La encina en la ladera de la montaña
El invierno estaba cerca y necesitaba madera. El frío en aquella parte del bosque solía ser demencial. Por fortuna, su cabaña era pequeña y no le haría falta mucha con tal de calentarla. Por lo tanto, antes de ponerse en marcha, agarró el hacha que hacía tanto tiempo atrás le regalaron. Miró su filo y descubrió que necesitaba afinarlo. Así que sacó la piedra que guardaba hacia tal fin y se puso manos a la obra.
Lo hizo sentado en la vieja banqueta del pórtico. En la misma en la que solía tomarse el café. Ya fuera cuando se levantaba o después de comer. No le costó mucho ponerla a punto. Llevaba años realizando la maniobra, por lo que le resultaba casi un gesto mecánico. Hasta instintivo. Al terminar, se levantó encaminándose a un prado habido en la ladera de la montaña cercana. Le esperaba un viejo árbol que, según sus cálculos, le llevaría cuatro días talar, por lo que realizaría un esfuerzo titánico.
Era una gigantesca encina con el tronco enroscado mientras caía al suelo y acto seguido se izaba hasta el firmamento. Era vieja, realmente vieja. Por lo que le contaron, tendría más de cuatrocientos años. Muchas de las generaciones anteriores la conocieron. Y aunque le dolía tener que hacer uso de ella, no le quedaba más remedio. Estimaba que su madera le serviría durante varios inviernos.
Al llegar donde ella tras un largo recorrido bebió un poco del agua que llevaba en la cantimplora. También comió unos pocos frutos secos y algo de fiambre que le permitirían recuperar fuerzas. Incluso estuvo tentado en tumbarse bajo su sombra y disfrutarla por última vez. Muchas veces gozó de esa experiencia a lo largo de su vida. Pero declinó en su intención. Lo mejor era empezar cuanto antes. Ya tendría tiempo para lamentarse por su pérdida. Estaba convencido de que sucedería.
Antes de darle el primer golpe, pasó su mano sobre su corteza. Quería guardar en su memoria la sensación. Y no borrarla nunca pese a la pena que estaba emergiendo en su corazón. Incluso las ganas de llorar que afloraban amenazándole con impedirle llevar a cabo su propósito. Conteniendo las lágrimas, asestó el primer golpe. Fue uno seco que traspasó la piel del árbol. Guardó silencio. Le pareció escuchar un grito. Prestó atención. Nada. No oía nada más. Pensó que debían ser imaginaciones.
Llegaría entonces el segundo testarazo. Y este disponía de mucha más fuerza que el anterior. Toda la rabia y dolor que padecía pareció concentrarlo en ese golpe. Y, de nuevo, le pareció oír un alarido. Pero, tras prestar atención, no escuchó nada más. Sería que al ir a dar el tercer hachazo frenara en seco al fijarse en el tronco quebrado. De él manaba sangre. De forma suave y constante mientras brillaba por el sol aquel rojo carmesí. Estupefacto, alargó su mano y la tocó. Estaba caliente y emitía el característico olor de la resina.
- ¿Y esto? - fue lo único que alcanzó a decir mientras tartamudeaba por la impresión.
- ¿Qué haces? ¿Por qué lo haces? - oyó entonces.
- ¿Eh? ¿Quién habla? ¿Quién anda ahí?
- Quién va a ser, pequeño inconsciente - expresó aquella voz -. Soy yo, la encina. ¿Quién creías que podría ser? Mira hacia arriba y verás mi rostro.
En medio de un impulso, obedeció. Y entonces lo vio: el semblante dibujado en la madera de un anciano cubierto de una poblada barba tejida por hojas y moho. Sus arrugas las formaban la corteza y los ojos eran de un verde vibrante mientras el marrón dominaba su iris.
- Tranquilo, no voy a hacerte nada - comentó la encina -. ¿Me puedes decir por qué estás haciendo esto?
- Yo... yo necesito la madera para el invierno - titubeó -. Y viéndote... pensé que tendrías de sobra.
- Vale... pero no puedes hacerlo. Tengo vida. Y consciencia. Además de sentimientos.
- ¿Cómo? Esto no puede ser verdad.
- Lo es. Y también hay un pequeño problema - prosiguió -. Si me arrebatas la existencia acabarás con todo el lugar. Sujeto la montaña. Si desaparezco... toda ella caerá y la tierra arrasará el lugar en el que vives.
- ¿Me lo estás diciendo en serio?
- ¡Claro! ¿Porque iba a mentirte? - señaló -. Pero podemos hacer una cosa. Cerca de tu chabola hay una zona en la que hay viejos árboles aguardando a su destino. Son ancianos, muy ancianos. Y están ahí porque saben que son de buena madera. Lo único que tienes que hacer es ir allí y pedirles permiso. Te lo darán sin ningún problema. Pero antes de ello tendrás que hacerme dos favores.
- ¿Cuáles? - quiso saber.
- El primero es curarme la herida. Valdrá con mi propia sangre mezclada con barro. Luego lo esparcirás sobre mi herida. En menos de un mes estaré curado. Aunque tenga que lidiar con el duro invierno.
- Vale, ¿y el otro?
- Habrás de plantar más encinas. No es sólo por el hecho de necesitar compañía, sino porque la carga que tengo sobre mis hombros es muy pesada. Soy muy viejo y ya va siendo hora de preparar a los que el día de mañana ocuparán mi lugar.
- ¿Dónde los tendría que colocar?
- Donde quieras siempre y cuando estén en la ladera de la montaña, tal y como estoy.
- Pero eso supone que habré de plantar muchas.
- Exactamente.
- ¿Pero cómo vas a comunicarte con el resto? ¿Cómo les enseñarás? Estaréis muy separados entre vosotros.
- No te preocupes por eso. Entre nosotros nos comunicamos a través de nuestras raíces y la tierra.
- ¿Es verdad lo que dices?
- Sí, desde luego. E insisto, ¿por qué habría de mentirte?
Guardó silencio mientras meditaba sobre lo oído.
- Está bien. Pero tendré que preparar las cosas. Tendré que ir al pueblo y buscar lo necesario. Y viendo el tiempo que me llevará... tendré que empezar dentro de un par de días.
- No pasa nada. Tienes tiempo de sobra.
- Está bien. Pero lo que sí puedo hacer ahora mismo es curarte la herida.
- Por favor...


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