Más allá del canto de las sirenas
- ¿Y ahora qué vas a hacer? - le preguntó.
Nadia contemplaba la mar. El horizonte dibujado más allá de lo que su vista podía alcanzar. Entonces, en un gesto lleno de calor, abrazó su cintura. "Volver a casa", reveló a la par que posaba sus ojos en los de él y acariciaba sus rostro. "Saben que existimos.... así que... tenemos que prepararnos para la que se avecina", susurró. "Te voy a echar de menos", expresó a continuación en un lamento que sólo ellos dos pudieron escuchar.
- Yo también - confesó Eric mientras las lágrimas comenzaban a surcar sus mejillas.
- No te preocupes. Estaré bien. Cuídate. Y sé fuerte. Lo que te espera a partir de ahora va a ser demencial...
- Lo sé. Ve, anda... ve a casa.
La sonrisa con la que Nadia contestó fue radiante. No le hacía falta expresarse mediante palabras. Se conocían a la perfección. "Volveré a buscarte... pero antes todo tiene que terminar... entonces... entonces te enseñaré mi mundo".
- Ve, anda... No te demores más... tienes que darte prisa.
Una nueva sonrisa dibujó el semblante de la mujer. Pero esta vez era triste; y cargada de pena. En silencio, lo soltó y comenzó a caminar hacia la orilla. Al despojarse de su ropa, Eric pudo contemplar su silueta desnuda. El bronceado que bañaba su piel. Y percibió su inconfundible olor. En él, la sal y la canela estaban unidos. Además de la fragancia de los claveles.
No estaba preparado para lo que a continuación observó. La forma en que su cuerpo iba tornándose cada vez más escamado a la par que su efigie adquiría unas maneras reptilianas. También desaparecieron sus piernas dejando paso a una cola de pez. Al sentarse sobre la superficie, volvió a mirarle. Sus ojos continuaban irradiando paz, comprensión. Ternura. Amor. Se despidió con la mano. Y desapareció bajo las aguas.
En ese momento, los curiosos llegaron a la playa. Lo rodearon cuestionándole por lo que había hecho. Recriminándole que dejó escapar una peligrosa criatura. "¡No lo es!", bramó encolerizado a los cuatro vientos. Ante esto, comenzaron a realizarle preguntas a quemarropa. Los periodistas también estaban ahí. Entre todos le agobiaban, hostigaban. Los empujones se sucedían uno tras otro. Hasta que una autoritaria voz les ordenó detenerse. Y separarse de él.
Un militar fue acercándose a Eric con paso tranquilo; y marcial. Notó cómo rozaba su arma con una de sus manos. En la otra portaba un megáfono. "Usted se viene con nosotros; tenemos muchas cosas de las que hablar", rugió. Y poniéndose el aparato en la boca mandó a las gentes que desalojaran el lugar. "¡Aquí no hay nada que ver!", gruñó encolerizado.
Con una fuerza tremenda le agarró del brazo. El dolor que sintió hizo que el que padecía en el corazón desapareciese por un breve momento. "Sígame... y ni se le ocurra separarse".
- ¿A dónde me llevan?
- Eso no es de su incumbencia. Las cosas las sabrá cuando corresponda. Por ahora, manténgase en silencio. Y suba al coche de una vez.
Eric no dijo nada más. Era por el miedo. Pero aunque la seguridad y la fortaleza lo vistieran tampoco lo hubiera hecho. Lo mejor era esperar a ver cómo avanzaba la situación.
- Muy bien, desgraciado, esto es lo que vamos a hacer - le recriminó el militar con unas formas brutales e inquisidoras -. Sabemos que esa maldita bestia está embarazada de usted. Vamos a realizarle una serie de análisis. Nos da igual si le ha contagiado alguna mierda. Lo que nos interesa es saber cómo es posible que la genética de ambas especies sea compatible. ¿Ha entendido?
Asintió con la cabeza.
- Vamos a ponerle en cuarentena. Tras la pruebas le desinfectaremos. Pero no creo que sirva con tal de eliminar lo estúpido, y desagradecido, que puede llegar a ser. Luego le mostraremos su habitación de hotel. Va a pasar una estancia con unas comodidades de lujo.
Rio con unas carcajadas profundas y cínicas. "Ya veo, van a convertir mi existencia en algo insufrible", soltó Eric sacando unas fuerzas que pensaba que no tenía. Fue una osadía temeraria. Y desafortunada.
- ¿No le he dicho que no hable? Pensé que le había quedado claro. Y sí... a partir de ahora va a estar en un hotel de cinco estrellas. Va a tener que pedir permiso hasta para tirarse uno de sus asquerosos pedos. Y le puedo asegurar que, con la mierda que a partir de ahora va a alimentarse, el hedor de las alcantarillas le van a parecer una perfumería.
- ¿Qué vais a hacer con Nadia y su gente?
Esta pregunta encolerizó visiblemente al militar. Pero no hubo ninguna respuesta violenta ante ello. En su lugar, se inclinó ante él y le acarició el rostro. "Así lo hizo ella antes de escapar, ¿verdad? Pues en cuanto llegue a su hogar atacaremos. Destruiremos el lugar. No dejaremos nada. Sólo algunos supervivientes que nos servirán como conejillos de indias. El Ser Humano no puede aceptar competencia en este planeta. Este mundo nos pertenece".
- No creo que todo el mundo piense como ustedes. La gente se levantará. En cuanto descubran lo que harán, en cuanto adviertan la verdadera naturaleza de las sirenas, estaréis en un gran problema. No podréis hacer frente a eso.
- ¿Está seguro? Es usted más iluso e ingenuo de lo que pensaba. Las rebeliones nunca han triunfado, mequetrefe. Y en caso de parecer hacerlo han terminado adquiriendo el mismo sesgo de aquello que decían pretender combatir. No se haga ilusiones. Hasta los hippies y sus drogas han sido asimilados por el sistema. Gilipollas...
- ¿Y si poseyeran algún arma que desconocéis? Quizás alguna bacteria o un virus... ¿qué haríais ante ello?
- Idiota... ¿acaso cree que Nadia es la primera que hemos encontrado? ¿Que no hemos investigado a más de su maldita raza?. Sí, mi querido soplapollas, son seres pacíficos. Sabios y bondadosos. Pero en este planeta no tienen cabida. No mientras estemos nosotros. Son ellos o nosotros... así funcionan las cosas.... y más le vale que vaya haciéndose a la idea... es lo que hay, muchacho.
Eric no dijo nada más. Era imposible hablar con aquel hombre. Así que optó por sumergirse en sus pensamientos en medio del bamboleo del vehículo en su transitar.
- Así me gusta.... que esté bien calladito. Si termina portándose bien... tal vez le demos una recompensa... alguna chuchería o algo así.
No contestó a la provocación. Siguió en silencio mientras se imaginaba contemplar el paisaje a través de una ventanilla que no estuviera tintada. Finalmente, percibió el vehículo deteniéndose. Sin decir nada, el militar le colocó un antifaz sobre sus ojos. "Eso es... ojos que no ven... corazón que no siente... pórtese bien".
- Sabes que en la guerra que está por llegar los humanos están en desventaja, ¿verdad? - interrogó al militar mientras salía al exterior y sentía la brisa sobre su cuerpo.
- ¿Y? ¿Qué van a hacer? Están indefensos, muchacho. Van a ser eliminados en un abrir y cerrar de ojos.
- ¿Estás seguro?
- ¿Qué insinúa?
- Nada. Pero algo me dice que en cuanto entremos en el cuartel te vas a llevar un gran disgusto.
- ¿Qué quiere decir?
- Espera un poco y lo sabrás....
- Cállese... no me haga enfadar, puto infeliz.
- Bueno, ahora lo verá....
Comenzaron a andar. Con la vista tapada, y habiéndose acostumbrado hacía rato a esa situación, percibía mucho mejor los sonidos que a su alrededor había. El alboroto y la alarma reinaban en el ambiente.
- ¿Qué es todo esto? ¿Qué ha pasado? - quiso saber el militar.
Una voz todavía más autoritaria que la suya habló. "No lo sabemos... casi todos nuestros instrumentos han sido inutilizados... destrozados... y los que están en pie están volviéndose contra nosotros... los cuarteles, uno tras otro, están cayendo igual que un dominó.... ¿pero qué clase de criaturas son estas? ¿Qué conocimientos tienen? ¿Cómo hemos podido ignorar esto?
- Os lo dije - les recriminó Eric.


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