La dualidad del frágil equilibrio
20/I/2020
No sacó ningún conejo de la chistera. Parecía que únicamente extrajera lo que tenía guardado en su mente transformándolo en un cuento para contar a la hora en la que las brujas toman el té. Serviría con tal de aliviar el temor que sentían en los ratos donde lo mágico resultaba tener dos vertientes.
La primera traía consigo luz y clarividencia. Servía en el fortalecer de los corazones ante el pavor y oscuridad que arrastraba lo que acechaba agazapado en las sombras. Observando fijamente desde una distancia prudencial la forma en la que iban reuniéndose.
Por lo tanto, esas horas en las que se juntaban parecían tener dos lados que resultaban complementarse. Sabían de los momentos en los cuales se protegían mediante la compañía de otros a la luz de una hoguera en la que sacar adelante los conocimientos que adquirían día tras día.
Era el lado donde se enriquecían salvándose de las sombras. Una sombra que también estaba representada en la parte de los que se sentaban alrededor del fuego. La de las mentes que no querían compartir el conocimiento adquirido. Además de aprovecharse buscando el beneficio propio; incluso tratando de imponer su postura ante lo aprendido.
Consistía, pues, en un equilibrio delicado donde las dos partes luchaban entre sí. Pero que, en el fondo, debían necesitarse entre ellas. Pasaba lo mismo en la naturaleza que observaban. Esta estaba en constante equilibrio. Todo estaba retroalimentado.
Desde la tierra a los carnívoros más grandes. Y es que estos, tras fallecer, servían de base a la tierra para que surtiera de alimento a las plantas. Y estas a los animales más pequeños.
Era un círculo que iba desde abajo hasta arriba volviendo a comenzar. Pero al momento de quebrarse una de las una partes, al romperse ese delicado equilibrio, la oscuridad reinaba imponiendo su amargura con mano de hierro.

Comentarios
Publicar un comentario