Un rostro que le era familiar
Aquel rostro le agradaba. Era jovial. Risueño. Sus pómulos rojizos le trasmitían confianza. Tranquilidad. Pero su sonrisa... no era natural. Estaba forzada al estar abierta de par en par. Además, las ojeras que rodeaban los ojos eran demasiados oscuras. Y profundas. Parecía no haber podido descansar durante mucho tiempo.
Lo analizó más detenidamente. Llegó a sobresaltarse por el enorme cuchillo que portaba en su mano derecha. Era enorme. Muy grande. Y brillaba bajo la luz de la lámpara del baño. Estaba teñido de un profundo rojo carmesí. Podía sentir el olor de la sangre dibujada en él. Y esto era algo que le agradaba. Le resultaba relajante.
Volvió a observar su cara. Sí, le era muy familiar. Tanto que creía conocerle de toda la vida. Hasta le pareció recordar algunos momentos en los que jugaba con él siendo niño. Quizás en un parque. O alguna plazoleta en la que pasaban las tardes después del colegio. Y una pérgola le vino a la mente. Su base usándola a modo de portería mientras corrían de aquí para allá.
Pero volvió a fijarse en el cuchillo que cargaba. Sin saber el motivo, sintió unas inmensas ganas de poseerlo. De ser él la persona que en sus manos lo portara. De poder apreciar su filo mientras surcaba con él sus palmas. Y aquella persona se lo ofreció. Lo hizo sonriente. Con naturalidad alargó el brazo y se lo entregó.
Aunque al principio dudó, lo agarró con delicadeza. Después hizo fuerza sobre su mango. Estaba caliente. Y era fino. Agradable. Un ligero cosquilleo traspasó su cuerpo en cuanto lo hizo. Acercándolo a su rostro, contempló la hoja. También su reflejo en ella. El cansancio que llevaba acumulado durante semanas por casi no poder dormir. Estaba extasiado ante semejante belleza.
- ¿De dónde lo has sacado? Guardo uno igual en uno de los cajones de la cocina - le preguntó.
Aquel individuo abrió los ojos de par en par. "¿Acaso no lo recuerdas?".
- No.
- Me lo diste hará media hora. Justo después de que el repartidor llamara a la puerta.
- ¿En serio? ¿Y que hacías tú aquí?
- Hacerte compañía. Como siempre he hecho, aunque tú no te dieras cuenta.
- Vaya, gracias. Pero no tenías que hacerlo. Creo que puedo apañármelas solo.
- Sí, lo sé. Pero nunca está de más ser precavido.
- Vale, pero dime una cosa. ¿De quién es la sangre?
- ¿Acaso eso importa? ¿Por qué no la pruebas? Sé que estás deseándolo.
- En eso sí que tienes razón.
A continuación, lo hizo. Siguió su consejo. Pasó su lengua por la parte no filosa de la hoja. Su sabor era dulce y agrio al mismo tiempo. Y eso le agradó. "¿Tú no quieres?", comentó ofreciéndole el cuchillo.
- No, tranquilo. Tenemos suficiente para los dos. Pero creo que deberías empezar a trocearlo.
- ¿Trocear? ¿A quién?
- Mira que eres despistado. Siempre te lo he dicho. Serías capaz de perderte hasta en tu propia casa. ¿A quién va a ser? Al repartidor que tienes tirado sobre el suelo de la sala.
- ¿Cómo? ¿Qué estás diciendo? ¡Eso es imposible!
- ¿No me crees? Pues ve y mira.
Abandonó el baño y fue directo a la estancia que le señaló. Una vez allí, vio el cuerpo de un varón. No respiraba. No daba señales de vida. Muerto.
Su garganta estaba tintada por la sangre brotada mediante muchas puñaladas. Desgarrada. Fue la única palabra que a la cabeza le vino con tal de describirlo. Y el vientre estaba abierto en canal. Sus vísceras desparramadas lo cubrían como si de unas mantas se trataran.
Quiso gritar. Salir corriendo. Pero una extraña sensación fue atrayéndole hacia el cadáver. Se agachó poniéndose de rodillas junto a él. Analizó su piel morena y pasó sus dedos sobre las heridas. Estaban hechas con un cuchillo. Pero no se asustó. Incluso terminó sintiéndose satisfecho sin saber por qué. Optó por degustar la sangre. Y lo hizo sorprendiéndose al darse cuenta que era la misma que había saboreado hacía unos instantes.
Sí, tenía que trocearlo. Hacerlo desaparecer. Y quedarse las partes más jugosas con tal de cocinarlo. Pero tenía que volver al baño y conversar con su invitado. Fue entonces que se levantaría yendo hacia allí.
- ¿Quién ha sido? ¿Tú o yo? - lo dijo sin ira. Sin envidia. El tono sólo delataba una sensación de curiosidad.
- Los dos. Lo hemos hecho entre los dos.
- ¿Qué quieres decir?
- ¿Todavía no lo entiendes?
- ¿A qué te refieres?
- Anda, mírate en el espejo. Fíjate. Analiza con atención.
Observó su propio rosto. Sus ojos rojizos por el cansancio que estaban cicatrizados con unas enormes ojeras. Su blanquecina piel por estar tanto tiempo sin salir de casa. La sombra de una barba que llevaba más de una semana sin afeitar. Y su sonrisa. Aunque en un primer momento no estaba marcada, fue abriéndose hasta alcanzar cada parte de su cara. Y sí. Entonces reconoció a aquella persona que le era tan conocida. Esa con la que tanto tiempo atrás había jugado. Suspiró de alivio. Al fin podía dar por concluido su plan. Su proyecto más personal. Pero ahora llegaba la parte más dura.


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