Los fantasmas que rodeaban la cabaña



Sentado en el sillón mientras tomaba café, el gesto que Mara realizó al cerrar las pequeñas portezuelas de las ventanas le resultó extraño. No prestaba atención al exterior. Apartaba su mirada como si pretendiera no atisbar nada de lo que fuera de la cabaña había. Y también lo hacía cuando descorría las diminutas cortinas. Incluso, le pareció que, en ese instante, sus manos temblaban.

Guardó silencio. Siguió observándola. Esa misma maniobra la repitió en todas las demás. En las seis que, durante el día, permitían que la luminosidad entrara en la sala. Entonces comprendió que lo mismo acometió con todas las que la vivienda disponía. Poco antes, recorrió cada habitación de ella. No le dijo nada. Simplemente, se levantó del otro sillón y empezó a recorrer cada estancia en un completo silencio.

- ¿Por qué...? ¿Por qué estás haciendo eso? - quiso saber.

La mujer se sobresaltó de forma ligera cuando escuchó su voz. Había estado ensimismada. Sumergida en a saber qué pensamientos. Y un leve rubor dibujó sus mejillas ante ello. Muy despacio, como si en un principio no quisiera prestarle atención, fijó sus ojos en él.

- Por nada especial - contestó -. Es por algo que me contaban cuando era pequeña...

- Vaya... ¿y de qué se trata? Pareces asustada.

- No... más bien es... algo que tengo ahí metido que me hace actuar con precaución.

- No me dirás que tiene que ver con hombres lobo o algo así.

Un raro destello pareció emerger del semblante de Mara. Y daba la impresión que provenía de una furia que eclosionó ante su comentario. "Es la primera vez que vienes... por mucho que te lo cuente... no lo creerías... tal vez... ni viendo lo que creí ver hace años lo creerías".

Ante esto, la analizó detenidamente. De arriba abajo. Sí... daba la sensación de que el miedo la poseía. Un temor que daba paso a la rabia mezclada con la impotencia.

- Inténtalo... cuéntame lo que esconde este lugar - le pidió.

- No... no quiero que lo sepas... o por lo menos no hasta mañana... ahora lo más importante es que vayamos a dormir. Que descansemos.

- Anda... cuéntamelo. Estoy deseando oírlo. Además, te servirá para aligerar esa pequeña carga que tienes a modo de mochila.

Mara suspiró. "Santi, no creo que esté preparada para hacerlo".

- Anda, inténtalo.

La mujer volvió a exhalar aire y, sacando fuerzas de vete a saber dónde, terminó sentándose en el mueble colocado enfrente de él.

- Es... es una historia que me contaban mis abuelos. Siempre pensé que era una de esas que son usadas para asustar a los niños. Para que terminen portándose bien. Aunque sea por el miedo que les provoca. Pero todo... todo cambio hace unos diez años... poco antes de que cumpliera los treinta. Es más... casi hasta la tenía olvidada.

"Lo que vi... lo vi en una noche de invierno. Estaba en el balcón del piso de arriba. El que recorre una parte de mi habitación de cuando era cría. Estaba fumando un cigarro después de cenar. Me senté en la silla plegable que tenía a la par que aguardaba a que el sueño me llegara.

"Pero algo me sobresaltó. Fue un sonido extraño. Como de unas lejanas pisadas. Así que decidí levantarme y apoyarme en la barandilla. Quería tratar de ver el lugar del que provenía aquel ruido. En un principio no distinguí nada. Tampoco oía. Pero al final advertí una rara sombra que iba acercándose a la cabaña. Y poco a poco noté que resultaba tener una apariencia humana.

"Era mucho más alta que una persona normal. Y caminaba de una manera torpe, como a saltos. Y de sus manos... en sus grandes manos había unas garras enormes que brillaban bajo la luz de la luna y las estrellas. De repente, frenó. Parecía haberse dado cuenta de que la estaba mirando. Y levantó la cabeza en dirección justo a donde estaba. Pude distinguir un extraño fulgor rojizo en sus ojos. En ellos había ira. Odio. Pero lo peor fue que, sin más, comenzó a caminar hacia la casa. Cada vez más rápido. Abandonando toda la pesadez que antes contemplé.

"Asustada, presa del pánico, retrocedí. Dejé la barandilla atrás. Casi me caigo al tropezarme con la silla. No sé cómo pude recomponerme, pero entré rapidísimo en la habitación y cerré la puerta. También la ventana, tal y como me has visto hace nada. Fue puro instinto. Como si algo me dijera qué era lo que tenía que hacer. Y entonces me vino un chispazo. Recordé la historia que te he comentado antes. La que me contaban mis abuelos.

"Por lo que decían, estos parajes los merodea una maligna criatura. No es un demonio... pero lo es. Más que nada porque sería la suma de los demonios interiores de una persona. Estos una vez lograron escaparse. Aunque no habría sido la única. La diferencia estaba en que su dueño no logró hacerles volver. Tampoco purificarlos. Como resultado, nació ese ser que busca adentrase en el interior de una casa con tal de liberarse. De descansar y encontrar la paz.

"Pero para ello debe ejecutar un desastre. Acabar con todos y cada uno de aquellos que estén dentro de la vivienda. Y la única manera de evitarlo es que no mire directamente a ninguno. Y que ellos no lo hagan. Por eso, desde hace mucho tiempo, antes de caer la noche cierran a cal y canto todos los reductos por los cuales pudiera tener un contacto visual directo.

"Es así que las casas de la zona acaban convirtiéndose en una ratonera. Nada puede entrar, ni salir, hasta que amanezca. Terminan volviéndose una auténtica cárcel para las personas. Y, mientras tanto, aquellos que se mantienen despiertos durante esas horas no dejan de escuchar los encolerizados lamentos de la bestia. Incluso oyen la manera en que rasga las paredes y las puertas. Y ya al amanecer, distinguen horrorizados las marcas que deja".

- ¿Y eso es todo? - comentó Santi con ironía -. Entonces, lo único que tenemos que hacer es ir a la cama. ¿Tienes todo cerrado, no? Mañana comprobaremos si ese bicho anda por aquí.

- No te burles. Sé que parece un cuento de viejas... pero también sé lo que vi. Y aquello era monstruoso. Pude oler su malignidad. Nunca podré olvidar sus ávidos jadeos mientras estaba acercándose. Y espero que tú no tengas la oportunidad de hacerlo.

- Bueno, vale, vale... te prometo que no haré más bromas sobre ello. ¿Qué? ¿Nos vamos a la cama?

- Ve, anda. Dame unos veinte minutos e iré. Primero... tengo que hacer algunas cosas.

- De acuerdo, como quieras. Pero que no te extrañe que cuando llegues esté dormido.

- Tranquilo, sería lo más normal del mundo.

Santi se levantó del sillón y fue acercándose a ella. Tras agachar brevemente la cabeza, la volvió a izar y le dio un beso en la frente.

- Disculpa por el comentario. Te espero. Iré calentando la cama.

- Tranquilo, ahora voy.

Acto seguido, y con paso lento, se dirigió hacia la escalera que daba al primer piso. Después de ascenderlas con calma, giró a la derecha y entró por el acceso que daba a la habitación. En cuanto llegó a la altura de la cama, se despojó de la ropa y la dejó en la banqueta que había al lado para, a continuación, correr las mantas y sabanas y meterse dentro. Nada más acomodarse, y a pesar de tratar de mantenerse despierto con tal de esperar a Mara, el sueño fue apoderándose de él. En menos de cinco minutos estaba dormido. Ni siquiera sintió cuando ella llegó y lo besó en la mejilla.

Al despertarse, estaban abrazados. Podía oír el canto de los pájaros al amanecer. Y también el zumbido de algunos pocos insectos. La miró y le acarició el rostro. Ella hizo un ademán, pero siguió inmutable. Después, terminaría estirándose con mucho cuidado de no molestarla. Y con más esmero aún salió de la cama.

Lo primero que hizo fue abrir la puerta del balcón. Necesitaba sentir el frescor de la mañana en su rostro. Disfrutar de lo que la naturaleza puede llegar a ofrecer en tales instantes. Incluso decidió fumarse un cigarrillo estando apoyado en la barandilla. Lo encendió. Y lo disfrutó como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Al terminar, se dio la vuelta y la contempló entre las sábanas. Sólo podía ver su morena y rizada melena. Además de una pequeña parte de su rostro y su pecho levantándose y bajando al respirar.

Entonces, algo le llamó la atención en la pared externa que estaba a la izquierda de la puerta. Intrigado, se acercó pretendiendo analizarlo más detenidamente. Parecían... parecían arañazos. Arañazos formados por algo grande y grueso. También punzante. Y por el trazo que dibujaban... le pareció que estaban hechos en dirección descendente. Eran innumerables. ¿Qué podría haber causado aquello? De golpe, recordó lo que Mara le contó antes de ir a dormir.

- ¿Pero qué cojones...? - susurró.

- Ha sido la criatura - reveló Mara desde la cama con un voz gastada por el sueño -. Parece que no hemos estado solos durante la noche. Por lo menos no le hemos dejado entrar. Tú decides... ¿pasamos aquí el fin de semana o volvemos a casa?


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