Una claustrofóbica situación




Volvió a mirarse las manos. Estaban heridas. Le sangraban. Los cortes en ellas dolían tal si pequeñas y frenéticas punzadas fueran. Además, la tierra las cubría. ¿Qué había pasado? No recordaba nada. Su memoria sólo llegaba al momento de tener enfrente a aquel hombre. No recordaba nada más. Y este lo observaba de arriba abajo. Pero con un aire de indiferencia que le causaba pavor. Su mirada era fría. Calculadora. Parecía estar analizando el más mínimo gesto que hiciera.

- Deberías relajarte. Ya has completado todo lo que tenías que hacer. El resultado es doloroso, pero es lo que debía hacerse - susurró. Su voz era desgastada. Con un ligero atisbo delatando tartamudez.

Entonces, fue él quien examinó al extraño individuo. Vestía una raída gabardina que le llegaba hasta los pies. Y calzaba unas botas ajadas que dejaban ver el acero de sus punteras. También un enorme sombrero. La sombra que originaba únicamente permitía atisbar la dureza de su mandíbula. Además de una poblada barba que llevaría un par de semanas sin ser afeitada. Toda su vestimenta estaba cubierta de polvo.

- ¿Qué hago aquí? - quiso saber.

- ¿No te acuerdas?

- No.

- Han intentado matarte. Te has tenido que defender - dijo con una calma escalofriante. No daba la impresión de estar alterado por lo que acababa de decir.

Ante esto, no contestó. Volvió a mirarse las manos. El dolor incrementó en cuanto lo hizo. Y fue a más al momento de apretarlas. Al instante de activarse los músculos de estas.

- ¿Quién era? ¿A quién he matado? - expresó titubeante.

- No lo sé. Vi que te asaltaba. Empezasteis una pelea. Y él sacó un cuchillo. Intentó clavártelo. Pero no lo logró. No sé cómo lo hicistes, pero se lo quitaste. Luego le apuñalaste varias veces. Todo fue muy rápido.

El padecer de sus manos volvió a aumentar. Podría tener sentido lo que estaba diciendo. También notaba dolorido su cuerpo. Sentía que un camión le hubiera pasado por encima. Instintivamente, colocó sus dedos sobre las costillas. Y apretó suavemente. No estaban rotas, pero alguna fisura tenía que haber. El espasmo que padeció ante el gesto fue tremendo.

- ¿Dónde está? ¿Qué he hecho con el cadáver? - el tono con el que expresó esto era melancólico y cargado de tristeza. Portaba toda la incertidumbre que soportaba en ese instante.

- Lo enterraste. Cavaste un agujero con esta pala de aquí - reveló señalando el árbol que tenía la herramienta apoyada en su tronco -. No me preguntes de dónde la sacaste. Sólo sé que estaba ahí, y la usaste.

- ¿Y tú qué hiciste? ¿Nada más que mirar?

- Eso es.

- ¿Por qué?

- Tengo por costumbre no meterme en asuntos que me son ajenos. Suele ser lo mejor.

- ¿Y quién me dice que no tienes nada que ver en todo esto? ¡No, yo no puedo haber hecho lo que me estás contando! ¡Es imposible!

- Pues lo hiciste. Pero estate tranquilo, nadie va a enterarse. Soy una tumba. Es más, soy enterrador.

- ¿Qué?

- Lo que acabas de oír.

Guardó silencio. Aquello no tenía sentido. Incluso padeciendo una amnesia producida por el «shock», no tenía ni pies ni cabeza. Volvió a contemplar sus manos. Sí, parecían heridas provocadas por manejar la pala. Por el roce de la arena. Pero ahí había algo más. Él era incapaz de llevar a cabo todo eso. Era imposible que hubiera matado a alguien.

- No te creo.

- Bueno, lo mejor será que te tranquilices y trates de hacer memoria. Que trates de recordar el porqué de que estuvieras rondando por aquí. Y más a estas horas de la noche.

Observó lo que alrededor suyo había. Era una noche despejada. La Luna permitía ver cada esquina con tranquilidad, aunque de vez en cuando pudiera formarse una sombra que llamara la atención provocando un pequeño susto. "Tal vez salí a dar un paseo", reflexionó en voz alta.

- Qué costumbre más rara. ¿No habías quedado con alguien?

Podría ser. Esa sería una posible explicación. ¿Pero por qué iba a hacerlo? ¿Qué propósito podría haber detrás de ello? ¿Quién era la persona muerta? "Si por lo menos encontrara algo que me pudiera servir de pista", lamentó.

- En eso te puedo ayudar. Toma. Tiraste su cartera antes de enterrar el cuerpo. Le registraste. Mira, aquí está. Échale un vistazo.

En cuanto terminó de decir esto, le tendió la mano. En ella había una billetera. Dubitativo, y mientras temblaba, fue a agarrarla. Pero aquel hombre echó su brazo hacia atrás. "¿Estás seguro de que quieres averiguarlo?, preguntó de forma ronca. Como si esas palabras hubieran estado luchando por aflorar. "Sí, es lo que quiero".

Con un brusco ademán logró arrebatársela. El temblor aumentó en intensidad cuando sus manos fueron a abrirla. El dolor que en ellas sentía crecía por momentos. Pero logró abrirla. En ella había dinero. No sabía cuánto, pero era mucho. Dejó de lado el pensamiento de quedárselo. Tenía que encontrar el documento de identidad. O cualquier otro que le dijera quién era aquella persona.

Nada más localizarlo, sacó un mechero de forma instintiva de uno de los bolsillos de su pantalón. ¿Cómo sabía que guardaba uno? Esa idea le trastocó durante unos segundos, pero en cuanto se recompuso accionó su piedra. Y ahí, bajo la débil luminosidad de la llama que producía, pudo averiguar la identidad del dueño del carnet: Ladislao Iturralde Ramírez.

- ¿Te es familiar? - quiso saber el hombre.

- No. No me suena de nada.

- Mira mejor la fotografía.

Hizo lo que le pedía. Pero por más que la observaba no reconocía el rostro. Y esto le puso cada vez más nervioso. "¿Tienes un cigarrillo?". No sabía por qué le pidió uno. Esto también fue instintivo. Aunque tal vez fuera una costumbre que tenía adquirida hacia circunstancias que lo alteraran. De hecho, no percibió olor a tabaco que proviniese desde su ropa. O de él mismo.

- Sí, dame un segundo.

Introdujo su brazo en el bolsillo izquierdo de la gabardina. Sacó un paquete y, tras abrirlo, hizo lo mismo con uno de los pitillos. Se lo ofreció junto a un «clipper» cuya carcasa era metálica. "Este va a encender mejor que el tuyo". Los agarró con agrado. Nada más encenderlo, dio una profunda calada manteniendo su contenido en los pulmones. A continuación, lo exhaló. Y comenzó a darle vueltas al mechero. Esto hizo que el fulgor proveniente de la Luna proyectara un resplandor sobre su rostro. En cuanto ese sobresaltó desapareció, le dio por mirar lo reflejado.

Al principio le costó un poco. Pero paulatinamente fue reconociendo su semblante. ¡No podía ser! ¡Era el mismo rostro de la fotografía del carnet! "¡¿Qué significa todo esto!?", vociferó en un grito desgarrador.

- ¿Todavía no lo entiendes? Es bastante sencillo.

- ¿Qué quieres decir?

- Lo que acabas de cavar es tu propia tumba.

- ¿Qué?

- Sí. No recuerdas nada porque te eché Rohypnol en el café. Tú también eres enterrador. Trabajamos juntos.

- ¡Deja de decir tonterías!

- ¿Tonterías? Lo tomaste antes de comenzar la faena. Y después de acabar caíste inconsciente. De ahí que te duela todo el cuerpo. Es por el golpe que te diste. Caíste seco. ¿Acaso no te da vueltas la cabeza?

La sentía embotada. Incluso le costaba discurrir. Pero aquello no tenía sentido. ¿Por qué le había hecho eso?

- ¿Sabes? Hace siete años te metiste en una pelea. Fue en una noche cualquiera. Saliste a tomar unas copas. Y terminaste discutiendo con alguien con el que no debías haberte metido. Era uno de mis hermanos. Lo vi todo desde lejos. Vi cómo le clavabas el cuchillo. Llamamos a la ambulancia, pero los médicos no pudieron hacer nada por él.

"Y tú, miserable cobarde, abandonaste el lugar presa del pánico. Ni siquiera tuviste la hombría de quedarte y cumplir con tu obligación. Bien, desapareciste sin dejar rastro. No sé cómo lo hiciste, pero no dejaste pistas. La Policía no pudo encontrarte. Y seguiste con tu vida como si nada mientras mi hermano yacía bajo tierra.

"Bien, me dije. Si es así, ya llegará el momento de ajustar cuentas. Tarde o temprano habría de llegar. Así que, un buen día, se me ocurrió que podría trabajar en lo mismo que tú. En el mismo lugar. Ni siquiera te dio por investigar si tu víctima tenía familia o no. Si tenía amistades. Eso hizo todo más sencillo. Lo único que tuve que hacer fue trabajar codo con codo contigo. Ganarme tu confianza. Hasta llegar el día de hoy".

En cuanto acabó de decir esto, agarró la pala con su mano derecha. Ambas estaban fortalecidas por el arduo oficio de enterrador. Y comenzó a caminar muy despacio hacia él.

- ¿Qué vas a hacer? - preguntó mientras tartamudeaba por la impresión.

- Vaya, parece que empiezas a sentir miedo. Ahora sabes lo que uno siente cuando no puede vocalizar de forma correcta. La diferencia está en que, en mi caso, he podido aligerarlo con ejercicios. En el tuyo es el reflejo del prolegómeno de lo que va a suceder.

- ¡Para! ¡¿Qué vas a hacer?!

- ¿Todavía no recuerdas nada del daño que has causado?

- ¡No sé de qué me estás hablando!

- Mejor, así será todo más satisfactorio. El que no recuerdes nada es la mejor moraleja posible por toda tu indiferencia ante lo que hiciste.

- ¿Qué?

Al terminar de decir esto último, el hombre levantó la pala. Y la descargó sobre su cabeza con un golpe tremendo. Incluso llegó a escucharse el sonido del cráneo al partirse. Cayó al suelo, inconsciente, mientras la sangre comenzaba a manar y su cuerpo convulsionaba.

- No sé cuánto tiempo tardarás en morir, pero te puedo asegurar que lo harás bajo tierra.

Tras esto, le agarró de las piernas y empezó a arrástralo. Justo hasta llegar al agujero que hacía un rato había cabado sin llegar a saber su verdadero propósito. En su interior, un ataúd de madera ocupaba el espacio. Arrojó sin miramientos el cuerpo. Esto provocó que un par de huesos de sus brazos se quebrarán. A continuación, cerró la tapa. Comenzó a verter arena sobre él.

Cuando acabó después de una hora, trató de coger aire. Y prestó atención. Le pareció oírle respirar. La forma en que daba sus últimas aspiraciones. Después, el silencio absoluto presidió el lugar, aunque fuera roto por el sonido de los insectos y el ocasional grito de una o varias lechuzas. Todo había terminado. Con un poco de suerte, podría seguir adelante al igual que él había hecho durante siete años. Con naturalidad e indiferencia.




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