La vasija en la galería de la cueva



Fue casualidad. Buscando protegerse de la lluvia terminó adentrándose en aquella cueva. En un principio, se resguardó en el pórtico. Pero, viendo que el fuerte viento hacía que el agua entrara al interior, osó aventurarse en la primera galería que encontró. Por fortuna, la escasa luz que accedía mantenía iluminado el arranque del pasillo.

Una vez dentro, su sorpresa sería mayúscula. Las paredes estaban pintadas. Además, parecían los signos escritos de alguna antigua, y quizás primitiva, lengua. Así que no tenía forma alguna de comprender lo que expresaban. Pero después, tras sobreponerse a la impresión, algo le llamó más aún la atención. Justo en el mismo centro del lugar, una vasija de metro y medio de altura estaba presente.

Al acercarse, observó que su hendidura estaba cerrada. Sellada con una especie de tela raída por el paso del tiempo. Esto le permitió distinguir que bajo ella se ocultaban más capas. Tal si fuera un rudimentario sistema de cierre hermético. Cuando terminó de relajarse, centró su análisis en la superficie del objeto. Era completamente liso. No presentaba ningún dibujo. Y brillaba. Emanaba un fulgor que chocaba con lo que lo rodeaba. Era como si resultara ser ajeno al transcurrir de las décadas.

En un gesto instintivo, aunque siendo consciente del ligero, y nervioso, temblor de su mano, optó por tocarla. Quería averiguar cómo era su tacto. Al hacerlo, la retiró con brusquedad tras un par de segundos. Y no fue por el hecho de que la sintiera suave y lisa, sino porque emitía calor. ¿Cómo era posible? El ambiente de la gruta era fresco y húmedo. ¿Qué podría haber en su interior que produjera tal sensación?

Aunque dudó, la curiosidad se impuso a la prudencia y sacó la pequeña navaja que guardaba en uno de los bolsillos del pantalón. Abrió la hoja y comenzó a cortar el hilo que amarraba la tela que servía a modo de tapa. Nada más acabar, retiró la primera capa. Después, hizo lo mismo con la siguiente. Y todas las demás. En total, siete fueron las que contó.

Ahí pegaría un salto hacia atrás, pues, de pronto, la cueva quedó en un profundo silencio. Sólo podía escuchar su respiración. Y el repicar de los latidos de su corazón. Pero algo más había. Le pareció distinguir que estaban acompañados en un siniestro compás. Como si esas dos acciones estuvieran vestidas por otras tantas solapándolas. Colocadas encima mientras seguían el mismo ritmo. Incluso cuando aceleraban por el miedo que le invadía.

- Hola, Duncan. Estate quieto. No te muevas.

Esa voz... era gruesa... y artificial. Y rebotaba en las paredes atorándose mediante un afilado martilleo en sus oídos. Los tapó llevándose las palmas de las manos. Pero no disipó su presencia. Es más, aumentó en intensidad. Y esto hizo que dedujera el lugar de procedencia. Salía del interior de la vasija.

- Bien, bien... dame un momento y estaré delante tuyo.

El final de estas palabras vinieron acompañadas por unos dedos presentándose por el agujero de la vasija. Eran oscuros, y sus uñas emitían un fulgor parecido al brillo del cristal. "No te vayas, tienes que conocerme", escuchó cuando el resplandor de unos ojos apareció tras abrirse lo que podrían ser... párpados.

- Dame un instante. Tengo que salir de aquí.

La figura de un varón fue emergiendo poco a poco desde el conducto. Era muy moreno. De pelo oscuro y rizado. Y su cuerpo delgado, aunque notablemente fibrado.

- Quieto, no trates de escapar. De todas formas, no podrías hacerlo. No te dejaría. Te alcanzaría antes de lo que imaginas.

Y algo le decía que así sería si lo intentaba.

- ¿Quién o qué eres? - expresó Duncan titubeante.

- Qué bueno es el sentir el aire fresco después de estar encerrado más de 5.000 años - comentó aquel ser -. ¡Pero qué falta de cortesía la mía! Me llamo Gilgamesh, o ese nombre me concedió el folclore... y la historia.

- ¿Qué?

- ¿No has oído hablar de mí? No debería extrañarme. Sobre todo viniendo de alguien perteneciente una época cuyas gentes tienen la costumbre de ignorar el pasado pese a tener millones de alternativas para descubrirlo.

El sudor frío recorría el cuerpo de Duncan. Y un fuerte temblor le acompañó nada más ver que aquella criatura iba hacia él. "He oído de tu nombre... pero... ¡¿Qué coño eres tú?!".

- Ay, pequeño mío. Tendré que explicártelo. Desde mi encierro he escuchado vuestro mundo durante milenios. Por decirlo de alguna forma, pertenezco a una especie que estaba aquí antes de que se os pasara por la cabeza bajar de los árboles.

- Y ahora me dirás que vosotros nos disteis todo nuestro saber...

- No, qué va. Lo único que hicimos fue aprovecharnos. Sois unos esclavos perfectos. Pero al final os rebelásteis. Y algunos humanos como tú ocuparon nuestro lugar. Nada más, y nada menos. Son cosas de la vida, podríais alcanzar a comentar.

- ¡No me jodas! ¿Y ahora qué piensas hacer?

- ¿Pues qué va a ser? Palpar y degustar este mundo que llevo tanto tiempo imaginando. Pero como necesito una identidad... tomaré la tuya.

- ¿Qué?

- Sí, lo que oyes. Digamos que podrían considerarnos una especie de camaleón. En cuanto te toque, te asimilaré. Adquiriré tu imagen. Y recuerdos. Eso me vendrá muy bien.

Nada más oír esto, Duncan intentó salir de la cueva. Pero Gilgamesh ya estaba a su vera con una enorme sonrisa dibujada en su rostro.

- Te dije que no trataras de escapar. Además, sólo morirás. No va a dolerte - le susurró al oído mientras acariciaba su rostro -. Dentro de lo que cabe, somos unos seres bastante misericordes. Y no nos vanagloriamos de nuestra bondad. Descansa.

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