El momento en el que por las tardes es escuchado el sonido de los insectos
La claridad entraba a través del estrecho agujero habido en la pared. Mientras sus ojos iban acostumbrándose a la claridad, trató de reconocer el lugar en el que estaba. La habitación en la que se encontraba. Pero la estancia le era completamente desconocida. Entonces, reconoció una voz proveniente desde su flanco izquierdo. "Maestro, ¿qué tal te encuentras?". Distinguió su tono suave y pausado.
- ¿Dónde estoy? - quiso saber.
- En mi casa. Te desmayaste en mitad del trayecto. Una multitud te rodeó pretendiendo salvarte.
- ¿Cuánto llevo aquí?
- Una semana. Has estado inconsciente todo este tiempo.
Observó el rostro de su anfitrión. La cómoda vida que llevaba estaba reflejada en él. Y este era moreno, agradable; incluso fino teniendo en cuenta la figura de las barbas oscuras y espesas que portaba. Su marrón mirada brillaba por las lágrimas que iban acumulándose y no terminaba de verter. "Si tienes que llorar, hazlo. Te sentirás más aliviado", le dijo intentando calmarle.
- Maestro, sé que no es el momento más indicado, ¿pero qué vas a hacer a partir de ahora?
Nada más oír esto, trató de levantarse. Pero su cuerpo se lo impidió. Cada centímetro de él soportaba un dolor inmenso. Podía sentir cómo fueron provocadas cada una de las heridas. Incluso era capaz de descifrar cada herramienta que las infligieron por los dibujos de sus marcas. "¿Qué hago aquí? Tendría que haber terminado mis días en las laderas del Gólgota", expresó mostrando su incertidumbre.
- Cuando te desmayaste, y se arremolinaron alrededor tuyo, un pastor aprovechó con tal de sacarte de la cruz después de que le obligaran a portarla brevemente. Tendrías que haber visto la muchedumbre formada. Los soldados romanos no pudieron hacer nada. Ni siquiera se dieron cuenta de que ocuparon tu lugar.
- ¿Quién fue el que hizo semejante estupidez?
- El mismo al que decidieron dejarle libre cuando dieron a escoger entre tu vida y la de él.
- ¿Cómo?
- Intentamos disuadirle. Pero decía que te lo debía. Que algo vio en tus ojos cuando fuiste condenado. Repetía que no te lo merecías. Que ese castigo estaba reservado a él.
- Necio - susurró con una entrecortada a la par que gruesa, y rabiosa, voz.
A continuación, y viendo que pretendía proseguir su relato, con un gesto de la mano le indicó que guardara silencio. "¿Hay agua?". En cuanto preguntó esto, le fue ofrecido un vaso de cerámica. Nada más agarrarlo sintió unos tremendos calambres en su mano, pero podía soportar el peso. También su progresivo aumento a medida que iba siendo llenado. El primer trago se le atragantó provocándole un ataque de tos. Trató de calmarse, de mantener la compostura. Al lograrlo, dio otro sorbo. Y esta vez su cuerpo sí lo toleró. Fue engulléndola poco a poco a la par que descargaba su garganta. Cuando estuvo saciado, volvió a escudriñar el rostro de su cercano. "Por favor, no me llames así. Sabes de sobra que somos hermanos".
- Lo sé, maestro. Pero me es muy difícil hacerlo. Por muy próximos que seamos, por mucho que lo único que nos separe sea la procedencia de la sangre, es muy complicado llamarte de esa forma.
- Bueno, no tiene importancia. ¿Qué ha pasado con mi sustituto? Dios, Señor... qué mal suena eso. Todo se nos ha ido de las manos.
- Falleció. Era inevitable. Su cuerpo lo llevamos a la cueva que debía guardar el tuyo. La mandé acondicionar antes de este desenlace. Nunca imaginamos que fuera a estar ocupada por otra persona. A los tres días lo sacamos de allí. Lo enterramos en un lugar desconocido con todos los honores que merecía tan honorable sacrificio.
- ¿Y qué más ha pasado desde entonces?
- Pedro...
- ¿Qué pasa con Pedro?
- Ha tomado tu lugar. Se disfrazó de ti y ha comenzado a predicar en nombre tuyo como si hubieras resucitado...
- ¿Qué? ¿Cómo? ¡Ha echado todo a perder! ¡Esto era una revolución social! ¡No debía de haber nada de religioso o místico en ello!
- Sólo ha seguido con su idea de concederte la capacidad de realizar milagros...
- ¡Por Dios! ¿Y qué ha sido del resto? ¿De todos los que me acompañaron cuando me apresaron en Getsemaní?
Otra sombra respondió. "Están a salvo. Pero ojalá hubiera invertido lo que me ofrecieron con tal de venderte en acabar con ese que ahora mismo está usurpando tu palabra como si fueras tú".
Reconoció su voz. Y eso le tranquilizó. Pero, al mismo tiempo, la ira parecía hacerse dueño de él. Además, a su lado notó la presencia de otra figura masculina. "¿Quién eres? Estás demasiado callado".
- Soy... soy ese mismo pastor que te acaban de describir. Soy aquel que primero te ayudó con la cruz y, luego, te liberó de ella.
- Increíble. De acuerdo, muchas gracias. Te lo agradezco desde lo más profundo de mi corazón. Pero no hacía falta que me dieras tantos detalles. Lo he deducido rápido. ¿Y ahora qué? ¿Qué podemos hacer ahora? Todo ha acabado dando un giro de 180 grados. No lo habíamos planeado así.
Su anfitrión colocó la mano sobre su hombro pidiéndole calma. "No está todo perdido, aunque lo mejor es que abandones esta patria. Además, tu voz ha llegado muy lejos. Afuera hay un tarseño que ruega por el permiso para contar tu historia. Pero hay un problema que va creciendo por momentos. Y va adquiriendo un volumen indescriptible".
- ¿Qué problema?
- Dice que ha conocido a Pedro.
- ¿Y?
- Ha visto su poder de convicción. El misticismo que proclama sobre tu persona está propagándose rápidamente. Y esto genera más miedo entre los romanos y el Sanedrín que el que tú creaste. Ante esto, el extraño piensa que la única solución es contar tu vida sin artificios. Pero no tiene muy claro que los seguidores de Pedro, que cada vez son más numerosos, la cojan y la llenen de romántica religiosidad. Cree que, incluso, podrían llegar a añadir partes con tal de reforzar su discurso.
- Está bien. ¿Y dices que está fuera?
- Sí. Desea poder hablar contigo.
- Bien, pues que pase.
- No. Tenemos que darnos prisa, pero tienes que descansar. En cuanto te recuperes, partiremos. ¿A dónde? Todavía no lo sé. Pero el viaje lo aprovecharás para hablar con él. Es bueno escribiendo. Y rápido. Estoy convencido de que sus epístolas servirán para frenar a Pedro y su obsesión por usurpar tu posición.
- No, no es cuestión de posición. Desde su punto de vista todo es cuestión de poder. Nada más. Lo único que hice fue trasmitir un mensaje de convivencia y paz. El levantarse contra Roma sería el último recurso. Pero mantener nuestra identidad como pueblo era indispensable. Y él lo está tergiversando. Lo ha hecho desde el primer momento es que comenzó a seguirme.
- Lo sabemos. Y también sabemos de buena tinta que ha comenzado a ensuciar el nombre de este que está a mi vera. Y lo está logrando. Lo ha convertido en un traidor y esa fama está propagándose rapidísimo.
- Vale. Entonces... dejadme dormir. Cuando despierte hablaré con nuestro invitado.
- Bien, pero también debes comer algo. Ahí tienes pan, leche y un poco de miel. Tienes que recuperar fuerzas.
- Gracias. ¿Podríais dejarme solo? Necesito despejar las ideas.
No contestaron. Ni siquiera hicieron gesto alguno que indicara conformidad. Salieron, sin más, de la estancia en completo silencio. Y él quedó allí en medio de la tímida luminosidad que entraba a través del agujero de la pared. Comenzó a comer el pan de forma delicada. Y dio un sorbo a la leche. Después, untó la miel. Escuchó el característico sonido que los insectos hacen a la tarde, justo en el momento en que esta comienza a dar la bienvenida a la noche. Sabía lo que tenía que hacer. La decisión estaba tomada. Tendría que marcharse. ¿Pero a dónde? ¿Y quién sería el tarseño?

Comentarios
Publicar un comentario