El show debe continuar (El mundo aguardando el abrir de sus puertas)
Los años fueron desgastándose en un ambiente de monotonía. Sin darse cuenta, diez serían los que transcurrieron desde que abandonó la cúpula de Christof. Y ante él, un mundo nuevo hizo acto de presencia. Paulatinamente, trataría de acostumbrarse a su nueva existencia, pero nunca logró sentirse cómodo. El trabajo diario en un pequeño supermercado le ayudaba a soportarlo. Pero, desde que Lauren rompió la relación que mantuvieron, el vacío era más profunda a cada jornada que pasaba.
Fue entonces que comenzaron las dolorosas mañanas. Y las noches impregnadas de alcohol con tal conseguir dormir. El malestar le duraba hasta el mediodía, cuando con disimulo bebía la primera cerveza. Transitaba de esa manera un círculo oscuro del cual no quería salir. No lo deseaba. Sólo ansiaba llegar a casa después de trabajar y tirarse en el sofá. Comer algo e ingerir el contenido de las muchas latas que guardaba en la nevera. La mayor parte del espacio de ella la destinaba a su «jarabe particular». Así las llamaba.
Y con el arrancar del fin de semana toda esa rutina la exprimía al máximo. Hasta caer inconsciente en la cama. O sobre el suelo del pequeño piso en el que vivía. Y este se lo cedieron tras recuperar la «libertad»; un concepto que sin parar le rondaba una y otra vez por la cabeza. ¿Qué era en sí? ¿Qué beneficios tenía? ¿Había diferencia entre ser el centro de atención de un dantesco espectáculo y lo que vivía habiéndolo dejado atrás? Aunque veía diferencias, estas le resultaban superficiales. En el fondo, pensaba, nada había cambiado. Continuaba estando encerrado. No tenía otra explicación posible.
Pero aquel sábado madrugó. Incluso con la enorme resaca que padecía, decidió acceder a la petición que le remitieron a través de una carta. Y en ella indicaban que querían verle. Era del propio Christof. Padecía un cáncer. Le quedaba poco tiempo de vida. Y antes de partir quería hablar con él. ¿Sobre qué? No lo indicaba. En un primer momento, rompió el papel. Pero algo en su interior comenzó a agitarse. El no ir lo convertiría en alguien igual que aquel que tanto tiempo le tuvo prisionero. Y no era que se sintiera superior a él. Era el hecho de que quería seguir sintiendo humanidad. De desear tenerla y no perderla. Y sabiendo lo que le señalaban... debía actuar con respeto. Aunque Christof no lo mereciera.
He ahí que se detuvo ante la puerta de la habitación del hospital en la que estaba ingresado. El cuerpo le temblaba de arriba abajo. Necesitaba relajarse, además de calmar el fuerte dolor de cabeza que sufría. Sacó una pequeña aspirina que llevaba en la cartera y la ingirió acompañándola de un sorbo de agua. También traía consigo una pequeña botella de plástico. Y armándose de valor, alargó el brazo hasta agarrar el pomo. Golpeó dos veces con los nudillos de su mano derecha y esperó a que le invitaran a entrar. "Adelante". La voz era inconfundible. Tras coger aire, la abrió y pasó.
Ya en el interior, lo primero que atisbó fue una frágil camilla. Tirado en ella, la famélica y demacrada figura de un hombre al que las máquinas le ayudaban a respirar. "¿Qué vas a hacer cuando te vayas de aquí?", fue lo primero que aquel dijo nada más verlo. Notó que ese mínimo gesto le causaba un indescriptible dolor a pesar de estar entubado con las vías que le suministraban los calmantes. "Tomarme una cerveza", contestó.
- Vaya, parece que al final sí te voy a ver caer.
Tras comentar esto, comenzó a analizarlo. No apartaba la vista de él. Por su parte, Truman hacía lo mismo. Y aunque en un principio sintió satisfacción por el estado en el que Christof se encontraba, un tremendo pesar lo invadió al darse cuenta de las enormes llagas que marcaban su piel. "Eso debe doler", expresó.
- No tanto como verte marchar y comprobar que has echado tu vida a perder por una falsa idea de lo que es la libertad.
Truman se quedó petrificado en cuanto le oyó decirlo. Parecía estar leyéndole la mente. Como si supiera lo que rumiaba desde hacía mucho. "¿Has estado pendiente de mí todo este tiempo?", le preguntó sin saber el porqué.
- Por supuesto. ¿Acaso crees que iba a dejarte marchar así como así? ¿Que dejaría sola a lo que es la mejor de mis creaciones?
- Soy una persona. No un número. Y menos aún un animal de feria.
- Pues al final eso no es lo que pensaba Lauren. Fue muy sencillo poner un precio con tal de que te dejara.
- No digas estupideces. Sabes que no es así.
- Vale, de acuerdo. No accedió a abandonarte por un módico precio. Resulta que es de las pocas personas que conozco que no tiene un precio. Pero al final se cansó de tu infantilidad.
- Tampoco...
- ¿Y qué fue?
- No te incumbe. Incluso a pesar de lo poco de vida que te queda sigues con tu afición de meterte en la de los demás. Con esa necesidad tuya por obtener el control. Es una costumbre muy fea, por si quieres saber qué es lo que pienso.
- ¿Acaso no tengo derecho a ello?
- No, ninguno. Sobre todo teniendo en cuenta que refleja una incapacidad absoluta de poder manejar la tuya.
- ¿Y de dónde has sacado eso? ¿De Lauren? ¿De algún libro de psicología barata?
- Jódete. No es de tu incumbencia. Mira cómo estas. ¿Es que ni así vas a dejar de joder?
- ¿Joder? Yo no jodo, mi querido Truman. Yo ilumino. Yo traigo de vuelta el Sol. Yo doy a cada uno lo que necesita. Yo convierto la noche en día.
- Ya, y por eso estás en un hospital público en vez de uno privado. Estás arruinado. Al final no pudiste empezar de nuevo.
- Tú tampoco.
- No. Yo he comenzado una vez la vida que me pertenecía. Bien o mal, he tomado lo que era mío. Lo que me arrebataste. Nada más.
- Y por eso te dejas caer en un pozo de alcohol día tras día.
- No. Son las consecuencias de lo que hiciste.
- No me hagas reír. No eres más que un monigote. Si te hubieras quedado conmigo... no tendrías nada por lo que preocuparte. Serías inmune a la oscura crudeza de este trágico invento al que llaman «sociedad».
- ¿Sí?
- Sí.
- Vete a la mierda.
Ante esto, Christof sonrió. Era un gesto triunfal. Parecía tenerle justo donde quería. "Hazme un favor; coge ese vaso y llénalo con un poco de agua. Tengo sed".
A regañadientes, Truman accedió. Y se lo dio en cuanto terminó. "Gracias, eres muy servicial. Mucho más de lo que imaginaba. Esa ingenuidad y bondad te van a traer más de un problema".
- No te pases - le contestó lleno de rabia -. Eso de «servir» es la naturaleza que les imponen a los esclavos. Lo que he hecho es un gesto de solidaridad. Aunque no lo merezcas.
- Vaya, ahora resulta que eres un buen samaritano. Pero es algo que no debería extrañarme. Eres el mismo soñador de siempre. No has cambiado. Sigues ensimismado en una eterna utopía. Aunque sería mejor llamarlo quimera. Pero estate tranquilo. Relájate - prosiguió Christof como si no le diera la más mínima importancia a lo que ocurría; ni siquiera a la enfermedad que estaba a punto de enterrarle.
- Dime, ¿qué te llamó la atención de Lauren? ¿Qué tenía ella que no tuviera Meryl? - prosiguió.
Ante esto, Truman casi le tira la botella a la cabeza en pleno arrebato de cólera. Pero pudo contenerse. "Naturalidad", contestó.
- ¿Y por qué no lo percibiste antes en los demás?
- Tenías contratados muy buenas actores. Aunque algo me dice que desde tu punto de vista los tildarías de fulanas. De prostitutas esperando el más mínimo gesto tuyo con tal de cumplir tus deseos. Gente sin la más mínima decencia, ni principios, que eran capaces de venderse por cuatro perras.
- ¿Y quién no es una puta hoy en día? Dime, ¿acaso eres tú la excepción por liberarte e ir hundiéndote de forma consciente en el fondo de una botella? Si parto de la premisa de tu argumento, sigues siendo mi concubina más especial.
- No, pero no de la forma que te imaginas. Y sí, lo fui cuando estuve bajo tus focos. Tal y como querías. Fui un producto tuyo con tal de satisfacer las necesidades voyeristas de la gente de este mundo... es una perfecta definición. Ahí puedo llegar a estar de acuerdo contigo. Pero ahora lo soy en este universo en el que vivo por las consecuencias que propiciaste. Ya fuera algo premeditado o no. Aunque no me quedó más remedio. Y es porque no pude valerme por mí mismo. Tuve que optar por el camino más fácil. «Indefensión aprendida», creo que le llaman. Son los efectos secundarios de una cárcel incluso dejando de estar entre sus paredes. Su florecer en cada poro de una piel. Pero aquí viene lo más importante: tú también eres una. Eres tu propia prisión. Y, al mismo tiempo, su señorita más generosa. Aunque pretendas vender la imagen del proxeneta comprensivo. Y lo más triste de todo es que eres un frígido por el desgaste que has padecido al estar satisfaciendo una y otra vez tus fantasías.
- ¡Qué grandísimo y maravilloso hijo de puta eres!
- Lo aprendí de ti.
Christof comenzó a reírse con unas sonoras carcajadas, aunque a estas le siguió un prologado ataque de tos. Cuando logró calmarse, y tras beber un poco más de agua, volvió a mirarle. Está vez directamente a los ojos. Era un gesto frío y calculador.
- Y también me dirás que cada paso que has dado, antes y después de dejar la cúpula, estaban condicionados. Que estaban dirigidos de tal forma que tarde o temprano acabarías realizándolos.
- No hace falta que lo afirme. O lo sugiera. Lo hiciste. No me cabe duda. Colocaste algo de conductivismo por aquí. Retales del condicionar del perro de Pavlov por allá... me convertiste en el perfecto conejillo de indias dentro de un gran espectáculo de marketing. Y esas cosas, los restos que quedan como si un abono perenne fueran, son muy difíciles de eliminar. Por no decir imposible.
Christof le hizo una seña con tal de que frenara. Y a la par, parecía revitalizarse. Recuperaba las fuerzas a cada momento que trascurría la conversación. Era como si fuera el alimento que le proporcionaba los nutrientes necesarios con tal de seguir adelante a pesar del lamentable estado que presentaba por su enfermedad.
- Eres tan previsible. Y manejable. Igual de maneable que la arcilla usada por los alfareros.
- ¿Con eso estás confirmando mis conjeturas?
- Saca las conclusiones que quieras. Pero te diría que fui dejando las pistas de lo que iba a ir sucediendo... y las ignorastes. Te hablaba. Lo hacía continuamente a través de las bocas de otros. Cuando estabas dentro de la cúpula y cuando te fuistes. Nunca hemos dejado de estar en contacto. Oías. Pero no escuchabas. Eres un autista que brilla igual que el más perfecto de los diamantes.
- Eres un ser despreciable. Un sádico.
Christof volvió a sonreír. No disimulaba la satisfacción que sentía.
- Dime una cosa más. Después de terminar con Lauren mantuviste otra relación. ¿Qué es lo que pasó?
- Vaya, ¿de eso también estás enterado? Si lo sabes, ¿por qué lo preguntas?
- Te abandonó sin ninguna explicación, ¿verdad? Desapareció de la noche a la mañana. Sólo te dejó una carta en blanco diciéndote adiós y una ramo de flores. Muy curioso, sobre todo teniendo en cuenta que fue en el día de San Jordi.
Entonces, nada más escucharle, Truman creyó comenzar a comprender.
- ¿La enviaste tú? ¿Tú la contrataste? ¿Qué has hecho, grandísimo cabrón?
- No, no es nada de eso. Yo no la mandé. Sus sentimientos eran puros. Pero no me gustaba. Has de estar con aquella persona que yo elija. Eres mi creación. Lo único que hice fue soltar unas pocas piezas con tal de que las aunara. Después, hizo lo que tenía planeado.
- Eres todavía más cruel y maquiavélico de lo que pensaba.
- ¿En serio crees eso? Te sorprendería saber lo compresivo que puedo llegar a ser. La capacidad que tengo de ponerme en el lugar de los demás. Y eso, mi niño bonito, suele destrozarme el corazón. Pero ahí no queda la cosa. Estuve tentado de chantajearte. De que hicieras algo de mi parte si querías volver a verla. Pero, al final, por esto mismo que te acabo de contar, decidí no hacerlo. Soy más bondadoso de lo que aparento.
- Un hijo de puta. Eso es lo que eres.
- No, te estaba mostrando lo que perdiste por abandonarme. Nada más y nada menos. Te enseñaba lo fácil que hubiera sido todo si te hubieras quedado. Y aunque no te lo creas, es un acto de amor puro e incondicional.
- Creo que con esto ya he tenido bastante. Me voy.
- Espera... espera... todavía hay más.
- ¿Qué quieres decir?
- Mira tu móvil. Acaban de desahuciarte. Te han echado de casa. Te lo dice en el mensaje que te acaba de llegar. ¿No ha sonado? ¿Sigues con la costumbre de quitarle el sonido?
- ¿Pero esto por qué?
- Y el lunes te quedarás sin trabajo...
Blanco. El rostro de Truman fue adquiriendo una tonalidad grisácea en cuanto comprobó lo que le acababa de comunicar. "Grandísimo cabrón", gruñó.
- Tranquilo, tranquilo. Todavía tienes una oportunidad de poder salir adelante.
- ¿Qué quieres decir?
- Como te he dicho, soy más bondadoso de lo que aparento. En nada, Lauren va a llegar. Y podrás ir corriendo a sus faldas. Ella te protegerá, tal y como hizo antes. Pero ya nada será igual. A partir de ahora vas a depender de todos hasta para los detalles más insignificantes.
- ¿Cómo?
- Bienvenido a la vida real, mi querido Truman. El show debe continuar. Así es la vida.
Llamaron a la puerta. "Es Lauren", reveló el enfermo.
Tras volver a golpear suavemente la madera, fue abriéndose muy despacio. Al estarlo del todo, apareció la delgada figura de una mujer. Miró detenidamente a Christof. Después a Truman. Lloraba. Sus lágrimas surcaban sus pómulos. "Vámonos". Se dio la vuelta nada más decirlo. "Dejémosle disfrutar".


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