¿Y ahora?

- Tranquilo. He de subir a la estaca. Necesito descansar.

- ¿Necesitas ayuda?

- No, no hace falta.

Camilo no estaba preparado para lo que vino a continuación. Aunque tampoco lo estuvo ante lo había presenciado. Bastian le dio un fuerte abrazo. "Y recuerda: yo desapareceré, pero mi saber perdurará", le dijo despacio y con una afable sonrisa de oreja a oreja. Tras esto, fue hacia la estaca y empezó a encaramarse.

- Es increíble - expresó Camilo con muchas dificultad -. Irradias calor. Un calor enorme.

- Sí, lo sé. Son los tallos. Conservan lo que del Sol proviene. La noche me enfría. Hace que no llegue a combustionar. Regula mi temperatura. En el fondo, el ciclo de la noche y el día es lo que me da la vida. Pero ahora debo descansar. Mira. Por ahí asoma la Luna. Parece querer arroparme. Y prepararme para lo que dentro de poco llegará.

- Pero...

- Suave, tranquilo. Ya verás qué rápido pasa este año. En nada podremos estar conversando de nuevo. Por ahora, no digas más.

En ese momento, en el instante en que la Luna comenzó a iluminarle, Bastian cambio de semblante. Lo que hasta hacía un instante parecía vivo quedó petrificado. Inmóvil. En cruz y con la mirada fija en al horizonte. Como si estuviera escudriñando cada pequeño rincón que en él estaba escondido.

Le prestó más atención. Lo analizó minuciosamente. Entonces, descubrió que era completamente distinto a lo que fue minutos antes. Su color le recordaba al de la carne. Sus pómulos presentaban un color rojizo. Y emergieron unas acristaladas uñas en los dedos de sus manos. Ahí fue que se diera cuenta de que todavía tenía los ojos abiertos. "Me estoy transformando. Pero no es un final. Es un nuevo comienzo. Hasta el año que viene", se despidió Bastian.

Justo entonces, el silencio comenzó a reinar en el campo. Y este sólo era quebrado por el sonido de los insectos. Además de las aves que iban tras ellos o los pequeños mamíferos que pululaban por el lugar en medio de sus quehaceres. Y en medio de toda esa inmensidad, las lágrimas seguían surcando su rostro. Ahí siguieron al momento de darse la vuelta y emprender el camino a casa. Continuaron cuando llegó y con ellas danzando concilió el sueño. "No te preocupes, pronto nos veremos", escuchó en sueños.










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