La complejidad de la compatibilidad genética
- ¿Te duele?
- No, o por lo menos no en el mismo sentido en que vosotros sentís el dolor.
Nada más decir esto, agarró el dedo índice de su mano izquierda con la derecha. Parecía dislocado al estar completamente echado hacia atrás. Lo estiró pretendiendo recolocarlo. No emitió ningún sonido. Ningún gesto que denotara malestar dibujó su rostro. "Nuestra composición es similar a la plastilina; aunque también tiene semejanza con los fluidos newtonianos. Es la única forma mediante la cual te lo puedo describir con tal de que lo entiendas".
- ¿Y por qué me lo cuentas?
- Pues no lo sé. Puede que quisiera compartirlo con alguien ajeno a mi especie. Llevamos conviviendo con vosotros unos 5.000 años. Quizás me pesa demasiado la carga del secreto.
- ¿5.000? Pero si llevas una vida normal. Trabajas en una oficina y dispones de vida social.
- Hay que aparentar que somos personas iguales a vosotros. Nosotros también tenemos que sobrevivir.
- ¿Y cómo lo haces? ¿Cómo has logrado pasar desapercibido durante tanto tiempo?
- Con identidades falsas. Hasta hace poco era bastante sencillo. Pero con las nuevas tecnologías, con las maneras que actualmente hay a la hora de censar a la gente, es más complicado. Son demasiados trámites. Ya sea en los de defunción de una antigua personalidad o al crear una nueva.
- No lo entiendo. ¿Sois inmortales o algo así?
- No, qué va. ¿Has oído alguna vez eso de que el oxígeno es el mayor veneno que hay en este planeta? ¿Que este os oxida y que por eso envejecéis?
- Me suena de algo.
- Pues en nuestro caso es al revés. Nos hace más fuertes. Hace que nuestra vida se alargue hasta límites que ni siquiera podemos imaginar. Hasta la fecha, de los 2.000 que llegamos ninguno ha fallecido por causas naturales.
- ¿No podéis morir?
- Claro que lo hacemos. Pero para ello tienen que cortarnos la cabeza, por ejemplo. Alguno que otro de nosotros ha muerto por participar en vuestras guerras.
- ¿Y por qué lo hicieron? A tomar partido en ellas, me refiero.
- Ya te lo he dicho. Tenemos que aparentar normalidad. Y en su momento les parecería lo más conveniente.
Guardó silencio. No sabía qué más decir. Observó su rostro. No había ninguna diferencia con respecto al de un hombre "normal". Su apariencia era masculina. La de un varón que todavía no había llegado a los 40 años. Aunque dura, la imagen de su cara era amable. Y trasmitía confianza. Los ojos marrones bajo unas oscuras y finas cejas ayudaban a ello. Lo mismo sucedía con la barba de una semana que portaba. Y esta resaltaba sus rojizos y gruesos labios a la par que la redonda y calva cabeza resultaba agradable.
Sin saber por qué, alargó su mano y la puso sobre la de él. Apretó suavemente y la retiró. Sorprendida, vio la marca que dejaba por la presión. La forma en que regresaba a la normalidad. "Me recuerda... me recuerda a cuando tenemos retención de líquidos", susurró.
- Pues mira. Hasta ahora no lo había pensado. Pero sí, resulta bastante parecido.
En ese momento, el silencio pareció convertirse en un muro que los separaba. Ella, a través del verde con ribetes marrones de su mirada, no dejaba de observarle. Estaba fascinada. Y él se sentía maravillado por su media melena completamente lisa y morena. Esto realzaba aún más la blancuzca tonalidad de su semblante. Y qué decir de lo rosados que resultaba ser los contornos de su boca. "¿Te apetece tomar otro café?", le dijo mientras seguía ensimismado por presencia.
- Sí, ¿por qué no? Pero dime una cosa. Creo comprender el vacío que sientes, ¿pero por qué me lo dices? ¿No podrías haber escogido a otra persona?
Él sonrió a la par que encogía los hombros. "Nos conocemos desde hace seis años; eres una persona de las que hace quererse sin proponérselo. Además, siempre estás dispuesta a escuchar a los demás".
- Vaya, nunca me habían dicho nada parecido. ¿He de sentirme halagada?
- Pues no lo sé. Eso dependerá de ti. Sobre todo teniendo en cuenta lo que te acabo de contar. Quizás no soportes guardar el secreto. Puede que te sea imposible aguantar el peso que supone. Aunque también hay otra razón por la que te lo he contado.
- ¿Cuál es?
Suspiró. Parecía dudar entre decírselo o no. Sobre si debía hacerlo. "Primero... lo primero que debo decirte es que voy a hacerte una propuesta. Y que, elijas lo que elijas, no recordarás nada. Después, desapareceré. No me recordarás. Ni tú ni nadie de los que nos conocen. De la gente que tenemos en nuestro círculo común".
- No me hagas reír. ¿Y cómo se supone que vas a hacerlo? ¿Me vas a lobotomizar en plan «Men In Black»?
- No. Es algo físico. Biológico. Eso en cuanto a lo que te concierne. Respecto a los demás... usaremos nuestra tecnología para ello. Y sí, podríamos decir que en ellos sería algo similar.
- No me creo nada de lo que me dices. Creo que me tomas por tonta. Y que quieres aprovecharte de mí. Y que lo harás con la excusa de que te he invitado a mi casa.
- Bueno, en el fondo necesitaba un lugar en el que te sintieras cómoda. Que te fuera familiar. Y más teniendo en cuenta lo que tengo que pedirte.
- Venga, déjate de bromas. Aunque te voy a seguir el rollo. Aunque sólo sea un poquito. ¿Qué es lo que quieres y qué papel juego en todo ello?
De repente, su rostro pareció convertirse en un busto de mármol. No mostraba emoción alguna, pero unas finas lágrimas comenzaron a surcarlo. "Necesito... necesitamos... necesitamos tener descendencia; y por suerte, aunque te ruego que no me pidas que te explique cómo es posible, nuestras dos genéticas son compatibles".
"La criatura que naciera sería un híbrido, tal y como en su momento lo fueron los nacidos de las uniones entre neandertales y los sapiens que llegaron a Europa. Tendrá lo mejor de lo vuestro y lo nuestro. Y quizás también lo malo.
"Pero no va a ser un ser peligro. Ni para nosotros ni hacia vosotros. Es más, en cuanto llegue, me lo llevaré. Y como te he dicho antes, no recordarás nada de lo sucedido. Todo será muy rápido".
- ¿Pero qué cojones me estás contando? ¡No tiene ni pies ni cabeza! Además, sabes de sobra que no quiero tener hijos. ¡No estoy dispuesta a portar con una criatura en mi interior!
- Aquí viene lo curioso. Eso no te correspondería. El niño se formaría dentro mío.
- ¿Qué?
- Es una peculiaridad de nuestra especie. A pesar de nuestra apariencia, no tenemos género. Por decirlo sencillamente, juntamos nuestra genética y decidimos cuál de las dos partes engendrará. No tendrás que soportar la carga. Y te lo repito, no recordarás nada.
En cuanto terminó de escuchar esto último que decía, se le cayó al suelo la taza en la que tenía el café. Acabó partiéndose en mil pedazos. "¿En serio crees que voy a tragarme toda esta sarta de tonterías?".
- Has visto con tus propios ojos la diferencia que hay entre nuestras pieles. Además, si lo cuentas, nadie va a creerte. No voy a hacerte daño, ni obligarte a hacer algo que no quieres. Pero insisto, decidas lo que decidas, no recordarás nada. Tendré que borrarte la memoria.
Guardó silencio ante esto. Algo en su interior comenzaba a removerse. Por lo menos una creciente curiosidad por saber cómo lo haría. Sobre qué pasos serían los que llevarán a cabo.
- ¿Y qué se supone que tengo que hacer con tal de ayudarte?
- Sólo has de darme un abrazo. Entonces, te absorberé y acabarás introduciéndote en mí. Después, pasado medio minuto, te expulsaré tras haber unido nuestros genes. No te dolerá. No sufrirás.
Con tal de relajarse, comenzó a recoger los pedazos de la taza rota. Y rompió a llorar. "¿Me estás diciendo la verdad? ¿Pase lo que pase no voy a recordarte? ¿Vas a desaparecer? ¿Así, sin más?".
- Sí. Por mucho que me duela, así será
Sus sollozos aumentaron en intensidad. Y él terminó acompañándola. Se la acercó y trató de acariciarle el rostro. Pero ella apartó su mano y puso la suya sobre la de él. Las lágrimas de ambos brillaban con intensidad bajo la clara luz de la lámpara de la cocina. "¿Vas a irte? ¿En serio te vas a marchar?".
- Sí, eso es lo que haré.
- Abrázame. Aunque no lo vaya a recordar, quiero sentir tu calor.
Lo hizo. Y ella le devolvió el gesto. Ambos lo hicieron con fuerza, pero en medio de una inmensa ternura. "Duerme, tranquila", susurró. Nada más pronunciar estas palabras, su piel fue arropándola hasta cubrirla por completo. Una especie de capullo fue formándose. Al concluir su construcción, fue retrocediendo paulatinamente hasta regresar a su punto de origen arrastrándola con él. No hubo gritos. No hubo dolor. Sólo quedaron sus lágrimas en la más absoluta soledad.
A continuación, se dirigió a la habitación. En cuanto llegó a los pies de la cama, la piel volvió a expandirse. Pareció ir deslichándose hasta que de nuevo apareció la figura de ella. Los tejidos volvieron a retroceder para regresar a su lugar de origen. Le dio un nuevo abrazo y la levantó en volandas. Entonces, la tumbó y arropó acariciándole acto seguido la frente. También dejó un suave beso sobre ella. Dormía con placidez. Estaba tranquila. En sueños sonreía.
Él le devolvió el gesto. También sonrió mientras seguía llorando y se llevaba las manos a su vientre. Este comenzó a agrandarse. A hincharse. Despacio, de él fue emergiendo la cabeza de un recién nacido. A este le siguió su cuerpo hasta del todo emerger. Lo acunó entre sus brazos cuando arrancaron sus primeros sollozos. Lo arrulló. Le cantó logrando tranquilizarlo. Sería entonces que volviera a agacharse sobre ella y le diera otro beso en la frente. "Gracias", expresó con una voz entrecortada. Abandonaría entonces el piso sin hacer ruido. Sin dejar señal alguna que lo delatara.


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