Cuando le envolvía la oscuridad



En medio del asfixiante calor de la noche, cuando el sudor recorría cada centímetro de su cuerpo, decidió levantarse de la cama. Salir al balcón y tomar algo de aire fresco. Pero antes pasó por el baño. Necesitaba mear. No era que tuviera mucha necesidad, aunque aligerar peso le vendría bien si después regresaba a ella.

Eran cerca de las cuatro de la mañana, y quedaba poco más de hora y media con tal de que sonara el despertador. Así que, tras miccionar y bajar la tapa (no accionó la cisterna pretendiendo no despertar a los vecinos), comenzó a lavarse las manos. También un rostro completamente pegajoso por las secreciones sudoríparas. En cuanto terminó, regresó a la habitación y salió al balcón.

Aunque antes iría a la cocina con tal de calentar un poco del café que tenía preparado para el desayuno y después de comer. Sería entonces que accediera a la diminuta terraza que daba a su cuarto. Una vez ahí, agarró uno de los cigarrillos del paquete de tabaco dejado sobre la mesa. Nada más encenderlo, y toser un poco a consecuencia de la primera calada, decidió sentarse en la banqueta a la par que contemplaba el estrellado firmamento.

Sería que, ante el silencio que reinaba en la calle, sacó el móvil y activó el "Bluetooth". Tras colocarse los cascos, conectó la radio. Desde hacía mucho tiempo atrás la tenía programada en la misma cadena. Pero ese día, cuando estuvo menos de dos minutos sin prestarle atención, decidió cambiarla. Buscar alguna nueva. No sabía por qué lo hizo. Algo le empujó. Nada más.

Mientras tanto, a la par que apuraba el pitillo y daba un sorbo a la bebida, empezaría a escudriñar las ventanas de las viviendas del edificio de enfrente. Estaban todas cerradas. No podía ver nada de su interior. Y eso le desilusionó. Guardaba la esperanza de poder recrearse un poco estando como estaba bajo la protección que brindaba la oscuridad. Aunque su pesar poco duró. Una de las viviendas del sexto piso tenía la persiana levantada. Y la cortina descorrida.

Y desde su interior distinguía una luz tenue que le permitía descifrar la silueta de lo allí habido. Queriendo saciar su curiosidad, alargó la mano y encontró los prismáticos que solían acompañarle en tales momentos. Se los llevó a los ojos y comenzó a observar detenidamente el interior del piso. Resultó ser una habitación. Veía una enorme cama de matrimonio. Además de un par de armarios junto a una mesa de escritorio y su correspondiente silla. Sobre la madera, un ordenador portátil y unas carpetas meticulosamente ordenadas.

De repente, descifró la silueta de una mujer. Era alta y morena. Con curvas definidas y una melena con coleta que llegaba hasta la mitad de su espalda. Bailaba. Lo hacía de una forma sensual y excitante. Su sorpresa fue mayúscula, pero esta terminó esfumándose ante el disfrute de lo que tenía delante. «Puedes mirar, pero sólo hasta que yo te lo diga». Se sobresaltó y pegó un pequeño respingo en la banqueta. ¿De dónde veía esa voz?

La sensación provocada por el susto pronto desapareció. Debían ser imaginaciones suyas. Había estado toda la noche sin pegar ojo por culpa del calor y eso no podía ser otra cosa que producto de ello. Tras calmarse, y apagar el cigarrillo, continuó gozando con el espectáculo de la mujer. Los prismáticos le permitían apreciar el brillo de su piel. El embriagador movimiento de sus carnes en medio del bamboleo. «Sigue, disfruta, pero sólo hasta que te lo diga».

Esta vez escuchó la voz mucho más nítida. Era la misma de antes. Y provenía de sus auriculares. ¿Qué? ¿Qué podía significar aquello?. «No apartes la mirada, vuelve a ponerte los prismáticos y disfruta de lo que te ofrezco». En cuanto escuchó esto, retiró los cascos abruptamente y empezó a mirar directamente al piso. Se levantó hasta colocarse en la barandilla del balcón. Le pareció que estaban saludándole. Acercó de nuevo el aparato a sus ojos.

Sí. La mujer estaba al otro lado de la cristalera. Y lo saludaba con una enorme sonrisa. Y lo siguió haciendo mientras abría el portalón y salía a su correspondiente terracilla. Ahí dejo de hacerlo, pero el gesto dibujado en su rostro no desapareció. «Espérame, en menos de lo que esperas estaré llamando a tu puerta». En esta ocasión, la voz provenía de su móvil. Por arte de magia, el "Bluetooth" parecía haber sido desconectado mientras el altavoz funcionaba a todo volumen. «Voy hacia tí».

Al oír esto, la figura dio un par de pasos hacia atrás sumergiéndose en las sombras. No podía creer lo que estaba presenciando. Lo que estaba viviendo. Y menos aún sabía qué hacer. Cómo reaccionar. Lo único que se le ocurrió fue apoyarse en la barandilla y fijar su atención en el portal que deducía era al que pertenecía la vivienda. Entonces, notó que la luz de este era encendida y la puerta iba abriéndose muy despacio.

Y con ese gesto, emergió la figura de la mujer. Aunque ahora vestía pantalones vaqueros y una sudadera. Además de una botas de montaña. Habiendo caminado un par de metros, miró hacia arriba y le saludó con aquella sonrisa que parecía imborrable. Después, continuó su trayecto hasta llegar a su portal. Desde ahí arriba pudo escuchar el inconfundible sonido de su puerta abriéndose. Y el repicante claqueteo de unas pisadas comenzando a ascender. Esto le alarmó y corrió hacia la entrada de su piso. Ahí colocó las llaves en la cerradura y cerró el pestillo.

Guardó silencio. Lo único que podía escuchar era el sonido de su propia respiración. Y los latidos de su corazón estando a mil por hora. Así fue hasta que volvió a sentir el de las pisadas de la mujer. Ya las reconocía. Le eran mucho más que familiares habiéndolas oído apenas unos instantes. Trató de no hacer ruido. De no dar señales de vida. Pero llamaron a la puerta. No fue al timbre. Fueron cuatro finos golpes con los nudillos en la madera.

- Ábreme - dijeron en susurros desde el otro lado.

No contestó. Incluso trató de mantener la respiración. «Bien, entonces entraré yo». En cuanto esto fue dicho, las llaves que había en la cerradura cayeron al suelo. Y el crisquete fue descorriéndose sin ninguna mano que lo empujara. Al final, la puerta fue abriéndose nada más ceder el seguro. La mujer apareció ante él y entró con un ritmo pausado a la par que su dulce aroma comenzaba a inundarlo todo.

- Bien, ahora puedes verme sin barreras - dijo con una voz suave y melodiosa. Y extendió los brazos. Lo hizo de par en par como si quisiera darle un abrazo al ir acercándose. Al llegar a su altura, le acarició el rostro mientras él era incapaz de moverse por el miedo que sentía. Estaba petrificado.

- No tienes nada por lo que temer. Pero ahora tienes que ir a dormir.


***


Sonó el despertador. La cabeza le daba vueltas. Y le dolía. No tenía que haberse tomado aquellas cervezas antes de ir a dormir. Por lo menos disfrutó con el más que agradable espectáculo con la vecina. Que comenzara a bailar de aquella forma en mitad de la noche le parecía un sueño. Algo que muy pocos llegarían a presenciar si no fuera por el magnetismo protector de la oscuridad. Pero ahora tenía que ir a trabajar. Tomaría un café tras ducharse y marcharía.

Ahí sintió una fría y extraña sensación a su lado. E iba acompañada del siseo de una acompasada respiración. No quería comprobar qué era aquello. Ni de dónde provenía. Pero giró la cabeza y la vio. Estaba tumbada en la cama. Junto a él mientras le miraba con esa imborrable sonrisa dibujada con unos delatados labios rojos. Sus ojos, los cuales eran una mezcla de verde y marrón, estaban cubiertos por unas profundas ojeras mientras las lágrimas surcaban su mortecino rostro.

- ¿Ya te vas? ¿No ves que no puedes hacerlo? Ya tienes lo que querías. Ahora eres mío por y para siempre.


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