Una reunión de sordos
El portazo fue tremendo. Incluso quedó temblando el portalón a pesar de su inmenso tamaño. Y en medio de todo ello, en su interior estaban debatiéndose la rabia y amargura por tener la impresión de haber condenado a un hombre inocente. Por ponerle en el lugar de alguien que merecía un fuerte castigo por sus crímenes. Ello sabiendo que con ese acto propició la tranquilidad de la cúpula de los religiosos judíos. Además de que volviera a reinar la paz en aquel paraje tan alejado de Roma. ¿Pero qué precio habrían de pagar?
Entró en las estancias que disponía por ser el Prefecto de Judea. Lo hizo rápido. Dejándose llevar por los sentimientos que lo apresaban. De esa forma, iría cruzando los pasillos hasta alcanzar su despacho. Una vez dentro, y sintiendo cómo le temblaban las manos, trató de ponerse un vino que lo relajara. Vertió en él un poco de agua que rebajara su dureza. Lo bebió de trago. Inmediatamente, pudo sentir sus efectos. La manera en que su cuerpo terminaba ablandándose a la par que sentía adormecida la mente.
Y justo eso era lo que necesitaba. Aunque también darse un baño que lo limpiara. Que purificara su alma por lo que acababa de hacer. Pero algo le decía que, en cuanto saliera, todo el malestar regresaría. El acto fue sencillo. Cruel. Y lo empujó la codicia. El poder mantener su estatus. Pero sobre todo el de aquellos que le sedujeron con hermosas palabras para que lo realizara. La clave estaba en que fuera el pueblo quien eligiera el final. Esa era la llave maestra. Y les salió a la perfección. Sus artífices, y él, estaban libres de pecado. Era la voluntad popular le que dictó el destino del nazareno.
Pero ya estaba todo hecho. No había vuelta atrás. Así que, después de ponerse otro caldo, se despojó de la túnica que vestía hasta quedarse completamente desnudo. Y se dirigió hacia la piscina con la copa en su mano derecha. Pero al llegar allí la rabia volvió a invadirle. Escuchó dos voces. Las reconoció de inmediato. La ira parecía supurar a través de los poros de su piel. ¿Cómo osaban actuar con semejante desidia?
Aunque en vez de protestar continuó marchando hacia el artificial estanque. Y entró en él sin dirigirles la palabra. Tras apoyarse en la pared, dio un pequeño sorbo al vino. Trató de aparentar calma a la par que los observaba de arriba abajo. También bebían. Parecía que nada de lo que ocurriera en el mundo les afectaba. Eran completamente ajenos a lo que en la ciudad sucedía. Pero el más altos de ellos fijó su mirar en él.
- No deja de sorprenderme lo bien que vives - dijo con altanería y sorna.
- Vosotros vivís mucho mejor que yo - protestó el Prefecto -. Pero no me explico cómo podéis tener la cara tan dura de entrar aquí sabiendo lo que está en juego.
- No exageres - prosiguió el que habló -. Todo vuelve a sus naturales cauces. Roma podrá estar tranquila. Y nosotros no tendremos nada de lo que preocuparnos.
- Me sorprendes, Caifás - siguió Poncio Pilatos -. ¿En serio piensas eso? ¿No has visto la de seguidores que tiene ese tal Jesús? Nada bueno puede salir de todo esto. ¿Qué mal hizo ese hombre? El verdadero peligro no era él. ¿Acaso os ha pasado desapercibido al que llaman Pedro? Ese es al que habríamos tenido que eliminar.
- Eres un iluso - le interrumpió Anás -. Purgar a Pedro va a ser lo más sencillo del mundo. Después, seguirán sus acólitos. Y respecto a Jesús... en menos de dos años todos le habrán olvidado. Ni las leyendas de las viejas lo recordarán. Y nosotros podremos seguir gozando de los placeres que nos corresponden por derecho. ¿Quién les manda inmiscuirse en el estatus quo? ¿Paz? ¿Armonía? ¿Convivencia? ¡De eso ya hay demasiado! ¡Sobra! ¡Hay de más! Todo terminará pronto. El primer y el más importante de los pasos ya está dado. Anda, relájate.
Entonces, Pilatos les dirigió una mirada inquisitoria. "Estáis locos. Y sois imprudentes. Con esa sensación de invulnerabilidad sois capaces de todo. Hasta de esto. De entrar en mis aposentos como si de vuestra propia casa se tratara".
- Estúpido, si no fuera por nosotros toda esta zona estaría sumida en la anarquía. Te hemos hecho un favor. Así que cállate - le interrumpió Caifás.
- Sois incorregibles. Escuchad lo que os voy a decir - bramó el Prefecto -. Durante mi trayectoria he cometido múltiples atrocidades con tal de mantener el orden. Mi filosofía siempre ha sido esta: "el fin justifica los medios". Pero lo que hemos hecho con el tal Jesús no tiene nombre. Y aunque no sepa qué, os puedo asegurar que tarde o temprano nos va reventar en las manos. Algo me dice que van a temblar hasta los mismísimos cimientos de Roma.
- Por favor, no me hagas reír - le menosprecio con sorna Anás -. ¿Estás aquí disfrutando de todas estas maravillas y nos vienes con esas? Estás loco. Paranoico. Ven, anda. Acércate y disfruta de la carne como tantas otras veces hemos hecho en compañía.
Lo dijo mientras agarraba a Caifás por la cintura y acariciaba su pecho. Comenzó a besarle. "¿En serio no vas a venir? Podemos ayudarte a liberar todo el estrés que llevas acumulado".
Los observó durante un rato. Sus gestos y roces eran cada vez más profundos. Pero no. No quería. Ni le apetecía participar de ello. Estaba cansado de su falsedad. "No, voy a abandonar este lugar. Os dejo tranquilos con tal de que podáis gozar de vuestra compañía. Si vuestros seguidores supieran que practicáis aquello que condenáis"...
- ¿Y? - expresó Anás con desdén.
- Nada. Aquí os quedáis - soltó el Prefecto mientras salía del agua dejando ver su dura erección -. Ya os he aguantado suficiente.
- Quédate, anda. Aprovechemos esa virilidad tuya tan prominente -. Esta vez el que se burló fue Caifás.
- ¡No! - fue lo ultimo que dijo Pilatos. Vistió su túnica y abandonó la estancia dejándoles allí sin mirar atrás.
Comenzó a caminar. Y lo hizo cada vez más rápido dejándose llevar por la furia que lo dominaba. Fue atravesando un pasillo tras otro hasta llegar a la salida de la vivienda oficial en la que residía. Allí cerca, apenas a unos 200 metros, estaban los calabozos en los que tenían preso a Jesús. Y ese era el sitio al que quería ir.
Al verlo, los guardias lo reconocieron. Le dejaron pasar sin hacerle ninguna pregunta. Atravesó los pasadizos uno tras otro sin importarle que lo saludaran. Avanzó hasta llegar a la celda. Desde fuera podía sentir el frío y la humedad que en ella habitaban. Su oscuridad. El olor a arena mezclada con sangre. Y los gritos de dolor provocados por los golpes que le estaban propinando. Estuvo tentado de frenarlos. Pero no lo hizo. Ni siquiera osó mirar dentro.
Estuvo completamente parado a menos de un metro de distancia de la entrada. Escuchaba mientras el malestar en su estómago y corazón avanzaban como si de punzadas espinosas se tratarán. Como si esas espinas recorrieran su cuerpo a través de la sangre que circulaba por sus venas. Y arterias.
Finalmente, decidió marcharse. Ya no podía hacer nada. Lo hecho, hecho estaba. "Tal vez sea lo mejor", pensó. Pero en el fondo sabía que lo que les había comentado a Caifás y Anás iba a tener lugar. Tarde o temprano sucedería. Y sobre sus consecuencias... estaba convencido de que serían aún mayores de lo que pudiera llegar a intuir.


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