Un trono tosco y sin decoración
En medio de la muchedumbre, Salem observaba el trono de madera que a partir de entonces gobernaría el mundo. Y aunque inmenso en su tamaño, le parecía tosco. Vulgar. Además, carecía de la más mínima decoración. Más bien... le resultaba una simple banqueta oscura de dimensiones gigantescas. Y estaba vacío. Como si aguardara a la persona que lo ocuparía. Y esto era otro gran misterio. Nadie sabía la identidad de la persona que lo ostentaría.
En última instancia, era la principal consecuencia de la guerra terminada una semana atrás. Si es que podía llamársela de esa manera. La gente corriente, la que desconocía del mundo de la magia, no tuvo constancia de lo sucedido. Y los gobiernos mundiales sólo intuyeron que algo ocurría cuando faltaba menos de una hora para que todo finalizara. Aun así, y habiéndose dado por concluida, no entendían nada. Lo único que pudieron discernir fue que su poder había desaparecido. Que fueron desplazados viéndose como gente corriente en menos que dura el chasquear de los dedos.
Y al día siguiente llegó la gran purga. Un tercio de la población mundial fue eliminada. Nadie comprendía el porqué. Ni cómo sucedió. Desaparecieron, sin más. Sólo quedaron unos pocos restos. Los testigos que pudieron presenciar tales hechos explicaron que, en un suspiro, los que tenían delante se convertían en estatuas. Estas eran grises. Finas y llanas. Conservaban todos los rasgos de las personas transformadas. Incluso sus ropas adquirían esa misma textura. Entonces, en unos diez segundos, comenzaban a desintegrarse siendo esparcidos por el viento. Solamente permanecía una pequeña mancha en el suelo. Y un profundo olor a quemado.
Trató de volver la vista atrás. De averiguar el momento exacto en que todo se echó a perder. Pero no lo lograba. En su mente, los cuerpos de Hilda y Zelda sobre la madera de la sala de estar no cesaban de atormentarle. ¿Cómo llegaron a ello? ¿Qué fue lo que hizo que Sabrina acabara sucumbiendo a la Magia Negra? Y más aún de esa endemoniada manera. Ni siquiera sus antiguas, y propias, ansias de conquistar el mundo llegaron a ser tan maquiavélicas como las de ella. Tal era la falta de humanidad y amor por todo aquello que la acompañó... Harvey, el novio de la chica, la seguía. Pero fue eliminada toda su personalidad. No hablaba. No actuaba. Sólo la obedecía. Lo convirtió en un simple objeto.
Todo desapareció en una semana. Todo el mundo que conocía fue sentenciado. Nada ni nadie de la dimensión mágica pudo hacerla frente. Eliminó a todos sus posibles enemigos uno a uno. Con una meticulosa frialdad que a él mismo le escandalizó. Aunque en el fondo admiraba sus artes. Pero no podía participar de todo aquello. Era demasiado incluso para él. Y sabía que, tarde o temprano, iría en su búsqueda, pues también estaba entre sus objetivos. Y de eso sí sabía la razón. Era el único que podría confrontarla. Pero sólo en el caso de que recuperara su apariencia humana. Por ello, trató de acabarle antes de que sucediera. Y a todos los que pudieran volcarle el hechizo que lo devolviera a la normalidad.
Y ahora estaba allí. Rodeado de una gran masa humana apilándose en la plaza principal de Greendale. Dentro de poco, Sabrina haría acto de presencia. Y anunciaría su futuro reinado. Sí, eso era lo que iba a pasar. ¿Pero en qué estaría basado? ¿Cómo levantaría esa nueva sociedad que venía cacareándose desde hacía dos días? Valerie se encargó de dar la orden de que todos se reunieran. Lo hizo mediante la radio. También la televisión e internet. Y lo que vio en estas dos hizo que le invadiera la desesperanza. Toda la alegría e ingenuidad que una vez contempló en sus ojos... ya no existía. No quedaba rastro alguno. Ahora lo ocupaba la maldad y la codicia. Y unas apretadas prendas de oscuro cuero que resaltaban su silueta.
Además, estaba seguro de que sería la primera en aparecer. La encargada de abrirle paso a Sabrina. Y, tal y como sospechaba, así fue. Atravesó el pasillo que creaba la multitud haciendo que sus estilizados tacones resonaran a casa paso que daba. Detrás de ella, y vestida con un impoluto traje de baile blanco, aquella con la que tantas veces conversó la seguía. Y en su mano derecha llevaba una correa. En el extremo de esta, estando amarrado a un collar, iba Harvey. Sólo vestía un uniforme de masoquista pasivo. Este le cubría por completo el rostro y su boca dejaba ver una mordaza de bola roja mientras sus nalgas estaban descubiertas. Por lo menos, pensó Salem, no le obligaba a ir a cuatro patas.
Avanzaron despacio. Parecían pretender que memorizaran cada pequeño detalle de la que a partir de entonces iba a dirigir sus vidas. Y ella, Sabrina, caminaba suave y decidida con un rostro frío y hermético que no permitía adivinar nada de lo que pensaba. Al llegar a la altura del trono, subió a él sin esfuerzo y observó a la multitud. Harvey quedó a su izquierda. En la derecha, Valerie.
Fue entonces que Salem se dio cuenta de algo terrorífico. Y esto era el sepulcral silencio que presidía la escena. Todo el rato que estuvo ahí nadie dijo nada. No hubo susurros. Tampoco ruido alguno. Daba la impresión de que el mundo se había detenido por completo. Ni siquiera la más mínima respiración era audible. Y eso hizo que comenzara a temblar. Justo ahí, en ese mismo instante, Sabrina pareció sonreír ligeramente. Y comprendió que en todo momento supo del lugar en el que se encontraba. Que notaba su presencia. Y con ese casi indetectable gesto se lo estaba haciendo saber.
Pero tan pronto como esto sucedió, el rígido rostro reapareció. Y la mirada que volcó sobre el público fue penetrante a la par que cautivadora. Estaban todos ensimismados ante su presencia. Y deseando escuchar sus palabras. Comenzó a hablar.
- Voy a ser breve. Directa.
"Orden, pureza y armonía.
"Estos son los factores que compondrán este nuevo mundo. Ni más, ni menos. No le deis vueltas a las cosas. No penséis y todo irá sobre ruedas. Hablad cuando se os pida. Guardad silencio si no os cuestionan. No digáis nada si no suceden estos dos aspectos.
"Ante vosotros estoy. Pero habréis de olvidarme. A partir de ahora sólo seré una leyenda que cobrará forma cuando sea necesario. Aunque me tendréis presente desde el momento en que os levantéis. Y más aún al instante de iros a dormir. Sabéis de sobra que sabré si esto no sucede. Pero confío en vosotros. La muestra de ello está en que estáis aquí.
"No tenéis que tener miedo. No va a pasaros nada. Un futuro lleno de posibilidades está abriéndose ante vosotros. Y por vosotros he cambiado el mundo. Un mundo que será regido por unas breves y sencillas normas.
"1.- No soñaréis.
"2.- No veréis.
"3.- No oiréis.
"4.- No disfrutaréis.
"5.- No volaréis.
"Y con esto doy casi por concluido este acto. A partir de ahora será Valerie la que os hable. Ella es mi voz. Y ella será el instrumento que os dará a conocer mis impresiones. Ya la conocéis. Os es familiar y cercana. Y al igual que a mí, no tenéis que tenerla miedo.
"Pero antes, las últimas palabras que me escucharéis irán dirigidas a Salem. Valerie está sola. Necesita un compañero. Y tú sigues ansiando volver a ser humano. Voy a complaceros a los dos. Pero tú, mi querido confidente, no puedes volver a tener poderes. Sé que siempre la has mirado con lujuriosos ojos deseando dormitar entre sus piernas.
"No, no intentes escapar. Además, sé que no lo harás. Así que no tengas miedo. Sabes que no va a dolerte. No es mi estilo el hacer sufrir a los demás. Lo indoloro es mi virtud. El reflejo de la inmensa empatía que poseo. Además, sin ti nada de esto hubiera sido posible. Tú eres el inspirador de tan magna obra maestra. Eres, y fuiste, la pieza imprescindible que lo edificó. Respira. Estate tranquilo".
La gente que lo rodeaba se separó de él formando un círculo a su alrededor. No sabía cómo iba a suceder, pero sí lo que a continuación vendría. Con un gesto, hizo que Harvey buscara algo debajo del trono. Intuía lo que era. Y el libro que sacó confirmó su intuición. Era un antiguo volumen de Magia Prohibida. Antaño, antes de que lo atraparan, fue el que usó con tal de pretender dominar el mundo. E incluso daba por sentado el conjuro que iba a utilizar.
El joven se lo pasó y ella lo colocó sobre sus piernas. Lo abrió por la página que buscaba. "Serás lo que fuiste, pero sin ser", gritó a los cuatro vientos.
Un remolino de aire comenzó a abrazar a Salem. Era fuerte, intermitente y voluminoso. Lo suficiente con tal de levantarlo por los aires. Pero el pánico no cruzó su cuerpo. El dolor no apareció. Vio sus patas delanteras. El vello moreno y brillante cayendo a una lenta velocidad hasta dejar desnuda su piel. Observó sus garras retrocediendo hasta convertirse en unas uñas normales y corrientes en unos dedos humanos que iban adquiriendo sus formas. Manos. Volvió a tener manos. Y las reconoció. Eran las mismas que un día tuvo. La corriente cesó. Estaba otra vez sobre el suelo. Y Valerie enfrente suyo.
- Toma, mírate en este espejo - le ordenó.
En el reflejo, el rostro de un hombre de unos 40 años apareció. Tenía las incipientes y tan características arrugas de esa edad. Sucedía lo mismo con las ojeras bajo sus ojos marrones. Las cejas y pestañas seguían siendo espesas y morenas. También regresó su particular melena larga y lisa.
- Este soy yo. Este es el que era - susurró.
- Pero ahora eres mío y de nadie más.


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