La extraña visita en medio de la gélida noche



"Lo tuyo no tiene nombre". Algo parecido le habría dicho su mujer. Pero aquel fin de semana era para él solo. Él mismo iba a ser casi su única compañía en esa vieja casona en mitad del desierto. Podría disfrutar de la soledad y de la fría noche que hacía tanto tiempo no degustaba. Ello mientras tenía a su lado a Ace, su querido pastor alemán de cuatro años. Tenía 48 horas por delante. Y estas las invertiría en hacer nada. Además de beber un poco más de la cuenta, tal y como estaba en esos instantes en el pórtico que disponía la vivienda.

Mientras Ace dormitaba a su vera, él gozaba de un cigarro bajo la luz de la Luna en aquella noche despejada. Era bastante gélida, pero no le importaba. Llevaba puesta una gran cantidad de ropa de abrigo. Además, un gorro le cubría la cabeza. Y unos guantes sus manos. Y estos no le impedían manejar con soltura la botella de whisky. Tampoco el vaso en el que lo vertía o el paquete con cigarrillos que en su interior guardaba un mechero metálico.

El perro estaba tranquilo. Incluso le pareció oírle algún que otro ronquido. Le resultaba increíble que pudiera quedarse dormido en tales circunstancias. Pero aún así le sorprendía que estuviera alerta. Estaba atento al menor detalle a pesar del estado de sopor. Momentos antes, notó cómo movía las orejas y dirigía con disimulo su vista hacia una zona en concreto. Con dificultad, pudo descubrir que allí algo se movía. Y desapareció tan rápido como hizo acto de presencia. Ace volvió a relajarse, así que no le dio mucha importancia.

Centró su atención en los ecos de la noche. Alcanzaba a escuchar el relajante sonido de los insectos al pulular. El grito de alguna lechuza. Y a lo lejos los aullidos de los lobos. O quizás fueran coyotes. Nunca supo distinguirlos. También el susurro del suave viento. Y aunque estaba congelado, todo las prendas que llevaba de abrigo lo protegían. Mientras tanto, Ace seguía tranquilo. Sin que nada importunase su descansar. Incluso alcanzó a descubrir el fluir del agua de un riachuelo que estaba cerca. Dio un trago al whisky acabando el vaso. E hizo con el cigarro lo mismo dándole la última calada. A continuación, lo apagó pisándolo sobre el suelo y dejó la colilla en el cenicero tras recogerla.

Entonces, el perro se levantó poco a poco. Y agitó todo su cuerpo desperezándose. Y fijó su mirar en la puerta que daba acceso al terreno que rodeaba la vivienda. Permaneció quieto, pero meneando la cola de lado a lado mostrando alegría. De repente, comenzó a andar yendo a ella. Atónito, agarró la linterna que llevaba y lo iluminó en su trayecto. Ese gesto no lo molestó. Avanzaba despacio, de forma alegre. Como si pretendiera darle la bienvenida a alguien.

Dirigió el halo de luz hacia el portón de metal. Allí no distinguía a nadie. Pero Ace se mostraba cada vez más contento. Incluso empezó a dar vueltas mostrándose ansioso. Su actitud no delataba señal alguna de peligro. Aún así, él comenzó a sentirse nervioso. Era algo que no esperaba, menos en el estado de embriaguez que empezaba a invadirle. Aunque le pareció sentir que sus efectos desaparecían por la impresión. Armándose de valor, optó por ir donde estaba el perro. Tenía que librarse de cualquier duda.

Después de levantarse de la vieja mecedora tratando de no hacer ruido, arrancó su caminar hacia la entrada buscando la protección de Ace. Sintió bajo sus pies el característico sonido que produce la piedrilla al pisarla. Y esto lo alarmó. En caso de haber alguien allí, podría haberle alertado. Indicarle que estaba acercándose. Pero ya no había vuelta atrás. Tenía que comprobar que nada raro sucediera. Que todo era normal. Que sólo estaban él y su perro.

Cuando estaba a unos 10 metros, frenó en seco. El corazón parecía querer salir de su pecho por la fuerza que bombeaba sangre tras poder ver una figura blanca tras las puerta. Y esta alargó la mano a través de las verjas. La puso sobre la cabeza del animal acariciándole. Y este no hizo ademán alguno de rechazar el gesto. Es más, la invitaba a que lo hiciera. De repente, y después de que el perro diera unas zancadas hacia atrás, vio que la puerta comenzaba a abrirse.

Ante él, una mujer vestida de blanco apareció. Era morena, y su melena completamente lisa alcanzaba su cintura. Su pálida tez resaltaba sus labios gruesos y oscuros. Y los ojos brillaban con un fulgor especial bajo la luz de la Luna. Pero no se fijó en él. En lugar de ello, se agachó y comenzó a acariciar el rostro de Ace mientras reía de forma dulce y contagiosa. Ambos reflejaban júbilo. Trasmitían paz al estar juntos.

- No tengas miedo - susurró la mujer -. Sólo quería comprobar que estuvierais bien. Cerciorarme de que no os perderéis en la inmensidad del desierto.

- ¿Qué estás diciendo? ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

- Ya te lo he dicho. Sólo quería asegurarme de que estuvierais bien. De que no os vayáis a perder, tal y como me pasó una vez.

- No sé de qué me estás hablando. No sé lo que quieres. Así que te pido que te vayas de aquí. No tienes ningún derecho a aparecer de la nada. ¡Vete!

- Tranquilo, enseguida lo haré. Lo que también pasa es que hace mucho tiempo que no estoy con nadie. No esperaba que el perro fuera a saludarme de esta forma. Creo que cree que soy su amiga.

- No es arisco, pero suele recelar de los desconocidos. Así que podríamos decir que es un punto a tu favor. Pero a pesar de todo, te vuelvo a pedir que te vayas.

Nada más decir esto, la mujer se irguió. Y lo observó fijamente. Aquella mirada no expresaba maldad alguna. Más bien todo lo contrario. Un profundo sentimiento de amor le invadió en cuanto lo hizo. Y este fue aún mayor cuando le sonrió. Su sonrisa era afable. Jubilosa. Cordial. Pero esa sensación desapareció al percibir que comenzaba a andar hacia él. Y en su estilo parecía flotar al avanzar. Se quedó petrificado. No podía moverse. Pero no sabía el porqué de ello. Y pese a todo no sentía miedo.

- Tranquilo, ahora me voy - expresó al momento de estar frente a su rostro. Ahí fue que se fundió en un profundo y prolongado abrazo. Y en medio de este, el sueño comenzó a apoderarse de él hasta quedarse dormido.

Al despertar, estaba otra vez en la mecedora con Ace a su lado. Este estaba sosegado mientras esperaba a que lo hiciera. Contempló lo que alrededor suyo había. Acababa de amanecer. Y el cuerpo le dolía por pasar la noche allí. Bien, había sido un sueño interesante. Lástima que hubiera sido cortado por la mitad. Lo mejor era llevar la taza y el cenicero al fregadero de la cocina y después ducharse. Pero nada más coger el jarro vio que en ella estaba pintada la marca de unos labios. Del susto, se le cayó al suelo partiéndose en multiples pedazos.

No. Aquello no podía ser posible. No podía ser verdad. Lo de la noche había sido un sueño. No podía tener otra explicación. Presa del pánico, entró en la casa a toda velocidad. Sabía lo que tenía que hacer. Metió en la maleta la ropa que tenía fuera y agarró las llaves del coche. A toda velocidad, salió indicándole a Ace que lo siguiera. Este obedeció y se metió en el coche nada más indicarle que lo hiciera. Arrancó y salió pintando del lugar.

Pero después de cinco minutos recordó que casi no le quedaba gasolina. Debía repostar. Por fortuna, a unos veinte kilómetros había una gasolinera. Y ese fue uno de los motivos por los que escogió aquella casa con tal de pasar el fin de semana. Porque además de combustible también podría adquirir provisiones si las necesitaba. Era una de las que disponía de tienda.

Nada más llegar, pidió que le llenaran el depósito. El chaval le indicó que en esos momentos estaba solo, por lo que tendría que tener un poco de paciencia hasta que pudiera cobrarle. "No hay ningún problema, tranquilo", le indicó.

Mientras le veía surtir de gasolina el coche, se dio una vuelta por el establecimiento. Agarró un par de refrescos, una botella de agua y se sirvió un café de maquina. Acto seguido, se dirigió al mostrador y miro a Ace a través de la ventana. Estaba completamente quieto en el asiento de atrás. Parecía que nada pudiera alterarle. Entonces, sin que se diera cuenta, algo le llamó la atención.

Al lado de la caja registradora, estaba el cartel de una persona desaparecida. Y en cuanto distinguió su rostro casi le dio un vuelco el corazón. Era la misma mujer que había accedido al recinto de la casa. No podía creer lo que estaba viendo.

Entonces, escuchó el crujir de la puerta al abrirse. El chico entró y fue directo al mostrador. "Disculpe las molestias, ¿quiere que le cobre?", le preguntó.

Al principio, no lograba articular palabra. Pero, tras un largo esfuerzo, lo logró.

- Antes de nada, ¿quién es esa mujer?

- Una excursionista. Se perdió hace un mes. Desde entonces, andan buscándola. Sus familiares y amigos no han perdido la esperanza. Pero si le digo la verdad, algo me dice que está muerta.

Guardó silencio tratando de contener su rabia. Intentando no expresar nada. Sacó un billete de 50 euros y otro de 20 de la cartera dejándolos sobre la repisa. "Quédate con el cambio", le ordenó.

- Pero señor, es una propina demasiado grande.

- Que te lo quedes, he dicho - le dio la espalda y salió de la tienda.

Marchó hacia el coche y lo puso en marcha. En su mente rememoraba una y otra vez lo vivido durante la noche. Habiendo circulado un kilómetro, salió de la carretera deteniéndose bajo la base de un gran árbol. Y rompió a llorar.



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