LA LIBERACIÓN DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 

La monja comenzó

a desvestirse con ardiente picardía.

Bajo los hábitos,

las prendas de encaje

incrementaron su exuberante gracia

libre de los males. 


El cura ambicionó

saborear el arte que la monja ofrecía.

No existía pecado,

sólo eran los dones

que Dios otorgaba a modo de eucaristía

en aquella tarde.


Sus cuerpos comenzaron a danzar

en la liturgia de la fe

cuando los dulces sudores

expresaban la sangre del Cristo.


El altar fue el templo consagrado

en el que los fluidos irradiaban

bajo las arengas del Omnipresente.


Y en Él, la situación hubo de excitarle,

pues bajó a tomar parte del ritual

dejando en la cruz la sombra del don.


Y sería entonces que la Trinidad

más Santa tuviera encaje

en las Escrituras leales

ante lo que el Hombre prohibir dictó. 









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