SOMOS DISTINTOS, SOMOS IGUALES
20/II/2021
Las lágrimas y la sangre,
dos elementos siempre tan enraizados
en la condición humana.
Parece que nos olvidamos de toda su importancia
por el desahogo que otorgan las primeras,
la forma de purificar
nuestro siempre tan personal espíritu.
El otro factor es el que encierra
nuestras más profundas raíces.
Esas primeras emergen
en el depender del marcado contexto,
con la situación personal,
y, partiendo de ahí, el peso del precio de toda su valía
no radica por cómo son derramadas.
Cada una, todas las almas,
enfocará con todas las entrañas sus
densas sensaciones, la manera
de florecerlas o esconder.
De alegría o pena suelen ser
y parecen emanar desde el interior
de la que es nuestra coraza.
Esa misma que parece ser forjada por la historia
de todos aquellos que antes caminaran
entre las tan intrincadas
lindes de páramos curvos; bosques con un
vigor que, incluso, llegan a alcanzar
desiertos de luz inerte.
Desde todo ese parecer
que parece que tenemos programado
suelen salir las respuestas
(de una forma inconsciente) grabadas desde la lejanía
de edades que nos serán desconocidas
habiéndose de combinar
entre las enseñanzas dadas in situ
desde la sangre y lo que nos rodea
con cada paso que crece.
La moraleja se vuelve
en algo muy particular en cada uno.
Será propio y tan personal
que radicaría en la naturaleza de la consciencia
habiendo de adquirir esa tonalidad
desembarcando por el mar.
Es la frágil construcción de un espíritu
individual que se ha de alimentar
con lo que le rodea y ceden.


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