Las dudas previas a entrar en la habitación




«No molestar». El cartel colgaba del pomo de la puerta. Brillaba. Relucía. Resplandecía ante la fina luz de las lámparas del pasillo. Estaba plastificado, pero gastado en sus esquinas por lo viejo que era. Y nada más verlo, no supo qué hacer. Tenía la llave de la habitación en la mano derecha, dispuesta a abrirla. La hubo recogido cinco minutos atrás. Tal vez menos. Debido a esto, el letrero no tendría que estar ahí. Debía estar desocupada. Vacía.

Su primer impulso fue regresar a recepción y protestar por lo que sucedía. Aunque, después, pensó que, quizás, las personas de la limpieza hubieran olvidado retirarlo. Así que, tras discurrir durante un breve rato, optó por introducirla en la cerradura y entrar en el cuarto. Pero en cuanto fue a hacerlo, frenó. Escuchó un extraño sonido que provenía de su interior. Incluso le pareció oír un quejido. O eso creyó.

Trató de prestar más atención. Los sonidos eran muy bajos. Casi inaudibles. Por ello, acercó su rostro hacia la madera y colocó su oreja izquierda sobre ella. Esto hizo que lo que desde dentro venía fuera incrementado. Aunque sólo un poco. Sí, allí dentro había algún tipo de movimiento. Pero era incapaz de descifrar lo que era. Volvió a dudar. ¿Tenía que entrar o no? Estaba dubitativo. ¿Qué era lo que debía hacer? Finalmente, se decantó por comunicarlo al personal del motel.

Bajó por las escaleras que tenían su acceso justo al lado de la habitación. El ascensor estaba en la otra punta del pasillo, por lo que tardaría menos si escogía la primera opción. Además, el dormitorio era uno de los del primer piso, por lo que en menos de dos minutos llegaría al vestíbulo de bienvenida. Pero antes habría de bajar unas escaleras de caracol dirigidas en dirección contraria a las agujas del reloj. Y ya en su base, girar a la izquierda mientras dejaba atrás el rellano que dedujo daba paso a las zonas privadas.

- Hola, Simón - le dijo al muchacho tras el mostrador en cuanto llegó -. Sucede algo raro. La habitación que me habéis dado está ocupada. Tiene puesto el cartelito de «No molestar».

- No puede ser - contestó -. El servicio de limpieza lo ha dejado media hora antes de que usted llegara. ¿Era la 117, verdad?

- Sí, esa misma.

El joven, indicándole mediante un gesto de su mano que tuviera paciencia, comenzó a trastear en el ordenador. "Está vacía. Eso me indica el programa interno", señaló a continuación.

- Pues te juro que tenía puesto el letrero. Además, dentro de ella se oían unos ruidos muy raros.

- Bueno, quizás siguen ordenando el cuarto. Pero me parece muy extraño. De ser así, lo habrían comunicado. Quizás se han despistado. ¿Le parece que suba con usted y lo comprobamos?

- No, no tengo ningún problema con ello.

- De acuerdo, ¿sería tan amable de seguirme?

- Vamos, adelante.

El chico salió del habitáculo que guardaba la zona de admisión y, después de indicarle que fuera tras él, avanzó hacia el ascensor.

Una vez allí, presionó el botón que lo ponía en marcha. En menos de 20 segundos llegó abriendo sus puertas. "Estaba en el primer piso. Por favor, pase", le pidió el joven. Una vez dentro, este último intentó romper el hielo. "¿Viene por temas de trabajo u ocio?".

- De trabajo. Pero me quedaré un par de días después de ello. Tengo unas viejas amistades a las que no veo desde hace mucho tiempo.

En ese momento, los portones se abrieron despacio una vez alcanzado el elevador su destino. "Usted primero, por favor", señaló el empleado.

Estando fuera, tomaron rumbo a la habitación. "La que le ha sido concedida es pequeña, pero agradable. Y dispone de muy buena iluminación. A través de la ventana podrá ver la grandiosidad de la ciudad".

- Lo sé. Estuve en ella hace cuatro años. Fue por otro viaje de negocios. Al realizar la reserva, lo primero que hice fue interesarme por si estaba libre. No lo dudé en ningún momento. Pedí que me la adjudicaran.

- Vaya, deduzco que, en su momento, quedó satisfecho con nuestros servicios.

- Así es. Resultó ser una estancia bastante agradable. No pasé mucho tiempo en el motel, pero los ratos en los que estuve encontré todo lo que necesitaba.

- Me alegro de que haya vuelto a contar con nosotros.

- No te lo tomes a mal. Pero también hay algo de aquello de «más vale malo conocido que bueno por conocer». Por decirlo de alguna forma, soy alguien que necesita de la rutina. Más que nada por el ritmo de vida que conlleva mi trabajo.

- ¿Y en qué trabaja? Si no es molestia la indiscreción...

- Pues....

En ese instante, al momento de ir a revelar su oficio, llegaron a la puerta del dormitorio. Se quedó sorprendido. En ella no había ningún cartel. "Te juro que estaba colocado". Fue lo único que alcanzó a decir tras sobreponerse de la impresión.

- Tranquilo. No pasa nada. Fijo que es lo que le he comentado antes. Los de la limpieza habrán tenido algún despiste. Alguien comunicaría que habían acabado mientras seguían con su cuarto. Es un pequeño contratiempo sin importancia.

- Sí, la verdad es que, por mi parte, no va a haber queja alguna al respecto. Son cosas que pasan.

- Gracias por su comprensión, señor.

- Por favor, no te dirijas a mí con ese título. Hace que me sienta mayor.

- Lo que prefiera. ¿Me permite que abra la puerta por usted?

- Sí, hazlo. Adelante.

El chico sacó un llavero que contenía un puñado de ellas.

- Sólo tengo que encontrar la maestra, deme un segundo.

- Tranquilo.

- Ya está. La encontré.

Nada más decir esto, la introdujo en la cerradura. Escucharon su sonido al llevar a cabo la operación. También el correspondiente a cuando la giró con tal de anular el sistema que la bloqueaba. Nada más hacerlo, y comprobar que cedía, la fue abriendo con tranquilidad. Todo estaba a oscuras, pues habían cerrado las cortinas y persianas a cal y canto. "Qué raro...", murmuró el chico mientras buscaba con su mano izquierda el interruptor de la luz.

En cuanto esta fue prendida, el trabajador emitió un grito de pavor. Y él se quedó mudo. No podía expresar nada por lo que tenía delante.

Ahí estaba la misma cama que había ocupado hacía tanto tiempo atrás. Sobre su cabecera, en la almohada, la cercenada testa de una chavala los miraba con unos ojos abiertos de par en par. El gesto de su rostro delataba su miedo. Aunque también incomprensión. Debajo de ella, su seccionado tronco cubría el centro del mueble. Y a sus lados, las arrancadas extremidades estaban en su lugar correspondiente. Aunque separadas del cuerpo.

- Es Lúa, es Lúa...

Fue lo único que el chico pudo decir entre sollozos. Y él, mientras la conmoción lo abrumaba por lo que estaba presenciando, no podía apartar la mirada de las sábanas. Estas, pese a ser de un blanco impoluto, iban adquiriendo un tono carmesí al ir coloreándolas la sangre. De repente, percibió su olor. Una punzada en el estómago le hizo estremecer. Era un dolor insoportable. Tanto que comenzó a sentir cómo las arcadas acompañaban la sensación. Vomitó y, acto seguido, un frío sudor empezó a empaparle a la par que luchaba por no perder la consciencia.



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