Las raíces de un maquiavélico, y meticuloso, complot
Mina estaba apoyada sobre la pared observabando el paisaje a través de la ventana del castillo. Lo hacía de brazos cruzados dándole la espalda al Conde. Y el nerviosismo que este sentía iba incrementándose por momentos. Quiso acercarse y consolarla, pero su intuición le alertaba sobre la inutilidad de la acción. Lo único que lograría sería complicar aún más la cosas.
- Sé que me dijiste que sería complicado acostumbrarme a esta nueva forma de ver el mundo. Me resulta más hermoso, pero al mismo tiempo parece completamente artificial. Sus tonalidades son frías y secas. No tienen nada de calor.
Al decirlo no delataba rencor. Pero sí rabia. Una cólera que trasmitía la impotencia que sentía. "Así es. Y que, por mucho que tratara de explicártelo, no llegarías a hacerte una idea", expresó el Conde. "Que hasta no calzarte unas vistas similares a los que poseo no lo comprenderías, y que, aun así, te llevaría más tiempo de lo que supondrías". Esto último lo expresó con una voz entrecortada que cargaba su sentir de ir haciéndose cada vez más pequeño ante el dolor que ella padecía.
La mujer siguió analizando el horizonte. Su cuerpo no trasmitió nada ante lo que acababa de escuchar. Pero soltó sus brazos y, con la palma de su brazo derecho, comenzó a acariciar la piedra de la pared del edificio. "Es increíble, en vez de parecerme fría está caliente", susurró.
- Sí, tu nueva naturaleza hace que los restos de los fuegos que han sido prendidos aquí dentro lleguen a tu sangre como si fueran las mismas semillas que esta tierra construyeron.
Entonces, quizás tratando de asimilar lo escuchado, se dio media vuelta. "Puedo... veo imágenes... es parecido a la páginas de un libro... y mediante él puedo leer las cosas que han pasado en el interior de esta fortaleza... incluso lo sucedido fuera de sus muros".
- Es limitado. No abarca una gran distancia. Pero, si te interesa, podrás averiguar lo que en realidad vivió Jonathan mientras estuvo aquí hospedado. Conoces su versión. Y las dudas que te ocasionan sus palabras. Si prestas atención, podrás averiguar la verdad. Yo no te voy a decir nada. No voy a interferir en lo que te sea mostrado. Seré neutral. Las paredes te mostrarán lo que sucedió tal y como pasó.
En ese mismo intente, Mina lo miró directamente a los ojos por primera vez desde que estaban en aquella estancia. "Sólo... lo único que necesito saber es si los ratos que estuvo con tus concubinas lo hizo por iniciativa propia... o si fue atraído por ellas". Ante esto, el Conde suspiró. Y agachó la cabeza en señal de resignación.
- ¿Estás segura?.
- Sí.
- Bien. Entonces... lo mejor será que vayamos a los aposentos de ellas. Es la siguiente puerta que hay al lado de la entrada a esta. Sígueme, por favor.
Salieron en un absoluto silencio. El Conde habría paso. Mina iba tras él con un cansado caminar. El pesar la invadía. En el fondo, no quería descubrir lo sucedido. Pero tenía que saberlo. Por lo menos, si resultó tal y como pensaba, podría quitarse de encima la culpabilidad por la muerte de su prometido.
- Esta es - señaló el Conde nada más llegar a la altura de un inmenso portón -. Ábrela sin miedo. Acaricia lo que consideres menester. No tengas miedo. Necesitas encontrar el orden en las piezas de este rompecabezas.
Mina volvió a mirarle a los ojos. Y estos presentaban un aspecto brillante por las lágrimas que evitaba derramar. Nunca hasta entonces su tez blancuzca le había parecido tan cautivadora. Y era por la fragilidad que mostraba. Le hacía parecer... tan humano...
Sin saber por qué, recortó la distancia habida entre los dos. Le acarició la mejilla derecha y, a continuación, le dio un suave beso. "Espérame, tengo que hacerlo". Acto seguido, colocó el dedo índice de su mano derecha en sus labios pidiéndole que no dijera nada más. Y, con lo que pareció un movimiento brusco, agarró la manilla de la puerta. Apretó y escuchó su característico sonido al ceder. La abrió y entró despacio. Con calma. Sin volver a mirarle. "Enseguida salgo".
***
En el centro, la enorme cama presidía la habitación. Y a su izquierda, un gigantesco escritorio era iluminado por la luz de la Luna. El suelo estaba cubierto por una mullida alfombra que lo cubría prácticamente por completo. Y el tacto de esta la maravilló. Decidió quitarse los zapatos y andar descalza. Y disfrutar de la sensación que le proporcionaban sus recientemente incrementados sentidos.
Nada más hacerlo, cayó de rodillas sobre el piso por la impresión. Un enorme cosquilleo recorrió su cuerpo desde la planta de los pies. Entonces, y tratando de recuperar la calma, se tumbó mirando al techo. Respiró despacio. Pero de forma profunda. E inmediatamente después, nada más regresar la desaparecida compostura, la estancia le reveló un aspecto sorprendente. Aquella no era la de las concubinas del Conde, sino la misma que Jonathan ocupó durante los meses que pasó en Transilvania.
Y una imagen fue recreándose en su mente. En ella, el por aquel entonces prometido suyo, caminaba nervioso de un lado a otro. Mientras tanto, una morena mujer de más de metro setenta lo observaba. Sus ojos de color avellana resaltaban bajo el fulgor que producía la naciente iluminación que venía desde las velas. No hacía nada, pero su increíble porte le otorgaba una extrema serenidad. Y el ir vestida completamente de blanco le confería autoridad.
Entonces, la fémina señaló la silla que estaba frente al escritorio. Con ese gesto le sugirió que se sentará. Él frenó en seco ante ello. Parecía estar queriendo calmarse. Pero no fue hacia el lugar indicado. Ella, sin enfurecerse, acortó la distancia entre ellos agarrándole la mano. E hizo que la siguiera hasta llegar al mueble. Una vez ahí, lo invitó a sentarse. No dijo nada. Pero su lenguaje corporal decía mucho. Él confiaba en ella. Y esta lo sabía.
***
- Relájate, anda. Todo está saliendo tal y como habías planeado - dijo la mujer poco después de que Jonathan estuviera sentado.
- Sí, lo sé. Pero no puedo quitarme de la cabeza el que me haya precipitado. Tenía que haber acabado con tus hermanas más tarde. Hemos de tener más paciencia.
- ¿Y? Un problema menos. Y no las llames "hermanas". De eso no tenían nada. Sabes de sobra que una de ellas era mi madre adoptiva. Y nunca se comportó como tal. La otra fue un capricho suyo con el cual pretendía sacarme de quicio y provocarme celos.
- Dolengen, pero hay algo que no comprendo ¿Por qué accedió el Conde a ello? ¿Qué pretendía?
- Nada, mi querido Jonathan. Nada. Sólo fue utilizado por esa vieja arpía. Hacía todo lo que quería. No preguntaba nada. No cuestionaba nada. Estaba dominado por ella. Y dentro de poco... él también desaparecerá.
- No, todavía no. Tenemos que tener paciencia. Cuando lleguemos a Inglaterra, Van Helsing se encargará de acabar con él. Y todas sus propiedades, tanto las que allí he comprado en su nombre, y las que tiene aquí, pasarán a ser nuestras. Ese holandés sólo será una marioneta en nuestras manos. Jamás sabrá que lo habremos utilizado.
- ¿Y no tienes miedo de que sea yo la que te traicione? ¿Que cuando todo acabe sea yo la que me deshaga de ti?
- Siempre queda esa posibilidad. Eres lista. Y maquiavélica. Sí... podrías hacerlo. Sabes que lo tengo muy presente.
- Eres un chiquillo muy perspicaz.
- A tus ojos. Sobre todo teniendo en cuenta que tienes... ¿cuántos eran? ¿Cuatrocientos años?
- Más o menos...
- Y más sabiendo que, desde que empezaste a vivir aquí, fuiste sembrando la Leyenda Negra que rodea al Conde. Has debido de tener mucha paciencia.
- Sí, y es una pena que vayamos a acabar con él. Aunque sea de forma indirecta. Es muy buena persona. Tiene un corazón de oro.
- Así es... pero me resulta curioso que hayas tenido que esperar tanto a encontrarme para completar tu plan. Eres completamente diabólica.
- Me gusta llamarme a mí misma "meticulosa". Además, sólo tenía que cruzarme con alguien que fuera tan materialista como yo. Y que le importase tan poco la gente de su alrededor. El que fueras a usar a tu prometida y a su amiga de chivos expiatorios con tal de darle al holandés el motivo para cazar al Conde... es algo magistral. Ni a mí se me hubiera ocurrido.
Jonathan guardó silencio. Sin disimulo alguno, comenzó a mirar el busto de la mujer. Este era firme, y no muy voluminoso. Pero increíblemente sugerente. Alargó su mano hasta uno de los cordones que del vestido colgaban. Y tiró de él hasta que cedió por completo dejando ver su desnudez. El pecho izquierdo vestía dos lunares negros. Ella no opuso resistencia ante esto. Incluso se puso más cerca facilitándole la maniobra.
Pero tras observar lujuriosamente los senos, se echó hacia atrás. "Ya tendremos tiempo", expresó el inglés. "Ahora dime, ¿cómo vas a volver loco a Renfield? Sabe demasiado; podría frustrar todos nuestros planes".
- No te preocupes. Ya está encerrado en un manicomio. ¿Y sabes qué es lo mejor? Que el director de la institución conoce a Lucy. Incluso le ha propuesto matrimonio. Pero le ha dicho que no. Los vamos a tener muy cerca cuando estemos allí. Van Helsing ni olerá lo que nos proponemos. Van a ser todos unas perfectas piezas de un tablero de ajedrez.
- Entonces... lo mejor será que partamos cuanto antes. ¿En serio puedes caminar bajo la luz del Sol?
- Claro, no te preocupes. Las supersticiones son las que son. El Conde ha partido esta mañana hacia Inglaterra. Pero le llevará mucho tiempo haciéndolo escondido. Yo lo haré sin disfraces, sin tener que estar aprisionada por sitios estrechos. Es muy bueno, pero es tonto. Podremos hacer el viaje como gente normal. Sin tener que andar escondiéndome. Te aseguro que no levantaremos sospechas.
- Está bien. Hubiera preferido partir más tarde,... pero si lo hacemos dentro de dos días llegaremos una semana antes que el Conde.
- ¿Ves? ¿De qué te preocupas? Todo está saliendo a la perfección. No habrá ningún problema. Con un poco de suerte, en cuanto menos te lo esperes, Van Helsing hará lo que debe hacer. Nunca comprenderá nada. Y caminaremos juntos a través de la Eternidad en medio de todas las riquezas que nos corresponden por derecho.
Nada más decir esto, Dolengen agarró la mano de Jonathan y la dirigió hacia su sexo mientras se subía la parte baja del vestido. Él no hizo ademán alguno por detenerla. "¿En serio quieres esperar?", susurró en medio de un inmenso placer cuando el inglés comenzó a acariciar sus labios y clítoris. Mientras estos se hinchaban y la humedad aumentaba ante el gozo. "No voy a hacerlo ni un minuto más".
En cuanto lo dijo, la mujer apartó la mano y se sentó encima suyo. Apretó y comenzó a moverse rítmicamente. Luego, después de mordisquearle suavemente el cuello, comenzó a desabrocharle la cremallera del pantalón. Volvió a levantarse. "Quítalelos". Obedeció y la mujer volvió a plantarse encima sintiendo la dureza de su miembro. "Entra, libérate". Agarrándolo, lo introdujo en ella. El éxtasis en él fue instantáneo. Pero Dolengen no frenó sus movimientos. Siguió a la par que Jonathan abrazaba con fuerza sus caderas y hombros. "Te convertiré... cuando todo sea nuestro, te convertiré... y entonces lo haremos mientras nos saciamos con nuestra sangre", jadeó al momento de alcanzar ambos el clímax.
***
Al principio, nada más despertarse, Mina no reconoció la habitación en la que se encontraba. Le era tan extraña aquella cama... que se levantó sobresaltada por el susto. Pero, poco a poco, la mente fue aclarándosele. Y descifró el lugar a la par que rememoraba todo lo que la estancia le mostró. El siniestro plan de Dolengen y Jonathan... era, más o menos, lo que intuía. Pero no llegó a pensar que hubiera tanta mezquindad en el corazón de aquel que pudo llegar a ser su marido.
Frente a ella, sentado en la misma silla que vio en la recreación, atisbó al Conde. Estaba agachado. Con sus codos apoyados en las rodillas mientras colocaba ambas manos en la frente. Parecía estar visionando lo mismo que ella hacía un rato.
- Jamás... jamás imaginé nada de esa traición. De lo que sucedería. Del desastre que tuvimos que vivir. Nunca percibí la malicia escondida en Dolengen. Ni en Jonathan. Le abrí las puertas de mi hogar de par en par. A lo largo de mi existencia he visto todo el dolor que puede causar la avaricia... pero jamás supuse que lo padecería en mi propia piel. Y menos de esta forma tan trágica. Toda esa sangre derramada ha sido un gasto inútil.
Mina se sorprendió por la vulnerabilidad que emanaba. Parecía un trapo viejo y raído. No había señal alguna de fuerza en él. "Pero has de saber qué es lo que vi", lamentó el viejo vampiro. "Cómo descubrí lo que sucedía; y que cuando esto pasó ya era demasiado tarde si pretendía evitar todo el caos".
Lo dijo con una voz rota y ronca que expresaba todo el mal sufrido. Entonces, levantó la mirada y fijó sus dos ojos ella mientras estaba sentada en el borde de la cama. Con un gesto de su cabeza, Mina le pidió que comenzara.
***
"Fue de casualidad. Pero nada más llegar a Londres algo me empujó a buscar a Renfield. No sospechaba nada de lo que había pasado. Además, por el mal tiempo atracamos en el puerto dos semanas después de lo previsto. Ese tiempo les dio a Dolengen y Jonathan la posibilidad de hacer lo que quisieran. Nada podía detenerlos. Y fue ahí que ella aprovechó a convertirle en vampiro. Era como un niño pequeño. Estaba completamente extasiado con su nueva naturaleza. Era temerario. Muy peligroso. Y eso fascinaba a Dolengen. Le dejaba hacer.
"Pero me estoy adelantando. Cuando descubrí que Renfield estaba encerrado en un manicomio tuve que haber comenzado a estar alerta. Pero ignoré todas las señales. Imaginé que habría sufrido algún mal durante el viaje. Y que estaría en la institución por un breve periodo.
"Decidí ir. Y si hubiera un poco de suerte, hablar con él. Pero cuando estaba cerca de su entrada percibí algo dantesco. Por lo que pude escuchar a los empleados, el director estaba muerto. Había sido asesinado de una manera brutal. Sin miramientos. Su cabeza y brazos fueron cortados y lanzados al jardín. Descubrieron lo sucedido porque los perros que custodiaban el lugar estaban alimentándose de esas partes. Y aunque el rostro estaba desfigurado por los mordiscos, pudieron notar que era el del doctor Jack Seward.
"En ese momento no até cabos. Y no fue hastaque fui sigilosamente a la habitación de Renfield que comencé a hacerlo. Estaba tirado sobre el suelo de la celda. Su cuerpo estaba completamente destrozado, pero seguía con vida. Era como si hubiera sido zarandeado, y aprovechando esa acción, golpeado una y otra vez contra las paredes. Y junto a él, un hombre con un extraño acento trataba de tranquilizarle. Aunque ambos supieran que poco, o nada, le quedaba de vida.
"Justo antes de expirar, y con las pocas fuerzas que le quedaban, dijo lo siguiente: «Jonathan... Harker.... ha sido Jonathan Harker... Dolengen... Dolengen iba con él». Tras esto, falleció. Fue como si sus últimas fuerzas las hubiera empleado en decir aquello. Y aquel extraño hombre, arrodillado como estaba frente a él, le dio la extremaunción. Entonces, se levantó y habló en dirección a las sombras.
"«- Ese nombre de mujer... es una de las concubinas del Conde. Algo no encaja en todo esto, mi querido amigo Quincey. ¿Qué iba a hacer ella aquí? ¿Y más en compañía de Harker? Esto es muy raro... todos estos crímenes, incluidos los de Lucy y Arthur, parecen llevar la firma de Drácula. Pero es todo tan tosco, tan vulgar... es como si fuera una imitación de sus actos. Y te voy a decir una cosa más... estoy empezando a creer que toda la fama que hay en torno al Conde es un montaje. ¿Hecho por quién? Algo me dice que por la propia Dolengen».
"«- ¿Y eso por qué? - preguntó la gruesa y masculina voz proveniente de la oscura esquina».
«- Por esto. Por esta carta que me ha llegado esta mañana - alargó la mano y le ofreció un folio escrito a máquina-. En ella dice que las otras dos novias del Conde han aparecido muertas. Les cortaron las cabezas. Nada más. Dejaron sus cuerpos tendidos en el suelo mientras las testas estaban alejadas de ellos.»
"«- ¿Qué significa todo esto? ¿Y dónde está Mina? - bramó la otra persona».
"«- Todavía no lo sé, pero no significa nada bueno. Sólo te diré que tenemos por delante una batalla a vida o muerte».
"Nada. Al oír esto, el otro hombre no dijo nada. Y mediante una muda, e increíble, compenetración, abandonaron el lugar. Lo hicieron en silencio. Y así estuvieron durante todo el trayecto que les hizo atravesar los pasillos de la institución.
"Llegaron al pórtico. Y de ahí fueron al establo. Cada uno de ellos montó un caballo. «Quedaremos mañana a las ocho en el antiguo despacho de Seward», ordenó el del exótico hablar. No hubo respuesta física. Sólo un silencio que confirmaba el acatar de la orden. Los dos se separaron marchándose rápido. Opté por seguir al que llevaba la voz cantante.
"Lo hice con prudencia. Manteniendo una distancia que evitara delatarme. Fue así que le vi entrar en una biblioteca adentrándose en los sótanos de esta tras atravesarla de lado a lado. Sin siquiera saludar a los empleados que había. Y estos parecían conocerle.
"Se dirigió directo hacia una diminuta sala. En él, una mesa repleta de papeles le servía de escritorio. Y al analizarlos desde la distancia me quedé en «shock». No sé de dónde los sacaría, pero eran las copias de todos los documentos que indicaban los inmuebles que eran de mi propiedad. Tanto los de Londres como los de Transilvania. Pero no estaban a mi nombre. En su lugar, el que aparecía era el de Dolengen.
«Aquel hombre no paraba de llevarse las manos a la cabeza tratando de averiguar lo que sucedía. Tratando de completar el puzzle. Y aunque parecía saber mucho más de lo que le dijo a su compañero, estaba desesperado por todos los detalles que estaban fuera de su alcance. En un arrebato de rabia, golpeó con una endiablada furia la superficie de la mesa. Lo hizo en repetidas ocasiones. Y no frenó hasta partirla por la mitad. Un gesto de dolor invadió su rostro. Y observó su mano. Sangraba. Y varios de sus huesos partidos habían cortado su piel dejándolos al aire.
-«¡Qué maravilla! ¡Más sangre! ¡Y está cargada de una excelsa sabiduría que de poco va a servirle!»
"Esa voz me era familiar. ¡Era la de Jonathan! «Haz lo que quieras con él. Ya ha completado su mision». La que a continuación habló era Dolengen. Y con ellos vi otra figura. Era femenina. Y parecía débil. Dolida. Traumatizada. No comprendía nada de lo que estaba pasando. Y aunque lo viera, aunque estuviera presente ante sus consecuencias, no lograba descifrar lo que estaba escondiéndose detrás de todo. Esa persona a punto de quebrarse por la impotencia eras tú, Mina.
"Lo que a continuación vino fue todo tan rápido... y visceral. Jonathan se lanzó sobre Van Helsing y clavó sus dientes en su cuello. La sangre que salió a borbotones inundó todo el despacho. «Calma. Tranquilo. Disfruta del festín. No seas ansioso», le corrigió Dolengen. No pude hacer nada. No me dio tiempo a reaccionar. Y cuando lo hice, al holandés le habían arrancado la cabeza con el cortante golpe de un brazo asemejándose a una espada. Y fue ella. Lo hizo tan meticulosamente, de una forma tan quirúrgica, que resultaba increíble que después besara a Jonathan con tanto ímpetu carnal.
"Y mientras tanto... tú... tú permanencias inmóvil. Estabas ausente sin comprender nada de lo que sucedía. Y entonces lo noté. Lo olí. Lo percibí. Te habían convertido hacía poco. Y fue en contra de tu voluntad. No comprendías nada. Así que sólo tenía una opción. Tenía que acabar con ellos. Y tenía que ser rápido. No podía dejar que salieran al exterior. Una vez allí, me sería imposible acabar con ellos. Así fue que me abalancé contra Jonathan. Le arranqué la cabeza de cuajo. La tiré al suelo y la pisé una y otra vez hasta convertirla en una papilla mezclada en sangre. No me sentía así... tan eufórico... desde mis tiempos de mortal... aquellos en los que fui un atroz gobernante y soldado porque me lo exigía la situación.
"«¡Tú! ¡Maldito desgraciado! ¿Qué derecho tienes a hacer esto? ¡Tú que te crees por encima del bien y del mal! - gritó completamente enloquecida Dolengen».
"Te agarró del brazo tratando de sacarte a toda velocidad del edificio. Fui detrás vuestro, y logré alcanzaros en cuanto salisteis de él. Al igual que con Jonathan, me tiré encima de ella. No le dio tiempo a hacer nada. Ni siquiera a defenderse. Y también le seccioné la cabeza. Pero está vez prendí fuego a su cuerpo con el material del horno que había cerca.
"Mientras tanto, y sin prestar atención a lo que sucedía, permanecías acurrucada bajo un árbol. En su base. Todavía eras incapaz de entender nada. Y ahora, pese a lo sabes, quizás tampoco puedas. Cuando terminé, fui donde estabas y te levanté en volandas. Sólo dijiste que Quincey también había muerto. Que todos los estaban. Decidí llevarte al hotel en el que me alojaba. Y al día siguiente traerte conmigo a Transilvania. No te quedaba nada allí. Y Londres no está hecho para mí".
***
Mina escuchó con atención todo el relato del Conde. Él no se movió de la silla. Ni ella de la cama. "Y todavía nos queda mucho más por saber y ordenar", expresó la mujer.
- Sí. Los documentos que van a llegarme nos ayudarán a atar los detalles que faltan. Al igual que la información de los periódicos que hemos de recibir. Y, por supuesto, lo que nos detallen las paredes del castillo.
- Dime una cosa, ¿qué es lo que te queda de todas tus posesiones?
- Nada. Sólo este edificio y sus tierras. Y tal vez lo venda. Al igual que he hecho con las propiedades de Londres después de volver a ser mías tras firmar el acta de defunción de Dolengen.
- ¿Y qué vamos a hacer ahora?
- Han pasado dos meses desde que todo acabó... y has de acostumbrarte a tu nueva naturaleza. Tienes muchas cosas por descubrir, y aprender. Y la primera de ellas la has hecho hace tiempo. Y esta es que no necesitamos de sangre para subsistir. El hacerlo es una elección nuestra. Yo la deseché hace siglos. Sólo nos fortalece y acelera nuestra curación, en caso de necesitarla. Y esta la podemos conseguir de los animales. No hace falta que matemos a nadie.
- Y que puedo comer alimentos normales, además de caminar bajo la luz del Sol.
- Sí, eso nos viene de perlas con tal de aparentar normalidad. Para pasar desapercibidos.
Mina guardó silencio. "Hay una cosa en la que Dolengen sí tenía razón", expresó.
- ¿En cuál?
- En que eres una persona maravillosa con un corazón enorme.
- He cometido enormes barbaridades a lo largo de mi vida. Ya sea como hombre o estas formas atemporales.
- Bueno, todos tienen derecho a una segunda oportunidad. Tendrás que aprovecharla.
Ante esto, el Conde se puso colorado. "Por favor, acércate, quiero hacerte una pregunta", le solicitó Mina.
Despacio, pero con firmeza, se levantó de la silla. Y fue hacia ella hasta quedarse frente a frente. "Siéntate a mi lado", le pidió. Accedió.
Estando codo con codo, Mina se acercó a su cuello y comenzó a besarle dulcemente. En un principio, el Conde no reaccionó. Pero en cuanto Mina notó que una erección comenzaba a hacer acto de presencia, él hizo lo mismo después de que ella desabrochara su bragueta e introdujera la mano en el pantalón. Suavemente, empezó a acariciarle el glande para, a continuación, sacar su pene y comenzar a masturbarlo cada vez más rápido.
Él se dejó llevar hasta irse por completo. "Te toca", dijo ella mientras se tumbaba en la cama desabrochándose un par de botones de la camisa. "Ahora tú, sigue", le ordenó. El Conde, tras inclinarse sobre ella rozando con los labios su cuello, fue soltando los broches uno a uno. Apartó la prenda y contempló el sujetador. Tras retirar la tela que cubría el pecho derecho, succionó su pezón a la par que lo lamía con movimientos circulares. "Baja, ve bajando y muérdeme ahí".
Obedeció. Bajó rozando su piel con los incisivos. Llegó y retiró la falda con finura. Le agarró la pierna derecha irguiéndola y mordisqueando el interior de ella. Fue descendiendo hasta alcanzar su ropa interior. La besó ascendiendo acto seguido con dulces dentelladas sobre el muslo izquierdo mientras le retiraba las bragas. Mina terminó quitándoselas bruscamente y, agarrando su cabeza, lo sumergió en ella.
Su lengua fue saboreando sus labios de arriba abajo. Primero uno. Luego el otro. Y cuando comenzó a sentir su calor, lo hizo con su clítoris. Lo bañó suavemente en movimientos circulares para después aspirarlo y continuar lamiéndolo. Aprovechó entonces a introducir su dedo corazón en la vulva. Lo hizo despacio mientras acariciaba el interior de su pared superior y seguía besándola. "Ahí, ahora, muerde", le pidió. Con un certero, y fino, corte de sus caninos, comenzó a brotar sangre. La fue bebiendo en medio de un cunnilingus que Mina exigía no parar.
***
Estuvieron tumbados quince minutos sobre las cama. No dijeron nada. El silencio presidió la habitación mientras él miraba el techo y ella, apoyada en su pecho, escuchaba el latir de su corazón. "Es más fuerte que uno normal; siempre había oído que los vampiros no bombeaban sangre", reveló.
- Ya te lo he dicho. Hay mucha mitología alrededor nuestro. Y la mayoría de lo que muestra son falsedades. Cuentos de viejas.
Seguía con la miraba fija en el tejado. Y sus pómulos todavía estaban enrojecidos por lo que hacía unos instantes sucedió. Respiraba tranquilo. Pausado y acompasado. Como si estuviera a punto de quedarse dormido. "Seguimos teniendo los mismos apetitos; en el fondo, somos las mismas personas, pero con la posibilidad de evolucionar, o no".
Entonces, Mina le miró fijamente a los ojos mientras apoyaba su brazo izquierdo en el pecho. "Me siento una gorgona, como la Medusa griega", confesó.
- Explícate - le pidió frotándose la cara en una acto reflejo por la sorpresa que le ocasionó lo dicho.
- Cada vez que miro a una persona, cada vez que tengo delante mío a uno de los que antes fui, siento que los puedo convertir en piedra. Y es por el hambre que padezco cada vez que los veo. Su olor me atrae irremediablemente. Tengo miedo a no ser capaz de controlarme. No quiero tener que alimentarme de ellos. No sería capaz de soportar semejante carga.
- Es complicado. Mucho más de lo que crees. Al principio, hasta darme cuenta de que no me hacía falta, o que podía ingerir comida normal, me cobré muchas víctimas. Y es algo que, incluso hoy en día, no puedo perdonarme. Me atormenta. Por suerte, descubrí en unos antiguos escritos que no nos es necesario. Y cuando he estado malherido, tal y como te he contado antes, tiré de ganado pretendiendo acelerar la curación. Incluso hoy en día me cuesta contenerme cuando estoy cerca de mucha gente. Antes de esos momentos me veo obligado a darme un pequeño festín. Suele ser una vaca, o una oveja. Algo parecido. Y disimulo sus heridas cicatrizándolas con mi propia sangre.
Mina lo observó perpleja. "¿Me lo estás diciendo en serio?".
- Sí, muy en serio. Y de lo que te acabo de contar es de donde sacó Dolengen todo lo necesario para crear la Leyenda Negra que me rodea.
- ¿Sabías de ella? ¿De tu fama?
- Sí, pero nunca se me pasó por la cabeza que ella fuera la artífice.
Suspiró. Las lágrimas comenzaron a surcar su rostro. "Es todo tan complicado... tan difícil de creer... y en el fondo la tuve siempre delante mío... tenía que haberlo adivinado, intuido. Sabido".
- ¿Le guardas rencor?
Esto volvió a cogerle por sorpresa. Y se sumergió en sus pensamientos. Parecía estar analizando todo lo que había vivido junto a ella. Lo que en los últimos tiempos experimentó. "No", dijo al fin. "Siento rabia, pero no por ella. Por mí. Es culpabilidad. Una que espero nunca llegues a sentir. Tú no tienes la culpa de nada. Sólo eres una víctima a la que han arrastrado a un Destino que no le estaba marcado. Y ahora he de lograr que te sea lo más fácil posible llevarlo. Pero ambos hemos de poner de nuestra parte. Tenemos que ser cómplices en todo lo que venga de ahora en adelante".
Mina le besó en los labios. Al principio lo hizo dulcemente. Luego con fuerza, con pasión. Y fue descendiendo en intensidad hasta mordisquearle el inferior. "Tenemos todo el tiempo del mundo por delante", le susurró con una radiante sonrisa.
- Tal vez. ¿Pero quién me dice que serás capaz de soportar la carga de ver pasar los años? ¿De ver cómo evolucionan los tiempos? No serías el primero, ni la última, que se encuentra en una época que no es la suya y decide acabar con todo. ¿Quién me dice que dentro de 100 años sea yo mismo el que decida que ya no puede más?.
Mina se quedó atónita. Petrificada. "¿Qué estás tratando de decirme?", quiso saber. Le costó Dios y ayuda pronunciar esas palabras.
- Pues que, en realidad, este mundo no nos pertenece. Desde que nos convertimos en esto dejamos ser parte de él, aunque lo transitemos. Y más viejos que yo hay pocos, muy pocos. Cuando nacemos pertenecemos a una época. Es algo parecido a los ancianos que no comprenden cómo cambia el mundo. De los que miran hacia atrás y no lo reconocen. Que no se sienten parte de él, al fin y al cabo. Aunque tengan presente la alegría de ver caminar a sus descendientes y lo que forjaron en vida.
- No lo comprendo.
- Lo sé. Habrán de pasar varias décadas con tal de que comiences a entenderlo y asimilarlo. Esta inmortalidad, por decirlo de alguna manera, es una bendición. Pero también una maldición. Una tragedia. Una cárcel en la cual estar condenados sin poder salir. Puede ser claustrofóbico. A uno las paredes se le echan encima y no puede hacer nada para frenar su avance.
Cuando terminó su exposición, Mina optó por levantarse de la cama. Y fue hacia la ventana. La abrió queriendo sentir la brisa en su rostro. Necesitaba oxigenarse. Aunque sólo fuera por un momento. Observó la Luna llena. Era enorme, rojiza. Tan grande era que tenía la sensación de poder alcanzarla si estiraba alguno de sus brazos. Entonces comprendió que era una de las cualidades de su nueva naturaleza. "Tengo tanto por aprender, y todavía ni he empezado. Es más, no sé ni por dónde hacerlo".
- Presta atención. Escucha el sonido de la noche. Sus hijos están aullando. Al igual que yo, están dándote la bienvenida.
- Sí, los oigo. Pero es increíble. Están a más de 10 kilómetros de distancia.
- Enfócate un poco más. Podrás verlos.
Se concentró. "Es parecido a caminar a través del aire. A volar. He visto el circular del paisaje hasta llegar a ellos. Los estoy viendo. Son maravillosos. Increíblemente hermosos", describió Mina.
- ¿Sabes? Lo que más me sorprende es que estés aceptando con tanta naturalidad tu nuevo ser. Más teniendo en cuenta que fuiste forzada a convertirte.
- No, no fue así.
- ¿¡Qué!?
- Jonathan me engañó. Llegó con todo el encanto que tanto echaba de menos. Me engatusó. Me sacó a pasear. Me mostró todo lo que rodeaba su nueva identidad. Y acepté convertirme. Entonces, me llevó a un risco. En él hay un cementerio. Y fue la primera vez que vi a Dolengen. Con ella estaba Lucy. La mató delante mío. La degolló tras alimentarse de ella. Su cuerpo lo tiró por un acantilado después de desmenbrarla. Y ahí empezó todo. Su siguiente víctima fue Arthur.
- Maldita... ¿cómo fue que llegó Van Helsing a Londres? ¿Lo sabes?
- No. No me contaron nada. Sólo sé que un día les escuché que los estaba siguiendo. Que lo planeado no iba según lo fijado. No sé más. Fue de casualidad. No hablaban entre ellos estando yo delante suyo.
- Vale, está bien. Cuando vaya llegando la información iremos recomponiendo poco a poco esta locura.
- ¿Y hasta entonces... qué haremos?
- Pues lo primero será descansar. Tenemos que dormir. Mañana te espera un día duro. Además de enseñarte el lugar, tienes que aprender todo lo que te sea posible de aquello que te cuenten las paredes, yo mismo y los lugareños. Así también podrás empezar a controlar tu apetito. Te costará, pero lo lograrás. Te lo prometo.
Después de estar unos treinta segundos más mirando la Luna, dio media vuelta. Y lo vio tumbado en la cama. Estaba dentro de ella. No se percató de que lo hiciera. Y su ropa la había dejado encima del mueble que estaba al lado. En la otra esquina, otro igual estaba destinado a la suya. Fue hacia allí y se despojó de todas las prendas que vestía. Hasta quedarse completamente desnuda. Al meterse, fue serpenteando hacia él buscando su calor. Volvió a apoyarse en su pecho. La fuerza del sonido de su corazón la sobresaltó. "Tranquila, ahora duerme", le indicó. Y así, despacio y sin darse cuenta, fueron sumergiéndose en un profundo y placentero sueño.


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