Poco antes de llegar a Westin Hills
Mucho tiempo hacía que no soñaba. Y aunque sintiera nostalgia de ello, prefería seguir así. El miedo a la criatura continuaba, pero las pastillas la alejaban del mundo onírico. Por lo menos lograba descansar aunque, de vez en cuando, amaneciera fatigada. Él campaba a sus anchas en el terreno de las pesadillas y esa fue la única alternativa que encontró con tal de alejarle. Incluso habiéndolo derrotado en su momento.
Además de todo el dolor que seguía padeciendo, lo que más lamentaba era haber dejado atrás su viejo diario. Aquel que abandonó en un rincón secreto que guardaba el armario de su habitación. La mudanza fue tan rápida tras la muerte de su madre... que lo dejó en medio de una impulsiva acción. Lo que pretendía era advertir a los que pudieran habitar la casa. En especial a los que fueran adolescentes, pues a las malas descubrió que los adultos solían ignorar las advertencias de los primeros. Lo vivió en sus propias carnes.
Desde entonces, para que sintiera un mínimo alivio tuvieron que transcurrir cinco años. Y es que una tranquilidad tremenda la invadió al oír la historia de Jesse y Lisa. El primero y su familia terminaron instalándose en el 1428 de Elm Street. Y por lo que llegó a averiguar después, el escrito que escondió les sirvió a la hora de librarse del Ser. Pero no podía ignorar la pena y frustración por las víctimas que causó en tan poco tiempo. Y eso, irremediablemente, le generaba pánico. Sabía que, mediante él, ese nauseabundo Hombre del Saco podría volver a ella y tomar venganza.
Así sería que poco después de deshacerse de Freddy decidiera estudiar psicología. Y aunque solía comentar que era vocacional, algo la empujó a especializarse en terapias del sueño. A la par, y en los pocos ratos libres de los que disponía, se empapaba de cada una de las investigaciones alternativas que estaban relacionadas con lo que sucede en nuestras mentes en tales instantes.
Durante un tiempo las usó intentando anular ese lapso fisiológico en sí. Aunque por mucho que se esforzara, incluso a pesar de estar varias veces cerca del éxito, siempre acababa quedándose con la miel en los labios. Hasta que descubrió un medicamento experimental en una publicación especializada.
Tenía un curioso nombre: "Hypnocil". Le recordaba a las rocambolescas teorías que manejaba alguien que hacía llamarse Doc, un excéntrico estudiante que disponía de cierto renombre dentro del mundo de las conspiraciones. Sus decálogos solían expandirse igual que los efectos de una bomba entre los amantes de tales hipótesis. Sobre todo por el morbo que generaba al revelarse que el conejillo de indias del que tiraba era él mismo. Decía que solía auto-hipnotizarse. Pero por lo que sabía carecían de valor académico alguno. Sólo eran las diatribas de alguien al que únicamente creían, o tomaban en cuenta, cuatro pelagatos.
Lo curioso de todo es que, pasados seis años de su combate con Krueger, estaba a punto de comenzar a trabajar en Westin Hills, el propio centro psiquiátrico en que lo hizo aquel individuo. Podría haber conversado con él sobre sus ideas y conceptos si no fuera porque aseguraban que abandonó sus prácticas en el lugar. No era que las aceptara, pero sentía curiosidad ante ellas y por aquel enigmático hombre.
De todas maneras, ella también adquirió fama de rarita entre sus compañeros de estudios. Y lo consideraba algo normal, y lógico. Sobre todo teniendo en cuenta su campo de acción y lo taciturna y solitaria que terminó volviéndose tras lo sucedido.
Por lo tanto, aparcó el coche y observó el edificio que guardaba la institución. Le parecía frío y artificial. Una cárcel enorme. Y eso que los calabozos de la diminuta comisaría de Springwood eran acogedores. Alguna vez los visitó cuando su padre ejercía de teniente de policía. No tenían ningún parecido con lo que delante suyo estaba levantado. Ese recinto era tétrico y asfixiante. De repente, notó una dolorosa punzada en el estómago. Y cómo el sudor frío recorría cada centímetro de su cuerpo.
Cogió aire y lo mantuvo en sus pulmones. Acto seguido, lo exhaló. Repetiría varias veces la maniobra, hasta relajarse. Cuando lo logró, miró la hora que marcaba el reloj de muñeca. Todavía quedaban quince minutos para su cita con la jefa de psiquiatría. Decidió contemplarse en el espejo retrovisor del coche. Iba sin maquillaje, tal y como venía siendo habitual por costumbre. Su fino rostro blancuzco resaltaba ante su rizada melena oscura. Pero lo que más le llamó la atención fueron las ojeras que vestía. Le otorgaban más brillo, y presencia, a sus ojos azules. Sonrió. Y, tratando de ignorar el acuciante temblor de sus manos, se apeó.
Unos doscientos metros serían los habidos hasta la entrada. Y arrancó a caminar despacio con tal de difuminar los de nuevo incipientes nervios. Al llegar a la altura de la puerta, no dudó. Tiró de ella y fue directa a recepción.
- Hola, tenía una cita con la doctora Elizabeth Simms.
- ¿Es usted Nancy Thompson? - preguntaron desde el interior del despacho que había justo al lado.
- Sí.
- Encantada, soy la persona que está buscando. Entre, tendremos que ponernos al día. Serán 10 minutos. A lo sumo 15.
- Claro, desde luego.
- Después, y por su cuenta, podrá ir en busca del doctor Gordon. Él será su compañero de fatigas.


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