La introspección con raíces en el balcón
Su conclusión era que las batamantas debían de ser uno de los mejores inventos de la humanidad. Sobre todo en las frías noches que acompañan a un duro invierno. Pero no por el hecho de poder andar con ellas por casa, o estar tirado en el sofá mientras las vestía, sino porque le servían con tal de disfrutar del horizonte campestre desde el balcón. Sobre todo si la cúpula celeste vestía despejada y, al mismo tiempo, cargada de estrellas.
Y en ese momento, después de practicar un poco de ejercicio y ducharse, lo que más le apetecía era estar en tal situación. En la de disfrutar del paisaje mientras tomaba un cacao bien caliente. Pero antes, decidió fabricarse un pequeño porrillo de marihuana aunque supiera que le costaría un poco fabricarlo por haberse aseado previamente. Pero la habilidad adquirida tras años fumando le sacaría del atolladero.
Así que comenzó a ponerse manos a la obra. Y nunca mejor dicho. Agarró el cogollo de hierba y fue desmenuzándolo con los dedos. Troceándolo hasta dejarlo en diminutos trozos que acompañaría con una pequeña cantidad de tabaco que conformaría la sopa. Acto seguido, y tras mezclar los ingredientes con finura, extendió el papel sobre su palma y la volteó. Con aún mayor delicadeza lo lió hasta darle apariencia de cono. Pasó su lengua sobre el "pega" y lo unió para acto seguido secar la humedad. Era una ganja fresca. Potente. Su fragancia podía apreciarse incluso sin estar encendida. Pero todavía no lo prendió. Lo tapó y cogió la bebida. Fue entonces al balcón.
Una vez ahí, y tirado sobre una vieja mecedora, dio un sorbo. Lo degustó dejándolo en su boca. Saboreando cada matiz al ingerirlo y dejándose llevar por la temperatura que emanaba. Suspiró. Ese momento le supo a gloria. Sería entonces que encendiera el porro mediante un simple mechero «Bic». El mismo que utilizó en toda la operación anterior. La primera calada fue profunda y larga. Dejó todo su contenido en sus pulmones durante un buen rato. Y a carcajadas rio al exhalarlo. Su expulsión le recordaba a lo vertido por las enormes chimeneas de las fábricas.
***
Sin que se diera cuenta, llegó Max, su pastor alemán, colocándose a su vera. Y tumbándose sobre el piso, usó sus dos patas delanteras a modo de almohada. Aunque parecía estar tranquilo, no dejaba de prestar atención a lo que les rodeaba. A cualquier indicio que pudiera ser una amenaza. O sorprenderlos aunque no entrañara ningún peligro. Y él, absorto como estaba bajo los primeros efectos de lo que estaba fumando, le acarició la cabeza. El perro la izó devolviéndole el saludo. Además de pretender que siguiera en tal actitud. Cuando cesó, volvió a darle otro pequeño sorbo a la bebida. Además de una nueva caladita.
- ¿Sabes? Creo que deberías bajar un poco la cantidad de lo que fumas - dijo Max de repente.
- ¿Y eso? Sólo fumo de guindas a brevas. A lo máximo, cuatro a la semana. Justo después de hacer ejercicio. Y es con tal de relajarme.
- No me refiero a eso. Estoy hablando de la cantidad que le echas. Al final, siempre terminas hablando conmigo. Y sabes de sobra que eso es imposible.
- ¿Y? Me dirás que no son conversaciones interesantes. Están cargadas de filosofía y profundidad.
- Sí, lo sé. Son muy amenas. Pero deberías hacer algo con ellas. Tal vez plasmarlas en alguna especie de tesis o algo así.
- Lo había pensado, pero todavía no es el momento adecuado.
- ¿Y cuándo va a ser? Llevas posponiéndolo durante años.
- Antes tengo que hilar una serie de factores.
- ¿Cuáles son?
No contestó. En su lugar, continuó observando el paisaje de la noche. Los dibujos de las parpadeantes estrellas en el firmamento. Las siluetas que las sombras formaban bajo el irradiar de la Luna Llena. Y el sonido de los insectos que pululaban de aquí para allá. O el de las aves y otros animales dando a conocer su presencia.
Dio otra chupadita al peta. También profunda, pero repleta de suavidad con tal de no requemar el contenido. Y dejando el contenido en su interior, bebió otro poco. Sería entonces que soltara todo con una calma prodigiosa. Al acabar, vendría un sorbito.
Miró a Max. Este no había apartado sus ojos de él. Parecía estar esperando una respuesta.
- ¿Nunca te dije que en su día encontré el significado de la existencia? - le preguntó.
- Sí, fue hace un par de años, más o menos.
- Pues estoy tratando de colocar las piezas del rompecabezas. Sucedió hace unos cinco años. Un par de meses antes de ir a la protectora de animales y recogerte. Resultó ser una especie de epifanía. Ese instante me empujó a ir. Allí te conocí. Y fue ahí que viniste hacia mí sin siquiera llamarte. Era como si supieras que nuestros destinos estaban conectados.
- Pues no me acuerdo. Era una cría bastante pequeña. Tal vez sólo quería jugar.
- Quizás... al principio pensé eso. Pero había algo en tu mirar que me dijo que todo estaba predestinado. Que llegarías a ser una pieza clave en la resolución del comecocos cuyas partes aparecen y desaparecen de forma desordenada.
- Vaya, pues en caso de ser así... lo único que te puedo decir es que no soy consciente de ello. Y que si ese vaticinio está cumpliéndose... no lo hago de forma consciente.
- Sí, lo sé. Hace tiempo que lo percibí. Aunque nunca antes te lo haya dicho.
- Bueno, pues volvamos a lo importante. ¿Qué conclusiones sacas sobre el porqué de la existencia?
- Todavía no te puedo revelar nada. Aunque tengo varias hipótesis, he de estar seguro de que las partes encajen. Entonces será que te lo pueda comunicar. Pero hasta entonces habrás de esperar. Habremos de tener paciencia. Mucha paciencia.
- Comprendo...
Ambos conocían perfectamente el momento que a continuación solía presentarse. El silencio tomó volumen sin ninguna señal que lo avisara. Era, además, un especie de profundo conocimiento entre los dos. En un acto de compleja intuición, sabían que la conversación daría punto final. Aunque comprendieran a la perfección lo que cada uno pudiera comentar a partir de entonces solamente observando su lenguaje corporal. Y ese instante era el elegido con tal poner en marcha la radio. Primero, escuchaban las noticias. Después, un poco de música hasta terminar el canuto.
***
Pero ese día el timbre interrumpió su momento de relajación. Max se levantó por la impresión. Estaba un poco alterado. ¿Quién podría ser?. "Es Laura, una compañera del trabajo". El perro lo observó sorprendido. Parecía estar diciéndole que debía haberle comunicado que vendría. Pero que, en el fondo, era bienvenida. "Tranquilo, es una persona encantadora. Te va a gustar. Os vais a llevar muy bien", dijo mientras le acariciaba nuevamente la cabeza. Esto hizo que recuperara la calma.
Entonces, tomó dirección a la puerta. El perro le seguía lleno de curiosidad. Estaba deseando conocer a la visita. Nada más llegar a la puerta, Max observó que su amigo se detenía ante ella. Parecía nervioso. Cogió aire tratando de relajarse. Entonces, estiró su mano, giró el pomo y la abrió. Una mujer morena de unos 35 años apareció. Su piel era tostada; se notaba que le gustaba tomar el sol. Y esto realzaba su increíblemente oscura y lisa cabellera. También sus ojos del mismo color del chocolate. Medía casi metro setenta y dibujaba una radiante y carnosa sonrisa carmesí.
- Hola, como te prometí, he traído la cena. Arroz frito y rollitos de primavera.
Se dieron dos besos a modo de cumplido. "Anda, pasa, que te vas a quedar congelada. Esta noche es bastante fría". Y lo hizo internándose al abrigo del calor habido en el interior de la casa. "Por cierto, te presento a Max".
Sólo entonces fue que el animal se acercó a ella. Y esperó a que esta se agachara con tal de saludarle para que él hiciera lo mismo. "Qué perro más bonito y cariñoso. Por cierto, ¿dónde puedo dejar las bolsas?".
- Dámelas, anda. Las llevaré a la cocina. Y si te apetece, toma de lo que estaba fumando. No queda mucho, pero está muy bueno.
- No, gracias. Ahora mismo no me apetece. Pero sí que me vendría bien un poco después de cenar.
- Ah, de acuerdo. No hay ningún problema. Y ahora... por favor, sígueme.
La guió a la sala de estar mientras Max acompañaba a Laura. Al llegar, su centro estaba presidido por una pequeña mesa con la cubertería y platos a cada extremo. "Por favor, siéntate y déjame servirte un vino. Quiero hacer los honores".
- De acuerdo.
- Por cierto; estaba escuchando las noticias. ¿Quieres que nos acompañen o ponemos música?
Laura trató de disimular su nerviosismo. No dejaba de analizar cada pequeño detalle de la vivienda. "Me gusta; es simple y acogedora. ¿Qué me habías dicho?".
Su anfitrión rio. Le pareció que seguía siendo igual de despistada que en el trabajo.
- Que si quieres que deje las noticias o si pongo música...
En un principio, la mujer dudó. Pero, al final, se decantó por una de las dos opciones. "Deja las noticias"...


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