Un inesperado déjà vu...



Sacó la libreta mientras esperaba el café que acababa de pedir. Al abrirla, observó su letra. Lo escrito eran apuntes. Estaban plasmados a tanta velocidad que a cualquiera que los viera le sería casi imposible comprenderlos. En ocasiones, hasta a él mismo le costaba. Y cuando eso sucedía trataba de encontrar un punto en concreto. A partir de ahí, hacía memoria y, como si fuera un truco de magia, lo que a primera vista resultaban garabatos adquirían significado.

Pero ese día no supo desde dónde partir. Lo que tenía enfrente sólo eran borrones. Una ingente cantidad de páginas pinturrujeadas sin sentido alguno. Ni siquiera podía atisbar una mínima parte de lo que le llevó a hacerlo. Ante esto, una asfixiante sensación de impotencia lo dominó. La claustrofobia ante la frustración que estaba sintiendo le hizo ahogarse mientras iba quedándose sin oxígeno. Le era imposible respirar mientras su pecho comenzaba a aplastarse por su propio peso.

Comenzó a marearse. A sentir los mismos síntomas que alguien padece cuando está a punto de desmayarse. Ante esto, en un desesperado intento por no perder la consciencia, agarró con fuerza las esquinas de la mesa. Lo hizo con tanta que un punzante dolor terminaría atravesándole las manos. Por suerte, ese gesto surtió efecto y logró mantener la compostura.

- Señor, aquí tiene su café - comentó el camarero al estar a su altura -. Disculpe, ¿está bien? No tiene buen aspecto.

- Sí, tranquilo, lo estoy - le contestó -. Voy a ir un momento al baño. Dejaré aquí mis cosas. ¿Te importaría vigilarlas hasta que vuelva?

- Tranquilo, sin ningún problema. Vaya.

- Gracias.

Sería que, tras ofrecerle una sonrisa al chaval, se levantó y tomo dirección a los aseos. Tenía que atravesar un corto pasillo, pero ese camino parecía interminable. Además, las piernas las sentía sin fuerza, y le temblaban. Por fortuna, esa sensación fue desapareciendo a medida que avanzada y se esfumó poco antes de llegar a la puerta. Al abrirla, entró dirigiéndose al lavabo.

Estando a su altura, accionó el botón del grifo y comenzó a lavarse la cara con el agua que caía. Estaba fría, y lo agradeció. Estuvo así durante un largo minuto. Después, retiró varios pañuelos de papel de los que guardaba el habitáculo reservados a ellos y fue secándose el rostro. Entonces, observó su rostro en el espejo. Estaba blanco, casi sin color. Y esto incrementaba el tono de sus ojeras. Además, la barba le quedó completamente desvencijada. Viendo el resultado, sacó el pequeño peine que llevaba y la arregló.

Finalmente, y una vez estando recompuesto el dibujo de su vello facial, decidió regresar a la mesa y tomarse la bebida. Además, su semblante había vuelto a adquirir color. Poco a poco iría recuperando su acostumbrada vitalidad. Así que salió y se encaminó al lugar que hasta hacía un momento ocupaba.

Nada más sentarse, cogió el azucarillo y lo desgarró suavemente vertiendo a continuación su contenido en la bebida. Todavía estaba caliente. En cuanto terminó de removerla al comprobar que ya estaba diluido, dio el primer sorbo. La temperatura estaba perfecta. Tal y como a él le gustaba. Entonces, cogió aire y volvió a abrir la libreta con el propósito de analizar su contenido.

Pero algo le llamó la atención. Fue el grosor del papel. Era más gordo de lo habitual. Y también su tono. Este era más viejo de lo que debería ser. Tratando de comprender lo que sucedía, la cerró y analizó la tapa. Entonces la reconoció. No era la misma que con la que llevaba trabajando un mes. Es más, parecía una que le acompañó tiempo atrás.

La destapó de nuevo con tal de salir de dudas. Y se dirigió a la última página. Tenía por costumbre apuntar la fecha en que las compraba. Y el día en que las acababa. Así que fue pasándolas una tras otra. Al llegar a la que buscaba lo vio. Esta la había adquirido dos años atrás y la acabó hacía seis meses.

Aclarada la confusión, por un momento pensó en cómo era posible que agarrara la que no era. Pero ese pensamiento lo descartó rápido. Quería averiguar qué estaba escrito en la página que le acababa de provocar el mal rato.

Una vez en ella, comenzó a buscar entre todos los garabatos el elemento que le diera la pista que requería. No le costó localizarlo. Y partiendo de él, desentrañó su significado. Explicaba lo que padeció en una tarde que estuvo bloqueado. Una en que la inspiración decidió declararse en huelga. De hecho, de esa manera lo llamó. Además de todo el malestar que sufrió en ese instante. Y este, por cierto, eran idéntico a lo que minutos antes había vivido.


Comentarios

Entradas populares de este blog

ALABADA SEA LA LOCURA

Freddy Krueger volverá a las andadas

El lago que Ozco, el árbol viajero, encontró