Un maquiavélico, y ambicioso, propósito




Le bastó un simple zarpazo con tal de cortarle la cabeza. Fue rápido. Certero. Metódico. Los ojos en ella abiertos de par en par dejaban ver la sorpresa. Lo inesperado de la acción. Y en sus perplejas fauces, la rosada y larga lengua tembló momentáneamente a consecuencia de los espasmos musculares. Pero todo terminó en un instante. Contempló la testa tirada en el suelo. El charco de sangre que la rodeaba. Y esto hizo que volviera a emerger su hambre.

El cerebro. Lo que más ansiaba era disfrutar de cada uno de sus matices. La esponjosidad que destilaría al ser masticado. Y después engullirlo. Más teniendo en cuenta que no había podido disfrutar el del burro. Pero ahora podría desquitarse con lo del interior del cráneo del zorro. Y este había sido listo. Muy listo. Pero cometió el error de robar la cabeza del equino. La quería para él tras convertirlo en el chivo expiatorio que habría de salvarle la vida. Tras haber burlado el hambre que padecía el león.

Unas seis horas atrás, al momento en el cual el Sol comienza a despuntar, el gran felino acorraló al zorro. Y este suplicó por su vida. Prometió que, si no le hacía nada, le traería el más suculento de los manjares. En las cercanías solía pastar un burro. Era muy madrugador, por lo que ya estaría levantado. "Bien, ¿y cómo vas a hacerlo? Escapará en cuanto perciba mi presencia", quiso saber el Rey de la Selva. "Le diré que, como estás viejo y cansado, lo has elegido para sustituirte en el trono".

- De acuerdo, aquí esperaré. Pero date prisa. Ya sabes lo que sucederá si fallas en tu misión.

El zorro abandonó el lugar. Y aunque se le pasó por la cabeza escapar, decidió cumplir con lo prometido. Si osaba esfumarse, tarde o temprano, le encontraría. Y su ira sería de unas dimensiones apocalípticas. Fue, entonces, en busca del burro. Y poco tardó en localizarlo. Nada más revelarle la falsa promesa, comenzó a brincar de alegría. Emocionado, marchó a encontrarse con el león. Pero nada más llegar, este se abalanzó sobre él. Por fortuna, logró escapar. Aunque le fueron arrancadas las orejas.

El burro corrió y corrió hasta estar a salvo. "Me has mentido, quería comerme. Mira lo que me ha hecho", dijo en cuanto vio al zorro. Sangraba a mares, pero todavía podía escuchar.

- No es eso, tranquilo. La corona no es de tu tamaño. Te las ha tenido que arrancar para que puedas llevarla más cómodamente. Es un claro ejemplo de su inmensa sabiduría.

Ante esto, el equino se tranquilizó. Aunque no las tenía todas consigo. "Te recuerdo que, aunque sea el Rey, sigue siendo un depredador. ¿Quién me dice que no es una trampa?", le echó en cara.

- Lleva muchos años gobernado la selva. Sabe de sobra lo que se hace. Vuelve y ya verás cómo de erróneas son tus impresiones.

Esto último, lo convenció. Así que, alegre y dando saltos en una especie de frenético baile, cogió el camino que de nuevo le habría de llevar hasta el monarca. Incluso le saludó con una cordial reverencia en cuanto lo vio. Pero este volvió a tirarse sobre él. Al notarlo, trató de escapar. Pudo darle la espalda, pero, de un mordisco, el monarca le amputó la cola. Sintió entonces una delirante punzada de dolor. Salió al galope mientras notaba cómo sangraba e iba formándose el coágulo que detuviera la hemorragia.

- ¡Me has vuelto a mentir! ¿Cómo he podido creerte! ¡Su naturaleza es la que es! ¡Hay ciertas cosas que son imposibles de cambiar! - gritó desesperado al momento de que el zorro llegará hasta él.

- ¿No te das cuenta? Conoces de sobra cómo es el trono. Y con sus formas te sería muy incómodo sentarte en él. El gobierno de las especies necesita serenidad. Y, con el rabo molestándote mientras estuvieras sentado en él, te sería imposible tomar decisiones acertadas.

Ante esto, el burro comenzó a dudar. A analizar lo que le acababa de decir. "Tal vez tengas razón; es todo un detalle por su parte".

- Claro, por fin lo has comprendido. Ve, vuelve. Está esperándote con los brazos abiertos. En cuanto llegues, te nombrará sucesor y podrás ocupar su posición.

Convencido de lo que acababa de escuchar, y con las fuerzas renovadas tras recuperar el buen ánimo, el burro partió otra vez al encuentro del león. Lo hizo silbando y lanzándole loas por su buen juicio. Pero esta vez, no percibió su presencia. Ni siquiera notó que de un mordisco le partió el cuello separándolo de su cuerpo. Fue entonces, mientras la testa reposaba sobre el suelo, que el zorro aprovechó la emoción del león con tal de coger el busto del burro y escapar en un santiamén.

Corrió a una velocidad endiablada. Incluso mucho más rápido de lo que suelen hacerlo los de su especie. Reía y cantaba. Había conseguido burlar al león. Y este, al igual que el burro, no disponía de cerebro. ¿Cómo podían haber sido los dos tan necios? Uno por dejarse atrapar tan fácil. El otro porque con el atracón que iba a darse no podría moverse durante varios días. Y él también podría darse un festín con la parte que hubo robado. Lo hizo en una cueva. Lejos del alcance de cualquiera que pudiera presentir que estaba por ahí.

Cuando terminó, estuvo saciado. Lleno. Feliz y jovial. Pero también cansado. La carrera había gastado la mayor parte de sus energías. Así que decidió echarse una siesta. Esta fue profunda y prolongada. Durmió a pierna suelta.

Al despertarse, todavía estaba en medio de la exaltación por haber burlado al león. "¿Quién se creerá que es? ¿Cómo es posible que el Rey de la Selva cayera en una mentira tan sencilla? Tal vez debería ocupar su lugar; con ese juicio infantil que tiene, tarde o temprano, todo se irá al garete", dijo en voz alta.

Entonces, notó que la sed lo quemaba. Y esto era algo natural después de haberse pegado semejante comilona. Por fortuna, cerca había un riachuelo. Sólo tendría que ir y beber hasta reventar. Ese sería el momento culmen de su magistral maniobra. Cuando terminara, iría a reclamar el trono.

He ahí que tomó la dirección que llevaba al río. Caminaba alegre. Distraído. Incluso silbaba y cantaba alguna sonata que improvisaba al momento. Entonces, cuando estaba a unos 50 metros de la orilla que marca la frontera entre las aguas y el bosque, comenzó a rodar por el suelo. La oscuridad empezó a abrigarle. No podía respirar. No sentía dolor. ¿Qué había pasado? ¿Qué estaba sucediendo?

He ahí que, mientras una densa niebla iba haciendo acto de presencia en su campo de visión, dos poderosas, y enormes, patas se colocaron delante de él. Las garras de una de ellas estaban tintadas en sangre. De lejos, en la distancia, y a la par que sus oídos dejaban de captar los sonidos, le pareció distinguir el característico repicar que solía producir el león al respirar.


*Nota: este relato reinterpreta una fábula que pulula en Redes Sociales...


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