La historia de la curiosa anécdota en el diario quehacer
En cuanto llegó a casa, dejó la mochila con la ropa del trabajo al lado de la cama tras atravesar el pasillo que llevaba a la habitación. Y una vez hecho esto, fue al baño. Estaba meándose. Llevaba la media hora del viaje que realizó en autobús aguantándose. No había ninguno que fuera público cerca de la estación. Además, la gente no cesaba de pasar por el lugar. Así que optó por esperar y no hacerlo en cualquier esquina.
Así que, una vez acabada la faena, se lavó las manos con jabón. Y ya aclaradas, hizo lo mismo con el rostro. Quería quitarse los restos de sudor que hubiera en ella. Después, iría a la sala de estar. Se sentó en el sofá con la intención de prender la televisión y hacer tiempo hasta que llegara su compañera. Llevaban casi un año viviendo juntos y estaban más que contentos con la situación. Estaba deseando poder conversar con ella.
Pero en esa jornada llegó antes de tiempo. Se sorprendió al momento de escucharla introducir la llave en la cerradura a la par que abría la puerta. Nada más verla, le llamó la atención lo sonriente que venía. "¿Ha pasado algo en el trabajo? Pareces muy contenta", le preguntó.
- Sí, ahora te cuento. Pero dame un par de minutos. Necesito cambiarme - comentó.
- El que necesites.
- Vale. Mientras tanto... ¿por qué no vas preparando la cena? Esta mañana vino mi madre y nos ha traído un par de «tuppers». Están en la nevera. Sólo hay que calentarlos un poco.
- De acuerdo. Pero sigo insistiendo en que debería dejar de hacerlo. En serio, se lo agradezco mucho. Pero somos adultos y podemos valernos por nosotros mismos. No tendría ningún inconveniente en aceptarlo si la cosa nos fuera mal, pero los dos trabajamos y no es necesario.
- Lo sé... lo sé... pero de verdad que le hace ilusión. Creo que, en el fondo, le gusta sentirse útil. Y necesita saber que estamos bien. No es nada más. No le des más vueltas, anda.
- Vale, vale... intentaré dejar de hacerlo. Oye, por cierto, ¿por qué has llegado tan pronto?
- Laura ha ido directa a recoger a los niños. No nos hemos tomado el café de después de salir. Así que he cogido el autobús anterior.
- Ah, vale. ¿Qué tal está? ¿Cómo lleva lo del divorcio?
- Mejor. Mucho mejor. Le cuesta, pero está interiorizando que es capaz de hacer las cosas por sí misma. Es una luchadora nata.
- Además de encantadora. Todavía no entiendo qué es lo que a su ex se le pasaría por la cabeza para ponerles los cuernos. Y más teniendo dos críos pequeños.
- Anda, déjalo. Es algo que no nos incumbe. Lo importante es apoyarla, que esté arropada. Nada más. Aunque sea todo un mundo.
- Sí, así es. Anda, ve al baño mientras preparo la comida.
- Voy.
Al decir esto, arrancó y marchó al servicio. Por su parte, él levantó el culo del sofá (tal y como ella le decía muchas veces) y fue a la cocina. Una vez allí, abrió la nevera. En su interior, vio las tarteras que le había indicado. En ellas estaban grabados unos pequeños papeles con su contenido: paella y San Jacobos. Y eso le hizo sonreír. Su «suegra» tenía un tacto más que especial en tales menesteres. Y esos dos platos le solían quedar riquísimos. Así que, olvidando toda la frustración provocada por la sensación de dependencia, comenzó a imaginarse a sí mismo disfrutándolos.
Por lo tanto, no tardó en quitarles la tapa dejando que se airearan un poco. Entonces, tras invertir algo de tiempo en colocar sobre la mesa las servilletas, los cubiertos y un par de vasos, vertió conjuntamente el contenido mientras creaba, como por arte de magia, dos platos combinados. O eso quería pensar al pretender sentirse como el chef que agasajaba a su pretendida.
Entonces, se acordó de la botella de vino tinto que guardaban en el armario que les servía de despensa. Estaba justo antes de entrar en la sala de estar. Sin hacer ruido con tal de darle una sorpresa, fue y la agarró para después volver y abrirla con un sacacorchos guardado en uno de los cajones. Con finura, y rememorando los días en los que trabajó de camarero, desprendió el papel de aluminio que cubría su boca. Ahí sería que sacó el corcho y la dejó sobre la mesa mientras se oxigenaba.
Mientras tanto, y sin haberse dado cuenta de que venía, ella entró en la cocina. "No tenías que molestarte tanto", dijo a la par que le daba un beso en la mejilla.
- Bueno, pensé que de una noche cualquiera podríamos hacer una que fuera especial.
- Tú y tu romanticismo... ¿brindamos?
- Por supuesto. Siéntate y déjame servirte.
- Vale, pero el primer vino quiero tomármelo de pié.
- Como quieras.
Acto seguido, cogió un vaso y se lo ofreció. Después, hizo lo mismo con la botella y vertió la cantidad exacta. "Vaya, el que tuvo... retuvo", expresó con una sonrisa que le fue devuelta al momento de ponerse el suyo.
- Por cierto, ¿qué es lo que querías contarme? Hazlo ahora, que te conozco y luego lo olvidas.
Ella rio ante la ocurrencia. "No será para tanto".
- Eh, no sería la primera vez que terminas contándome una cosa después de una semana de habérmelo prometido.
- Sí, podrías tener razón.
- ¿Cómo que «podrías»?
- Vale, vale. A ver por dónde empiezo. Bien, creo que ya sé...
"Pues resulta que hoy han venido dos críos al supermercado. Y lo han hecho solos. Sin nadie que los acompañara. Nada más verlos, lo primero que he pensado es que los mandaban a hacer un recado. Quizás sus padres estarían fuera y pretendían que aprendieran cómo funcionan estas cosas. Pero, por por curiosidad, comencé a fijarme en lo que hacían.
"Fueron recorriendo pasillo tras pasillo. Parecían estar buscando algo en concreto. Y Laura también los vio. Después de estar un rato observándoles, fue donde ellos y les preguntó si necesitaban ayuda. Con mucha educación, el mayor contestó que no hacía falta, pero que si no encontraban lo que buscaban irían a buscarla.
"Por lo tanto, los dejamos tranquilos. Aunque no dejamos de prestarles atención. De repente, nos quedamos a cuadros ante lo que habían venido a buscar. Agarraron un paquete de compresas. Bueno, como imaginarás, pensé que la madre les había mandado a por ellas. No le di mayor importancia. Y Laura tampoco.
"En estas, llegaron a la caja y las pusieron sobre ella. Durante todo el rato que estuvieron el más pequeño de los dos no paró de agarrar la mano del otro. Y este le sujetaba con fuerza. Incluso nos pareció ver que le echó una pequeña bronca por soltarse sin querer.
"Cuando cogí el paquete, el mayor sacó un billete de 20 euros y me lo fue a dar. Le dije que esperara, que tenía que leer el código de barras y que después me lo diera.
" - Ah, vale -, fue lo único que me dijo. Estaba muerto de vergüenza. Y completamente nervioso.
"Entonces, tras hacerles un par de bromas con tal de que se tranquilizaran, tomé el billete y le cobré. Casi se van sin las vueltas. Me dio las gracias con una timidez increíble.
"Por curiosidad, quise saber para qué querían las compresas. Aunque ya me lo imaginaba. Pero la respuesta que me dieron no me la esperaba por nada del mundo.
"- Es por algo que hemos visto en la tele - me dijo el mayor.
"- Vaya, ¿y qué es lo que habéis visto?
"- Bueno... eh... pues....
"- Anda, estate tranquilo. ¿Sabes para qué sirven? ¿Cuál es su función?
"- Sí, lo dicen en la tele. Pero no son para mí. Son para mi hermano.
"-¿Cómo?
"- Sí. Es que yo tengo 8 años y él 4.
"- A ver, estate tranquilo. Y explícame mejor las cosas.
"- En la tele dicen que con ellas la gente puede nadar, jugar al tenis y nadar. Y eso es algo que yo puedo hacer. Pero mi hermano todavía no. Así que he roto la hucha y hemos venido a comprarlas. Para que pueda hacerlo.
"Te lo juro. Casi me meo encima de la risa por la ocurrencia".
- ¿Y qué hiciste entonces?
- Pues les pagué las compresas de mi bolsillo y les dije que quería hablar con sus padres. Pero que no tuvieran miedo, que no habían hecho nada malo.
- ¿Qué?
- Sí, lo que oyes. Vinieron a los cinco minutos. Estaban en el parque que está al lado del supermercado. Quisieron pagarme las compresas. Me negué en absoluto. Y aunque se partían de la risa, estaban más rojos que un tomate.
- Madre mía. ¿Y tú quieres tener una o dos de esas fieras?
- ¿Y por qué no?
- Sólo de pensar que nos montasen una parecida...
- Pues te morirías de vergüenza, pero al final te acabarías riendo.
- Sí... quizás... sí, podría ser.
- Bueno, qué... ¿cenamos? ¿Qué tal te ha ido el día?
- Pues no sé si será tan interesante como el tuyo.
- Venga, vamos a verlo. Cuéntame...
*Nota: este relato está inspirado en un «post» publicado en "X".


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