La conversación sentados en el banco
Con un gesto de su mano lo invitó a sentarse. Era un trozo viejo de madera sobre dos rocas haciendo las veces de banco. La seña lo sorprendió, pues estaba de espaldas a él. No le podía haber visto llegar, por lo que dedujo que habría percibido el sonido que creaba cada paso que daba al ir acercándose. Ante esto, aceptó la oferta y se colocó encima del pedazo de leño. Los hombros de ambos quedaron casi a la par.
- ¿Sabes? Lo único que me pesa del paso de los años es este dolor que siento en las manos. A veces parece como si dentro de ellas circulara arena en vez de sangre.
Cuando dijo esto a modo de bienvenida, el visitante observó el semblante de su antiguo maestro. A sus 70 años, tenía el rostro completamente envejecido. Gastado por las horas bajo el Sol, su oscura tonalidad hacía todavía más palpable los surcos de las marcas de la vejez. Aún así, al momento de verle sonreír, notó que sus afables características seguían presentes. "¿Y ahora cómo te ganas la vida?", quiso saber.
- Resulta curioso. Antes me llamaban pescador de hombres, incluso pastor. Y me he convertido en uno de estos últimos. Con este mal que aqueja mis manos no puedo trabajar la madera, ni siquiera la cerámica. O cualquier otra actividad que antes hiciera. Todas esas de antes de comenzar mi predicar.
- Es algo que a todos nos pasa factura. Tardemos más, tardemos menos, la edad siempre hace mella. En mi caso, no puedo andar tanto como antaño. Tengo que tirar de un burro con tal de desplazarme. Y a veces hace que parezca que estoy tomando tu lugar. Aunque sea sólo durante un rato, creo creer saber lo que sentiste cuando entraste a Jerusalén en uno de ellos.
- Demasiada fanfarria. Y espectáculo. Hicimos mucho ruido cuando pasó. Entonces ya sabía que eso iba a suponer una tragedia. Y, por desgracia, no me equivoqué.
- Entiendo... y, al final, tú también has ocupado mi lugar, tal y como hice cuando cargué por un momento la cruz.
- No, no es eso. Es una forma de agradecerte lo que hiciste. Tomé la decisión antes de que el mal de manos arrancara. Compaginaba los dos oficios. Pero, al final, tuve que dejar el que me era natural.
- No hacía falta tanta gratitud...
- Tal vez, pero es mi forma de ser.
Guardaron silencio. Entonces, su antiguo maestro levantó el brazo a la par que señalaba una dirección. "¿Ves las ovejas de allí?", indicó.
- Sí.
- Al lado de ellas están jugando cuatro chavales. Dos de ellos son mis nietos. Los otros son sus primos.
- ¿Al final te casaste con Magdalena?
- No, ella falleció poco después de empezar la travesía junto al tarseño. Los otros dos chavales son los nietos de la hermana de mi mujer.
- Vaya, no sabía lo de Magdalena. Era muy buena persona. Tenía un corazón enorme.
- Sí, lo era. Lo tenía.
Tras esto, pareció comenzar a meditar. A rememorar el pasado. Pero no lo hacía con tristeza, lo hacía con pasión. Una nueva sonrisa volvió a aflorar en su rostro. "¿Sabes? Al casarnos, me fueron dadas las 30 monedas de plata. Judas las recuperó. Decía que era mi compensación por la traición de Pedro. Que me las ofrecía por todo el pesar que me rondaba. Y aunque logré que cejara en su empeño, no dejaba de insistir en que deberíamos haber usado ese dinero con tal de acabar con él. Estos zelotes y su manía de tener sicarios... menos mal que Simón también metió baza y logró convencerle. Hizo bien cuando en su momento se alejó de ellos".
- Ya... pero la traición sigue presente. Al final, Pedro creó una nueva religión basada en tu figura. Hasta afirma que fuiste el primer cristiano.
- Sí, lo sé. Pero viví, vivo y moriré como judío. No tengo nada que ver con eso, con esa nueva religión. No me interesa. No tiene ningún sentido. Y, en el fondo, lo mismo me pasa con el judaísmo. Cumplo con mis obligaciones, nada más. Nuestra revolución fue social, no religiosa ni mística. ¿Que quiere pasar a la historia por ello? Vale, perfecto. Desde su punto de vista, todo era cuestión de poder. Y así lo ha ido haciendo. Hasta ahora que ha sido ajusticiado en Roma. El gesto de ponerle cabeza abajo podría ser hasta algo de eso que llaman justicia poética.
- ¡Pero sus seguidores continúan dando a conocer su palabra a través de tu figura!
- Sí, lo sé. Y la única esperanza que teníamos era el tarseño, pero él tambien terminó sucumbiendo ante sus garras. Dicen que no es así, pero actúa con la misma actitud. No sé qué sucederá en un futuro, pero todos esos que dicen seguir mi palabra terminarán desmenbrándose en infinidad de grupúsculos. No va a quedar nada de mi forma de pensar. Está completamente tergiversada. Sólo me queda esperar.
- ¿Esperar? ¿Esperar a qué?
- Al día que me toque descansar. He logrado pasar desapercibido. Vivo en el anonimato. Sólo conocéis mi paradero cuatro de vosotros. Y es lo mejor. Quedarme al margen es lo más correcto, aunque me llegan noticias del exterior. Por decirlo de alguna forma, sigo estando informado. Pero mi labor terminó en el momento en que comenzaron a rondar los rumores de que había resucitado. Desde el momento en que fue convertido en un hecho fundamentado en la certeza.
- Maestro...
- No me llames así, sabes que no me gusta.
- Lo sé, pero al igual que a Arimatea, se me hace bastante complicado.
- Bueno, no tiene importancia. ¿Qué querías decirme?
- Pues... que todavía hay una posible alternativa.
- ¿Qué quieres decir?
- Podríamos... nosotros cuatro podemos escribir su vida. Su mensaje, si lo prefiere. Y no alterar ninguna coma de ella. El siguiente paso sería enterrarla y dejar que corra el tiempo. En un futuro, cuando sean descubiertos los textos, al revelarse la verdad, todos aquellos que usurpan su palabra verían aniquiladas sus pretensiones.
- No serviría de nada.
- ¿Cómo?
- Ya te he dicho que, aunque aislado y en el anonimato, sigo estando informado.
- ¿Qué quiere decir?
- Pues que eso que me estás proponiendo ya lo han hecho. Y han terminado incluyendo partes mágicas y mitológicas. Han vuelto a recurrir al misticismo para hacer más bellas mis palabras. Al final, le han dado otro giro de 180 grados a aquello que prediqué; si es que en realidad puede llamársele de esa forma.
Enmudeció ante lo escuchado. ¿En serio no podían hacer nada? Era imposible. Él mismo vio la turba formada tratando de protegerle cuando sufrió su calvario. La manera en que lo sacaron de allí sin que los romanos se dieran cuenta. Aquella gente abogaba por su lucha social. No creían en milagros. En su mensaje no hablaba de Dios ni de ningún Reino. ¿Cómo era posible que hubiera sido todo tergiversado? "¿Quiénes han sido los que lo han hecho?", preguntó.
- Aunque te resulte increíble creerlo, pastores. Gentes a los que, en un principio, les llegó mi voz y lo que era mi vida. Y después todo el misticismo que había alrededor de ella.
- ¿Y dónde están? Todavía estamos a tiempo de destruirlo y hacer que todo vuelva a su punto de origen.
- No, querido mío. ¿No te das cuenta? Ya hay demasiado sobre ello. Ya no queda nada de lo original. Ahora, lo único que queda es que la cosa siga su curso natural. Tal vez, y de la misma forma, todo sea revelado.
- ¿En serio? ¿No va a hacer nada? ¡Es su vida! ¡Su palabra! ¡Su obra!
- No has prestado atención. Vuelve a fijarte en mis dos nietos. En sus dos primos. ¿Los ves?
- Sí.
- Esa es mi obra definitiva. Y espero que no lleguen a saber nada sobre la persona que fui.
- ¿Cómo? ¿Qué quiere decir con ello?
- Mi legado será que lleguen a tener una vida normal. Una vida feliz y plena.


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