El primer vástago desde la sobriedad



Entonces, justo cuando le puso el punto final al libro, sintió un vértigo tremendo. Tuvo que agarrarse a la silla del escritorio con tal de no caerse. Todos los miedos que sentía parecieron aflorar de repente. Como si fueran un volcán que erupcionaba tras acumular toneladas de lava. Trató de respirar, de calmarse. De despejar la mente. Y cuando todo pasó, agarró un cigarrillo y lo prendió.

Había dejado atrás el egoísmo. La decisión de seguir adelante con tal de no perder a su pareja y los niños. Y ahora, aunque le quedaba pulir algunos detalles y corregir la novela, comprendió que todas las demás las había escrito él mismo. No la cocaína. Ni el alcohol o las demás sustancias. Siempre fue él. Su Yo emergiendo a través de la niebla que disfrazaba sus fantasmas. Incluso apaciguó el pánico ante la crisis del escritor que tanto temía habiéndola sufrido estando sobrio por primera vez después de tantos años.

Decidió ir al pórtico de la casa. Acabar ahí el pitillo mientras tomaba un té. Lo hizo con calma y sin hacer ruido. No quería despertar a su familia. Esa que estuvo a punto de perder por el infierno que atravesaba. Ese mismo que le dio la fama y permitió que su productividad fuera escandalosa. Pero todo eso ya pasó. A partir de entonces podría hacer las cosas con calma. Con tesón y más pasión que nunca. Pero la sobriedad era algo duro. A cada amanecer tenía que comenzar una nueva lucha. Otra batalla. Una guerra que le acompañaría hasta que su trayecto alcanzara el desenlace.

Aun así, no dejaba de preguntarse cómo reaccionarían sus seguidores. Tal vez notaran que su estilo era el mismo, pero libre de la maldición del corsé que hasta entonces arrastró. Quizás los finales de sus obras comenzaran a ser dignos hacia el contenido de ellas. Sin ser bruscos. Sin parecer que necesitaba acabarlas cuanto antes al centrar todos sus esfuerzos en lo anterior. Podría ser que, por primera vez, le consideraran un escritor de verdad. No uno que fuera ninguneado por el cliché de hacer un terror dirigido a las masas. Podría ser que lo identificaran como un auténtico literato.

Pero, en el fondo, nada de eso le importaba. No necesitaba mostrar nada a nadie. Sólo a sí mismo y a su mujer. Estaba satisfecho. Por primera vez en mucho tiempo estaba orgulloso. Incluso le sorprendía poder recordar cada paso del proceso de escritura. Desde el momento en que le vino a la mente y lo pasó a un esquema. La forma en que creó los personajes. Los lugares. Las descripciones. Y la angustia anterior por no poder llevarlo a cabo. Los paseos de aquí para allá. La frustración. La rabia. Las lágrimas. Y la sonrisa de quien estuvo siempre a su lado.

Fue ahí, mientras rumiaba todo esto, que la escuchó llegar. Percibió sus ligeros pasos sobre la madera del piso. Su leve crujido. La manera en que aceleraba el ritmo a medida que llegaba a él. Y cómo frenaba al estar a menos de veinte centímetros. Un dulce escalofrío inundó su cuerpo cuando arropó su cintura con el brazo izquierdo. Con el otro, en un gesto lento y cargado de complicidad, agarró el cigarro y se lo llevó a la boca. Dio una calada y se lo devolvió. No hacía falta decir nada. Sabía de sobra que el libro estaba terminado.

- Vamos, ven a la cama. Ya va siendo hora de que descanses de verdad - le susurró al oído.

- ¿Sabes? - contestó Stephen -. Me los estoy imaginando. Imagino a cada uno de los personajes que he creado mirándome. Sonriendo. Felicitándome. Dando la bienvenida a cada uno de los que a partir de ahora vendrán.

- Vaya... ¿y no dicen nada?

- No, no es necesario. Nos entendemos a la perfección. Se trata de una compenetración sutilísima. Una que pocas veces en la vida llega a suceder.

- Comprendo... tú y yo nos elegimos. Pero ellos son iguales que nuestros hijos. Son sangre de nuestra sangre. Estamos unidos hasta el final...

- Sí, exactamente.

- Bien, pero has de descansar. Por primera vez en mucho tiempo vas a poder dormir a pierna suelta. Te has quitado todo el peso de la carga que llevabas.

- Sí, pero dame cinco minutos. Quiero estar un poquito más con ellos.

- Bien, tranquilo. Tómate el tiempo que necesites.

- Gracias...

- No seas tonto... deja de dármelas....

Tras decir esto último, Tabitha le soltó y entró con paso ligero a la casa. Lo dejó allí, sumergido en un relajante discurrir. No eran unas diatribas bruscas. Ni arremolinadas o anárquicas. Eran fluidas. Serenas. Y repletas de calor.

Cogió aire. Llenó sus pulmones. Aguantó el contenido y lo exhaló lentamente. Ahí cayó en la cuenta de que le quedaba una cosa más por hacer. Tenía que comprobar una cosa. Ver la diferencia. Así que, lentamente, se dirigió a la parte trasera de la vivienda. Justo donde estaba colocado el cubo de la basura. El mismo que en su momento Tabitha llegó a mostrar a sus amistades con tal de salvarlo arrojándolo sobre el suelo desperdigando su contenido.

Al llegar, lo vio a medio llenar. No estaba a rebosar. Y sólo contenía residuos orgánicos. Restos de comida. En él no estaban las botellas vacías de whisky. Ni las latas de cerveza. Ni los demás productos que, conteniendo alcohol, le servían de placebo cuando no tenía en casa. Tampoco había clínex llenos de sangre. Ni los instrumentos que usaba al momento de esnifar. Y aquello le pareció maravilloso. Una auténtica obra de arte. Tal vez debería pintar un cuadro con ello. Pero lo dejaría para más adelante.



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