La condena detrás de la caverna




Su piel era ajada. Negruzca y pútrida por las quemaduras que en su superficie dejaban verse. Además, la sangre brotaba en finas hileras mezclándose con el pus supurado por las infecciones. Pero, a pesar de ello, no parecía dolerle. Incluso reflejaba un gozo acrecentado al coger a su víctima de los hombros. Con una fuerza atroz, los apretó. Y ahí fue que, desde la distancia, pudo escuchar el crujido de los huesos mientras eran partidos.

Presa del pánico, no alcanzaba a moverse. Estaba tirado sobre el suelo de la cueva. Vio la forma en que ese ser levantaba el cuerpo de su compañero con suma facilidad. En sus manos, y bajo la increíble fortaleza de aquellos brazos, parecía una pluma. Entonces, ante la incredulidad que sentía por lo que sus ojos le mostraban, aquel ser abrió la boca.

Pero no lo hizo tal y como tú y yo podemos hacerlo. Esta fue agrandándose hasta casi llegar al piso de la caverna. Incluso le recordó a la de una serpiente al momento de dislocar la mandibula justo antes de alimentarse. Introdujo a su acompañante en ella y observó cómo iba devorándolo. Cómo lo tragaba. Y lo hacía parecido a un ave alimentándose de un pez.

Entonces, tras terminar de devorarlo, dirigió su mirada hacia él a la par que comenzaba a caminar acortando la distancia entre ellos. Y a pesar del miedo que sentía, observó la manera en que la piel de ese monstruo iría recuperándose. Las costras cayeron al suelo después de haber sanado sus heridas. Dejaron su lugar a algo que parecía sano y vibrante, aunque no resultara natural. Era similar a las cenizas ocasionadas al quemarse la madera que en una hoguera sirve de semilla.

Cuando llegó a su altura, aquel ser con apariencia humana se inclinó sobre él. Extendió su mano. Le acarició la frente. Después, el rostro. "Al fin voy a poder saciar este inmenso apetito que me acompaña desde hace tanto tiempo", dijo con una voz gruesa y quebrada. "Pero no comprendo de qué tienes miedo", continuó. "Sé que tenías pensado matarlo; para ello habrías usado el pequeño bisturí con veneno en su filo que guardas en el bolsillo, ¿no es así?".

Nada más decir esto, una grotesca mueca que simulaba una sonrisa dibujó su rostro. Pudo sentir el aliento que emanaba desde su boca. La textura creada al estar mezclado con el olor que producía su carcomida dentadura. "Vas a ser la pieza que hará que complete mi recuperación; podré volver a estar entre las personas sin levantar sospechas", expresó.

He ahí que sus ojos comenzaron a enrojecerse. La sangre los inundó. Sólo podía distinguir el negro de sus pupilas mientras estas hinchaban y disminuían en tamaño por la excitación. "Pero él tampoco era un ser inocente, ¿verdad? En su día arrojó a varias personas por un acantilado por el simple hecho de no sentirse cómodo con ellas", comenzó a decir. "Y tú ibas a ser su siguiente víctima; lo sabías, por eso ibas a matarlo. Pero no es la primera vez que haces algo parecido. Ya los has hecho hasta en ocho ocasiones. Y esto te hace sentir libre. Vivo. Sin ataduras".

- ¿Cómo sabes eso? - preguntó por acto reflejo. No pudo disimular la rabia sentida al comprobar que alguien pudiera saber de sus planes. Aunque fuera semejante endemoniada criatura.

- ¿Demonio? No, querido. No soy nada de eso. Pero sí provengo del mismísimo Infierno. Aunque hubo una vez que fui igual a ti. Disfruté de los mismos lugares que tú. También de los placeres, aunque con mi peculiar punto de vista.

- ¿Qué?

Rugió. El ser bramó con iracunda ira cuando preguntó eso. "Por ahora no necesitas explicaciones, pero enseguida te las daré. Tendremos siete minutos por delante".

A continuación, colocó su mano sobre su boca. "Cállate". La apretó. Sintió entonces su incomparable fuerza. Cómo partía el esqueleto de su mandíbula mientras se deleitaba con el sonido producido. "Esto es maravilloso", volvió a susurrarle. Aunque esta vez fue al oído después de inclinarse un poco más.

Sintió su peso esfumándose. Incluso creyó rememorar la sensación de cuando, al ser un niño pequeño, jugaban con él simulando que volaba. Pero no era eso. Lo estaba levantando en volandas. Y de nuevo le vio abrir la boca de par en par. Sin embargo, esta vez él sería quien fuera introducido en su interior. Las babas del ser lo bañaron por completo haciendo las veces de un artificial lubricante. Observó su garganta dándole la bienvenida. Sus músculos abriéndole paso mientras lo empujaban hasta llegar a su estómago. Una vez allí, no pudo respirar. Sus pulmones trataban de coger aire. Pero lo único que lograron fue que el ácido gástrico se introdujera en ellos.

No podía hablar. Le era imposible respirar. Los pulmones luchaban y tenía la sensación de que iban a reventar mientras su conciencia lo abandonaba. Entonces, una extraña oscuridad surgió dentro de todo aquel vacío sin luz. Pero podía ver. Algo había a lo lejos. Y esto iba acercándose a él. Al final, y tras mucho esfuerzo, pudo discernir la silueta de la criatura. Pero ahora era completamente humana. Nada que fuera antinatural podía distinguírsele. Quizás su danzante forma de caminar. O sus brillantes ojos. Quitando esto, resultaba ser completamente normal.

- Tenemos siete minutos por delante.

- ¿Qué?

- Ese es el rato que tarda el cerebro en morir después de que tu corazón pierda la batalla.

- ¿Estoy muerto?

- Sí, pero no sé cuál será tu penitencia. Así que te contaré cómo fue la mía antes de que me escapara del Infierno.

- ¡Aléjate de mí!

- No trates de huir. No tienes escapatoria.

- ¡Vete! ¡Déjame en paz!

- ¿Sabes? Mi pecado fue la Gula. Pero era especial. Peculiar. En mi opinión, era un regalo de la evolución. Algo que me hacía, y me hace, superior a los demás. Me gustaba alimentarme de nuestros congéneres. Era lo que llaman un caníbal. Además de un psicópata, por lo que dicen.

"Estuve cazando personas durante más de 20 años. Pero nunca me capturaron. Qué necios fueron. Estuve delante de ellos todo el rato. Pero hasta después de fallecer no encontraron nada que me delatara. Era el mismo juego del gato y el ratón. Y demasiado tarde se percataron de ello.

"Cuando lo hicieron ya estaba cumpliendo mi pena. Esta consistía en alimentarme de las almas de los seres más ruines que hayan pululado por la faz de la Tierra. Como te imaginarás, ellas también cumplían un castigo, y ser parte de mi dieta era sólo una arista de él. Imagínate estar toda la Eternidad así.

"Además, esto no me daba nutrientes. Lo único que hacía, por mucho que comiera, era adelgazar. Estando vivo llegué a pesar 100 kilos. En el infierno era una burla de lo que fui. Adelgacé hasta los 25 y ahí me quedé. Por mucho que comiera no engordaba. Y mi hambre nunca quedaba saciada.

"Pero logré escaparme. Ni siquiera Satanás, Belcebú, o como quiera que se llame, es perfecto. Encontré una forma de evadir a sus guardias. ¿Y sabes una cosa? Con Dios sucede lo mismo. Sólo son dos estúpidos cegados por su complejo de superioridad. Y un ser inferior se ha reído de ellos. ¡En su cara! ¡Tanto cacarear sobre lo que vociferan y no son más que unos egocéntricos!

"Pero estate tranquilo. Tu función en todo esto ya ha acabado. Yo soy libre. Y con un poco de suerte, también encontrarás la forma de dejar todo atrás. Aunque me cuesta creer que lo logres. Ha sido tan fácil daros caza... con lo listos que os creíais.

"Bueno, aunque también tengo que agradecerle a la suerte. Fue una agradable casualidad que estuvierais en la cueva. Me habéis servido de alimento. Con vosotros he podido regenerarme. Ahora tengo todo el tiempo del mundo por delante para hacer lo que quiera. Lo que me venga en gana.

"Por cierto; tengo que irme. Vienen en tu busca. Adiós".

Sin más, y por arte de magia, desapareció. Y justo en el lugar que dejó vacío vio aparecer otras dos figuras. A una de ellas la reconoció. Era su compañero. Aquel que iba a ser su víctima. El otro le era completamente desconocido. "Vaya, quién me iba a decir que nos íbamos a encontrarnos tan pronto. Los caminos del Destino son bastante caprichosos", expresó nada más llegar a su altura a modo de bienvenida.

- ¿Quién es el que te acompaña?

- No lo sé. No me lo ha dicho. Sólo me han permitido saber que, hace mucho tiempo, era el encargado de llevar a cabo unos experimentos atroces. Estaban relacionados con la genética. Y algo sobre las razas de los hombres. Trabajaba bastante con hermanos gemelos.

- Basta de cháchara - interrumpió bruscamente el otro -. Tenéis que cumplir vuestra condena. Así que estaros en silencio. No digáis nada. Dadme la mano.

- ¿Qué? - inquirió el último en llegar al Infierno mientras su antiguo compañero palidecía por la impresión.

- Os he dicho que cerréis la boca. Y que me deis las manos.

Prácticamente paralizados por el terror, le ofrecieron sus extremidades. En cuanto las aunaron, una potente ventisca arrancó para a continuación rodearles un caótico remolino de aire. El viento que este producía raspaba sus cuerpos como si de miles de látigos se trataran. "Ya hemos llegado", le escucharon decir al momento de arreciar aquel pavoroso fenómeno.

- Mirad - anunció aquella persona -. Ya ha sido atrapado. Su huida ha durado poco. Está en el lugar que le corresponde. Qué paradojas suele tener el creerse inteligente. Sobre todo en estos páramos.

Entonces lo vieron. Su piel volvía a estar quemada. La infinidad de heridas sangraban mientras esta se mezclaba con el pus que erupcionaba. Un nauseabundo olor a podredumbre los alcanzó. "Vais a ser parte de su dieta; se trata de una de las piezas que compondrán vuestro castigo", reveló.

Quisieron protestar, pero no pudieron expresar nada. "Y esto que veis, esto que vais a padecer, es lo más benigno de todo lo que os espera; así que habréis de tener paciencia", les sugirió.

Nada más verlos, la criatura sonrió con una mueca melancólica. También abrió los brazos de par en par. "Venid a mí, queridos míos. Venid".

"Por fin vamos a poder estar juntos. No sabéis lo mucho que os he echado de menos desde que nos separamos. Venid, venid. Acercaros. Contribuid a saciar la soledad que me acompaña. Haced que sea más fraternal el abrazo que me da el abandono. Colaborad a limar todo el hambre que me devora".



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