Un columpio, la hierba y el jarrón quebrado



Siete años después de caerse el jarrón todavía podía escuchar su sonido al quebrarse. Sucedió minutos antes de que dejaran la casa y, desde entonces, exceptuando la persona que una vez a la semana iba a limpiarla, nadie había regresado. "No sé cuándo volveré, lo que quiero es recordar cada detalle cuando lo haga", contestó al momento de preguntarle el porqué de que no quisiera que lo recogieran.

Y ahí estaba. Igual que lo dejó. En frente de la chimenea que el asistente encendió horas antes de que llegara. Tal y como le pidió pretendiendo que el edificio estuviera caliente. Sus restos no brillaban al estar cubiertos de polvo ya que prohibió que lo quitaran. Cerró los ojos y escuchó la suave música que antaño presidía cada rincón. Sin motivo aparente, se agachó y agarró uno de los pedazos. Si apretaba un poco podría cortarse. Lo dejó de nuevo con la misma delicadeza. Y avivó el fuego.

Entonces sintió las voces que antaño la vestían, y abrigaban. Las risas. Los susurros. Alguna que otra discusión. La algarabía de los pequeños corriendo por los pasillos. Y la fragancia de la luz del exterior al traspasar las ventanas y cortinas. Las lágrimas. Los lloros. Los chistes. El sonido de los armarios al abrirse y cerrarse. También el de las puertas y el desván.

Decidió ir a la cocina. Y tomarse una de las cervezas que en la nevera deberían estar. Fue una de las órdenes que emitió al momento de anunciar que pasaría allí una semana. Además, tendrían que estar acompañadas de queso. Del viejo y curado, nada más. Sólo necesitaba eso hasta que fuera al supermercado. Cuando se instalara ya compraría todo lo necesario. Pero, mientras tanto, agarró la bebida y un par de porciones para salir después al patio. Su intención era disfrutar de la tarde mientras fumaba sin preocupación alguna.

Una vez ahí, y estando sentado en la vieja mecedora, encendió un "piti" tras dar un primer sorbo. Y comenzó a analizar el viejo cerezo emergiendo en medio del jardín. En esos siete años, su tronco vio su circunferencia incrementada. También su altura. Y el raído columpio estaba demasiado alto si un crío quería subirse a él. Aunque podría resultar peligroso. Las cuerdas estaban enmohecidas. El más mínimo peso extra haría que terminaran quebrándose. Y, por experiencia propia, sabía que eso dolía muchísimo.

Ensimismado como estaba, terminó el pitillo y lo apagó en el cenicero. Comió algo del queso y volvió a saborear la birra mientras gozaba con la brisa meciendo la hierba. Estaba larga. No había sido cortada. Y, según sus cálculos, podría hacerlo él mismo mientras estuviera ahí. Sería agradable sentir el olor de la recién cortada. Cuando era joven le encantaba. Además, no recordaba si alguna vez había podido disfrutar de ella desde que vivía en la ciudad. Y le serviría con tal de hacer un poco de ejercicio.

Al pasársele esto por la cabeza, puso su foco de atención en donde solía estar la guadaña. En efecto, ahí seguía, erguida al apoyarse contra la pared. Y presentaba un estado impecable. Incluso su filo emitía un fulgor extraordinario aquella hora del día. Se imaginaba que estaría lista, preparada para pasar a la acción, pues el cuidado del jardín también era uno de los cometidos de la persona encargada de la casa. Pero jamás llegó a pensar que la encontraría en tan perfecto estado. Tan reluciente.

- Vaya, ya ha llegado - al oír esto, se sobresaltó -. He seguido al pie de la letra las instrucciones que me dio; incluso he llevado a cabo algunas tareas por mi cuenta.

- Ah, hola, Konrad. - contestó -. No esperaba encontrarte por aquí. Pensé que hacía rato que habrías marchado a casa.

- Tenía alguna que otra cosa por hacer.

- Pues está todo impecable. Aunque no entiendo el porqué de que hayas dejado el columpio tal y como estaba.

- Pensé que le gustaría hacerlo.

- ¿Y eso?

- Muy sencillo. Siempre he tenido presente aquello de que quería recordar todos los detalles cuando volviera.

- Sí, esa era mi intención.

- Pues podrá arreglarlo mientras se sumerge en los años que pasó encima de él.

- Vaya, pues no se me había ocurrido. Mañana mismo me pondré con ello. Y con el césped del jardín.

- También lo he dejado adrede. Tenía que haberlo cortado la semana pasada.

- Es todo un detalle por tu parte. Pero, si no te importa, me gustaría estar a solas. Vete a casa, anda. Mañana podremos hablar largo y tendido.

- Como quiera. Si me disculpa...

- Claro, ve...

Konrad no dijo nada más. Abandonó el lugar dejándolo inmerso en sus pensamientos. Mientras disfrutaba y degustaba el paisaje. Cada pequeño detalle de él a la par que la tarde avanzaba volviéndose el firmamento de un tono anaranjado que le hizo erizarse la piel. Escuchó entonces el motor del coche al arrancarse. Y cómo iba alejándose hasta desaparecer en la lejanía mientras se llevaba otra porción del queso a la boca. Y bebía un poco más de la cerveza.

- Bueno, parece que mañana va a ser un día entretenido - susurró.


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