La marca tras los dos lados de la puerta
Sentía que la cama lo llamaba. Estaba tan cansado que hubiera sido capaz de tirarse sobre ella y quedarse ahí. Sin necesidad de taparse. De ir quedándose dormido mientras el sueño iba dominándolo sin pretensión alguna. O con toda la intención del mundo.
Pero en vez de ello, se despojó de la ropa. Hasta quedarse únicamente en calzoncillos. Y fue a su interior. Retiró la sábana. También la manta. Una vez dentro, disfrutó de la textura abrazando cada centímetro de su cuerpo. Entonces, abrió la cajita de los auriculares inalámbricos. Los colocó en sus oídos y activó el «Bluetooth» del ordenador portátil. Oyó el sonido musical que avisaba al momento de estar en marcha.
Entró en Youtube. Buscó un documental. Su intención era ponerlo y escucharlo como si de la radio se tratara. Fue pasándolos sucesivamente hasta encontrar uno que le llamó la atención. Trataba sobre lo verdadero alrededor de la figura del Jesús histórico. No le hizo falta poner nada en el buscador. Su costumbre de dormir de esa forma hacía que el algoritmo los mostrara sin necesidad de ello.
Lo puso en marcha. Pasados unos cinco minutos comenzó a sumergirse en un placentero relax. Era el prolegómeno antes de quedarse dormido. Y mientras tanto, iba siéndole cada más ilegible el contenido del vídeo. Lo que en él comentaban. No sería la primera vez que le sucedía, ni la última, que al día siguiente lo viera de nuevo. Solía ser al mediodía. A la hora de la comida. Y entonces, como si por arte de magia fuera, solía tener la sensación de que sabía lo que en ellos reflejaban.
Fue así que, en ese estado de profunda ensoñación, algo le despertó de forma brusca. Quizás fue un golpe. Uno tremendo. No estaba seguro. Se quitó los cascos y prestó atención en medio de la profunda oscuridad que ocupaba la habitación. No oyó nada. Sólo el pesado sonido de alguna moto circulando por la calle. Volvió a colocarse los auriculares. Entonces, otro imponente estruendo lo hizo estremecer.
Parecía venir del otro lado de la pared. Del interior del piso colindante. Y eso le extrañó. Llevaba vacío más de seis meses. Y a menos que alguien lo hubiera ocupado sin que él se diera cuenta... debería seguir así. Además, no notó ningún movimiento que delatara mudanza alguna. Pero no estaba siempre en casa. Podían haberla hecho cuando no estuviera. Decidió prestar más atención.
Ahí percibió otro más. Este era más fuerte que los anteriores. Y venía acompañado del chirriar de los muebles. De ese momento en el cual están siendo arrastrados. Vaya, pues sí que había alguien en él. Al ver que los sonidos no cesaban, golpeó la pared. Fueron dos puñetazos secos y duros. Pero no con los nudillos. Usó la parte externa de la mano. El silencio regresó. Al igual que el grueso motor de otra motocicleta que transitaba la carretera de la ciudad. Nada. Todo pareció regresar a la normalidad.
Aunque llegaría el claqueteo de unas pisadas a sus oídos. Atravesaban los pasillos de la vivienda de al lado. Justo hasta llegar a la puerta de la entrada. Lo dedujo porque le pareció escuchar la puerta abriéndose. Y después su cerrar. Con ello, un silencio prolongado durante medio minuto. Y este fue interrumpido por el continuo "ring" de un timbre. Era largo. Prominente. Amplificado por el inmóvil ambiente de tales instantes de la noche. Y era el de su casa.
Maldiciendo a sus nuevos vecinos, se levantó para ponerse la ropa de calle mientras gruñía lleno de ira. Y por el frío que recorrió todo su cuerpo al destemplarse. Renegó de su propia acción. Del hecho de haber golpeado la pared. Pero ya no podía dar marcha atrás. Marchó a la entrada con un paso acelerado al estar enfrascado por la furia que sentía. Pero redujo el ritmo. Con un poco de suerte, si no le oían llegar, podrían pensar que no había nadie. Quizás volvieran a tocar. Pero tarde o temprano se darían por vencidos.
Y cuando estaba a mitad del camino volvieron a accionarlo. Esto hizo que rabiara contra todo. Pero no lo hizo en voz alta. Se contuvo. Lo dejó en su interior mientras iba acercándose muy despacio. Hasta estar a la altura de la mirilla y mirar a través de ella. El pasillo estaba en una absoluta oscuridad. No distinguía nada. De repente, las luces del pasillo fueron accionadas. Apreció una sombra extendiéndose hasta llegar al timbre y reclamarle mediante él.
No hizo nada. Continuó en la misma posición. Tenía la esperanza de que no atisbaran el cambio de luminosidad habido en la diminuta ventanilla. Además, no realizó ninguna maniobra que lo pudiera delatar. No hizo nada desde que encendieron la luz. Volvieron a tocar. Y él seguía sin poder distinguir la figura de aquel que lo hacía. Entonces gritaron.
- ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Ayuda! ¡Déjeme entrar!
La voz era femenina. Pero desde la mirilla no lograba verla. "¿Quién es? ¿Qué quiere?", preguntó alarmado.
- ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Ayuda! ¡Déjeme entrar! - repitieron.
Dudó. No sabía qué hacer. ¿Y si estaba en compañía de alguien? Estaba indeciso. Y temeroso. Se decantó por no abrir hasta que le dijeran su identidad. Podría ser que estuviera acompañada. Que tuvieran pensado hacer algo al momento de que la madera cediera. Pero, de nuevo, escuchó el mismo desgarrador grito suplicando. "¡Por favor! ¡Por favor! ¡Ayuda! ¡Déjeme entrar!".
Se armó de valor. No podía dejarla así. Tenía que socorrerla. Pero antes, volvió a fijarse en lo que el agujerito mostraba. Apareció el busto de una mujer. Iba en camisón blanco. Andaba de aquí para allá en medio del corredor. Y de la impresión que sintió acabo cayendo hacia atrás. Golpeándose fuertemente sobre el suelo. Lo que acaba de presenciar no tenía sentido alguno. Tenía que estar alucinando. Le pareció que no disponía de cabeza. Que estaba cortada.
Levantándose con torpeza, fijó de nuevo su atención en lo que aparecía a través de la diminuta abertura. En esta ocasión, el torso estaba justo enfrente. Y sí, no disponía de testa. La sangre que manaba desde su cuello tintaba de rojo sus prendas. De vez en cuando, la sangre salía a borbotones desde sus arterias seccionadas. Y esto hacía que tuviera semejanza con el agua de una fuente al recrear continuamente sus formas.
- ¡No! ¡No le voy a abrir! ¡Váyase! ¡No le voy a dejar entrar! ¡Déjeme en paz! ¡Váyase! - vociferó instintivamente a la par que el pánico lo dominaba por completo.
La mujer no dijo nada. Sólo se quedó delante de la barrera que los separaba. Bamboleando su cuerpo como si estuviera llevando a cabo una siniestra danza. Al final, daría media vuelta y desaparecería en la distancia del corredor.
Apoyó su cabeza contra la madera. Trató de coger aire. De recuperar la compostura. La calma. Y a medida que lo intentaba comenzó a percibir el frío sudor que recorría cada centímetro de su cuerpo. También el olor que desprendía. Era más fuerte de lo normal. "Debe ser la adrenalina o algo así", susurró lo más bajo que pudo. Y lo vocalizó tratando que eso también lo relajara.
Siguió cogiendo aire. Su corazón palpitaba con fuerza. Sentía sus movimientos estando estos a 100 por hora. También lo percibió en sus oídos. En su sien. En cada extremidad que poseía. Y entonces, apreció un soplo de aire en el cogote. Todo él quedó paralizado. Todo su organismo. Le pareció que la sangre no le circulaba. Escuchó el característico sonido de cuando es raspada la pared con un objeto punzante.
No osó darse la vuelta. Aquello significaba que no estaba solo en casa. ¿Pero cómo podía ser posible? Había recorrido cada parte de ella antes de ir a la cama. Incluso estando tan cansado como estaba. Pero tenía que hacer algo. Tenía que ser rápido. Y se volteó de bruscamente decidido a enfrentarse con lo que pudiera encontrar.
Y ahí, nada más hacerlo, retrocedió una vez más hasta golpear su espalda contra la puerta. Delante suyo, estaba un hombre. Mediría cerca de metro ochenta y cinco. Rondaba los 100 kilos. ¡Pero él tampoco tenía cabeza! ¡También estaba cortada!
- ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Ayúdenos! ¡Déjenos entrar! - dijo casi con las mismas palabras que expresó la mujer.
Presa del pánico, su conciencia fue desapareciendo hasta desmayarse.
Cuando despertó, estaba metido en la cama. Tenía todavía los inalámbricos puestos. Y otro documental aparecía en la pantalla del ordenador. Se llevó las manos a los ojos con tal de relajarlos por la luminosidad que entraba a través de los orificios de la persiana. Entonces, al recordar, dio un súbito salto en la cama hasta quedarse sentado en ella. Todo había sido un mal sueño. Suspiró lleno de alivio, aunque sentía que estaba completamente alterado.
Salió de ella y abrió la persiana. También la ventana. Necesitaba sentir el aire fresco. Despejarse y liberar todo aquel malestar que lo dominaba. Además de tomarse un café. Y fumar un cigarro.
Fue a la cocina. Allí, preparó concienzudamente la cafetera. Necesitaba que estuviera bien cargado. Y mientras esperaba que se hiciera, encendió el pitillo a la par que llenaba un vaso con agua del grifo. Lo bebió despacio. Disfrutándola. Dejando que aclarara su garganta a pesar del tabaco.
Pero algo le llamó la atención. Sobre la mesa habida en el centro notó un folio. Era una hoja de periódico. Y su corazón volvió a dar un vuelco. Estaba convencido. Anoche estaba vacía. No había nada. Instintivamente, y con un gesto torpe pero rápido, la agarró y miró lo que mostraba.
Una fotografía ocupaba un tercio de su total. En ella, dos personas. Un hombre y una mujer. Las reconoció. Eran las mismas que vio en su sueño. ¿Y si no fue tal? ¿Si no fue producto de su mente? Llevaban la misma ropa. Y pudo conocer sus rostros. El de ella era fino y hermoso. Sonreía afablemente. Tendría unos cuarenta años y era rubia. El de él resultaba duro, pero al mismo tiempo agradable. Trasmitía confianza. Calculó que su edad sería parecida a la de la otra persona. Su cara morena calzaba una fina, aunque oscura, barba de una semana.
Prestó atención al contenido de la noticia. Y a su fecha. Era del mismo día en el que estaba. Pero de diez años atrás. La información expresaba que fueron asesinados en su propia casa. Trataron de robarles. El ladrón degolló al hombre después de dejarlo inconsciente de un golpe. Había tratado de defenderse. A ella le hizo lo mismo, pero en el pasillo del edificio. Escapó de la casa pretendiendo pedir ayuda. La atrapó justo delante de su piso. Estaba vacío. Al igual que toda la planta. Al llegar los vecinos del resto del edificio no había nadie. Sólo encontraron sus cuerpos. El asesino escapó.
- ¿Esto qué es? - soltó en medio de un furioso arrebato.
- Nada. Hoy estoy de aniversario. Y creo que he encontrado a alguien que podría acompañarme en la fiesta.
Delante suyo, una figura con pasamontañas apareció. Llevaba un enorme cuchillo en su mano izquierda. Y un hacha colgaba de su cinturón. "¿Cómo has entrado aquí? ¿Quién eres?", preguntó tratando de coger algo que le sirviera de defensa.
- Nadie. Al igual que los fantasmas de la noticia. ¿Crees en las premoniciones? Si no es así, deberías comenzar a hacerlo. A ti tampoco te va a ayudar nadie.



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