De vuelta a la Isla Nublar
- Son preciosos, pero larguémonos de aquí.
Ellie no prestó atención al doctor Grant cuando este comentó aquello en voz baja. En su lugar, continuó analizando detenidamente lo que tenían en frente. Ocultos entre espesos helechos gigantes, no apartaba la vista de aquel T-Rex a punto de atacar al triceratops. Su marcado plumaje era vistoso. Demasiado florido si con él pretendía camuflarse entre la vegetación. Pero, entonces, recordó el caso de los tigres. Estos, desde nuestro punto de vista, parecen no pasar desapercibidos en la naturaleza. Sin embargo, a ojos de sus presas resultan casi invisibles. En el supuesto de verlos, los perciben con una tonalidad verduzca. Es prácticamente imposible que noten su presencia.
- ¿En serio? Estamos en dirección contraria al viento. No nos va a detectar - protestó Ellie -. ¿Qué es lo que tenemos que temer?
- De ellos nada - contestó Alan -. Están ensimismados teniéndose uno frente al otro. Pero los más pequeños tienen que estar en los alrededores aguardando su oportunidad. Si nos despistamos, podríamos ser sus presas.
Ellie no dijo nada. Sabía que estaba en lo cierto. Y, muy a su pesar, fue la primera en moverse con cuidado y arrancar pretendiendo abandonar el lugar. "Vámonos, entonces. No sé por qué te hice caso; me has vuelto a arrastrar a otra estúpida aventura. Menos mal que el refugio está cerca", le recriminó al paleontólogo. Por su parte, él no expresó nada. Rumiaba que, tal vez, no debía haberla invitado. Pero tenía que mostrarle las nuevas plantas que John Hammond y su equipo habían creado. Y aunque de sobra sabía la respuesta, necesitaban la opinión de la paleobotánica sobre si podrían convivir con las especies actuales.
"Caos. Todo está adscrito a la Teoría del Caos". Su negativo veredicto fue ese. Rápido. Sencillo. Sin cortapisas o remilgos. Sin plasmar una negativa, pero en sí mismo lo reflejaba a la perfección. La influencia de Ian Malcolm seguía más presente que nunca. Aunque no hubiera hecho falta conocerlo con tal de que emitiese ese diagnóstico. No lo hubiera necesitado. También sabía del paradigma desde mucho antes de que el matemático se lo detallara. Pero no lo confesó hasta un mes después de escapar de la Isla Nublar.
"Con lo bien que estábamos en casa rodeados de polvo", sentenció. Entonces, Grant descubrió que sus roles hacía tiempo que fueron intercambiados. Él vestía el espíritu aventurero de ella. Y Ellie su conformismo. Además, el rechazo del doctor a tener hijos alcanzó su cenit. Pero tenía que mostrarle las nuevas creaciones de Hammond y compañía. O sus "inmoralidades", tal y como la paleobotánica lo describió. Y, en el fondo, estaba completamente de acuerdo con su ex pareja, pero todavía compañera de trabajo.
Comenzó a seguirla a través del frondoso bosque. El refugio estaba cerca. Apenas a 500 metros. Pero la dificultad del terreno hacía que parecieran cinco kilómetros. Y el regreso a él supondría diez. Estaba deseando llegar y tirarse en cualquier lado. Descansar. Comenzaba a arrepentirse de aquella odisea. Sólo anhelaba esconderse en un rincón y aislarse del mundo. Y, mientras tanto, Ellie parecía infatigable. La fortaleza que siempre mostró no había desaparecido. Incluso le dio la sensación de que era aún mayor. "Cosas de ser madre, pero no lo entenderías", le reprochó entre suaves jadeos por el esfuerzo físico.
Siguieron abriéndose camino entre la vegetación. Lo hicieron hasta alcanzar la caseta en la que se encontraba el generador principal. El mismo en el que, al momento de ir a activarlo tiempo atrás, Ellie tropezó con parte del cadáver de Ray Arnold. "¿Qué es este sitio?", quiso saber Alan.
No hubo respuesta. Sólo un silencio perturbador que era roto por el sonido de los insectos. La mujer no quería recordar nada de lo que vivió en aquel pequeño recinto. En consecuencia, aceleró el ritmo haciendo que Alan también tuviera que incrementar el suyo con tal de seguirla. No insistió más. Sabía que, en caso de revelarle lo sucedido ahí, lo haría más adelante. Y en ese momento debían rodearlo si pretendían alcanzar el refugio en el que Hammond estaba resguardecido. Era nuevo, de reciente construcción. No sabía cómo lo levantaron. Ni las estrategias que usaron para ello. Aunque, en el fondo de su corazón, no quería averiguarlo por nada del mundo.
- ¿Qué es ese sonido? - interrumpió de repente Ellie- Hay algo cerca. Parece que quiera darnos a conocer que está justo al lado.
Alan prestó atención. "Es la electricidad del lugar al que vamos, pero hay algo más. Diría que son seres pequeños... quizás «compies». Me extraña que estén tan dentro del bosque, pero lo mejor será apresurarnos".
Instintivamente, Ellie hizo caso de su consejo. Su ritmo era frenético. Alan casi no podía seguirla. Finalmente, avistaron su lugar de meta. Era una chabola diminuta y de aspecto rústico. Pero de sobra sabían que era una fachada. Estaba protegido a cal y canto. Incluso armas automáticas fueron colocadas en su perímetro dispuestas a activarse desde el interior.
Al alcanzar la altura de la puerta, trataron de coger aire antes de llamar a la puerta. Y cuando la paleobotánica fue a activar el timbre mientras el otro observaba cada mínimo detalle de la zona, el portón fue abierto desde dentro. Ante ellos, un varón calvo de metro ochenta, y vestido con atuendos de cazador, se les apareció.
- Pasen, rápido. Dejaremos las formalidades por el momento. Me llamó Muldoon... Eric Muldoon.
Los recién llegados se quedaron atónitos. Era el hermano menor de Robert. Y pese a que no ser tan fornido... emitía el mismo carisma que él. Parecía capaz de detener el universo entero mediante un gesto mínimo. Al ver que empezaba a atravesar un pasillo, le siguieron sin comentar nada. Les llevó hasta una pequeña cafetería destinada al personal del parque. Y allí, sentado en una de las mesas, estaba la anciana figura de Hammond. No hubo bienvenida. Ni apretón de manos. Ni siquiera un abrazo. "Tendríamos que irnos de aquí, creo que ya ha jugado demasiado a ser Dios pese a afirmar en el pasado que todo esto fue un error", le recriminó airadamente Ellie nada más verlo. Alan lo único que hacía era observarlo. Pero su cuerpo delataba su contrariedad, además de la misma opinión expresada por la doctora.
- Sí, lo sé. Les estábamos esperando - reveló el anciano.
- ¿Esperarnos? ¿Qué quieres decir? - cuestionó Ellie - Debemos irnos cuanto antes.
- Sí, pero sin prisa, todo será hecho con calma - En cuanto dijo esto, Hammond pareció ponerse a elucubrar, a poner en orden cada palabra que iba a pronunciar -. En el helicóptero les contaré todo. Pero, por ahora, lo único que han de saber que Isla Nublar está bajo el control de mis criaturas. Al igual que Sorna. Pero pasaremos por ella a recoger a Malcolm.
- ¿Qué está haciendo allí? - gritó encolerizada Ellie.
- Pretender discernir las aristas de la Teoría del Caos. Pero parece ser que no tiene ninguna. Hemos de darnos prisa, les contaré todo por el camino.
- Menuda sorpresa - protestó Ellie.
- Sí, y eso que seguimos sin reparar en gastos - manifestó con burla el anciano.
- Silencio de una vez - interrumpió Muldoon -. Vámonos de aquí... ya
- Sí, vamos - esto fue lo único que dijo Alan hasta después de llegar a Sorna.
- Síganme - ordenó Muldoon -. Al traspasar esta galería encontrarán el transporte. Yo me quedaré 24 horas más.
- ¿Qué estupidez estás diciendo? - vociferó la mujer.
- Cállese, no tengo que darles ninguna explicación - arremetió el cazador -. Lo que han de saber lo sabrán en nada. Es decir, cuando corresponda.
A regañadientes, y en un absoluto silencio, Ellie movió su mano indicándole que les mostrara el camino. Y lo hizo. Lo hizo hasta llegar a un minúsculo helipuerto. "Suban, ojalá nos veamos pronto".


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