El lago que Ozco, el árbol viajero, encontró



Era un árbol enigmático. Curioso. De los que comienzan a andar cuando quieren conocer mundo. Tal vez por la necesidad de degustar nuevos horizontes. O disfrutar de la salinidad de tierras diferentes a la suya. El caso es que, un día cualquiera, desenterró sus raíces y comenzó a usarlas a modo de pies. Quizás sin propósito. O puede que con uno enorme. De los que si es pretendido explicar a alguien resulta muy complicado encontrar las palabras exactas.

Sería entonces que, en su posiblemente inconsciente trasegar, llegara a las faldas de una montaña. En ella, tal si fuera la inocente lengua de un niño al burlarse de un adulto, una cascada arribaba a su meta formando un pequeño lago. Y sus aguas eran dulces y cristalinas. Además de tranquilas. Los peces nadaban sin importarles el mundo que les rodeaba. El que había fuera de ellas. Y, al mirarlos danzar en un rítmico baile que sólo ellos podían descifrar, el árbol ensimismado se quedó.

Tan embriagado estaba en ese trance que, cuando levantó la mirada, vio a un lobo. Y a su lado, prácticamente codo con codo, un corzo. Ambos bebían agua. Con tranquilidad y parsimonia. Disfrutando mientras la saboreaban a la par que reponían fuerzas. Además, de vez en cuando, se miraban de reojo. Pero no había peligro, ni alerta, en su actitud. Más bien era complicidad. Como si se entendieran casi sin realizar gesto alguno. Incluso, de vez en cuando, sonreían. Y emitían alguna que otra risa provocada por un chiste que únicamente ellos entendían. Y escuchaban.

Pero lo más sorprendente, lo que más le conmocionó, fueron los insectos que pululaban sobre ellos. No les mortificaban. No pretendían alimentarse de su sangre. Es más, su vuelo resultaba acompasado. Había un completa sincronización en él. Como si fueran las estructuras de una mística canción. No revoloteaban. No alteraban. No hacían sonidos estridentes. Al igual que el lobo y el corzo, disfrutaban de la compañía de los otros. Así que, incapaz de soportar el dejar pasar de lado todo aquel misterio, fue acercándose. "¿Cómo es esto posible? ¿Qué arte mágico ha obrado este milagro?", interrogó con delicadeza tratando que no les vistiera el pánico.

De hecho, y aunque se sorprendieron al verle, no mostraron temor alguno. "¿Qué quieres decir? Pero lo más importante, ¿quién eres y cuál es tu lugar de procedencia?", preguntó el corzo incluso todavía más intrigado que el árbol viajero.

- Soy Ozco, el abedul, y vengo del Profundo Bosque del Este. Lo que quiero decir es que... no parecéis seguir las Leyes de la Naturaleza...

- ¿Qué significa eso? - intervino bruscamente el lobo.

- Pues que no hay ninguna relación de cazador y presa en vuestra estampa.

- ¿Presas? ¿Cazadores? - esbozó una de las moscas.

- ¿Me lo estáis diciendo es serio? - expresó confundido Ozco.

- No te esfuerces. Por mucho que trates de ponerlo sobre la mesa no lograrán asimilar lo que les estás diciendo. Yo seré el encargado de detallarte los pormenores del enigma -. El que habló fue un viejo conejo que salió de las sombras de los setos que rodeaban la orilla del lago.

- ¿A qué te refieres? - quiso saber Ozco.

- Había oído hablar de ti; Ozco, el árbol anciano y viajero. Aquel que quiere conocer el mundo sin una razón aparente. Pero jamás creí que alcanzarías este páramo. Por cierto, soy Esma. Y, a mis 150 años, soy el animal más viejo que encontrarás.

- Vaya... entonces... explícame todo este misterio.

- Bien, te diré que... de alguna manera... este sitio es donde habita el espíritu de la Madre Tierra. En algunas zonas la conocen por Gaia, otros por Mari... incluso la dieron en llamar Gea.

- Interesante... ¿y eso qué supone?

- Pues que el ciclo vital de la naturaleza no existe. Si alguna vez has oído hablar del Jardín del Edén descrito en el Génesis del Antiguo Testamento... se refiere a este... Oasis. Pero no te sabría decir el porqué de que el mundo terminara pervirtiéndose. Sólo sé que no hubo ninguna Serpiente que tentara a Eva. Es más, en ese Libro ni siquiera aparece la Manzana... me parece recordar que sólo mencionan un Fruto. Pero, por lo que sea, algo sucedió quedando impoluto únicamente este Paisaje.

- Vale... creo comprender... ese es el motivo por el cual hay esta armonía que me resulta tan... surrealista. ¿Pero cómo es posible que seas el más viejo? Me has dicho que tienes 150 años... ¿acaso también estás sujeto a la marca de la muerte?

- Sí.. eso lo tenemos en común con el mundo exterior... si no fuese así, hasta este lugar estaría abocado al desastre debido al exceso de población. También procreamos. Nos reproducimos.

- ¿Eh? ¿Entonces de qué os alimentáis? Me parece todo tan extraño....

- No comemos... tal y como lo hacen los seres de fuera. Lo que hacemos es hidratarnos. Bebemos el agua de este manantial. El cual, por cierto, es la misma savia de la Madre Tierra. Ahí encontramos todos los nutrientes que necesitamos.

Ozco se quedó perplejo. Meditativo. Por mucho que lo intentaba no alcanzaba a asimilar las palabras que Esma dibujó. Lo hizo de tal manera que parecía haber estado pintando un cuadro. De repente, al viejo abedul le vino algo a la cabeza. "¿Soy el primero en llegar aquí?".

- No, no lo eres - reveló el conejo -. De hecho, han sido innumerables los árboles que han terminado aquí. Quizás sea la necesidad de explorar más allá de vuestro carácter. Pero durante siglos, y milenios, miles de vosotros acabaron por asentarse. Aunque tú eres el primero en generaciones. El último que alcanzó a descubrir estos rincones fue 200 años antes de que yo naciera. Y... por cierto... lo tienes a tu izquierda.

- ¿Cómo? ¿Qué quieres decir?

- Pues que a vosotros, como árboles que sois, se os da la posibilidad de quedaros. De volver a echar raíces y compartir todo el saber que habéis acumulados durante décadas. Eso nos enriquece, ya que pasa a nosotros a través del agua. Y a vosotros también. Pues, al mismo tiempo, se os son desvelados todos los misterios desde que fuera creado el planeta.

- No entiendo lo que quieres decir.

- Es sencillo, pero bastante complicado. Obtendrás el conocimiento de hasta el más mínimo detalle desde que este planeta se formara. Y, aunque no te lo puedo asegurar, también todos los pormenores del nacer del Sol y la Vía Láctea. Incluso rumorean que llega vislumbrarse lo sucedido durante el Big Bang. Y lo que hubo antes de él.

- Increíble... ¿y cuál es el precio a pagar por ello?

- Ninguno. Sólo has de beber el agua del lago. Entonces... volverás a echar raíces. Y no es que vuelvas a tener un hogar. El mundo entero lo será. Y siendo parte de él, tú mismo serás uno.

- ¿Vosotros tenéis esa posibilidad?

- Sí... y no... pasamos a serlo al momento de fallecer. Pero no podemos optar tal y como haces tú...

- Entonces... ¿sólo tengo que beber y podré descansar?

- Eso es.

- ¿Y si me niego?

- Podrás seguir con tu viaje. Y si algún día lo deseas... volverás con tal de ocupar el peldaño que tienes reservado.

- ¿Todos tenemos esa posibilidad?

- Sí... cada uno de los arboles la tenéis...

- Bien... entonces... lo único que tengo que hacer es meditar sobre el asunto, ¿no?

- Exactamente...

- ¿Puedes darme media hora?

- No soy quién para concederte, o negarte, ese derecho... tienes todo el tiempo del mundo para decidirte.


Comentarios

Entradas populares de este blog

¿FINITO O INFINITO?

EL ORIGEN DE LA ANTESALA

EN SU PROPIO ANALIZAR