La circunstancia en medio del bosque



- ¿Sabes? Podría soltarte. Liberar tu pata de la trampa. Pero algo me dice que no debería hacerlo.

- ¿Qué estás diciendo? ¿Por qué no vas a soltarme?

- Por una sencilla razón. Y esta es práctica. Lógica. O consecuente, si lo prefieres. Eres un lobo. Y como tal, por mucho que te ayude a liberarte, ¿quién me dice que no me atacarás en cuanto lo haga?

- ¿Y? ¡Y tú un zorro! ¿Quién me dice a mí que no aprovecharás esta situación de ventaja? ¿Que saltarás sobre mi aprovechando esta circunstancia?

- Podría hacerlo, pero tú también podrías hacer lo mismo en cuanto me acercara con tal de liberarte.

Guardaron silencio mientras se observaban mutuamente. El zorro contempló la pata del lobo. La herida en ella habida era profunda. Tanto que dejaba ver el hueso a la par que estaba rodeado de la carne desgarrada. No había sangre. Las larvas no permitían que coagulara mientras estaban alimentándose de ella. Debía llevar varios días así. El olor a podredumbre inundaba el ambiente.

- ¿Me prometes que si te libero no me harás nada? - quiso saber el zorro.

- Te lo juro. En cuanto lo hagas me marcharé dejándote tranquilo. Lo recordaré la próxima vez que nos veamos. A partir de ahora estarás a salvo.

El rojizo animal volvió a dudar durante un momento. Titubeó. Pero aún así decidió que lo mejor era arriesgarse. No podía dejarlo así. No podía dejar que muriera en semejantes circunstancias. Y mucho menos que ocupara el centro de una de las madrigueras de los animales que caminaban sobre dos patas.

- Está bien - habló al fin -. Te liberaré. Ojalá te recuperes pronto.

- Gracias -contestó el lobo. Fue lo único que pudo expresar. El dolor que sentía le estaba ablandando el carácter.

Nada más comentar esto último, el zorro analizó los alrededores. Necesitaba un palo resistente que le sirviera de palanca. Así estuvo un rato yendo de aquí para allá hasta que encontró uno que le pareció adecuado. Lo agarró con sus fauces y fue directo hacia la trampa que aprisionaba al lobo. Al pasar junto a él, realizó un ademán por el miedo que le hizo alejarse un poco. "Tranquilo, no tengas miedo. Te he dado mi palabra". Al oír esto, pareció relajarse.

Suspiró. Y colocó el trozo de madera de tal manera que concluyó que le costaría poco abrir la trampa. Sólo tenía que hacer un poco de fuerza con sus patas mientras se ayudaba de su cuerpo. Al hacerlo, notó cómo cedía. También el gesto de dolor del lobo al ir sintiéndose liberado. Al momento en el que aquellos afilados dientes metálicos dejaban de morder con crueldad su carne.

Pero entonces, un grueso y potente rugido interrumpió la maniobra. Ambos se quedaron petrificados por el pánico. Sabían de sobra el origen del sonido. Lo habían oído muchas veces. Y los dos tenían por costumbre alejarse en cuanto captaban el olor de una de esas criaturas. Era un oso.

El lobo dirigió su mirada hacia él tratando de indicarle que se apresurara. Pero no le dio tiempo. Un enorme ejemplar cayó encima suyo clavándole su prodigiosa mandíbula en la espalda. El sonido al partirle la columna vertebral fue seco y cortante. Estremecedor. A continuación, dirigió sus fauces a la garganta. Pero el zorro aprovechó para lanzarse contra el mordiéndole en el hocico provocándole una sangrante herida mientras colgaba un gran pedazo de su piel desgarrada.

El plantígrado se colocó sobre sus dos patas traseras. De esa forma era aún más aterrador. Y aunque al zorro el instinto de supervivencia le empujaba a marcharse, optó por no hacerlo. Por plantarle cara. "¿Cómo te atreves, pequeño gusano?", bramó con una endiablada furia la gigantesca criatura.

- No voy a dejar que le hagas más daño. Se lo he prometido.

- ¿Prometido? ¿Promesas? ¿Qué significado tienen esas palabras entre animales de distintas especies? ¡Entre depredadores! ¡Déjate de estupideces! ¡Haz caso a tu naturaleza y lárgate de aquí si no quieres acabar mal parado!

- ¡Te he dicho que no!

Nada más decir esto, comenzó a correr mostrando su característica agilidad. Sin que se diera cuenta, pasó entre las piernas del oso y se colocó delante del lobo tratando de protegerle.

- ¡Necio! ¿Es que acaso no lo ves? ¡No le queda nada de vida! ¡Está muerto! ¿Qué es lo que pretendes hacer? - rugió mostrando su afilada dentadura.

- ¡Ya te lo he dicho! ¡Protegerle hasta las últimas consecuencias!

- ¿Y entre esas está el acabar igual que él? ¡Eres más estúpido de lo que pensaba!

Entonces, el zorro colocó su cuerpo en posición de ataque mientras el oso hacía lo mismo. "Vaya, así que vas en serio. ¿Esto es lo que quieres?"

- Sí.

Y al comentarlo, volvió a aprovechar su agilidad y velocidad. Con un salto, usó el tronco de un árbol como trampolín. De ahí, se lanzó contra su hombro derecho. Logró morderle. Y aunque la herida parecía pequeña, la sangre manaba a borbotones por la profundidad alcanzada ante lo afilado de sus colmillos.

- ¡Maldito! - vociferó el pardo monstruo ante lo sucedido.

Pero en ese momento, una gran explosión irrumpió en cada rincón del bosque. Y observó cómo el cuerpo del oso caía de la misma forma en que un árbol muerto suele hacerlo. Y él lo estaba. Un gran agujero apareció en su cráneo. Al verlo, nada más percibirlo, comprendió lo sucedido. Y lo mejor era escapar cuanto antes. Los animales de dos patas andaban cerca. Siempre venían acompañados de ese sonido. Después cogían al ser caído y lo llevaban a su guarida. Su cuerpo acababa ocupando el centro de esta. Pero estando sin vida.

Así que rápidamente se escondió. Lo mejor hubiera sido escabullirse de la zona. Dejarlo atrás. Pero terminó metiéndose en un agujero que había en la base de uno de los árboles. Desde allí pudo observar a dos de aquellas criaturas. Iban vestidas con unas extrañas pieles. Sus pies estaban cubiertos. Y portaban dos palos que brillaban ante el fulgor del Sol.

- ¿Has visto dónde se ha metido el zorro? Se ha escapado nada más disparar.

- Déjale. No tiene importancia. Tenemos unas piezas cojonudas delante nuestro. Podemos sacar mucho dinero por ellas.

- Sí, pero sería mejor si los hubiéramos cazado a todos.

- Tranquilo, no vaya a ser que la avaricia rompa el sacó. Ya vendrán más días. Podremos cazar otro.

- Puede que tengas razón. Pero si uno de ellos se me pone a tiro no dudaré en abatirle.

- Ni se te ocurra no hacerlo. Pero ahora tenemos que encargarnos de estos. Son una maravilla.

- Sí, son grandes y fuertes.

- Pero tendremos que arreglar la pata del lobo. Y eso va a llevarnos mucho trabajo.

- ¿Y? Piensa en toda la pasta que sacaremos por ellos.

- Está bien. No hay mal que por bien no venga. Con un poco de esfuerzo quedará perfecto.

- ¿Acaso lo dudas?

- Venga, pongámonos manos a la obra.

,
- Vamos.


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